
El pasado Halloween era posible ver juntas en cartelera las películas Joker: Folie à Deux, de Todd Phillips, Smile 2, de Parker Finn y Terrifier 3, de Damien Leone. Bitelchús, Bitelchús, de Tim Burton, confirmaba también su éxito de visionado en plataformas tras unos muy estimables resultados en taquilla. Cinco días después, Donald Trump ganaba por segunda vez las elecciones en Estados Unidos tras el intervalo demócrata que vino con su derrota en 2020. Más allá de su condición de secuelas, no es difícil hallar el factor común de todos aquellos títulos; aunque vincularlos con la victoria de Trump quizá sea un salto más temerario. En cualquier caso, hemos venido a jugar. Hablemos, pues, de payasos y monstruos.
Hace unos meses, Guillem Martínez escribía sobre el atentado fallido del 13 de julio contra Donald Trump en Pensilvania. Alegaba que la imagen más trascendente del suceso, tomada por el fotógrafo progresista y ganador del Pulitzer Evan Vucci, no había eludido la oportunidad de su espectacularización dentro del marco impuesto por el propio Trump. Según Martínez, la instantánea del atentado escenificaba un renacimiento a partir de, como es costumbre en el trumpismo, nociones tan evocadoras como poco claras: unidad, deber, lucha, valor, libertad. Tal falta de precisión en el discurso es, por supuesto, el efecto de un cálculo. Especificar qué tipo de unidad, qué forma de deber, contra qué el valor y la lucha, libertad de quiénes y para qué, supondría renunciar a la ambigüedad que da tanto poder al personaje.
No es que el votante de Trump no reconozca sus ambigüedades, sino que ve en ellas una excusa perfecta para no enfrentarse a lo que realmente vota. Por otro lado, no debe olvidarse que la ambigüedad es el tesoro que el lenguaje ofrece al narcisista: un vacío de sentido que le hace posible tomar el control del enunciado para definirlo en cualquier momento. De ahí el gaslighting, el recurso a situaciones o expresiones ambivalentes, la mascarada pública y el abuso privado, el esfuerzo incontestable y legitimador por ascender en la jerarquía, el maltrato siempre a quienes carecen de voz, los silencios que manipulan, el juego con los registros, los «pero no te pongas así, que era broma». La ambigüedad es un vórtice de sentido que, además, acaba por crear hegemonía. Lo hace porque confunde a grandes masas de población hasta hacerles rendir las armas del análisis crítico. Nada tranquiliza tanto como la expropiación del deseo, en especial cuando se percibe como lo contrario, véase el triste caso de antivacunas, terraplanistas y redpillers. Esta ambivalencia, fruto de la sustracción de informaciones que harían posible un verdadero análisis, puede observarse en contenidos de ficción que consumimos habitualmente, como he argumentado en alguna ocasión.
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A este obsceno y multicromático millonario habría que concederle el beneficio de inventario, o ese principio jurídico de que nadie es culpable hasta prueba contraria. ¿Qué diríamos si logra poner fin a la guerra en Ucrania con sus víctimas inocentes provocada por la Nato? La de Medio Oriente es una incógnita, donde se mezcla misticismo, el antisemitismo cristiano de Europa, verdadera causa de este drama y, sobretodo los tristemente célebres “protectorados” en Medio Oriente, como si estos pueblos fuesen personas necesitadas de protección por minusválidos. ¿Qué buscaba con su visita a Corea del Norte?, un país que todavía espera las disculpas por parte del Japón por las atrocidades cometidas en el siglo pasado. No es para nada extraño que sus misiles caigan en aguas japonesas. Si siembras lluvias cosecharás tempestades. Si es verdad, y yo lo creo, que ganó ésta y las elecciones pasadas gracias al sustento de los más rancios conservadores y, por supuesto ricos, como asimismo por el sustento de una clase operaria desencantada por la globalización, bueno, entonces habría que reveer el término “Populista” que, vaya coincidencia es el mismo que le indilgaban a Perón, un político sudamerican que, además de querer un país Justo, Libre y Soberano (este adjetivo de alguna manera se contradice con su visión de una Unión Latinoamericana donde es inevitable renunciar a ciertas soberanías) quería un país industrializado, abandonando la imposición plutocrática de ser un eterno proveedor de materias primas del primer mundo donde se benefician pocos. El odio jamás visto por un “populista” todavía lo estamos sufriendo. Hubo otro multimillonario obsceno, Berlusconi, con un oscuro pasado con respecto a su fortuna y con una actitud cotidiana hacia las mujeres vergonzosa, mas hay un libro “Silvio también hizo cosas buenas” en el cual se enumeran sus logros “progresitas”: un acercamiento a la Rusia de Putin, un pueblo que, además de ser la orgullosa patria del socialismo, no olvida los dos intentos de invasión por parte del Occidente (así llama Putin a América y Europa, dando por descontado que Rusia es un país Oriental, el eterno enemigo de vieja memoria en nuestra cultura): una invasión de saqueo, Napoleón y la otra de exterminio; una serie de leyes y decretos en favor del universo femenino italiano y la revalorización de Gadafi y su Libia, un terrorista para Occidente que se olvida de la invasión de ese país por parte de Italia para transformarlo en colonia con todas las injusticias que conllevó. Como dice el autor de este artículo, es evidente que hay un aceleración, una de las tantas que sufrió la Humanidad, en este caso acompañada por la filmografía que, personalmente considero de pésima calidad, aceleración que como tantas otras nos llevará a andar de mal en peor, con pocos con tanto y muchos con nada.
