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¿Cuál es la mejor franquicia de la historia del cine?

Cuál es la mejor franquicia de la historia del cine

Aunque parezca un fenómeno muy reciente, las franquicias siempre han dominado la taquilla del cine. Las secuelas, las precuelas y las triquiñuelas en forma de spin-offs son apuestas seguras para la audiencia generalista, porque el populacho gusta del circo, y más aún cuando el espectáculo tiene lugar bajo una carpa conocida. 

La encuesta que proponemos aquí es una celebración de aquellos linajes cinematográficos que no se contentaron con un único capítulo y degeneraron en familias numerosas. Un sondeo de popularidad que plantea a nuestros lectores la pregunta ¿cuál es la mejor franquicia de la historia del cine?». Es necesario señalar que, en este caso, hemos optado por dejarnos llevar por el cine más asquerosamente comercial. Porque cosas como la trilogía de Apu de Satyajit Ray, las entregas numeradas de La condición humana de Masaki Kobayashi, o los largometrajes fronterizos que Theo Angelopoulos inició con El paso suspendido de la cigüeña están muy bien, pero hoy no tocan. Aquí hemos venido a debatir abrazando el cubo de palomitas XXL y con la sala abarrotada de peña que también mastica fuerte. A disfrutar de los placeres del entretenimiento generalista como debe de ser. Recordamos que el formulario para votar se encuentra al final de la lista de candidatas y que, como es costumbre, los comentarios están abiertos para aportar sugerencias o soltar improperios.


Misión imposible

Cuál es la mejor franquicia de la historia del cine

Vamos a olvidar por un momento que Tom Cruise tiene pinta de utilizar placenta como base para las pizzas, que ha calificado la psiquiatría como pseudociencia cuando él mismo milita en la tropa de payasos de la cienciología, y que suele interpretar sus papeles subido a cajas por un complejo importante con lo de su altura. Y vamos a centrarnos en que, excentricidades al margen, puede que sea la última gran superestrella de Hollywood. Algo de lo que la saga Misión imposible tiene bastante culpa.

El propio devenir de las correrías del superagente Ethan Hunt (Tom Cruise) es interesante. La primera Misión imposible (1996) nació como remake de aquella popular serie sesentera de espías para la que Lalo Schifrin compuso la mejor banda sonora posible. Un concepto que Brian de Palma se encargó de trasladar al cine rodando una película sobresaliente de espionaje, cargada de estilo propio, con una secuencia icónica y tantos requiebros en la trama como para desorientar al público poco acostumbrado a los laberintos del realizador. John Woo se ocupó de la secuela, montando una farra de tiroteos con melenas y palomas a cámara lenta donde lo de colocar las Fallas en Sevilla era el menor de los pecados. J. J. Abrams comandó Misión imposible 3 (2006) haciendo lo que mejor se le daba: facturar un film competente pero sin personalidad. De Misión imposible: protocolo fantasma (2011) se ocupó un Brad Bird, que tras filmar películas de animación fabulosas (El gigante de hierro, Los increíbles, Ratatouille) demostró que también era mañoso perpetrando acrobacias con gente de carne. Christopher McQuarrie dirigió las entregas Nación secreta (2015), Fallout (2018) y Sentencia mortal Parte 1 (2023) bordando la labor. Porque sus misiones imposibles poseían el ritmo y alma de los blockbusters potentes de aventuras, algo que no se ve a menudo últimamente. Y también tenían el bonus añadido de ver a Cruise ejecutando sin dobles escenas de acción potencialmente peligrosas. O lo menos que se podría esperar del tío que para promocionar Sentencia mortal se presentó sentado en un avión biplano en marcha sobrevolando el cañón Blyde River sudafricano como quién está apoyado en un taburete en la barra del bar. Cualquier día se nos mata, eso sí.


El padrino

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Gracias a Barbie (2023) hemos aprendido dos cosas: que a Ben Saphiro y a la tropa de borregos que entonan el «get woke, go broke» no hay que hacerles mucho caso. Y que dar mucho la brasa sobre la saga El padrino es de primero de Mansplaining Cansino. Así que aquí iremos a lo básico.

Francis Ford Coppola ideó la estirpe de películas más exitosas sobre trasuntos mafiosos a partir de la novela El padrino de Mario Puzo, un escritor que también firmó los guiones de las versiones cinematográficas. El padrino (1972) retrató la vida en la familia, repleta de ajustes de cuentas entre gánsteres italoamericanos en Nueva York e Italia, con Marlon Brando interpretando a Vito Corleone y Al Pacino como su hijo, Michael Corleone. Y su estreno fue un evento descomunal, convirtiéndose en la producción más taquillera del año, recibiendo alabanzas de toda la crítica y recogiendo el Óscar a la mejor película. El padrino parte II (1974) funcionó como precuela y secuela al mismo tiempo, narrando el ascenso de Vito (Robert de Niro) en el pasado y los devenires de Michael (Al Pacino) en el futuro. Y también arrasó en salas y agarró el Óscar más gordo. El padrino parte III (1990) fue la tonta del grupo, la que Coppola firmó desganado y por obligación tras encadenar fracasos. Una cinta de trama deslavazada, inferior a sus predecesoras y con la cuestionable participación de la hija del director, Sofia Coppola, que de talento interpretativo iba escasa. En el fondo, el propio realizador considera la serie El padrino como una bilogía y un epílogo. Aunque en 2020, Coppola intentó reparar el desastre lanzando El padrino, epílogo: la muerte de Michael Corleone. Un nuevo montaje del tercer film que, esta vez sí, recibió buenas críticas. En conjunto, la franquicia El padrino supuso el producto más influyente de temática mafiosa. Aquellos largometrajes que, desde entonces, han tomado como ejemplo, o han tratado de imitar, todas películas sobre crimen organizado.


