Cine y TV

La epopeya del bus 47

El 47. Imagen Mediapro Studios.
El 47. Imagen: Mediapro Studios.

Todavía ronda mi cabeza El 47, la película dirigida por Marcel Barrena que cuenta, sin paños calientes, cómo la gente humilde se puede sobreponer a la miseria a base de echarle un esfuerzo extraordinario. Además está ambientada en la historia de Torre Baró, una barriada del extrarradio barcelonés. Así que me veo volviendo a ella una y otra vez por razones que luego entenderán. De momento, abran su app favorita de mapas y acompáñenme. 

Por encima de cualquier otro aspecto de la película, la idea que prevalece es la importancia de los destinos. La épica del héroe que no es tal de manera voluntaria. Es como si terminara siéndolo un poco a su pesar, uno de los hilos que el cine recrea con más facilidad. Desde el memorable Moisés de Los Diez Mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956) hasta el pequeño Carl Fredricksen, en Up (Pete Docter, 2009), el héroe del pueblo acepta con agrado esa pesada carga sobre sus hombros. El Eneas de este barrio barcelonés es un tal Manolo Vital, personaje de carne y hueso que interpreta con serenidad y un bigotón de época por un Eduard Fernández que todo lo que toca convierte en arte. 

Vital, militante del PSUC y CCOO y fundador y presidente durante muchos años de la Asociación de Vecinos de Torre Baró, Vallbona y Trinitat, fue un conductor de la línea 47 de los autobuses urbanos de Barcelona durante treinta años. La cosa es que Manolo decide tomar el toro por los cuernos —son los 70, entiendan la imagen— y secuestrar su autobús. Así y frente a unas rígidas trabas institucionales, coordinando un levantamiento vecinal, acercará el servicio de transporte al extrarradio olvidado de una línea que solamente conectaba la Plaza Catalunya con La Guineueta. 

Insisto en que disfrutarán más si abren una pestaña con un mapa del área metropolitana entre el Besós y el Llobregat. Si usted vive en Barcelona o viaja a ella con frecuencia, entenderá a la primera el tablero de juego. La ciudad es un espacio enjaulado. La dificultad de encontrar un hueco donde apiñarse a vivir ayuda a entender a un coro de protagonistas que se ponen en pie desde unos bordes del mapa totalmente invisibles. Los de Torre Baró, que es un barrio de Barcelona, no existimos, se queja el elenco una y otra vez. 

Abran el zoom un poco. A Barcelona siempre le ha limitado vivir atrapada entre dos abismos: el mar y la montaña. En esos cerros malditos, la emigración humilde se veía obligada a construir barracas con los materiales que podían comprar. O sea, cemento del malo y tochos. Pero había un problema reglamentario que se unía al hecho de comprar una parcelita con los ahorros de una vida. Y este aspecto era clave para estos Sísifo en las nuevas barriadas de autoconstrucción de Barcelona y Madrid entre 1950 y 1970: la policía de entonces, esa que sacudía primero y razonaba después, podía tirar lo que se hubiera levantado durante la noche salvo que se cumpliera una condición: que hubieran terminado de techar al amanecer de un nuevo día. 

Probablemente recordarán esta condición de haberla visto plasmada recientemente en la serie Las abogadas (Patricia Ferreira, 2024), o se lo habrán oído a alguno de sus mayores igual que mi madre lo contó en casa en dos ocasiones: en las Palomeras Altas de Madrid y en Sant Genís en Barcelona. Entre el construir y el derribar, Barrena ya tiene los antagonistas de una historia, siempre tan necesarios. Además lo hace respetando mucho una cantidad enorme de detalles.

Sin ser El 47 un documental sino una película, la cinta enseña cómo se aterrizaba en los años de la saturación de estas ciudades en la posguerra. Ni Barcelona ni Madrid estaban preparadas para acoger aquella avalancha de españoles que emigraban de un campo pobre y necio. En el campo sobrevivía el bando vencedor de la guerra civil, que seleccionaba y prohibía a quién iban los pocos recursos de los primeros años tras la contienda. No está mal recordar que en los 40 hubo una hambruna en España digna de lo más florido de las guerras mundiales. En pleno crescendo de un guion que ha sido medido segundo a segundo, Manolo el autobusero cuenta a calzón quitado que a su padre lo fusilaron en Valencia de Alcántara. Y que le dejó un reloj; que se convierte en un vínculo proyectado ante nuestros ojos durante toda la película. El trabajo de Marcel Barrena es muy cuidadoso y cada detalle simbólico sobresale en las imágenes sin hacer ruido. 

