
Sugerimos acompañar la lectura de esta crónica con la obra «4´33´´», de John Cage.
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En el año 1974, el entonces intendente de Buenos Aires, José Embrioni, hizo colocar un cartel giratorio (toda una proeza tecnológica) en el obelisco de la ciudad con la siguiente leyenda: «El silencio es salud».
Argentina se dirigía de un modo vertiginoso hacia su propia distopía. Faltaban dos años para el golpe de Estado y pocos leían «el silencio es salud» como un llamado a combatir la contaminación sonora, tal parecía ser su objetivo, sino como otra cosa. Otro tipo de silencio.
Silencio de la voz.
Silencio del decir.
La maravilla de las lenguas humanas es que pueden nombrar lo que no es tangible: las ideas, los sentimientos, las opiniones. Y todo ello, las ideas, los sentimientos, las opiniones, solo comienza a existir fuera de la mente cuando es nombrado.
Por eso, la voz es lo primero que buscan suprimir los regímenes totalitarios.
¿Qué sucederá con las lenguas, si no se permite la voz, en los futuros distópicos que imaginamos los escritores? ¿Cómo se podrá decir mi nombre es tal, necesito ayuda, te amo?
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A veces avanzamos hacia el silencio sin darnos cuenta. En ciertos estados de Estados Unidos se prohíben las groserías. En Corea del Norte se prohíbe toda crítica al Gobierno; en países de Asia y África, la homosexualidad y las palabras que la nombran. En otras naciones está prohibido blasfemar.
Para no pagar multas, ir a la cárcel o ser asesinado, esas palabras se esconden, se susurran o simplemente se extirpan del vocabulario. Difícil que se nos escape alguna si las desterramos al vacío de lo que no se dice.
(«El silencio es salud»).
A veces el silencio va matando palabra tras palabra hasta que no queda nada por decir.
3
¿Y si un día, por los peligros del afuera, es el silencio la única lengua en la que podemos estar? ¿De qué modo aquello cambiará lo que somos, nuestra cultura, nuestra cosmovisión?
En la lingüística existe la llamada hipótesis de Sapir-Whorf, que establece que la estructura de la lengua materna modifica o afecta el modo en que percibimos el mundo. Una de las afirmaciones de esta hipótesis considera que, si un sistema lingüístico no posee una palabra para nombrar un concepto, sus hablantes estarán imposibilitados para comprenderlo.
Si bien esta teoría fue ampliamente criticada y abandonada, ya que daba a suponer que ciertas lenguas eran superiores o más completas que otras, posee tal belleza para el escritor de distopías que no podemos menos que incluirla en esta crónica.
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Se me ha hecho muy corto.
El horror.
Magnífico artículo!