La trilogía Cornetto

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La serie más especial de toda esta lista por tener el nexo de unión entre sus películas más extraño posible. Porque lo que tienen en común Zombies Party (Shaun of the Dead) (2004), Arma fatal (Hot Fuzz) (2007) y Bienvenidos al fin del mundo (2013) no son los personajes ni la trama. Sino el hecho de que cada una de ellas parodia un género popular diferente (el cine de zombis, el policiaco de acción y la sci-fi) compartiendo director (Edgar Wright), pareja de actores principales (Simon Pegg y Nick Frost) y la aparición en pantalla de helados Cornetto (de colores a juego con el tono del film). Lo genial del asunto es que las tres pelis son cojonudas y descacharrantes, con guiones y diálogos inteligentes repletos de pistolas de Chéjov, con un Wright inspiradísimo y con unos protagonistas en los que alguien ha invertido todos los puntos en carisma. También es probable que se trate de la trilogía con el mejor nivel de calidad en general, porque sus entregas además de homenajear distintos géneros con gracejo resultan sólidas en cada uno de ellos. Curiosamente, aunque la favorita del público ha sido siempre Shaun of the Dead, la peli Cornetto predilecta de Simon Pegg es Bienvenidos al fin del mundo, porque se trata de la «menos amigable para la audiencia».


Alien

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Una saga con monstruo espantoso que nació bonita pero en la actualidad resulta difícil de mirar a los ojos. Atención a la deriva: con Alien, el octavo pasajero (1979), Ridley Scott creó una cinta de terror en el espacio profundo que se convirtió en bandera del género, propiciando que todos los relatos posteriores con bichos extraterrestres infiltrados en naves sean siempre comparados con ella. En Aliens: el regreso (1984), James Cameron viró el género hacia el festival de acción. Alien 3 (1992) tiene oficialmente a David Fincher como director en sus créditos, pero el estudio (20th Century Fox) metió tanta mano en el producto final como para que el realizador no la considere parte de su filmografía. Once años más tarde, se editó en DVD un montaje que supuestamente recreaba la visión inicial del cineasta, pero la cosa tenía guasa: Fincher reconoció que no había visto aquella nueva versión, porque la reconstrucción había sido ensamblada por vete-a-saber-quién a partir de las notas que el director había dejado por ahí durante el rodaje. Alien: resurreción (1997) puso a Jean-Pierre Jeunet al cargo y en ella resultaba curioso ver cómo el francés le inyectó a la franquicia parte de su imaginario, pero tampoco cultivó culto y lo de idear una variante en formato polo de carne del xenomorfo le salió regular.

Tras los autores con renombre, la saga se estrelló a base de quedadas con otro alienígena popular en las espantosas Alien vs Predator (2004) y Alien vs Predator: requiem (2007). Y cuando Ridley Scott se animó a agarrar de nuevo el timón, al hombre no se le ocurrió nada mejor que filmar un par de precuelas, Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017), que le quitaron todo el encanto a la mitología misteriosa de la franquicia. A día de hoy, la gran esperanza para la estirpe xenomorfa tiene acento uruguayo, porque el montevideano Fede Álvarez (autor de las estupendas Evil Dead y No respires) está a punto de estrenar este verano Alien: Romulus. Una película ha sido definida con abundantes chef kisses por aquellos que ya la han visto, incluido un Ridley Scott que la definió como «Fucking great».


Star Wars

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Durante mucho tiempo, en una galaxia muy muy cercana, Star Wars era la franquicia por excelencia de la historia del cine. Aquella que reclutó adeptos al lado oscuro del fanboyismo irracional, convirtió a personas hechas y derechas en el tipo de gente que colecciona juguetes (lo cual es bueno) sin sacarlos de la caja (lo cual es horrible), y logró que muchos considerasen importantísimo aprender a hablar el idioma de algún planeta de ficción en el que no utilizan vocales. Durante mucho tiempo, Star Wars ha sido La Saga de la historia del cine. 

El problema es que al principio lo teníamos fácil, porque solo estábamos lidiando con una estupenda trilogía de aventuras espaciales (La guerra de las galaxias, El imperio contraataca y El retorno del jedi) y, si acaso, lo más que era necesario aguantar como daños colaterales era un especial de Navidad risible y un par de películas televisivas con los ositos de peluche de los huevos (La aventura de los Ewoks y La lucha por Endor). En la actualidad, en cambio, seguirle el ritmo al universo Star Wars resulta de lo más agotador a causa de las cuarenta temporadas de series (Clone Wars, El Mandaloriano, Obi-Wan, Rebels, El libro de Boba Fett, Ahsoka, Visions o Andor), las docenas de videojuegos (Rebel Assault, El poder de la Fuerza, Squadrons, Battleground, Knights of the Old Republic) y los cientos de libros y cómics. 

