Ciencias

Serendipia = suerte x sagacidad

San Francisco, 1932. Fotografía Getty. serendipia
San Francisco, 1932. Fotografía Getty. serendipia

En 1964, Arno Penzias y Robert Wilson, dos científicos que trabajaban en los laboratorios Bell, estaban poniendo a punto una nueva antena de seis metros, diseñada como un aparato supersensible para medir ondas de radio reflejadas por los llamados «globos de eco», uno de los primeros satélites artificiales, esencialmente una bola metálica capaz de reflejar ondas electromagnéticas.

El trabajo era delicado porque la señal producida por los satélites era muy débil, y para registrarla hacía falta suprimir cualquier interferencia, incluidas las ondas de radar y las frecuencias normales de comunicación de radio. Una vez eliminadas, los dos científicos se libraron de la interferencia por el calor desprendido por la misma antena, enfriándola con helio líquido, hasta una temperatura a solo cuatro grados por encima del cero absoluto.

En esas condiciones, Penzias y Wilson esperaban, con razón, no registrar ninguna señal en su receptor que no proviniera de los satélites. Sin embargo, encontraron un misterioso ruido, que, a pesar de ser de muy baja intensidad, era todavía cien veces más intenso de lo que sus cálculos indicaban. El problema los llevó de cráneo durante meses. El ruido no parecía provenir de ninguna fuente obvia en el planeta, ni tampoco del Sol o incluso de la galaxia, ya que no mostraba preferencia alguna por una dirección u otra. Tras innumerables comprobaciones, llegaron a la conclusión de que estaban detectando una nueva fuente de radio extragaláctica de origen desconocido. 

Exactamente al mismo tiempo, un grupo de astrofísicos de la universidad de Princeton (Dicke, Peebles y Wilkinson) estaban preparando una propuesta para buscar la radiación de microondas debida al Big Bang. La idea era que la radiación electromagnética, emitida en la gran explosión catorce mil millones de años atrás, podía detectarse, si bien mucho más «fría», esto es, desplazada hacia longitudes de onda muy largas debido al efecto Doppler. El artículo en el que se detallaba la idea cayó en manos de un profesor del MIT, Bernard F. Burke, que lo comentó con su amigo Penzias, que a su vez se dio cuenta de que esa radiación de fondo de microondas que los de Princeton querían buscar podía corresponderse con la extraña señal que Wilson y él habían detectado. Penzias llamó a Dicke y lo invitó a acercarse a su laboratorio a «escuchar» el misterioso ruido; otra más de las afortunadas casualidades de nuestro relato es que Princeton está a una hora de coche de Holmdel, donde Penzias y Wilson tenían su laboratorio. No tardaron en establecer que, en efecto, los dos científicos de los laboratorios Bell habían realizado uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la física. 

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2 comentarios

  1. Interesantísimo y muy disfrutable artículo. Una cosa que siempre me ha llamado la atención, es que a pesar de que catorce mil millones de años son mucho años, a la escala del Universo me parecen pocos. Pensar por ejemplo que la Tierra tiene la tercera parte de la edad del Universo. O que una estrella puede vivir dos tercios. Viéndolo así, este Universo es un recién nacido. Si pensamos que la vida en la Tierra lleva ya millones de generaciones, una generación y media de estrellas parece ridículamente poco. Seguro que eso puede querer decir cosas. Me gustaría saber qué opina el señor Cadenas de estos divagues míos.

  2. Pingback: Tu cruz en el cielo desierto (y 2) - Jot Down Cultural Magazine

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