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Mentiras gozosas: la domesticación de la infancia (y 3)

Mentiras gozosas: la domesticación de la infancia La doncella y el unicornio, de Domenichino.
La doncella y el unicornio, de Domenichino.

Viene de «Mentiras gozosas: la domesticación de la infancia (2)»

¿Dijiste media verdad?

Dirán que mientes dos veces

si dices la otra mitad.

(Antonio Machado)

En un congreso sobre el control de la infancia celebrado en Sevilla en 2012, tuve ocasión de conversar largo y tendido con Judith Miller, la hija de Jaques Lacan. Me temía lo peor —un indigerible rollo lacaniano— y me encontré con lo mejor: una crítica radical de la manipulación sistemática —sistémica— de la infancia por parte de las instituciones, empezando por la familia. Este artículo es, en alguna medida, un resumen de aquellas conversaciones y un pequeño homenaje a Judith, que falleció en 2017, antes de que pudiéramos llevar a cabo nuestro proyecto de organizar un encuentro internacional sobre el estatuto epistemológico del marxismo y el psicoanálisis, como mencioné en un artículo anterior («Grandeza y miseria de los metarrelatos», 15/10/2022).

Sobreprotección e infraatención

Terminaba la segunda entrega de esta breve serie señalando que las mentiras disonantes y las espantosas se unen con frecuencia a las sobreprotectoras para dar lugar a relatos disuasorios desproporcionados (cuando no delirantes). Relatos que, más que proteger a sus destinatarios, tienen por objeto tranquilizar a sus emisores, que suelen ser los consabidos padres y madres «sobreprotectores»; entre comillas, porque la denominación es equívoca: sería más adecuado llamarlos seudoprotectores. Pues la sobreprotección suele ser un intento neurótico de compensar la falta de atención real, algo que les niñes de hoy echan de menos a menudo. Porque la atención real consiste, en primer lugar, en escuchar, y en segundo lugar, en responder; en una palabra: en dialogar. Como nos advierte Rabelais: «Un niño no es una vaso que hay que llenar, sino una llama que hay que alimentar». Pero llenar vasos es más fácil, y además no corres el riesgo de quemarte los dedos.

Durante el último tramo de lo que los psicólogos denominan «fase de impregnación», es decir, entre los cuatro y los seis años, les niñes hacen muchas preguntas, puesto que han alcanzado la consciencia suficiente como para empezar a darse cuenta de las numerosas lagunas de su incipiente visión del mundo y, en consecuencia, sienten la acuciante necesidad de llenarlas. Y muchos padres y madres carecen de la paciencia, la formación o la sinceridad necesarias para satisfacer las expectativas infantiles. Y en esta etapa decisiva de la infancia, la falta de atención —que se traduce en falta de diálogo— es casi tan nociva como la falta de cariño (de hecho, la falta de atención es falta de cariño verdadero —ese que ni se compra ni se vende—, que es, ante todo, reconocimiento y respeto de la individualidad ajena). Y algunos progenitores, vagamente conscientes de que la falta de atención dificulta la maduración intelectual y emocional de sus hijes, intentan compensarla con un exceso de protección.