En el terreno cinematográfico (que es lo que nos interesa aquí) la cosa no pinta menos exasperante. La trilogía inicial mutó en unas ediciones especiales donde el propio George Lucas añadió pegotes CGI innecesarios al metraje original. Las precuelas (La amenaza fantasma, La guerra de los clones y La venganza de los Sith) resultaron una turra. Y el último trío de aventuras sobre la familia Skywalker (El despertar de la Fuerza, Los últimos jedi y El ascenso de Skywalker) empezó con buen pie y terminó descalabrándose. Por el camino, hemos tenido otro par de películillas paralelas: una maja (Rogue One) y otra que nadie había pedido y nadie ha visto (Han Solo). Y con todo este percal a la vista, ya nadie tiene realmente claro si Star Wars provoca ilusión o pereza.


Toy Story

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Poca broma con esto, porque si seguimos respetando a los de Pixar tras dedicarse a sacar secuelas después de ser devorados y asimilados por el aparato digestivo de Disney, es por culpa de la familia juguetera de Toy Story. Porque se trata de esa serie que no solo ha sido capaz de demostrar que segundas partes pueden ser buenas, sino también que las terceras pueden llegar a tocarte mucho la patata, y que las cuartas pueden ser capaces de mantener el nivel de lo que en 1995 parecía una franquicia con una sola bala en el cargador. Además, teniendo en cuenta que la original era hija de un tiempo donde la animación por ordenador aún estaba en pañales, es mejor para todos reencontrarse con Woody y Buzz Lightyear renderizados con tecnología más moderna. Porque la memoria suele jugar malas pasadas. ¿Os acordáis del perro de Toy Story? ¿De Scud? ¿Estaba guapo, eh? Era tan detallado que casi parecía real. Pues ya lo siento, pero esta es la pinta que tenía el chucho en los noventa


Regreso al futuro

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La trilogía de viajes en el tiempo a bordo de un Delorean («Si vas a construir una máquina del tiempo en un coche ¿por qué no hacerlo con clase?») que nos llegó firmada por Robert Zemeckis es una de esas cosas que te tragas tan contento en cualquier momento. Y con razón. Regreso al futuro (1985) fue una película perfecta, tremendamente ingeniosa y protagonizada por un dúo excepcional (Michael J. Fox y Christopher Lloyd). La secuela fue un producto muy ocurrente, que tan pronto se remezclaba con la trama de la original, como enviaba al público de finales de los ochenta a echarle un vistazo a un 2015 de escualos holográficos, chaquetas con autosecado y monopatines de Mattel voladores. A la excursión al wéstern de la tercera parte se le suele tener menos aprecio, pero en realidad era una aventura bastante divertida: seguía enterrando a Biff Tannen (Thomas F. Wilson) en una montaña de mierda, tenía a Doc ligando, a Marty metiéndose en líos porque alguien le llamaba gallina otra vez, e incluía una locomotora tuneada como máquina del tiempo. Si vas a construir una trilogía sobre viajes en el tiempo lo ideal es hacerlo con clase. Y hasta hoy nadie lo ha hecho mejor que Regreso al futuro.


Fast & Furious

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La evolución de la serie Fast & Furious (que durante sus tres primeras entregas era conocida en España como A todo gas) es un disparate digno de estudio. La primera película nació cuando los chonis aún habitaban la Tierra, allá por 2001, como respuesta a la elegante moda del tuning, los alerones y las luces de váter en los bajos de los automóviles. Se trataba de un filme muy modesto, protagonizado por el desaparecido Paul Walker, sobre carreras ilegales y delincuentes barriobajeros, una cinta que vendría a ser Le llaman Bodhi pero con coches. El caso es que aquello se convirtió en un éxito de taquilla inesperado, y a partir de ahí la franquicia pisó el acelerador gradualmente hasta encarrilar la autopista del absurdo. La segunda parte metió CGI y traficantes de drogas, la tercera se mudó a Tokio, y a la altura de la quinta entrega, con la llegada de Dwayne «No me llamo La Roca» Johnson, Fast & Furious viró hacia las superproducciones palomiteras de acción gorda y espionaje chufla. Películas compuestas por aparatosas set-pieces que ya no sabían cómo pisar el freno: persecuciones con tanques, canicas gigantes rodando por las calles de Roma, coches saltando de un edificio a otro en Dubai, Dwayne Johnson lanzando torpedos con la mano o domando un helicóptero con una cadena y sus cojones morenos, una caja fuerte de varias toneladas destrozando a remolque Río de Janeiro, o la insuperable fantasmada de enviar un Pontiac Fiero al puto espacio exterior

A día de hoy, por la franquicia Fast & Furious, compuesta hasta ahora por diez películas y un spin-off (Hobbs y Shaw), se ha paseado medio Hollywood: Vin Diesel, Charlize Theron, Kurt Russell, Brie Larson, Helen Miller, Don Omar, Ludacris, Jason Statham, Michelle Rodríguez, Sonny Chiba, John Cena, Luke Evans, Joaquim de Almeida, Tony Jaa, Gal Gadot, Michael Rooker, Jordana Brewster, Sung Kang, Jason Momoa, Djimon Hounsou y hasta nuestra Elsa Pataky entre muchas otras caras conocidas más. A base de tantos fuegos artificiales y famoseo, Fast & Furious se ha erigido como una de las grandes bestias de la taquilla actual. Aunque también es verdad que hace unas cinco entradas que han dejado de ser películas para convertirse en el equivalente a un niño jugando con los Hot Wheels sobre la alfombra, matando y reviviendo a sus personajes favoritos según tenga la tarde.


