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Por la noche en Gulu, capital oficiosa del norte de Uganda, la negrura impenetrable del bush cae como un telón pasada la última farola. Así le llaman aquí al campo: bush, los arbustos, la vegetación que ha sobrevivido a la guerra y la deforestación y de la que nunca sale nada bueno. Los hombres del Ejército de Resistencia del Señor —LRA en sus siglas en inglés— de Joseph Kony, escondidos en el bush, atacaban las aldeas y se llevaban a los niños. En el año 2003, la ciudad asistió a un acontecimiento inédito, cerca de cuarenta mil niños de los alrededores caminaban al atardecer cada día para dormir al raso en las calles de Gulu y evitar los secuestros y la violencia del ejército ugandés en su operación contra Kony. Se les llamó night commuters, los viajeros de la noche. Ahora la región vive una relativa paz desde que Kony y su guerrilla viven emboscados entre la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y la República Centroafricana.
«Más que un grupo rebelde, es una secta. Una secta armada y Kony, un experto en control mental. Es capaz de aterrorizarte y, al segundo, decir que eres su mejor amigo», dice el español José Carlos Rodríguez acerca de una conversación por radio que tuvo con él. Father Carlos, expadre comboniano, llegó a Uganda en 1984 y conoce muy bien al LRA. Ha visto las mutilaciones que inflige a sus víctimas y ha rescatado a muchos de sus manos, como Michael Achelam Odongo y Moses Rubangangeyo, a los que conocí en Gulu, afortunados entre los treinta mil niños y adolescentes que el LRA ha secuestrado desde 1986. Michael escondía el ojo que le quedaba tras unas gafas de sol, cojeaba y tenía cicatrices en cara y brazos. «Era un buen soldado, por eso llegué a brigadier», me dijo en una diminuta habitación de hotel. Moses, intacto a simple vista, había creado su propia organización para acoger a otros niños liberados. La cruzada mesiánica de Kony por gobernar Uganda con los diez mandamientos cristianos no hubiera existido de no ser por una mujer que vivía en Opit y de la que decía ser su primo.
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