
Viene de «Mujeres al borde del feminismo (1)»
Cambiamos de registro, he aquí una anécdota:
El arzobispo de Reims volvía ayer a toda prisa de Saint Germain, como un torbellino. Si él se cree un gran señor, sus gentes se lo creen más aún. Atravesaban Nanterre, tran, tran, tran. Encuentran un hombre a caballo, cuidado, cuidado, el pobre hombre quiere echarse a un lado, su caballo no quiere. Por fin la carroza y los seis caballos voltean patas arriba al pobre jinete y al caballo y pasan por encima y tan por encima que la carroza vuelca. Al mismo tiempo, el hombre y el caballo, en lugar de disfrutar del atropello, se levantan milagrosamente y el uno monta al otro y huyen y aún no han parado de correr, mientras que los lacayos y el cochero del arzobispo y este mismo gritan «detente, detente, tunante; que le den cien azotes». Al contarlo, el arzobispo decía «si pillo al bribón le habría roto los dos brazos y cortado las orejas».
Entendemos que el señor arzobispo exagera, pero que no todo es exageración, y que el jinete se libró de una buena. Así se las gastaban los privilegiados del Antiguo Régimen. La sociedad de Madame de Sévigné, ilustrada, refinada y religiosa, limitaba su compasión y su empatía a los de su círculo y era completamente indiferente a los sufrimientos del pueblo llano.
Queda patente cuando la aristócrata comenta unas terribles represalias contra unos súbditos (aún no ciudadanos), que agobiados por los impuestos y otras cargas tuvieron la osadía de protestar y lanzar unas piedras contra la residencia del señor gobernador en Bretaña. Se envió un contingente de seis mil hombres y, a pesar de los mea culpa de los campesinos arrodillados, se apresó y ahorcó a unos treinta, elegidos al azar, se expulsó de sus domicilios a los habitantes de toda una calle, parturientas, niños y ancianos incluidos, y se prohibió que se los acogiese o prestase ayuda, bajo pena de muerte. Este salvaje castigo no merece ningún comentario, lo que retiene la atención, en la carta en que se relata lo sucedido, es la osadía de estos pobres diablos que se atreven a protestar e incluso a levantar la mano. Faltaba mucho para 1789 y muchos otros abusos habría de sufrir el Tercer Estado antes de ver colmada su medida. Sin embargo, en la reacción de Sévigné se lee ya el temor de los privilegiados ante la ira del pueblo.
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