Entrevistas Música

SFDK: «La conquista del respeto fue una cuestión clave para los raperos»

SFDK para Jot Down

En estos tiempos más que revueltos, SFDK viven un momento dulce. En cierto modo, la culminación de aquel sueño que empezó tres décadas atrás, cuando Saturnino Rey «Zatu» y Óscar «Acción» Sánchez (Sevilla, 1977) empezaron a caminar por el mundo de la música. Sin olvidar sus primeros rapeos en el barrio sevillano de Pino Montano, formando parte de una generación de oro del hiphop junto a ToteKing, Dogma Crew o Juaninacka, en fechas recientes han recibido la medalla de la ciudad de manos del alcalde, han actuado en la plaza de España ante miles de paisanos. Acaban de estrenar dos nuevos sencillos con sus respectivos clips, «Baobab» y «Pastillitas chicas», que ya acumulan más de medio millón de visualizaciones cada uno. 

Zatu y Óscar reciben a Jot Down en su estudio de Mairena del Aljarafe, entre discos de oro y platino enmarcados y otros recuerdos de esa larga trayectoria pespunteada de discos memorables: Siempre fuertes, Desde los chiqueros, 2001 Odisea en el lodo, 2005, Los veteranos, Siempre Fuertes 2, Lista de invitados, Sin miedo a vivir o el más reciente Redención. MC y DJ evocan en esta conversación sus orígenes, explican de qué modo han logrado hacer complementarios dos caracteres casi antagónicos, no rehúyen preguntas sobre algunos episodios más o menos espinosos y hasta se mojan con el asunto de los raperos encarcelados. Todo con la naturalidad y la franqueza que ha acabado siendo su sello.

¿Cómo habrían sido vuestras vidas si vuestros caminos no se hubiesen cruzado?

Zatu: Yo siempre he tenido amigos muy efímeros, gente con la que me junto un año o un par de meses, con la que tengo una relación suprema, y después… No hace falta ni pelearse, nos sacamos un jugo fantástico y pasamos a otra cosa. Con Sánchez pienso sobre todo en la música, y me digo que no creo que hubiera llegado adonde lo he hecho sin él.

Sánchez: La vida sabía que tenía que juntarnos. Seguramente habríamos seguido en la música y nos habríamos encontrado más tarde, como otra gente que ha ido apareciendo en nuestras vidas. Pero nuestro círculo no es muy grande, y antes o después habríamos coincidido. 

La irrupción del hiphop en Sevilla, ¿fue un síntoma de la resaca de 1992? ¿Qué ocurrió en Sevilla para que prendiera esta música de un modo tan fuerte? 

Z: Sevilla es una ciudad grande pero bien comunicada, es muy fácil llegar de un barrio a otro. Ya en los ochenta, desde que pasaron por televisión la película Beat Street, arrancó el break dance, se enlazó con el rap y se creó una vieja escuela de la que pudimos aprender nosotros. El padre del rap de aquí fue Bidabol, del grupo K. B. Posse. Luego 1992 fue un revulsivo en el sentido de que creó un centro de reunión, y en cualquier discoteca conocías a los raperos de Camas, a los de otro pueblo… También las ciudades que tienen base americana cerca han recibido mucha música antes que otros lugares: Torrejón, Zaragoza, Rota, Morón… Fue lo mismo que pasó con la entrada del rock en los setenta. 

S: Como éramos pocos, nos conocíamos todos, nos sentíamos atraídos por esa afinidad, y al mismo tiempo por una gran competitividad. En el fondo, te sientes especial, no eres como el resto… Y por las circunstancias que fueran, aquí hay talento andaluz. Mucha gente no lo sabe, pero el primer sello serio que hubo en Madrid, Yo Gano, lo montó un sevillano, Sergio Aguilar. Lanzó el primer disco de El Club de los Poetas Violentos, Madrid, zona bruta. Y el segundo disco que sacaron fue justamente el de K. B. Posse. 

SFDK para Jot Down

Al mismo tiempo, conforme va creciendo el movimiento, se ridiculiza a los raperos, se los considera música de segunda, los humoristas hacen sátiras con la estética del rap… ¿Eráis sensibles a esos prejuicios?