Mentiras cualitativas

La verdad solo es digna de ese nombre cuando es toda la verdad y nada más que la verdad, puesto que las omisiones y los añadidos maliciosos pueden distorsionarla hasta convertirla en una falacia. A propósito de la infancia y la adolescencia, las mentiras por omisión son tan frecuentes como inicuas, ya que abusan de la precaria información de las víctimas, que no les permite llenar los huecos tendenciosos de la narrativa adulta. Y en este sentido son especialmente arteras las que podríamos denominar «mentiras cualitativas», en tanto que omiten consideraciones cuantitativas relevantes. Decirles a les jóvenes que el uso del preservativo no evita el riesgo de embarazo ni el de transmisión del VIH1 es un claro ejemplo de este tipo de falacia, pues hablar de riesgo sin cuantificarlo no tiene ningún sentido (salvo el de engañar, obviamente). Existe la posibilidad de que al ir por la calle te caiga algo —o alguien— en la cabeza: una maceta, un trozo de cornisa, un meteorito, un suicida… Pero si una madre no dejara salir a su hijo por miedo a tales impactos, lejos de considerarla prudente dudaríamos de su salud mental. Pues bien, el riesgo de embarazo o de transmisión de enfermedades venéreas con un uso correcto del preservativo no es mayor que el de sufrir el impacto callejero de algo más masivo que un excremento de paloma. De hecho, no sé de ninguna mujer que se haya quedado embarazada usando un preservativo y sí de un hombre al que se le cayó encima un suicida (que además es el argumento del relato Vidas perpendiculares, del antaño popular humorista Álvaro de Laiglesia).

Buda y el unicornio

Un caso extremo de sobreprotección y mentiras por omisión lo encontramos en la biografía semilegendaria de Buda, según la cual el padre del príncipe Siddharta lo mantuvo recluido en su palacio hasta los veintinueve años, rodeado de lujos y comodidades, para evitarle cualquier tipo de peligro o experiencia desagradable. Al salir furtivamente de su jaula de oro, el futuro iluminado se enfrentó con la vejez, la enfermedad y la muerte, es decir, con el sufrimiento inherente a la condición humana, y decidió dedicar su vida a la búsqueda de una vía de liberación (y encontró ocho: el óctuple sendero).

El caso de Buda es un tanto atípico, pues no son los jóvenes príncipes quienes suelen ser recluidos para protegerlos de los males del mundo, sino las jóvenes princesas. Y lo que se protege, en el caso de las jóvenes princesas y otras doncellas cautivas de las leyendas y los cuentos tradicionales, es su virtud, que la narrativa patriarcal, en su fóbica negación de la sexualidad femenina, confunde con la virginidad.

Desde el mito partenogenético de la Virgen María hasta la leyenda del unicornio, pasando por un sinfín de narraciones ejemplares, tanto del folklore como de la cultura de masas, la pureza, en las jóvenes, se identifica con la castidad2, lo que equivale —la mentira por omisión se convierte en exclusión— a considerar impura a la mujer sexualmente activa. En este sentido, la leyenda del unicornio es especialmente significativa: una doncella puede acogerlo en su regazo y acariciarlo sin temor (como en el casi obsceno lienzo del Domenichino); pero si una no virgen se atreve a acercarse al inmaculado monoceros, corre el riesgo de ser ensartada sin piedad por su poderoso cuerno. Todo un festín iconográfico para un psicoanalista.3


Notas

(1) No es un ejemplo escogido al azar. Una controvertida campaña de finales de los ochenta para la promoción del uso del preservativo entre los jóvenes, cuyo eslogan era «Póntelo, pónselo», no solo suscitó las consabidas diatribas morales de los sectores más retrógrados de la Iglesia, sino también sus ataques seudocientíficos. Recuerdo con consternación un debate televisivo en el que una dama del Opus Dei afirmó sin despeinarse que el preservativo no eliminaba por completo el riesgo de transmisión del VIH; pero lo más indignante no fue la desfachatez de la dama en cuestión, sino la falta de respuesta de sus oponentes, que demostraron una vez más que el anaritmetismo la ignorancia matemática profunda, con su consiguiente atrofia del pensamiento cuantitativo se traduce en pura necedad e insolvencia política.

(2) Hay que exigirle a la RAE que en su diccionario deje de figurar «castidad» como sinónimo de «honestidad», como si la honradez tuviera algo que ver con la abstinencia sexual.

(3) De hecho, «el sueño del unicornio» de un paciente de Lacan dio lugar a abundante y muy jugosa literatura psicoanalítica; pero ese es otro artículo.