Menuda parrafada de alguien que no sabe que «sobre todo» va separado, porque sobretodo es un abrigo.
Es una lástima que su comentario se reduzca a la observación de un espacio vacío entre dos vocablos. Me hubiera gustado que se explayara un poco más, que me indicara cuáles de los argumentos transforman mi escrito en una parrafada. Por ahí tendría usted razón, estimado, pues la percepción de la realidad cambia de persona en persona. Pero como decía mi vieja, no hay mal que por bien no venga. De usted me acordaré con simpatía por evitarme perder tiempo con el diccionario para recordar que sobre todo no es un sobretodo. Reconozco que escribo en demasía, abundancia que no me basta para describir la realidad, pero hacerlo con aridez tampoco resuelve nada. Las parrafadas pueden ser largas o cortas. Las palabras son importantes, y hay que tratar de usarlas en la justa medida, cuestión harto difícil, por lo menos para mí. (Comienzo a sospechar que escribir tanto o poco es una patología, las dos caras de una misma moneda).
Tintinean y titilan como estrellas las palabras preparando una emboscada, por exceso o por defecto a partir de la frontal corteza cerebral donde detrás de ese grueso hueso el lenguaje quisquilloso hace pata ancha en busca de una diana, (espero emplazado en el hemisferio de la zurda) que no obstante pobre y burda tira pal lado de lo ignoto escandalizando a su vecino graso y satisfecho que vive en el cotidiano cohecho de una existencia bien estructurada. Sospecho que los golpes no literales de la vida, porrazos para ser más claro en la frente a partir de ser mocosos, hayan desquiciado, hecho un desbarajuste de esos primigenios sonidos con significado más que ambiguos, obligándolas a elegir a unas y las otras como en un barco que se hunde a buscar salveza, los más listos a las chalupas amplias, para pocos, y los otro a esperar el agua hasta la coronilla pa ver desde otro punto de vista líquido a ver que pasa, sabedores que ni siquiera la hermenéutica de más abajo en un coloquio de laburo vendrá en nuestra ayuda.
Según la teoría de la evolución los seres humanos procedemos del mono. Mas cada vez que alguien cita a los personajes que usted acaba de mencionar, tengo la impresión de que algunos evolucionaron a partir de los soretes.
Le quedo muy reconocido por su estilo narrativo que me obliga a releerlo siempre, a diferencia de lo que acontece con la mayoría de los artículos. Nadie es responsable del todo de su estilo narrativo, pero es fácil pecar de simplicidad o de farragosidad empalagosa. Particularmente son de agradecer esas proposiciones suyas que se extienden y dan paso a otras sorprendentemente cortas. Esos giros hace que no se le pueda leer con modorra y que precise releerlo. Sólo he conocido a un escritor capaz de hacer eso mismo con su misma innata naturalidad: Borges.
No exageremos, estimado, pues comienzo a sospechar. Todavía estoy tratando de deglutir su último comentario, ese en el cual “el ensañamiento hacía mi persona” señorea como un señuelo mañero. Como dije más arriba, las palabras son importantes, muy importantes, aun aquellas que no se dicen. Lo saludo con simpatía.
La tradición en que yo fuera educado es científico-técnica. Detecto de inmediato a los que comparten la misma “doma”, aun cuando vayan de “hombres de letras”. También reconozco a los que tratan de convertir lo que sólo es modorra o academicismo vacío en una condición existencial. No cuentan nada nuevo. Son tan lineales como una partida de ajedrez: apertura, desarrollo y conclusión.
Se me hace claro que su condición está en otra parte, lo que genera encontronazos con quienes no entiende de qué palo va. Un ejemplo, el talibán gramatical de más arriba, que espera consabida la partida de ajedrez y se entretiene buscando tildes.
Debe ser muy chungo estar en su piel. Por otro lado, para resultar poético a usted le basta con ser natural. Mantiene una intimidad innata con la lengua, de la que no es consciente, porque la vive. La rosa va con sus espinas. La maldición y el don, inseparables.
Su prosa natural a mí me obliga a la hermenéutica. Aprecio niveles de lectura. Eso no es fácil, aunque a usted se lo parezca. Tiene el don. Y padece la maldición.
Siga siendo usted quien es. Olvídese de conocerse a sí mismo.
Menuda colección de disparates….
Pues entonces no lea y, “sobre-todo” (gracias tocayo) no escriba. Ponga uno de esos dibujitos diminutos con el pulgar para abajo, es menos trabajo. (Estos exégetas de la sequía, tan en armonía con los medio-modernos sistemas de comunicación no anuncian nada bueno)
Totalmente de acuerdo mi estimado, y aburrido al extremo el escrito este.
Jo! Que nibelazo el de estos ambos.