
Esta fue exactamente la actitud con la que me senté cuando lo llamé, indicándole deprisa lo que quería que hiciera, a saber: revisar conmigo un breve documento. Imaginen mi sorpresa — mejor dicho, mi consternación— cuando, sin moverse de su retiro, Bartleby, con una voz particularmente suave pero firme, contestó: «Preferiría no hacerlo».
(Herman Melville, ‘Bartleby, el escribiente’)
Las grandes hazañas comienzan con un designio divino, con un deber ineludible cuyo cumplimiento viene a repercutir en el bien común de un pueblo. Las grandes hazañas se inician con el rapto de una mujer. Las grandes hazañas resuenan en la posteridad con el temblor del bronce. Las grandes hazañas están teñidas de sangre.
Basta analizar la evolución de los géneros grecolatinos para constatar el cambio de mentalidad que se produjo en la época helenística, cuando un grupo de poetas alejandrinos se atrevió a cuestionar con su novedoso canon estético los valores imperantes en la épica. Y es que, hacia el siglo III a. C., los eruditos alejandrinos como Calímaco dinamitaron la tradición literaria anterior al rechazar a la Musa gravis, inspiradora de la poesía épica, y cultivar en su lugar los que hasta entonces habían sido considerados géneros menores (tenuis), como los epigramas.
Fruto de este desdén por los géneros mayores (epopeya y drama) surgieron composiciones tan interesantes como los epilios, pequeñas piezas épicas de temática mitológica que más tarde en el territorio latino fueron imitadas por autores de la talla de Catulo, pues los llamados poetae novi, siguiendo la estela de los alejandrinos, utilizaron sus dotes literarias para desenmascarar a los héroes de las epopeyas homéricas. Así, en su carmen 64, el epitalamio de la boda de Tetis y Peleo, Catulo insiste en la perfidia y crueldad de héroes como Teseo al mostrarnos el punto de vista Ariadna tras haber sido abandonada, o través de la canción de las Parcas que anuncia el nacimiento del invencible Aquiles, quien «como el segador que bajo un sol ardiente/ va, puñado a puñado de apretadas espigas, /cortando rubios campos, así con su temible/ espada abatirá él los cuerpos troyanos»1.
Esta nueva concepción del mundo guerrero que se complace en denunciar los crímenes de los intachables héroes, que no tiene ningún reparo a la hora de pintar al insigne Aquiles como un sanguinario asesino, pone de manifiesto una nueva sensibilidad que viene a ahondar en el sufrimiento de los vencidos. Se trataba de una estética que reflejaba el lado menos heroico de la vida al incidir en el desastre ocasionado por aquellos valores guerreros que hacían de la obtención de la fama (kléos), garante de inmortalidad2, su única aspiración. Donde Homero cantaba gloria, valentía y virtud, Catulo verá deslealtad, muerte y destrucción.
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Supongo que ese tipo de héroe inexistente es el modelo de la generación boomer.
Como dice el prota de Asesino (David Fincher 2023): «Es sorprendente lo agotador físicamente que puede ser no hacer nada»
Me ha encantado el artículo.