Z: Nos afectaba a todos, no lo llevábamos bien. También es verdad que al principio éramos muy malos, estábamos probando algo que no conocíamos bien. Luego, cuando empezamos a conquistar los festivales, llegamos a destronar a grupos de rock muy consolidados, pero costó tiempo y aprendizaje. 

S: No sabíamos de platos ni de tarimas, hasta para mezclar necesitábamos traer a un francés o un neoyorquino. Había muchas carencias. Piensa que al principio se empalmaban unas cintas de casete con otras, todo de una forma artesanal. De hecho, muchas letras eran una forma de reivindicarnos: oye, estamos aquí, somos gente seria, esto va en serio. Todo iba muy a la defensiva, a que no se rieran de uno. La conquista del respeto fue una cuestión clave. 

Zatu siempre ha transmitido la imagen del joven conflictivo, y Sánchez, el contrapunto equilibrado. ¿Hasta qué punto responde eso a la realidad?

S: Todavía es así. En el trabajo, desde luego, es así, fuera del trabajo a lo mejor he estado más loco que Zatu. 

Z: Yo me aventuraría en muchas cosas más, él es quien tira de la cuerda para atrás y evita malas jugadas. Siempre sabe cuándo hay que esperar, por dónde hay que ir.

S: Él es más impulsivo con las emociones, yo soy más frío. «Un momento, no te metas en esa calle, a ver si hay perros» [Zatu ríe]. A veces no es tan bueno, pero ahí está el equilibrio.

Recuerdo haber leído en tus libros sobre la juventud turbulenta de Zatu, que le llevó incluso a autolesionarse. ¿Recuerdas cómo eran aquellos años?

Z: Todavía tengo que analizarlos. Me llama la atención, en las entrevistas viejas que me hacían, la seguridad con la que hablaba y despreciaba algunas cosas, como si lo tuviera todo muy claro. Me recuerdo bastante cruel en algunas circunstancias, algo que también echo de menos a veces. Poner a la gente en su sitio era fundamental. Cuando terminé el segundo libro [Sinfonía frenética del kaos], el análisis que hice fue: tengo que dejar de beber. Después de escribir todas aquellas historias, vi que el factor que estaba en medio de la ecuación era el alcohol. Una vez se acaba, soy otra persona. 

¿Y cómo vivió Sánchez esas situaciones?

S: Yo lo llevo bien siempre. Soy una persona que deja a la gente su espacio. 

Z: Además, somos hermanos, pero cuando hago pendencias me busco a otros compañeros [ríe]. 

S: Hay que respetar a cada uno como es. Avisas si ves que se le va la mano, pero no quiero cambiar a nadie. Eres amigo de alguien como es, salvo que quiera tirarse por la ventana. Entonces un consejo no viene mal. Asómate, pero no te tires. 

Uno de los pasajes de ese libro contaba que habías llegado a llevar navaja. ¿Eran tan duros esos años como para ir armado?

Z: Ahora el mundo me parece todavía más hostil. Lo cierto es que el más afectado de mis aventuras siempre he sido yo. La fase de autolesiones no era tanto de depresión metido en tu casa como de risas y borrachera: terminarte el cubata y romperte el vaso en la cabeza, haciéndote un corte. Luego venía otro y lo superaba… 

S: También era la época de Jackass, todo influye. Se trataba de buscar los límites, que te echen de los sitios, etcétera. 

Z: Por otro lado, una navaja tiene múltiples utilidades, no solo la de agredir a alguien; de hecho, nunca la utilicé con ese fin. Pero sí me salvó en alguna ocasión de no ser agredido por varios abusones a la vez.

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También hubo una época en que tus vómitos antes de salir al escenario se hicieron célebres. ¿Fue una somatización de los nervios, alguna forma de canalizar emociones…?

