Música

De profesión, promotor de heavy metal en España

De profesión, promotor de heavy metal en España
Def Leppard en 1987. Imagen: Universal Music. heavy metal

En 2015, fui a Blanes en tren a entrevistar a Gaby Alegret, cantante de Los Salvajes. Por boca oreja, me había llegado años atrás que su biografía Los Salvajes y yo. Nuestra salvaje historia (Lenoir, 2007) era una joya. Efectivamente, lo era. Las escenas de conjunto que toca para que se diviertan en el litoral los turistas, la experiencia unos españoles casi barbilampiños que se van a Hamburgo como habían hecho antes los Beatles y el tratar de sacar un grupo profesional de rock en la España franquista me parecían tres episodios que tenían que estar cargados de vivencias impresionantes y eran, cada uno por separado, de gran interés para nuestra historia de la música popular. Tenía mucha esperanza en la entrevista. Aunque Los Salvajes y su legado no tengan mucha pegada en las nuevas generaciones, confiaba en que el encuentro iba a ser tan bueno que tendría interés como descubrimiento para el que no los conociera. 

Cuando Gaby me recogió en la estación en su coche, estuvimos hablando tranquilamente de todo un poco. Conocía su época heavy en los 80, pero pensaba que había sido transitoria o circunstancial. Él, sin embargo, insistía en el tema. Me iba contando a quiénes había conocido y detalles como que todavía estaba enfadado con Ian Gillan. En un momento dado, dije: «Para el carro ¿por qué tratabas con todos?». Y contestó: «pues porque fui promotor, yo monté los primeros conciertos de heavy metal en España». No tenía ni idea y le exigí que en la entrevista dedicásemos una buena parte a todo eso. Ahora, siete años después, recuerdo hasta el tono de voz con el que me contó cada anécdota. Nunca me he reído tanto en una entrevista. Mereció la pena aceptar este trabajo solo por aquella mañana de invierno en el chiringuito desangelado de una playa completamente vacía al borde del neumotórax por las carcajadas. 

Tanto es así, que tras el encuentro Gaby recuperó su afición por la escritura y acaba de publicar Segundos fuera (Albany, 2022) un segundo volumen de memorias que abarca sus años como promotor de conciertos, pero también en los que gestionó discotecas heavies y fue representante de artistas. Con músicos a su cargo, es muy interesante, por citar uno de ellos, el caso de Tebeo, grupo del para siempre recordado y añorado José Antonio Manzano, que surgió para aprovechar la fiebre de Tequila, y de los que siempre he dicho y digo que su «Mientes» podría haber estado en el Grande Rock de Hellacopters, pero como este grupo estaba orientado al fenómeno fan, es decir, a las chicas adolescentes, quizá el hecho incomode al fan de los suecos, que es gente muy seria con estos negociados. Aunque no sé con cuál de los dos grupos en directo habría más peligro y emociones fuertes. En aquella época, cuenta Gaby, se llegó a hablar de prohibir los conciertos de «grupos de fans» por la chica de quince años que murió en el concierto de Los Pecos de 1980. Sus experiencias frente a las adolescentes enloquecidas son desgarradoras en estas páginas. 

No obstante, lo más desarrollado es la época de promotor de conciertos. Los grandes episodios de la entrevista que publicamos están narrados con profusión de detalles y aparecen algunos cuantos nuevos. Con todo, pese al atractivo de las anécdotas, lo que subyace en cada historia es siempre lo mismo: la corrupción. Latrocinio, mentiras y sablazos a la vuelta de cada esquina. En lo relativo a los bolos, lo que pone de manifiesto el libro es que este problema impidió que hubiera muchos más. Así como cualquier iniciativa honrada que quisiera abrirse paso en el terreno de la cultura popular. 

Al margen de las malas artes entre promotores, está de entrada el que la agencia en la que estuvo Gaby, según su versión, estaba montada para «justificar pérdidas» de otras empresas más grandes y menos artísticas. Habría que añadir que, en el País Vasco, no solo había llamadas solicitando las recaudaciones para la causa asesina, tampoco se podía montar algo sin gente local porque sopranamente unos pocos controlaban toda la cadena, es decir, de la venta de entradas al pegado de carteles. Metidos en materia, los pipas de los músicos extranjeros se llevaban hasta las toallas, te liaban a gente local para que les consiguiera cocaína y se las arreglaban para no pagarla, comprometiendo al incauto que hizo el favor hasta el punto de poner en juego su seguridad. Por supuesto, en cada ocasión surgía también el noble de imprimir entradas de más, a veces de espaldas al promotor y al artista, sin descartar que fueran los propios artistas, como Miguel Ríos, los que tenían problemas para echar cuentas cuando había pérdidas y tendían a desaparecer… 

La verdad es que, de estos años, en Estados Unidos también hay historias similares a punta pala. En este negocio, generalmente, imperaba la ley del más fuerte. El caso es que aquí, lo que refleja este libro es que en cada intento de montar algo lo que rebosaba era un cutrerío cañí en todas las esferas del negocio. Llega a resultar desasosegante. La gente engañándose constantemente unos a otros da una impresión penosa, de muertos de hambre. Es cierto que el negocio de montar conciertos siempre ha sido complicado. En pleno siglo XXI, he visto a gente llevarse unos palos monumentales. En aquella época, sin profesionalización ninguna por parte de casi nadie, pues es normal que la aventura acabara como acabó, pero aun así abruma el choriceo. 