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32 Comentarios

  1. Muy sensato. El poder sobre la reproducción que se ha ejercido por el patriarcado ha estado muy presente hasta nuestros días, y sigue coleando en el aborto, en la mutilación sexual, en las indumentarias. Virginidad, honor, familia, paternidad, maternidad, castidad, pureza….conceptos muy interesantes de analizar su origen histórico y su uso ideológico, y que como todos tienen una gran carga simbólica.

    • Una carga simbólica que no se agota con la supuesta liberalización de las costumbres y la «liberación de la mujer» . En este sentido, me parece especialmente significativo -y preocupante- el actual debate sobre la prostitución en el seno de la seudoizquierda.

      • Yo no entiendo mucho a estas alturas lo que significa ser feminista. Yo me quedé en la idea de que se busca que hombres y mujeres tengan los mismos derechos, las mismas oportunidades reales, y también la misma remuneración por su trabajo. Pero no tengo idea de si las feministas están en contra absoluta de la prostitución. Porque así como se dice yo con mi cuerpo hago lo que quiero, y te haces un aborto, también se escucha decir que si quieres pagarte los estudios prostituyéndote, pues muy bien. Yo soy de los que piensa que la prostitución está mal siempre, que va contra la dignidad del ser humano, pero no sé cuántos son los que piensan como yo. A propósito del aborto, también pienso que involucra a algo más que el cuerpo de una mujer, por más que sea complicado definirlo con exactitud.

        • Frabetti

          Ingerir alcohol «está mal siempre», por usar tus mismas palabras; pero no se puede prohibir ni criminalizar, y la ley seca solo benefició a Al Capone. Y claro que el aborto involucra algo más que el cuerpo, es una experiencia terrible, que he vivido muy de cerca. Pero son decisiones personales: podemos no compartirlas, o no siempre, pero nadie tiene derecho a decirle a nadie lo que puede o no hacer con su cuerpo (e incluyo el suicidio entre los derechos fundamentales). Por si te interesa: https://www.jotdown.es/2023/03/critica-de-la-razon-puta-estigma-panico/

  2. «El hedor, el horror» El corazón de las tenublas, Jose Conrado.

    • Jose Antonio Fernandez

      «El corazón de la TINIEBLAS» de Joseph Conrad. Espero que en Inglaterra no llamen a Calderón de la Barca como «The big Caudron of the Boat»

  3. Abel "el bedel"

    – Padre. He pecado. Anoche me acosté con una mujer y ni siquiera sé su nombre.
    – Comprendo… ¿Y tienes ahí su número de teléfono?

  4. El artículo pierde mucho con eso de les niñes.

    • Algunes pensamos que la lengua -y con ella la cultura- pierde mucho al usar el masculino de forma inclusiva y al decir «el hombre» como sinónimo de «la humanidad».

      • Abel "el bedel"

        ¿»El hombre»? Será «el hombro». Seamos coherentes. ¿O es coherentos?

      • A mí parecer es un invento horrísono. Además, pensar que la lengua cambia el mundo es un error idealista.

        • Suena mal, hay que admitirlo; pero peor es mantener el atropello lingüístico vigente. Y pensar que la lengua no cambia el mundo es un error mecanicista: la lengua y el mundo se cambian mutuamente, están en relación dialéctica.

        • Entonces, si el lenguaje no cambia el mundo, quedémonos con «les niñes», ¿qué mal hace?

          • No lo cambia, pero enreda bastante. Los que supuestamente estarían por transformarlo se quedan jugando al scrabble.

            • Las feministas, principales impugnadoras de la opresión lingüística, han hecho algo más que jugar al scrabble en las últimas décadas. Y, por otra parte, tampoco está de más experimentar y jugar con el lenguaje. No infravaloremos el scrabble.