Z: Es herencia de mi madre, creo. Desde que tengo dieciséis años y salgo, cuando llegaba tarde veía al fondo una luz débil que era la del baño, y era mi madre vomitando porque no volvía. La primera vez que me di cuenta fue con la primera actuación. Íbamos a cantar en el gimnasio del instituto una canción contra unos profesores fachas que nos habían censurado. Y ese día fue el primero, vomité y me quedé bien, fue un alivio. Y ahí empezó. Luego iba al centro de Sevilla, a la plaza del Salvador, y el ambiente, los ruidos, las botellas y los hielos me ponían tan nervioso que me metía en un callejón, vomitaba rápido y se me pasaba. Era solo para acomodarme a una situación normal. Siempre hemos sido un poco asociales. Si aquí estaba el botellón, íbamos, pero nos instalábamos un poco más allá, con nuestra radio y nuestra música. 

¿Cuándo se te pasó?

Z: Cuando mi padre empezó a viajar con nosotros como road manager. Yo soy hijo de padres separados cuando tenía seis años, fue todo bastante traumático, me crie con mis abuelos, y la distancia con él pudo afectarme. Cuando volvimos a estar cerca, se hizo el clic. Sigo teniendo nervios, pero ya no vomito. Hace poco estuve malo y me extrañó lo mal que lo pasé vomitando, ya no estaba acostumbrado. 

Antes de que acabaran los noventa fichasteis por una compañía discográfica que resultó ser un gran chasco. ¿Qué os decepcionó de la industria, que era el sueño de cualquier chaval?

S: Fue una suma de factores. Teníamos una idea de llevar nuestra carrera por caminos diferentes a los que nos ofrecían, creíamos más en nosotros mismos que ellos, que no apostaban. Quisimos montar la historia por nuestra cuenta, pero, al tener un contrato firmado de por medio, fue un obstáculo. Fue un divorcio duro, porque tampoco sabíamos nada de contratos, solo teníamos ilusión por hacer música. 

Z: El principal motivo que nos sacó de los nervios era que queríamos lanzar un disco y había que cuadrar con los otros artistas de la compañía. Nosotros teníamos nuestra estrategia, que no coincidía con la de la compañía. ¿Por qué estos sí y nosotros no? ¿Por qué sacan a este en la revista y a nosotros no? Pues porque la revista no nos quería. Pero echábamos la culpa al mundo. En el tercer disco vino el conflicto, sentimos un engaño. Habíamos firmado por tres años o tres discos, ahí había una duda. Habían pasado tres años, teníamos pendiente el tercer disco, pero para sacarlo teníamos que firmar otros tres años. Y si no, el disco que queríamos que nos posicionara se quedaba descolgado. 

S: Sacamos ese disco, sabíamos que iba a funcionar, pero ellos no apostaron lo suficiente. Se hicieron dos mil copias y se agotaron en dos días. Una semana sin disco, la gente empezó a grabárselo… Ahí dijimos: nos vamos. «No podéis, tenéis firmados tres discos». ¿No eran tres años? Ahí estaba la cucamonga. Soltamos dinero que nunca habíamos tenido —nuestro mánager de Wild Punk de Granada fue quien nos lo prestó— y nos liberamos. Pasamos a ganar el 70 por ciento de los discos, y no un 8 o un 12, que era lo que daba la compañía. 

Cuando llegué a Sevilla en 2005, recuerdo que había un montón de artistas, sellos, tiendas, incluso salas especializadas en hiphop… ¿Qué ocurrió?

S: Eran los tiempos de la Sevilla City, cuando la ciudad estaba arriba de la pirámide y todo el mundo la quería desbancar. 

Z: De un panorama donde había diez o quince grupos de los que todo el mundo hablaba, cinco o seis eran de Sevilla. 

S: De hecho, a veces hablamos de que no ha habido una nueva hornada de grupos que se junten y crezcan. ¿Por qué no hay continuidad? Todos los días busco chavales nuevos, y no veo mucho. 

Z: Ha habido intentos, pero no aguantan mucho. Con todo lo que se creó aquí, no sé por qué no ha habido cantera. 

A más éxito, más se mira con lupa. Cuando hicisteis aquel anuncio de Cruzcampo, se os acusó de haberos vendido al capital. ¿Había una sensación de que el rap tenía que ser puro, no contaminarse?

S: De nuevo estaba ahí la autodefensa de la que hablábamos antes. El miedo a tiempos pasados. El hecho de que el rap saliera en un anuncio de la tele parecía exponerlo al ridículo, o volverlo comercial. 