Terminator

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«Sayonara, baby», «Volveré», «Necesito tus ropa, tus botas y tu motocicleta», «Ven conmigo si quieres vivir», «Díselo a la mano», ya sabéis de qué va el tema. James Cameron envió a un ciborg asesino a matar a Sarah Connor en Terminator (1984) e hizo historia en el cine de acción. Terminator 2: el juicio final (1992) supuso la superproducción bien entendida, palomitera, sorprendente, espectacular y técnicamente impecable. Y de aquí en adelante, psé, todo se convirtió en un bonito cacao: Terminator 3 (2003) parecía un remake de la anterior, con aparatosas secuencias de acción y un final arriesgado, pero sin mucha alma entre medias. De la postapocalíptica Terminator Salvation (2009), secuela directa de Terminator 3, no se debe de acordar ni aquel Christian Bale que la protagonizaba. Terminator: génesis (2015) se inspiró en las dos primeras entradas para fabricar un reboot que obviaba por completo las ideas de la tercera y cuarta. Y Terminator: destino oscuro (2019) decidió ignorar la tercera, la cuarta y la quinta para presentarse como una secuela de Terminator 2. El resumen es que tras tantos berenjenales las buenas de verdad siguen siendo las dos primeras. Algo es algo.


El planeta de los simios

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En 1968, el desenlace de El planeta de los simios dejó con el culo cuadriculado a millones de espectadores con uno de los mejores plot twist de la ciencia ficción: el momento en el que Charlton Heston descubría que el supuesto mundo alienígena dominado por monos donde el hombre había aterrizado era en realidad el planeta Tierra en el futuro. Una revelación propiciada por la espectacular imagen de las ruinas de la Estatua de la Libertad varadas en la costa. O la escena más spoilerada de la historia, un shyamalanazo que por alguna razón extraña ha acabado dejando de ser sorpresa con el paso de los años al estamparse oficialmente en pósteres, menús de DVD y carátulas de las ediciones domésticas. Un final que fue una jugada muy inteligente, una que ni siquiera aparecía en la novela en la que se basaba el film, La Planète des singes de Pierre Boulle. En el libro, el protagonista sí que aterrizaba en un planeta extraterrestre donde reinaban los monos, y al lograr volver a la Tierra se encontraba con que en ella se estaba replicando el patrón de una humanidad sometida a la hegemonía simiesca. La estupenda variante cinematográfica con estatua famosa fue una ocurrencia del ingenioso Rod Serling, el rey indiscutible de los plot twist.

El éxito de El planeta de los simios dio lugar a una nueva franquicia que a lo largo de los setenta se expandió con cuatro secuelas de calidad variable, menores que la original pero muy rentables. En 2001, Tim Burton ejecutó un doloroso remake con Marky Mark donde lo único chulo eran los disfraces de mono y descubrir como Helena Bonham-Carter en formato simio parecía Joaquín Reyes haciendo un Celebrities de Michael Jackson. Tras el bajonazo, pasaría una década hasta que un reboot en forma de trilogía con protagonista animal, César (una criatura digital interpretada por Andy Serkis), le devolvió el prestigio a lo grande a la marca con El origen del planeta de los simios (2011), El amanecer del planeta de los simios (2014) y La guerra del planeta de los simios (2017). Las grescas con monetes tampoco tienen pinta de desaparecer a corto plazo, porque El reino del planeta de los simios, una nueva historia que tiene lugar trescientos años después de la última entrega, ya ha anunciado su aterrizaje en salas en este 2024.


Godzilla

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La saga más longeva de toda esta lista, la que data de tiempos tan prehistóricos como el lejano 1954 en el que se estrenó Godzilla, el monstruo que fue despertado de su letargo marino por una bomba de hidrógeno. O un auténtico icono de la cultura pop, tan famoso como para ser una de las pocas criaturas de ficción que tiene estrella propia en el paseo de la fama de Hollywood. Treinta y tres películas japonesas a lo largo de cinco eras (Shōwa, Heisei, el denominado periodo Millennium, y Reiwa) que encumbraron al bicho como una de las superestrellas más reconocibles de su país. Cinco películas americanas, incluyendo una desfachatez noventera de Roland Emmerich con Jean Reno mascando chicle. Monstruos de goma, maquetas pisoteadas, modelos CGI, versiones animadas, humanos que nos interesan poco o nada porque hemos venido a ver a Godzilla. El kaiju nació aquí. Más que un personaje, una leyenda.


Mad Max

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A finales de los setenta, en Melbourne, un médico (George Miller) y un realizador de cine amateur (Byron Kennedy) que se habían conocido en un curso veraniego de cine, se dedicaban a cortar carreteras de manera ilegal para filmar en plan guerrillero escenas con mucho coche y mucha moto haciendo el cabra. Aquellos dos tipos estaban rodando con cuatro pavos una película dirigida por el que era oficialmente médico y producida por el que era oficialmente cineasta, sobre un guion escrito por un editor financiero que nunca antes había escrito un libreto para cine, con actores desconocidos y utilizando como extras a moteros de pandillas chungas de la zona. Nada podía salir mal. Y nada salió mal, porque así nació Mad Max (1979).

