Deportes

Ganar medallas es elitista y burgués: Mao y el deporte

Mao Zedong jugando al ping-pong. (DP)
Mao Zedong jugando al ping-pong. (DP)

La Revolución Cultural de Mao fue un periodo convulso como pocos. Miles de chinos acabaron en campos de reeducación y sufrieron escarnio público por haberse salido del guion en alguna ocasión o, directamente, por nada. El episodio está tratado prolijamente en los manuales de Historia, pero hay un matiz bastante curioso menos conocido: la pugna por el deporte. Mao también tuvo planes para redefinir la práctica deportiva tal y como había sido concebida hasta entonces. Sobre el papel, la Revolución Cultural era un movimiento que trataba de devolver la pureza ideológica al comunismo, que se estaba viendo amenazada por revisionistas bajo la influencia del desviado liderazgo soviético y los capitalistas. En total, fueron diez años de represión extrema. 

La primera víctima deportiva fue Rong Guotuan. Era vicepresidente de la Federación de Deportes de China y viceministro de Deportes, el número dos del ministerio. El Comité Central del PCCh había recibido una carta en la que se denunciaba que Rong había manifestado en un seminario que con los errores cometidos por Mao se podía «llenar un camión». Ya estaba sentenciado. 

Los guardias rojos, básicamente estudiantes universitarios y de instituto fanatizados, llevaban desatados desde mayo de 1966 tras el llamamiento de Mao a poner orden en la revolución. El septiembre, eran los amos y señores de la calle. En este caso, colocaron carteles que decían que Rong era un «seguidor de la vía capitalista» y un «revisionista». Acudieron a su casa, le instaron a gritos a confesar «ante el pueblo», la saquearon y se lo llevaron. Según la académica Lu Zhouxiang, su hija conservó durante años una reacción de pánico y miedo cada vez que llamaban a la puerta de su casa. 

En un principio el ministro, el mariscal He Long, intercedió por Rong ante el mismísimo Mao en el desfile del 1 de octubre. Mao contestó: «Rong Guotuan ha hecho grandes contribuciones a la selección nacional de tenis de mesa, por lo tanto, hay que protegerle». A partir de ahí, numerosos atletas y funcionarios del ministerio se posicionaron del lado de Rong. Sin embargo, la persecución estaba lejos de detenerse y todos los que se posicionaron se colocaron ellos solos el punto de mira. 

En el comunismo eran frecuentes las autocríticas para reconducir a funcionarios o militantes, en China en la Revolución Cultural proliferaron las «sesiones de lucha». Eran humillaciones públicas y torturas. Estas podían suceder en el lugar de trabajo del condenado, pero también en la calle e incluso en estadios, donde las masas increpaban a los reos. En el Ministerio de Deportes había todos los días y, el 31 de octubre, fue la de Rong. Algunos de sus subordinados se preocuparon por que no tenía nada que comer. Le llevaron una olla con albóndigas y ellos también fueron condenados. Aparecieron rápidamente carteles con sus nombres y la acusación de «seguidores de la vía capitalista». No tardaron en ser también objeto de sesiones de lucha en las que tuvieron que admitir sus errores. Según los recuerdos de Li Furong, antiguo campeón de tenis de mesa, a partir de ese momento ya nadie se atrevía a ir ni a los entrenamientos. 

En noviembre, se prohibió a Rong acudir a los Juegos de las Nuevas Fuerzas Emergentes en Camboya. Mil deportistas, entre la selección nacional de tenis de mesa y los equipos de natación, bádminton y gimnasia, organizaron una reunión para protestar contra la medida. La cosa fue a más y los atletas se negaron a ir a Camboya si no podía ir Rong con ellos. La respuesta fue prohibir a Rong la salida del país y someterle a más sesiones de lucha y torturas hasta enviarle a prisión en diciembre. Los deportistas que habían protestado fueron prendidos, linchados y torturados. Los miembros más importantes de la selección de tenis de mesa, Zhuang Zedong, Xu Yinsheng, Li Furong, Fu Qifang, Chiang Yung Ning y Zheng Minzhi fueron denunciados por «semillas del revisionismo». 

La situación fue tan tensa que He Long esta vez ya no se atrevió a quejarse ante Mao, aunque eso no evitó que fuese el siguiente en la lista. Le condenaron por «arribista» y «bandido» por haberse interpuesto en el camino de los guardias rojos. Se le arrestó  y en junio de 1968 fue condenado con el honor de ser el cuarto clasificado en la lista de traidores más peligrosos de los contrarrevolucionarios revisionistas del Partido. He Long sufría diabetes, le retiraron parte de la medicación y le limitaron el agua. Desarrolló una cetoacidosis diabética y murió en el hospital el 9 de junio de 1969. Fue el primer mariscal torturado hasta la muerte en la Revolución Cultural. 

A la estrella del tenis de mesa nacional, Zhuang Zedong, triple campeón mundial, los guardias rojos le cogieron en la calle y le obligaron a afeitarse la cabeza. Al negarse, les dijo «¿Por qué me pides que me afeite la cabeza? El presidente Mao no se ha afeitado la suya». Esas palabras se convirtieron en una prueba en su contra. Le condenaron por «lealtad al capitalismo». 