Z: Los catalanes como el Ose eran todavía más duros, hacían campaña contra Los 40 Principales. Eso siempre existió con el rap. Trabajamos para que el anuncio quedara serio y fuera bueno. Luego a mí todos los días me piden que haga publicidad, pero hago muy poca, ni contesto siquiera. No me importa hacerla de algo que me guste de verdad, que consuma habitualmente, no me tienes que indicar ni lo que tengo que decir. 

S: Éramos un club social que se quejaba continuamente de que no nos echaban cuenta, y ahora que nos la echan y estamos en todos lados, extrañamos cuando no nos echaban cuenta. Ya no somos especiales. Pero a la vez tiene su parte buena, haces anuncios y no pasa nada. 

Z: Dentro del rap hay muchas tendencias, sonoras y líricas: unos dan mensajes políticos, otros hablan de salir de fiesta, otros hablan de ellos mismos o se dedican a vacilar y todo cabe. Nosotros somos muy eclécticos. Pero cuando algo nace tiene que conservar su parte pura. Los colores primarios. Tenemos que saber de dónde vienen los colores, los sabores, los sonidos, y luego mezclarlos como apetezca. 

SFDK para Jot Down

¿Cómo era la conexión con la cultura urbana de los escritores, que parece haber tomado vuestro camino, como el baile?

S: Antes estábamos todos unidos porque éramos pocos. Yo descubrí de hecho el rap en español a través de la pintura. Comprando un fanzine de grafiti —a la que a su vez me había llevado el skate— descubrí que había grupos de rap que no eran de Sevilla. Mi cabeza explotó. 

Z: Seleka nos hizo una entrevista una vez, cuando tenía catorce años…

S: Yo me venía muchas noches con él en el autobús a Pino Montano, charlábamos un montón. Cuando hago mis cosas solo, todavía mantengo contacto, aunque la unión física ya no existe. También se han profesionalizado mucho, se han dedicado a las galerías, a los tatuajes, el diseño… Ya no están tan vinculados al street art

Z: Venimos de un mismo punto, rap, grafiti, break… Todo está mezclado, nos tocamos en muchos puntos, coincidimos en festivales. Hay pequeños reflejos de esa cultura, pero hoy no es un movimiento tan cohesionado como antaño. 

¿Y cómo es vuestra relación hoy con gente que formó núcleo con vosotros, como ToteKing o Mala Rodríguez?

S: Nosotros hemos tomado distancia con todo, pero porque la edad te hace más autónomo. No hay tiempo, el poco que tienes quieres estar con tu casa, con tu gente más cercana. Nos pasa a todos. Tengo amigos a los que veo una vez al año. Incluso a nuestro diseñador llevamos meses sin verlo. 

Pero ¿es también una distancia musical? ¿Sentís que cada uno hace cosas muy lejanas del otro?

S: Sí, nosotros hacemos una movida un poco más variopinta, otros otra…

Da la sensación de que en el hiphop sevillano han existido clases, no os consideraba igual a vosotros o a Tote, que eráis «los auténticos», que a gente como Haze o Junior. ¿Fue así?

S: Todo viene de lo mismo: «El rap tiene que ser como esa mesa, y todo lo que no tenga esas patas no es rap». Es una forma de protección, lo que se salga lo más mínimo es peligroso.

Z: Sobre 2005 hubo una oleada grande en las casas okupas, todo el mundo se puso a hacer o a coquetear con el rap, y para nosotros era intrusismo. ¿Por qué hace rap la gente que no es rapera? Solo había que escucharlo para saber quién venía de otro lado.

S: Hasta que vino una hornada que supo coger nuestro legado y abrirlo más. 

Z: Llegó un punto en el que todos estábamos en un círculo vicioso, rap hablando de rap. ¿Quién se iba a acercar en una conversación entre mecánicos hablando de bujías? 

Otro de los sambenitos que le han caído siempre al rap es el del rapero materialista, machista, con el yate y la limusina, estereotipo que lo conecta también con el rock. Vosotros habéis hecho gala de orgullo, pero no habéis entrado en ese juego, incluso os reís de eso, ¿no?