Mad Max era todo un desparrame, violencia exagerada sobre autopistas postapocalípticas, una dirección artística ensamblada con la cacharrería que tenían a mano, Mel Gibson como protagonista en el papel de Max, personajes a medio camino entre el cómic gamberro y el relato de ciencia ficción distópica, alma de «película muda con sonido», y situaciones delirantes. Miller fabricó su propio mundo y aquel expedía personalidad a borbotones. La locura se convirtió en un bombazo, recaudando más de cien millones a partir de un presupuesto de, como mucho, cuatrocientos mil pavos.

Mad Max II (1981) nació inspirada por nombres como Joseph Campbell, Carl Jung y Akira Kurosawa. Y no solo fue (mucho) más grande que la primera entrega gracias a una financiación mayor y a menos restricciones, sino que también se convirtió en una de las películas de acción más redondas de toda la historia. Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno (1985), codirigida por Miller y George Ogilvie, rebajó los excesos violentos, pero continuó siendo un entretenimiento superior a la media, uno que además tenía a Tina Turner. Lo verdaderamente acojonante fue lo de aquella Mad Max: Fury Road (2015) protagonizada por Tom Hardy y Charlize Theron. Porque con ella un George Miller de setenta tacos como setenta soles se marcó la peli de acción más potente de las últimas décadas. Fury Road es el equivalente a beber un litro de gasolina y subirse a un camión en llamas a tocar solos de batería en el epicentro de una tormenta de truenos y arena, y Mad Max es la colección de películas que definieron cómo debería de ser el postapocalipsis. En la actualidad, Miller tiene pendiente de estreno una precuela de la franquicia, Furiosa, que en sus adelantos pinta regular por lo excesivamente evidente del CGI, pero los creyentes aún tenemos fe en el exmédico loco.


Harry Potter

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J. K. Rowling da grimilla en general, pero su serie de libros protagonizados por Harry Potter encandilaron a millones de lectores mediante el truco de reflejar la principal fantasía de cualquier niño con uso de razón: aprobar el curso por arte de magia tras tirarse todo el horario escolar agitándose la varita. Ocho películas a partir de siete libros que incluían una estupenda entrada, Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), a cargo de Alfonso Cuarón y un buen nivel general. La empresa mágica resultó tan absurdamente lucrativa —es la cuarta franquicia cinematográfica más taquillera de la historia— como para establecerse como un universo propio, el Wizarding World, que ha continuado expandiéndose con dos entregas del spin-off Animales fantásticos, y sin Potter a la vista.


La Tierra Media

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A finales de los 90, el realizador neozelandés Peter Jackson tenía en su currículum gamberradas gore (Mal gusto, Braindead: tu madre se ha comido a mi perro), una fábula con Muppets yonquis y descerebrados (El delirante mundo de los Feebbles), un drama fantasioso sobre un truculento asesinato verídico (Criaturas celestiales), un falso documental (La verdadera historia del cine), y una de ectoplasmas timadores con Michael J. Fox (Atrápame esos fantasmas). Es decir, era un cineasta que no otorgaba ni una sola pista real de ser capaz de hacerle justicia en la pantalla grande a la obra de J. R. R. Tolkien. Aun así, Jackson estaba emperrado en adaptar al cine los libros de fantasía épica más influyentes de la historia. Aquellos relatos sobre la Tierra Media que eran reverenciados tanto por los eruditos literarios como por los fanáticos de arrojar dados de veinte caras a ritmo de heavy metal. Tras pelear durante años con los estudios, Jackson logró poner en marcha la producción dejándose la piel, y casi todos los puntos de cordura, al rodar del tirón, en su tierra y durante catorce meses, una trilogía de proporciones colosales.

El resultado de tanto esfuerzo fue la trilogía El Señor de los Anillos, compuesta por La comunidad del anillo (2001), Las dos torres (2002) y El retorno del rey (2003). Tres largometrajes que con su devoción por el material original y su dilatada duración convirtieron sus estrenos, a cuya cita anual el público asistía religiosamente, en grandes eventos cinematográficos. Y que también lograron algo inaudito en el mercado doméstico: establecer como objeto de celebración colectiva los lanzamientos en DVD de las ediciones extendidas de las películas, unas versiones con (mucho) más minutaje añadido.

Una década después de El Señor de los Anillos, Jackson se embarcó en una trilogía de precuelas basadas en El hobbit. Un proyecto que previamente había sido abandonado por Guillermo del Toro y que todos los fans contemplaban durante la preproducción con el morro torcido, porque el libro El hobbit no daba para tres películas, y las palabras «trilogía de precuelas» causaban escalofríos desde aquella movida de George Lucas con Jar Jar Binks. Finalmente, el trío compuesto por Un viaje inesperado (2012), La desolación de Smaug (2013) y La batalla de los cinco ejércitos (2014) fue un taquillazo económico, pero un bajonazo artístico por culpa de ser aventuras rellenas de paja, sin el encanto de las predecesoras, con un CGI muy cantoso, y con la cuestionable desgracia (para los que la vieron en 3D en cines) de proyectarse a 48 frames por segundo, el doble de lo habitual. Un capricho técnico del director que en la práctica hacía que todo resultase excesivamente artificial. La trilogía El hobbit no llegó nunca a alcanzar el culto de las originales pero ahí está, ejerciendo como metadona para los que tenían mono de Tierra media.