Otro rasgo distintivo de estas vivencias es la realidad. El metal o el hard rock, en esos años, era de verdad. Hoy, la música englobada en el género metal podrá seguir siendo todo lo auténtica que quiera, pero es más complicado que los que la ejecutan y sus ayudantes sean carne de presidio que por avatares de la vida tocan la guitarra o le pegan al tambor. Así, en la crew de Motörhead, había gente que iba armada por la calle. En una bella y edificante escena en la que les sirven una paella, se abalanzan todos sobre ella, se cae y se quedan comiéndola en el suelo. En el libro Nothin’ but a good time se cita que en los 80 tuvo un impacto enorme la película Mad Max 2. Muchos grupos trataron de copiar la estética o invocar el espíritu del film. La cuestión es que a veces no se trataba de una cuestión de imagen y los músicos se comportaban así. 

Mención aparte los guardaespaldas. Capaces de desgraciar para toda la vida a cualquier incauto que se cruzase de mala manera por el camino de la estrellita. Otra más es el público. En este libro destaca la de los punks en el País Vasco que consideraban moñas a Def Leppard e intentaban con todas sus fuerzas abrirle la cabeza a Joe Elliot a monedazos, objetivo que lograron. Por contra, luego, cuando los seguratas del grupo cogieron al que había acertado, primero se reía orgulloso y, cuando le empezaron a dar una paliza bestial, se meó encima de pavor. Gaby, como ya contamos en la entrevista, tuvo que interponerse por miedo, real, a que lo matasen. 

Por eso no es de extrañar que luego traer a un grupo como Depeche Mode fuese todo un viaje de placer. Artistas agradables y educados, una producción muy barata, sobre todo en los gastos de seguridad que había que ahorrarse. No había grandes exigencias con el catering y el único percance fue que Ana Torroja quería colar a nueve amigos en Madrid. La experiencia de la organización de ese concierto es como la prueba del algodón de uno de los motivos que pudo hacer, en su momento, que los ayuntamientos fuesen rechazando contratar grupos de punk o metal en sus fiestas. Claro que las escenas que se relatan de grupos del citado «fenómeno fans» no sé si son peores que las del heavy metal. Normal que se pusiera la pasta en la movida y similares. Con la opción de hordas de macarras y hordas de niñas de quince años, qué duda cabe que la mejor elección a efectos de conservar el mobiliario urbano y evitar fallecidos eran los modernos.

Luego hay detalles en cada página que en un producto de Netflix resultarían inverosímiles, ya saben que la realidad no tiene por qué esforzarse en parecer real. Empezaría por el error de comprarle a Motörhead toallas de bidet y no de baño, seguiríamos por su mánager, un tipo que jugaba con un coche teledirigido (!), se le chocó este en una mierda de perro, lo cogió, le quitó las heces con las manos desnudas y se limpió estas en el pantalón. Lo mismo que el concierto de Uriah Heep en Studio 54 a tal volumen que los propios huéspedes del Hotel Español, que estaba al lado, salieron en pijama a pedir por favor que parase el estruendo. Al final, quien lo paró fue la policía.

También hay información que mide el pulso de la época a través de otros grupos. Aparecen Hanoi Rocks, tocando en Reading, y el público, lejos de considerarlos el mito que son hoy, les tiran de todo. Al propio Gaby en ese festival le cayó una botella de dos litros en la espalda, pero no de Coca-Cola, sino rellena de orines. Black Sabbath con un teclista oculto detrás del telón, para que no le viera el público ¿Sería Geoff Nicholls? Los maravillosos Stray intentando ser teloneros de grupos españoles, pero en Londres… También salen Vardis girando por Catalunya en discotecas. Igual que Tygers of Pan Tang. Qué tres grupazos y cómo tuvieron que picar piedra al no terminar de dar nunca el salto a la elite. Otro dato importante es el de Kiss sin maquillaje. Según especifica aquí el autor, en la venta de entradas anticipadas se notó un frenazo impresionante desde el momento en el que se anunció en los medios que vendrían sin maquillaje. Parece que luego Paul Stanley y Gene Simmons discutieron por ese motivo. 

El libro acaba con los entresijos de las orquestas de baile de Barcelona. Gaby acabó dirigiendo una de ellas. Los tejemanejes de este gremio darían para capítulo aparte, pero también hay que tener en cuenta que su sector es tan poderoso como el rockero. No hay más que ver la fiebre desatada que hay en Galicia. No obstante, mi parte favorita es la del Gaby encargado de discotecas heavies. Aquí de nuevo la corrupción echó al traste varios proyectos y, el mejor de todos, la Rainbow, cerrada por el Ayuntamiento con mentiras y exigiendo supuestas reformas de seguridad. En realidad, según se dio cuenta el autor, al concejal se le escapó que el problema era que «atraía gente muy fea al barrio». Pasa el tiempo, pasan los grupos, pasan las modas, pero estas cacicadas municipales son eternas.

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