Z: Al principio los raperos nos juntábamos más con punkis, heavies, esas tribus que veíamos en la plaza de San Pedro…

S: Allí estábamos los despreciados, en comunidad.

Pero otros compañeros sí presumen de cuenta corriente o de ligar mucho. 

Z: Va en la condición de cada uno. A nosotros siempre nos gustó apostar por temáticas que no se extrapolaran de la cultura estadounidense para acá. Había que hablar del barrio, de nuestro día a día. Siempre he metido canciones como «El perro anda suelto», con detalles cercanos. ¿De qué voy a hablar, si no?

¿Y el acento?

Z: El acento lo varié después. Yo tengo un seso propio, por el que se me reconocía, por eso me puse Zatu con Z… Este anillo [muestra su mano] me lo regaló mi abuela y pone «ZR», ya pedía que me pusieran la Z en las iniciales. Al principio intentaba castellanizar en la medida de lo posible, hasta que salieron Hablando en Plata en Málaga, ellos hacían el andaluz más suelto, y me solté yo también. Me liberé y encontré otro diccionario: las palabras me rimaban con otras cosas. Fue magia. 

SFDK para Jot Down

He mencionado antes la cuestión del machismo. Fue muy sonado el incidente de un festival que os acusó de no haber cumplido con el protocolo antisexista, y podría haberos provocado un daño a vuestra reputación. ¿Podéis recordar ese episodio?

S: No nos gusta hablar sobre ello, porque afortunadamente se resolvió y es agua pasada. Fue una cuestión de sentido común, y lo explicamos en su día, y el festival se disculpó con nosotros. El peligro estaba en que sacaran el titular malo —que no habíamos hecho un cursillo previo de buenas prácticas— pero no sacaron el titular bueno: que todo se había arreglado. Y se queda la mancha. 

Z: No salimos en la tele cuando sacamos un disco, pero nos sacan por un malentendido. 

¿En qué consistió?

S: Antes de actuar en dicho festival había que recibir un cursillo de concienciación. A pesar de que no estábamos obligados por contrato, aceptamos hacerlo de buena fe. Pero llegamos al recinto quince minutos antes de actuar y, ni nos daba tiempo material, ni era el momento debido a la concentración que requieren esos minutos antes del show. Propusimos hacerlo después, sin problema, pero ya las formas se perdieron y todo acabó en tensión. Decidieron hacerlo público en redes y acabó en los informativos de televisión.

Z: Somos gente sensible con las causas, dejamos fuera las canciones que pudieran tener alguna connotación sexista, hicimos un repertorio sin ninguna ambigüedad en ese sentido.

S: Somos gente que cumple, se dio esa circunstancia y ya está, pero por suerte todo volvió a su cauce.

Twitter es la única red en la que estáis. ¿Qué encontráis en ella?

Z: Yo la tengo muy dejada, de vez en cuando pongo alguna cosita, pero limitada a la promoción. Ahora estoy un poco más activo en Instagram. En Twitter está todo muy polarizado y politizado, y me ha cansado muchísimo. No he llevado mentalmente las guerras partidistas, la división en todo. Me hacía entrar en cólera, irme a extremos en problemas que no puedes arreglar. Instagram es como una ventana, no tengo comunicación directa ni respondo privados, muestro lo que hago, lo que leo, cosas que creo de interés. 

Ya que lo menciona, usted se confiesa lector tardío, pero muy disciplinado. ¿Cómo fue su vuelta a la lectura?

Z: Soy obsesivo, no puedo dejar un libro sin acabar. De todo saco algo, por muy malo que sea. Muchas veces no me doy cuenta, pero Óscar me avisa de que me pongo demasiado poético, dando muchas vueltas: «¡Habla directo!».

S: Luego me siento mal, soy el cortapunto [risas]. Pero después de veintisiete años con él ya sé lo obsesivo que es. Si le da por beber Monster [señala la lata que tiene en la mano] no va a parar de beber Monster. Y si le da por escribir cosas de libros, no va a parar. 