      • Hablando de los debates en el seno de la pseudoizquierda…

  5. Piet Kuijt

    En efecto, una moda friki más de la izquierda, que como tantas otras provoca desafección en su electorado natural. La izquierda es responsable de desangrar en votos constantemente su nicho político. A la propensión de efectuar biparticiones por los motivos más peregrinos, se suma la gilipollez de Podemos o Sumar de hablar empleando el femenino. Ha sido una estrategia genial para espantar a la mitad de su potencial electorado. ¿Qué hombre va a votar a un partido que le convierte por definición en ciudadano de segunda categoría? Pagafantas y manginas. Ahora dicen las dirigentes de esos dos partidos que esa expectativa de voto vinculada al sexo son secuelas del patriarcado. O sea, el electorado masculino no les vota, porque los hombres están anclados en el pasado. El caso es que los que menos les vota son los jóvenes, los menos anclados al pasado. A ver, cretinas: ¿qué gazatí votaría a un sionista? Un gazatí idiota. Pues tal será la condición de los hombres que voten a un partido que los segrega. En lugar de apostar por la isonomía y combatir las diferencias de clase en donde interesa (la división del trabajo) con el único método posible (la revolución), adornan una casa imaginaria cambiando las cortinas de la lengua. Y después nos preguntamos por qué la gente no tiene conciencia de clase. Para votar a una idiota te quedas en casa. La abstención de la izquierda gana siempre por goleada.

    • Frabetti

      Estoy de acuerdo en que sustituir el masculino por el femenino, además de postureo electoralista (probablemente fallido, como apuntas), es caer en el vicio contrario. Pero algo hay que hacer para superar la prepotencia semántica patriarcal e imperialista. No se puede admitir que los estadounidenses llamen «América» a su país ni que se siga hablando de «el hombre» como sinónimo de la humanidad. No se trata de cambiar las cortinas de la lengua, sino su sustrato ideológico.

      • Piet Kuijt

        Vaya. Un prehegeliano. La conciencia determinando la vida social. Volviendo a los tiempos de Descartes.

        • La revolución no siempre trae el mundo perfecto; hace falta cambiar muchas cosas, luchar contra muchas opresiones: la económica, sin duda… pero hay más. Un mundo socialista me encantaría, pero estaría lejos de ser perfecto si en él hay machismo, antiecologismo o especismo.

          • Frabetti

            Es que si hay machismo, antiecologismo o especismo no cabe hablar de socialismo. El socialismo y la democracia (que algunos consideramos sinónimos) son, hasta ahora, meros conatos. Y no siempre en la dirección correcta.

        • Frabetti

          Se determinan mutuamente. Hegel y Marx estarían más de acuerdo que el mecanicista Descartes.

          • Abel "el bedel"

            Una persona que sustituya «gilipollas» por «gilipolles» define en primera persona ese término.

      • Que pena que un hombre tan culto e inteligente, que cree en la ciencia y que desarrolla sus raciocinios siguiendo las reglas de la lógica, sea víctima de ardientes dogmas justicieros, bien intencionados, pero nada lógicos ni científicos.
        Por qué los habitantes de un país llamado Estados Unidos de América no puede llamarse americanos? Eso ofende al resto de habitante del continente americano? En serio? Si eso es un argumento contra el imperialismo, creo que es mejor respirar profundamente y volver a pensarlo todo de nuevo.
        También habla de la «prepotencia semántica patriarcal e imperialista». Usar el masculino para referirse a un grupo de niños y niñas es prepotencia patriarcal? No será simple gramática. Creada por hombres, sí, pero gramática al fin y al cabo, la misma gramática que usa el femenino para las personas, las gentes, la Tierra, la humanidad, la vida… (y la matraca).
        Estemos o no de acuerdo, le reconozco que usted es muy bueno escribiendo y pensando, señor Fabretti. Revise cuidadosamente sus dogmas, evitelos, luche contra ellos. (Se lo digo con em mayor respeto, todos tenemos dogmas nocivos, yo también)

        • Frabetti

          Que el lenguaje es discriminatorio no es una ocurrencia mía. Y que «la gente» sea femenino no es equivalente a que «los hombres» signifique «la humanidad»; el equivalente sería referirse al género humano como «las mujeres» (¿a que suena raro?). Y por supuesto que los estadounidenses pueden llamarse americanos, como nosotros europeos; pero no de forma excluyente, como cuando dividen el mundo en America y Unamerica. Y cuando cantan God Bless America o dicen America first no se refieren a todo el continente. Dicho lo cual, sí, todos arrastramos dogmas nocivos (valga la redundancia), y por eso son útiles estos diálogos, para intentar afrontarlos.