Bond, James Bond

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En 1953, el escritor Ian Fleming ideó una novela de espías protagonizada por un agente secreto del MI6 llamado James Bond y clasificado con tres cifras. En 1962, y tras muchos líos con la licencia, Bond pegó el salto al cine adoptando la forma de Sean Connery en Agente 007 contra el Dr No. La crítica no acabó de entender si aquello era un film serio o una parodia de los thrillers de espionaje, el Vaticano la definió como «una peligrosa mezcla de violencia, vulgaridad, sadismo y sexo», el Kremlin anunció que Bond era la «personificación del malvado capitalismo» y, con tanta inesperada campaña publicitaria, el largometraje despertó el interés del público y recaudó lo suyo.

Desde entonces, Bond ha sobrevivido como icono popular durante seis décadas, protagonizando veintisiete películas y con siete actores distintos vistiendo su esmoquín: Connery, David Niven, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig. Una abultada colección de films en la que podemos encontrar de todo: clásicos incombustibles (James Bond contra Goldfinger, Desde Rusia con amor, La espía que me amó), entregas más oscuras (007: Licencia para matar), aventuras de tono sobrio (Solo para sus ojos), cintas formulaicas (Octopussy), entradas modernas muy notables (la Casino royale de 2006, Skyfall, Goldeneye), disparates (Panorama para matar), viajes espaciales (Moonraker) e incluso parodias bufas (la Casino royale de 1967). Y durante todo este tiempo, Bond, James Bond, no ha dejado nunca de ser el espía del que beben, y al que tratan de parecerse, todos los demás.


Rocky

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En 1976, Rocky (1976) se presentó como la historia de superación de un boxeador italoamericano de clase baja, Rocky Balboa (Sylvester Stallone), que perseguía el sueño americano a base de partirse los morros a puñetazos sobre un ring. La odisea pugilística se convirtió en un tremendo éxito de taquilla y fue galardonada con el Oscar a la mejor película, por delante de Taxi driver y Todos los hombres del presidente, el Oscar al mejor director (John G. Avildsen), el Oscar al mejor montaje, y seis nominaciones más entre las que se encontraban dos (mejor actor y mejor guion original) para Stallone. 

A partir de ahí, Rocky tuvo una abultada descendencia en forma de secuelas que, en cierto modo, reflejaron la situación vital del propio Sly Stallone en el momento de su estreno: Rocky II (1979) lidiaba con la fama repentina, Rocky III (1982) con el declive de la ilusión tras el éxito, Rocky IV (1985) se vendía a lo fácil relatando una pelea entre USA y URSS con ecos de la Guerra fría, Rocky V (1990) versaba sobre el ocaso, y Rocky Balboa (2006) sobre las segundas oportunidades para quienes los tiempos de éxito parecían lejanos. Ésta última era además un tardío ajuste de cuentas, porque Stallone odiaba Rocky V, calificándola muy humildemente como un cero sobre diez, y decidió que sería bonito cerrar la historia principal del italoamericano peleón con algo más digno que la quinta entrega. Tras ellas, nació una nueva saga protagonizada por Adonis Creed (Michael B. Jordan), un joven boxeador descendiente del mítico Apollo Creed (Carl Weathers) de las cuatro primeras Rocky. En Creed (2015) y Creed II (2018) Rocky Balboa se convirtió en secundario, ejerciendo como entrenador, y a la altura de Creed III (2023) Adonis ya volaba solito.

Pero la prole de filmes pugilísticos de Balboa ni siquiera acababa ahí. Porque en 2021, celebrando el trigésimo quinto aniversario de Rocky IV, Stallone presentó oficialmente una nueva, y muy modificada, versión de la cuarta entrega. Un director’s cut, planeado durante años, que podaba un tercio del metraje original para sustituirlo por cuarenta minutos de escenas inéditas o alternativas. El nuevo montaje le daba más trasfondo al arco narrativo de Apollo Creed, hacía un poquitín más humano a Ivan Drago, reajustaba el sonido de las estruendosas hostias y eliminaba completamente a aquel robot que se había convertido en chiste siempre que alguien mentaba la cinta, «El robot se va a la chatarrería para siempre, se acabó el robot» aclaró Sly para tranquilizar a los fans. Esta curiosa revisión de la cuarta parte se estrenó oficialmente bajo el título de Rocky IV: Rocky vs. Drago.


Piratas del Caribe

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A lo tonto, con cinco películas y una última entrega fechada en 2107, la marca Piratas del Caribe se ha erigido como una de las franquicias más rentables de Hollywood, por delante incluso de la saga de la Tierra Media, Shrek o el universo cinematográfico de DC cómics. El problema de esta pentalogía capitaneada por Johnny Depp como Jack Sparrow es que se compone de una buena primera entrega, una segunda parte divertida y tres secuelas que navegan entre el «Me abuuuurro» y el «Bueno, pues vale». En la actualidad, el futuro de la serie chapotea por aguas inciertas: durante el juicio con Amber Head, y tras la patada que le dieron en Disney, Depp declaró que no volvería a la piratería ni a cambio de «trescientos millones de dólares y un millón de alpacas», pero en 2023 sus allegados aseguraban que no descartaba subirse de nuevo al barco. Entretanto, los productores llevan un par de años avisando de que también tienen en la recámara una secuela con un reparto de jovenzuelos y un spin-off con Margot Robbie comandando a un grupo de bucaneras.