Z: He pasado mis crisis mentales y hablo mucho de ello. Ahora puedo hablar del barrio porque he vivido allí y voy a ver a mi madre, pero mis temáticas rondan en torno a la locura. He estado metido en procesos complicados y las temáticas me rondan, claro. La lectura, también lo he analizado, fue una de las causas de que el dique se rompiera. Mi pensamiento va más rápido que yo. Entiendo por locura no poder frenar el pensamiento, y cuando empiezo a leer a gente del siglo xix es cuando digo: yo no estoy loco, este tío está diciendo con palabras exactas lo que he pensado toda mi vida. El personaje de Mr. Henry en El retrato de Dorian Gray, por ejemplo, me explotó la cabeza. Hay muchos más. También pienso que somos los mismos que describía Pérez Galdós en Los episodios nacionales, con un móvil en el bolsillo. 

¿Te has hecho un programa de lecturas, o vas saltando aleatoriamente de libro en libro?

Z: Tiro mucho de clásicos, de vez en cuando también leo algo actual, pero me gusta saber si el actual bebió del clásico y no es en verdad tan original como parece. Por ejemplo, leí La familia de Pascual Duarte y me gustó mucho. Después supe que Cela lo escribió en su juventud, cuando estaba obsesionado con Crimen y castigo de Dostoievski. Me encanta Dostoievski y todo el que investiga hacia dentro. Preguntas interiores. Toda esa mierda es la que más me gusta y, si hablan de la locura, me atraen aún más. A Galdós lo he mencionado porque me propuse leer, aunque fuera, la primera serie de los Episodios y ya estoy en Cádiz. Galdós es el equilibrio. Lo tiene todo en las dosis perfectas. Me gusta tener ya comprados los libros a los que sé que voy a tener que llegar. Están ahí esperándome, hasta que un autor que me está gustando mucho no deja de hablarme de otro que ya me mira desde la estantería. Así suelo pasar de uno a otro. Ahora he terminado el Quijote y entre Cervantes y el dependiente de la librería que un mes antes me dijo: «¡Qué buen libro te llevas!» mientras introducía en la bolsa las Metamorfosis de Ovidio. Pues ahí ando metido…

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Has oficiado como apólogo del hachís, sale en tus canciones… ¿Qué importancia tiene para ti? 

Z: Yo mismo cada vez lo tapo más, es una lucha contra la esclavitud que me crea. Hace poco probé los vaporizadores y me dije que podía empezar a dejar de fumar. Pero en general creo que todo el mundo es adicto a algo, yo al hachís, otro al café. Nos gusta acelerar o ralentizar la mente. 

S: Lo mismo que hay gente que necesita una cerveza, o un porro, el ser humano necesita una rutina, sensaciones determinadas que uno se administre. 

Z: Luego es una esclavitud, que yo nunca he sabido si tiene que ver con el tabaco, ya que, aunque fumo marihuana eventualmente, a diario fumo hachís que se consume mezclado con tabaco, y no sé si mi adicción es a la nicotina… Lo que pasa es que me gustan las drogas, aunque ahora no tome nada porque no veo mi mente equilibrada. Y sí que sé cuándo es el momento y cuándo no. Ya dejé de beber, y con ello de salir. Cuando la gente está borracha, huyo. Pero ¿qué hago con mi vida, si no hago nada de lo que me gusta?

S: Cuando dejé de fumar, estuve dos meses delante de la tele sin hacer nada, bebiendo agua. Y luego un tiempo largo con un carácter irritable, pero, pasado ese trance, te das cuenta de que lo que creías que aliviaba la ansiedad era lo que te la daba, era una mentira que te habías creado. 

¿Has pensado alguna vez si el mensaje prohachís es poco edificante para vuestros seguidores más jóvenes? 

Z: Los responsables siempre son los padres. Mi hija me ve fumar, sabe lo que es. La primera vez que entró en un bar, vio a un borracho tambaleándose y le expliqué qué le ocurría a aquel señor. La he enseñado a ver las cosas y a sacar sus conclusiones, y ahora me regaña cada vez que le digo la socorrida frase «Me termino el cigarro y vamos». Ella ve la esclavitud a la que me tiene sometido «el cigarrito», pero yo no soy su única fuente de información. Tiene amigos, ve series, oye canciones, lee y sabe que hay otros efectos que no son tan «negativos». Lo único que está en mi mano es proporcionarle información y hacerle entender la importancia y la virtud del equilibrio.

