Pasó el segundo trimestre del año comiquero, abundante en citas y festivales, que, como de costumbre, ha dejado una gran cantidad de novedades a las que vale la pena echarle un ojo. Han destacado particularmente dos campos. Uno, el de los cómics para el público infantil-juvenil, de los cuales han salido obras tanto de autores y autoras ya bregados en esta especialidad como de quienes han decidido poner un pie en ello. El resultado ha sido cómics de gran ingenio, de relevante temática ecológica y la consolidación de algún personaje que se está convirtiendo en clásico moderno. Otro campo a reseñar ha sido el de la adaptación de obras literarias de culto, de las que incluimos un par en esta selección. Pero todavía hay más: el mangañol sigue empujando con fuerza y las biografías más insospechadas tanto en forma como en fondo también han tenido su rincón. El cómic no deja de sorprendernos.
La carretera, de Manu Larcenet, adaptando la novela de Cormac McCarthy (Norma Editorial)
Lejos, muy lejos, de romantizar el cataclismo y fin de la civilización (como ha hecho el subgénero postapocalíptico con frecuencia), La carretera, de Cormac McCarthy es un relato áspero y profundamente depresivo, que con una trama mínima deviene retrato costumbrista de lo que es vivir cuando no queda nada, una realidad que a poco que dejemos de mirar para otro lado vemos que ya existe en nuestro presente. Manu Larcenet se lanzó a su adaptación con su estilo más realista y sofocante, que consigue plasmar su escenario inhóspito y liminal, en un marco de gran álbum que hace terriblemente inmersiva la experiencia. Sin embargo, lo que resulta más inquietante de la existencia de esta adaptación es la forma en la que se antoja como una sutil «continuación» de la anterior adaptación que dibujó Larcenet, El informe de Brodeck, de Philippe Claudel. Ambas parecen quedar conectadas ambas a través del exilio autoimpuesto de sus personajes y de una sociedad hostil que parece esconderse en cada grieta.
Lo que más me gusta son los monstruos Vol. 2, de Emil Ferris (Reservoir Books)
Emil Ferris completa aquí los cuadernos de Karen Reyes, una niña imaginada que vivió a finales de los sesenta, que intenta resolver un asesinato en su bloque y cuya mirada crítica hacia el mundo quedaba plasmada en montones de dibujos diarios. Esta segunda mitad de Lo que más me gusta son los monstruos insiste en la oda al dibujo como forma de expresión popular universal. Y hace visibles algunos patrones que quizás quedaron menos patentes en la primera mitad, cuando en su llegada se nos antojaba compleja y con mucha originalidad. Acaso revela cierta procedimentalidad en su estructura y en la alternancia periódica de trasfondos, escenarios y temas, pero se mantiene fiel a la construcción del retrato psicológico de su protagonista y a su promesa de resolver la intriga expuesta. Sus rasgos de obra multifacetada le permiten abordar muchas cuestiones y hacen que cada uno de sus episodios sean ricos en detalles tanto en fondo como en forma. Cierra la autora con un amago de continuación que hace salivar. ¿Veremos tercera parte?
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Considerar rancio escuchar otro punto de vista es una muestra ñ clara de intolerancia estalinista. Le ha faltado a d. Iván aplaudir todos los asesinatos, violaciones y torturas de los ¿rojos? (creo que se siente gratamente identificado con el término) durante la guerra civil. Gracias por la crítica, ya sé que cómic no comprar.
Joder, Antonio, entiendo que no te dé la comprensión lectora para entender el uso de un entrecomillado, pero de ahí a fabularme celebrando atrocidades hay un trecho largo. Háblame más de tolerancia, se te vé bastante equilibrado y ducho en el tema.
Fachas no
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