Mientras, frente a la avalancha de la pobretería que haría ganar dinero a los de siempre, estaba la Barcelona de Jose María de Porcioles, un alcalde eterno al que enchufó el franquismo (fue regidor entre 1957 y 1973). La ciudad resistía con políticas que mezclaban una ideología delirante con unas herramientas urbanísticas igual de cutres que las de su enemigo invisible. Medidas frente al desarrollo espontáneo que se vieron absolutamente desbordadas. Barriadas chabolistas como Somorrostro, el Turó de la Rovira o Nou Barris crecían y crecían. A finales de los años 50 se estima que vivían en barracas casi cien mil personas solo en Barcelona. Echen cuentas. 

La desesperación de Felipín, encarnado en la película por Salva Reina, el ansia que come por dentro a Carmen (Clara Segura se echa toda la tensión a sus espaldas) por alfabetizar el poblado, no son baladís. El miedo se convierte en un actor más del reparto: miedo ante una segunda expulsión por parte del territorio que los acoge. De este terror no se había repuesto quien había llegado a la ciudad mediterránea en los años 50. Porque fueron años de terror y desprecio del emigrante del campo andaluz y extremeño. El Movimiento azuzó a sus ideólogos a despreciar a quienes llamaba «ignorantes, inmorales, mendigos y delincuentes» porque veían desbordada la capacidad de las ciudades. Cuando uno tiene gusto por el genocidio, para qué ponerse a estudiar otras soluciones. De tal calibre que, según desgrana el historiador Paco García Duarte, entre 1952 y 1957 se deportó a 15 000 andaluces llegados solo a Barcelona. Emboscados en la estación por patrullas de identificación y detención, si no demostraban tener un trabajo eran internados y tratados como ganado al Palacio de las Misiones. Este era un pabellón de bella factura de la Exposición de 1929, sito en la montaña de Montjuic, y que fue transformado en un centro de detención y clasificación. De ahí serían metidos en trenes de regreso a Andalucía. 

Cada capa de El 47 oculta un vaivén de la historia. La pregunta de fondo es si el salto de las décadas fue benévolo con la emigración. La entrada de capital extranjero en España en los 60 hizo que la mano de obra emigrante pasase de apestada a necesaria. Y hasta ahí, porque así son las cosas. Corren los años setenta en la película y se sigue viendo un Torre Baró que parece salido de un reportaje de favelas brasileñas, donde se ve el cine en una sábana entre muros sin encalar o se sufre el corte de las precarias tomas de luz o de agua. 

Yo viví, de niño, en los primeros años 70 en Sant Genís dels Agudells, otro Torre Baró de tantos, en un pisito interior que daba a una calle que se llama Elías Pagés. En casa anda una foto de mi tío Jerónimo subido en una Ducati. Está, junto a mi madre, posando plantado en mitad de una calle de tierra, empinada como un demonio, rodeado de casas autoconstruidas. Al fondo queda Barcelona, bien abajo, en un día soleado. Eran jovencitos que vivían en viviendas hechas a mano, sin plano, sobre unas parcelaciones vendidas de aquella manera y a las que se añadía una habitación con cuatro ladrillos cuando llegaba alguien más del pueblo. La Ducati de mi tío era, en aquel año 58, la posibilidad rápida de cruzar la ciudad desde el trabajo hasta alguna de aquellas aldeas encaramadas en Tibidabo, la Rovira o el Carmelo. Rampas infernales que estuvieron años sin asfaltar.

Como en El 47, aquello permaneció durante una buena pila de años poco más o menos igual que en las dos décadas anteriores. Sin aceras y recogiendo agua de una mina, la denominación barcelonesa de las fuentes de pozo. El pueblo, como siempre se ha llamado a Sant Genís, tardó décadas en contar con una línea de transporte público. A Barcelona se bajaba y del centro, del lugar de trabajo, se subía haciendo piernas. Mis padres, y miles más de toda la montaña de Barcelona, echaban media hora bajando hasta la Plaza Lesseps. O una buena hora subiendo a casa desde la última conexión del 47 de turno. Tardó un tiempo hasta que tuvimos un Manolo Vital con su acento extremeño embarretjao con el catalán, y con su serenidad revolucionaria. 

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2 comentarios

  1. Yo también anduve por Sant Genís dels Agudells en los años 70 (mi padre tenía una casita en la calle Saldes, frente a la finca de la Escuela M. Auxiliadora) y no creo que sea muy comparable con Nou Barris. Yo hice muchas veces en camino a pie hasta la plaça Lesseps: ni comparación con el trayecto de Torre Baró hasta la Meridiana. Hasta el pequeño núcleo antiguo de Sant Genís subía entinces el 27

  2. Julio César

    La película tiene una dosis de buenísimo inaguantable para como fue la historia real. Es bueno y necesario que se sepa lo que pasó, y menos mal que cuenta con el gran Eduard Fernández,pero es de una estulticia supina, queriendo quedar bien con todos y no querer narrar los hechos como en realidad fueron, ya vale la bobada de dorar la píldora a no se qué políticos.

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