Marvel Cinematic Universe

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Por sus dimensiones, el Universo Cinematográfico de Marvel debería ser la franquicia más importante del cine, y en lo que respecta a la venta de entradas de cines sí que lo ha sido durante unos cuantos años. Pero el problema es que también es la más desordenada, exigente y variable en cuanto a calidad en sus entregas. Aquella que requiere del espectador estar al día y con los deberes hechos, algo complicado tras dieciséis años, más de treinta películas y un sinfín de series paralelas donde se cuecen cosas que afectan a los largometrajes. Un cacao monumental, un juguete que se les ha ido de las manos hasta el punto de crear multiuniversos y comenzar a mezclarse con películas de la era pre-MCU (los Spider-Man de Sam Raimi, los Amazing Spider-Man de Marc Webb o la familia X-Men), un crossover colosal con pinta de álbum de cromos gigante con todos los rostros conocidos del cine norteamericano. Y una licencia, repartida en fases, que tan pronto ofrece auténticos espectáculos con mayúsculas como entregas insufribles y más formulaicas que hechas tirando de IA. Un monstruo, en todos los sentidos.


Batman

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Entre el descalabro artístico (pero no comercial) de la primera Escuadrón Suicida (2016), el descalabro comercial (pero no artístico) de El Escuadrón Suicida (2021), el remontaje de Liga de la Justicia (2017) como La Liga de la Justicia de Zack Snyder (2021), los porrazos que se dieron las secuelas de Wonderwoman y ¡Shazam!, el Joker de Jared Leto, el Black Adam de Dwayne Johnson, los monos que escriben los guiones de las tropelías de Aquaman, y las dieciocho cosas ilegales que Ezra Miller esté haciendo en este mismo momento, no es arriesgado asegurar que el universo cinematográfico de DC es, básicamente, un sindiós. Por eso mismo, nos sale más a cuenta centrarnos en el Hombre Murciélago como franquicia propia.

Y ojo, porque esta es una saga de las buenas. Una Batman sesentera con Adam West correteando con una bomba de mecha gorda. Una exitosa Batman de Tim Burton que se pasaba por el forro las reglas del vengador nocturno pero tenía a Michael Keaton y a Jack Nicholson. Una secuela del mismo Burton (Batman vuelve) que desataba a los monstruos del realizador aterrorizando a los niños. Una cinta animada brillante (La máscara del fantasma). Dos pastiches kitsch-pop de Joel Schumacher (Batman forever y Batman y Robin) repletos de neones, chistes malos y momentos de vergüenza ajena. Una trilogía de Christopher Nolan donde destacaba El caballero oscuro con su espléndido Heath Ledger en la chaqueta de un Joker desquiciado. Una Batman: la Lego película ex-tra-or-di-na-ria que resulta más entretenida que la mayoría de mentadas en esta lista. Un Battfleck paseándose por Escuadrón suicida, Batman vs Superman, La liga de la justicia y Flash. Y el fabuloso experimento de Matt Reeves con The Batman y Robert Pattinson al ritmo de Nirvana. De rebote, podemos incluir Joker de Todd Phillips, pero la verdad es que esa tampoco era para tanto.


Indiana Jones

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En esta casa defenderemos siempre a Indy como el aventurero definitivo. Aquel que ha inspirado a todos los que vinieron detrás, desde Allan Quatermaine a Nathan Drake, y pasando por Lara Croft, Jack T. Colton, Rick O’Connell o el bibliotecario aquel interpretado por el doctor de Urgencias que no era George Clooney. Con En busca del arca perdida (1981) Steven Spielberg fabricó La Película De Aventuras. El templo maldito (1984) fue una precuela oscura, divertida e incomprendida. La última cruzada (1989) era una colección de set-pieces trepidantes a la que se subió Sean Connery en el papel de padre del héroe. La tardía La calavera de cristal (2008) es esa entrada que los fans de Indy quieren hacer como si nunca hubiera existido por culpa de un frigorífico, cuando sus verdaderos problemas eran un exceso de CGI y que todavía no habían matado a Mutt. Para El dial del destino (2023) Spielberg cedió por primera vez la batuta de la saga a otra persona, James Mangold, y la audiencia quedó más o menos contenta con una entrega que poseía un arranque espectacular protagonizado por un Indy rejuvenecido por ordenador (aunque la treta aún surfeaba por el valle inquietante) y un desenlace especialmente arriesgado. Una quinta parte que, en el fondo, se suele ver con buenos ojos porque ayudaba a aliviar el mal regusto de la predecesora inmediata. 

Y desde aquí nos vamos a atrever a señalar que, al margen de todos los films oficiales, también existió otra historia de Indiana Jones digna de consideración: la aventura gráfica The Fate of Atlantis. Un videojuego tan bien hilado y encajado en el legado del personaje como para que muchos lo consideremos una entrada estupenda, y superior a algunas secuelas, de la serie principal.


Air Bud

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Air Bud (1997) no es solo una película sobre un perro (Buddy) que sabe jugar al baloncesto. Es la mejor película sobre un perro que sabe jugar al baloncesto, la reina de ese subgénero cinematográfico donde siempre ha habido mucha competencia. Y por si eso fuera poco, también es la franquicia del séptimo arte que ha tomado más riesgos, la que rompió todas las normas conocidas, la que a base de secuelas se atrevió a ir más allá de los límites de la imaginación humana, hasta donde nadie había llegado nunca. En Air Bud: el fichaje de la liga (1998) el perrete se pasaba al rugby; en Los cachorros de Buddy (2000) se dedicaba a meter goles en dos terrenos de juego distintos, al competir en una liga futbolera y al mismo tiempo convertirse en padre de seis perritos; en Air Bud 4: el bateador de oro (2002) el animal se convertía en jugador de béisbol y en Air Bud: spikes back (2003) se coronaba como campeón canino de voleibol. 