    • Me gusta lo que dices, compañero Piet, pero creo que tu discurso se puede tomar por algunes como mecanicista y falto de dialéctica.

  6. Me temo que tanto gran parte del mundo occidental como usted Sr. Frabetti , al prescindir de la experiencia de lo que es ser padre o madre, se pierde una parte fundamental para comprender lo que es esa vida sobre la que hace tan interesantes disertaciones, lo cual les aleja además de una visión en la que tenga menos peso la razón y más las emociones, esencial para una posible salvación de la humanidad.
    Un abrazo

    • Frabetti

      No dudo de que me pierdo algo (también se lo pierden los padres y las madres: el celibato tiene sus ventajas, como la propia religión admite), y estoy totalmente de acuerdo en la importancia de las emociones y los sentimientos. Y seguro que tener hijos -tenerlos bien- nutre y afina nuestra parte afectiva. Pero no es la única opción, ni necesariamente la mejor. Y, por favor, nada de Sr. Frabetti (al oír eso se me aparece el fantasma de mi padre).

    • Jose Antonio Fernandez

      Cuéntaselo a la Iglesia Católica, que están muy ocupados salvando a la humanidad. Oficialmente los Curas y demas personal de la jerarquía prescinden de la experiencia de ser padre o madre.
      Y como padre de dos hijos, jamás se me ocurriría criticar a alguien que no los tiene.

  7. Con la mayor sencillez posible, me atrevo a invitarle, Fabretti, a indagar sobre el verdadera concepto de Castidad. No deje de leer el libro del mismo nombre de Erik Varden. Muy recomendable. De Iglesia, sí, pero ¿qué mejor que acudir a la fuente de tanta transgiversación humana? Espero su respuesta…gracias!!

    • Frabetti

      Gracias, Irene, lo leeré. Pero no dudo de que haya un concepto de castidad defendible, sobre todo en contraposición a la tan frecuente y tan lamentable banalización de las relaciones sexuales. Lo que yo impugno es la hipócrita -y represiva- moral patriarcal que niega o desprecia la sexualidad femenina.

    • E.Roberto

      Con todo el respeto que se merece, señora, pero eso de “verdadero concepto de Castidad” me chirría no poco. ¿No se podría sostituir “verdadero” por aconsejable o algún otro vocablo pertinente? Creo que la Fe, necesaria por supuesto, no perdería su estatuto ontológico. “Verdadero” tiene una carga subliminal de violencia que me sigue espantando desde que era pibe. Será porque soy varón. Si venimos a este mundo con aparatos reproductivos, y libremente elegimos la abstinencia sexual, Castidad, a mi parecer no es la adecuada para nombrarla, porque es también sinónimo de pureza, de santidad. Mi madre era una santa, y seguramente pura por más que me haya hecho la vida casi imposible. ¿Por qué no abstinencia? Pienso que no cambiaría nada. Lo querramos o no es un atropello pasivo contra la naturaleza. Con respecto a su consejo de leer ese libro, lo buscaré; y sospecho que será la contraparte de uno que leí hace poco: Eunucos para el reino del Cielo, de una teóloga alemana, protestante convertida al catolicismo y despedida del Vaticano al poco tiempo por su peculiar visión de la “castidad” de la Virgen María. Reitero mis respetos y espero volver a leer sus comentarios. En este foro al 99% masculino es un soplo de aire fresco. Muchísimas gracias..

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