Paralelamente, en el Diario del Pueblo había aparecido el 23 de septiembre de 1967 un editorial que denunciaba los intentos que había habido en el Ministerio de Deportes de tomar la senda revisionista, pero los guardias rojos habían logrado acabar con «el Jrushchov chino y sus agentes». A continuación, hacía un llamamiento para convertir el sistema deportivo al maoísmo. De forma escalofriante, anunciaba más sesiones de lucha para los deportistas y entrenadores para «barrer el deporte revisionista». 

En el aspecto deportivo, la lucha estaba en dirimir si el deporte era para las elites, burgués, o para las masas, proletario. ¿Se hacía deporte por las medallas o para fortalecer la salud del pueblo y estar listos para la defensa de la patria? Había que distinguir entre ideología burguesa y comunista en el deporte. Así, los mejores atletas del país que habían obtenido medallas fueron condenados por «chovinismo» y «campeonismo». Las medallas obtenidas por las selecciones hasta entonces «llevaban el nombre de la burguesía». Ganar medallas era poner en marcha la «vía capitalista». Políticamente, esas diferencias venían de largo en la ideología revolucionaria. Mao las instrumentalizó. 

El entrenador de la selección de tenis de mesa, Fu Qifang, se ahorcó el 16 de abril de 1968. Había emigrado con sus padres a Hong Kong cuando era niño, pero regresó en 1957 y se integró en el equipo nacional. Llegó a entrenar a Rong Guotuan y le hizo campeón del mundo. Estuvo detrás de prácticamente todas las medallas de oro chinas en esta disciplina durante la década de los sesenta. Sin embargo, acusado de espiar para Kuomintang y de ser cercano a Rong, prefirió quitarse la vida él mismo tras las primeras sesiones de torturas. A su vez, Rong también se quitó la vida. Antes, escribió una carta a su padre pidiéndole perdón y rogándole que le odiase. Supongo que haciéndole caso, su padre se negó a recibir las cenizas por miedo a que toda la familia fuese tachada de «contrarrevolucionaria». Los vecinos ya habían dejado de hablarles hacia tiempo. Chiang Yung Ning siguió los pasos de los dos anteriores, en su caso acusado de recopilar información como espía porque le gustaba leer el periódico después de los entrenamientos. Prefirió el suicidio a seguir soportando humillaciones y linchamientos públicos con esas acusaciones.

La selección de tenis de mesa, que había ganado quince medallas en el Mundial de 1965, desapareció y se perdió los campeonatos de 1967 y 1969. Se disolvieron cuarenta y siete equipos provinciales de fútbol y sus entrenadores fueron enviados a fábricas. Miles de atletas y entrenadores fueron trasladados a campos de reeducación y trabajos forzados. Hubo casos como el de He Zhenliang, secretario general de la Asociación China de Gimnasia, que tras el paso por los campos obtuvo un nuevo destino laboral como agricultor. Cuando el primer ministro, Zhou Enlai, se enteró de que prácticamente todo lo mejor del deporte chino estaban muertos, detenidos o trabajando en plantaciones, dio órdenes de que no se hicieran sesiones de lucha contra los deportistas de elite. También mandó liberar y devolver a sus puestos a todos los entrenadores y atletas. Se volvieron a reunir los equipos y se reanudaron las competiciones deportivas. 

Sin embargo, estas medidas pronto fueron vistas por Mao como una amenaza. Se lanzó la «campaña anti-Confucio» y la «Campaña Anti-Lin», ambas un movimiento político contra Zhou Enlai y su mano derecha, Deng Xiaoping, que de nuevo eran un gobierno sospechoso de revisionismo. En todos los ámbitos, miles de funcionarios y profesionales que habían sido liberados entre 1972 y 1973 volvieron a ser expulsados. En este contexto, Jiang Qing, la mujer de Mao, se hizo con el control del Ministerio de Deportes desde su cargo en el Comité de la Revolución Cultural. Quería que el deporte estuviera al servicio del pensamiento maoísta y sirviera para difundirlo. Zhuang Zedong, la estrella del tenis de mesa que había sido condenada, pero que fue clave en el episodio de la diplomacia del ping-pong —acercamiento y deshielo entre China y Estados Unidos con el pretexto de un intercambio de partidos— fue colocada al mando. Para ello, lo primero que hizo Jiang Qing fue liberar a su mujer de un campo de reeducación y darle un puesto de profesora de piano en una escuela. 

A partir de 1973 se pusieron en marcha campañas para promover el pensamiento de Mao a través de actividades deportivas. Se obligó a los pueblos a montar equipos y se ordenó a las autoridades locales que organizaran campeonatos. Los que hacían deporte con más entusiasmo eran considerados los más genuinos partidarios de Mao. Qing lanzó la campaña «Aprender de Xiaojinzhuan», una localidad donde las actividades culturales y deportivas habían levantado el ánimo de los campesinos y, por consiguiente, había aumentado la producción. A la vez, los libros extranjeros sobre deportes fueron considerados «veneno capitalista». El deporte burgués fue condenado, excluía al proletariado. El deporte de elite se rechazó por caer en el «campeonismo». El lema fue, «la amistad primero, la competición segundo». 

