Arte y Letras Historia

Mujeres al borde del feminismo (1)

Mujeres al borde del feminismo
Ninon de Lenclos, dibujo por Antoine-Jean-Baptiste Coupé (1784 -ca. 1852)

Érase una vez, en un cercano país, un mundo de mujeres. 

En ese mundo vivían Marie de Rabutin-Chantal y Anne de Lenclos, primero bajo la regencia de Ana de Austria, en la minoría de edad de Luis XIV, y luego durante el interminable reinado de este último, que sobrevivió a ambas.

Marie es conocida como Madame de Sévigné, una aristócrata francesa cuya Correpondance, que incluye las Lettres à Madame de Grignan (o sea, cartas a su hija) se estudian en su país como ejemplo de escritura amena y exquisita. Pero esta distinción empequeñece al lado de esta otra que nos participa él mismo: las cartas eran la lectura favorita de la abuela de Proust.

El nombre profesional de Anne fue Ninon y ejerció como cortesana, la más celebrada de su tiempo, durante un desempeño fabulosamente longevo que le valió riqueza, fama y respeto. Era seis años mayor que Marie y no solo coincidieron en el tiempo, sino que llegaron a tener un vínculo poco habitual. Ninon fue amante primero del marido de Sévigné, más tarde de su hijo. 

El padre de Marie fue un conde pendenciero, murió pronto y ella quedó doblemente huérfana. Se benefició de una cuidada educación, gracias a sus dos tutores y recibió de ellos el amor a la cultura y a las letras. Estudió latín, italiano y español. A los dieciocho años se casó, o la casaron, con un noble de inclinaciones poco recomendables, el marqués de Sévigné, duelista y jaranero, que malgastó la fortuna de su mujer en la medida que lo permitió su afortunadamente (para ella) corta vida. Tuvieron dos hijos y con ellos descubrió Marie la que sería su forma de amor más duradera, la maternal, gracias a la cual alcanzó la posteridad que nos permite hablar hoy de ella.

Decíamos que Monsieur le marquis no se demoró mucho en este mundo. En efecto, murió a los siete años de su boda, practicando uno de sus entretenimientos favoritos, el duelo. Viuda y libre a los veinticinco, con un buen patrimonio, a Marie no se le ocurrió volver a casarse ni, por lo que se sabe, tomar como amante a ningún pretendiente. Era una belleza de ojos claros, rubia y blanca y no le faltaron los cortejadores pero ella debía de haber descubierto ya el atractivo de la independencia sentimental y la dedicación a sus vástagos, Françoise Marguerite y Charles. De esta etapa de su vida no ha dejado noticia, es de imaginarla dedicada a la crianza de sus hijos. Años de trato con tutores, de visitas veraniega al château heredado de su marido en Bretaña y de vida social parisina, la propia de una aristócrata bien relacionada y bien recibida por su talante vivaz y su conversación amena, al decir, por ejemplo, de su buena amiga, Madame de Laffayette (entre otros testimonios).

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