¿Cómo han revolucionado la música las plataformas? ¿Hacen bien a los creadores?

S: Sí y no. ¿Te acuerdas de cuando antes te hablaba de la industria que te daba un pequeño porcentaje? Pues nosotros ahora nos llevamos un gran porcentaje de un pequeño porcentaje de otra gente que se lleva un gran porcentaje [risas]. Si tú ganas 10, ellos van a ganar 90. Debería ser más equitativo, hay una desproporción. De hecho, Kanye West ha pasado de plataformas y se ha hecho la suya propia. 

Z: Lo positivo es que tenemos un sueldo al mes que antes no existía, «el sueldo Nescafé» lo llamamos. Tenemos un largo catálogo y siempre hay alguien escuchando alguna canción nuestra de alguna época. No tenemos que estar generando música continuamente.

S: Esto sería para una charla larga, me gusta analizar las cosas. ¿Te has dado cuenta de que Spotify nos relaciona con una gente determinada y nunca sales de un bucle? ¿Por qué el algoritmo no me deja oír otras cosas?

También ha cambiado mucho el hecho de que, donde antes sacabas un disco al año, ahora hay que lanzar una canción al mes. ¿Dependéis mucho emocionalmente de la respuesta?

S: Yo no, en absoluto. 

Z: Pero sacas un vídeo un día, tiene menos visitas que el anterior, y las dudas te abordan.

S: Yo, al contrario, me pregunto qué ha fallado. En vez de deprimirme, busco dónde aprender. He aprendido con los años a gestionar eso. No tiene sentido torturarte, como hacen muchos compañeros, con un comentario malo entre mil buenos. Tienes un bar, venden mil hamburguesas, si uno te dice que está mala, es que es tonto. Pero creo que es cosa del ser humano. Creo que todo es matemática, así que el fallo hay que buscarlo en la ecuación. ¿Esta música no le va a esta letra? ¿Has contado una historia de amor sobre una base demasiado dura, que difumina el mensaje? Cosas así.

En los últimos tiempos hemos asociado la palabra rapero con cárcel, por los casos de Pablo Hasél y Valtònyc. ¿Hay que cortarse con las letras, o la libertad debe ser absoluta, caiga quien caiga?

S: Es un debate muy complejo. En estos tiempos todo parece negro o blanco, sin puntos medios. La libertad de expresión sí, por supuesto, pero todo no vale. Hay cosas que pueden repercutir en la vida ajena, hacer daño psicológico, hay que ser responsable con eso. Los haters de internet han acabado con vidas.

Z: Para ser sinceros, cuando saltaron esas noticias, en el ámbito de los raperos lo que se preguntó fue: ¿quiénes son esos? Me parece que es un abuso lo que se ha hecho con Pablo Hasél. Puedes sancionar a una persona, pero, hostia, ¿cárcel? Me pregunto qué o quién hace tanta fuerza para encarcelar a un chaval así. Si otros raperos han puesto a parir a personajes importantes, ¿quién mueve el hilo para ese castigo ejemplarizante? Por otro lado, como no los habíamos escuchado, no podíamos defender su trabajo. Se ha cometido un abuso desproporcionado contra ellos, pero la paralización del sector se debió a no saber quiénes eran esos tíos.

S: Y los llaman raperos, pero si un panadero pega a alguien en la calle, ¿van a preguntarle a todos los panderos qué les parece? «Rapero» y «malo» siempre vende mucho como titular. 

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5 Comentarios

  1. Solé Angostura

    «La conquista del respeto fue una cuestión clave para los raperos»

    Pobrecicos. ¿Se lo decís vosotros o se lo digo yo?

  2. Mucha conciencia social pero defiende el consumo de drogas que sirve para financiar violencia y muerte y dejar a mucha gente en la pobreza. Luego afirman o insinuan que tienen canciones sexistas. Hay dos opciones, o se autocensuraron en el mencionado festival o bien tienen realmente cancione sexistas y son machistas. En cualquier caso no veo la tal conciencia social.

  3. Una ‘conversación’ textual tejida a la perfección. Los SFDK siempre se mojan.

    Larga vida al rap en andaluz!

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