Con «amistad» querían decir política, «proyectar el socialismo y ganar amigos en el mundo». La «manía de las copas y las medallas» conducía al «individualismo». El deporte había que aprender a juzgarlo con «conciencia política». En un manual se instaba a los deportistas a nunca «hacer daño a sus rivales» y los espectadores estaban obligados a «controlar sus emociones y sus aplausos». En los Juegos Nacionales de 1975 se dieron casos como el de un ciclista que se detuvo cuando iba en cabeza para ayudar a otros que se habían caído, un luchador que paró el combate porque pensaba que había lastimado a su oponente y un futbolista que no quiso meter un gol decisivo porque habría obligado al portero a hacerse daño. O eso se publicitó, pero no iban de broma. En el Campeonato Mundial de tenis de mesa de 1971 se despidió al jefe de deportes del ministerio, Cao Chen, por no dejar ganar a Corea del Norte en un partido. Incluso en el Torneo de la Amistad de África se le dio orden a los chinos de dejar ganar a los norcoreanos para que fueran segundos. En otras ocasiones, si era preciso, tenían que perder contra equipos del Tercer Mundo si eso fortalecía la diplomacia. Cuando viajaban a otro país, los deportistas debían entrenarse con sus rivales y compartir conocimientos, revela un estudio realizado de nuevo por Zhouxiang con la colaboración del profesor Fan Hong. 

El gobierno construyó estadios en Marruecos, Tanzania y Pakistán. Samaranch llegó a decir: «Los mejores estadios construidos por chinos no están en China, sino en África». Se publicó en la prensa: «Nuestros equipos están equipados con el marxismo y el pensamiento de Mao Zedong, no con medallas y copas». Ciertamente, miles de personas hicieron deporte con estas campañas. Fueron muy populares, por ejemplo, las travesías a nado multitudinarias. El «deporte para el pueblo» se oponía al profesionalismo soviético, comercialismo americano y elitismo burgués. En 1973, un funcionario del ministerio dijo: «La idea de criar un superdeportista es algo que la Revolución Cultural ha borrado de nuestra vida deportiva». Del mismo modo, el ciudadano en forma también servía para actuar ante desastres naturales y, al igual que como ya habían visto los rusos décadas atrás, para ir a la guerra entrenado de casa. 

No obstante, Deng Xiaoping en 1975 llegó a reunirse secretamente con atletas, entrenadores y funcionarios destacados del Ministerio de Deportes. Querían darle su apoyo, como enemigo declarado de Mao que era. Cuando se descubrió el encuentro, todos fueron retirados de sus cargos. En marzo de 1976, en cambio, hubo grandes protestas en Tiananmen tras la muerte de Zhou Enlai. Miles, tal vez millones, de chinos las secundaron por todo el país. Mao señaló a Deng Xiaoping como organizador de las manifestaciones y le purgó de una vez del partido. Sin embargo, el 9 de septiembre el que murió fue Mao. En un amago de guerra civil, los colaboradores más cercanos del Timonel fueron detenidos y Deng Xiaoping pudo hacerse con el poder definitivamente. La paradoja fueron malas noticias que recibió el Ministro de Deportes, Zhuang Zedong, que fue arrestado inmediatamente y estuvo cuatro años detenido. Había sido procesado en la Revolución Cultural, ridiculizado en público, después rehabilitado y nombrado ministro, donde se convirtió en opresor. Víctima y verdugo.

Desaparecido Mao y apartados sus partidarios del poder, la primera medida deportiva que se tomó fue abolir el deporte orientado a la lucha de clases e incluirlo en las Cuatro Modernizaciones. El nuevo Ministerio del Deporte debería «trabajar duro para alcanzar el nivel mundial» y «promover el deporte de masas y el deporte de élite, pero con más énfasis en el deporte de élite». En septiembre de 1979, el ministro Wang Meng pronunció un discurso en la ceremonia de apertura de los Juegos Nacionales en el que denunció «la vía ultraizquierdista» y se alegró de que el deporte por fin había sido «puesto en libertad». 

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6 Comentarios

  1. Ninguna película de terror da tanto pánico como la vida real.

  2. LePeisens

    Ah! Las bondades del comunismo, siempre con la realidad superando a la ficción

    • Jose Antonio Fernández

      ¿Te suena un tal Joseph McCarthy? La realidad superando a la ficción. O quizás te suene más un tal Alan Turing. Los ingleses podían dar lecciones a los guardias rojos.

  3. Agente Smith

    Ser político en China es más peligroso que trabajar desactivando minas en Afganistán.

  4. Los horrores del comunismo. Cuánto mejor ahora en el que se disocia la conciencia política del deporte y podemos celebrar unos mundiales de élite en Qatar.

  5. Ya veras cuando les cuente a mis excompañeros de futbol en categoria cadete q fuimos unos excelentes comunistas y no pecamos de «campeonismo» aquel año q solo ganamos 3 partidos en toda la temporada. Curiosamente el año q mas he disfrutado en mi vida jugando al futbol.

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