Y cuando parecía que la serie ya lo había dicho todo, demostró que en realidad aquello había sido solo el precalentamiento y la descendencia peluda iba a encargarse de los asuntos más serios: en Air Buddies (2006) los cachorros de Buddy (que ahora, de repente, eran cinco en lugar de seis y encima podían hablar) se lanzaban a la aventura de liberar a sus progenitores de unos secuestradores, en Snow Buddies: cachorros en la nieve (2008) la prole visitaba Alaska, en Space Buddies: cachorros en el espacio (2009) se iban todos al espacio exterior vestidos de astronautas, en Navidad con los Buddies: en busca de Santa Can (2009) salvaban la navidad, Spooky Buddies: cachorros embrujados (2010) los envió a una mansión encantada, Santa Paws: en busca de Santa Can (2010) era una historia con perritos mágicos y un elfo que ejercía de precuela de Navidad con los Buddies: en busca de Santa Can, en Buddies: cazadores de tesoros (2012) los chuchos saqueaban tumbas en Egipto con la ayuda de un mono y un camello, Santa Paws 2: los cachorros de Santa (2012) fue una historia paralela con los perrillos de Santa Claus salvando otra navidad, y Super Buddies (2013) fue el broche de oro a la saga, la película en la que los cinco hijos de Air Bud eran bendecidos con superpoderes y trajes con capa, gracias a cinco anillos mágicos provenientes del planeta Inspiron. 

Y toda esta saga canina representa la verdadera la magia del cine, joder. Sobre todo teniendo en cuenta que el Buddy original la palmó tras la primera película. Y que el resto de perrillos de la serie, los que no la diñaron durante los rodajes por culpa de una industria amoral y mezquina, probablemente también estén criando malvas también a estas alturas.


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17 Comentarios

  1. Supongo que Star Trek no cuenta como franquicia…

  2. Evidentemente El Padrino y luego Toy Story. Es una pregunta seria?

  3. Lux Interior

    El Padrino no debería aparecer por aquí, está muy por encima de todas las demás, juega en otra liga y como la ciencia ficción no es lo mío me quedo con Indy.

  4. Faltan Rambo, y Star Trek

  5. Y Torrente?
    Nadie ha pensado en Torrente?
    (Aunque solo sea por haber quitado del primer puesto de la historia del cine español «El fontanero, su mujer y otras cosas de meter»)

  6. Neil Young

    El Padrino no es una franquicia. Y basta ya la tontería esa de que la tercera es una mala película cuando le da mil vueltas a cualquiera de las otras que aparecen en esta lista

  7. Rambo ya si eso otro día

  8. Mi voto va para Max Mad porque no considero a El Padrino una franquicia, muy empatada con Indiana Jones pero aunque Indiana Jones tenga pelis aisladas mejores la media de todas es más alta en Mad Max (en mi opinión).
    En la lista he echado en falta muchas franquicias, sobre todo de terror. Por encima de todas la de Evil Dead.

  9. Imperdonable ausencia de Star Trek, desde 1964 con series y películas y seguimos.

  10. Sin género de dudas El Padrino. Afortunadamente Shrek no aparece en el repaso. Y siempre creí necesaria una secuela y subsiguientes producciones de Sonrisas y Lágrimas, con la resolución fatalista del entorno nazi montañero austríaco y futura integración en una Europa multicultural.

  11. niloveonilocreo

    El Padrino, la trilogía del Cornetto o Regreso al futuro no creo que deban considerarse franquicias. Supongo que la «franquiciedad» la da el hecho de ser una marca que va pasando por las manos de distintos directores que tienen una relativa libertad con el producto. Y como dicen por aquí se ha dejado muchas por el camino, en el género de terror los «Halloween», «Viernes 13», «Resident evil», «Paranormal activity», «Pesadilla en Elm Street», «Saw»…, vamos, que podría hacer usted una segunda entrega solo con este género. Y de las ilustres que se ha dejado están «Rambo», «Star trek», «Crepúsculo», «Predator», en animación «Ice age», en serie Z «El vengador tóxico», eróticas como «Emmanuelle» (eso sin meternos en el porno donde hay algunas gloriosas). Se ha dejado mucha plancha, de hecho, podría hacer usted su propia franquicia de artículos sobre franquicias.

  12. niloveonilocreo

    Y se me olvidaba, mil gracias por descubrirme la de «Air bud», tengo que ponerme manos a la obra con esta saga que tiene pinta de cumbre del séptimo arte..

  13. DESTROYER brazo de acero

    Yo creo que todas las de Bud Spencer y Terence Hill se pueden considerar saga, más allá de las trinitarias. Con esas me quedo

  14. Faltan las pelis de Herbie. Y también la trilogía del dólar.

  15. Pingback: Jot Down News #22 2024 - Jot Down Cultural Magazine

  16. Frank Debrin

    En esta lista no hay ni rastro del rey del blockbuster, Joel Silver, con sagas a su cargo tan cañeras como Arma Letal, La Jungla de Cristal o Matrix. Y ya puestos, también encuentro a faltar la saga de Agárralo como puedas.

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