
Si pensábamos que el mundo ya no podía estar más dividido, más enfadado y más polarizado tomemos conciencia de lo que nos espera y demos la bienvenida al Angryverso, la nueva era que comienza con el segundo advenimiento de Donald Trump y la camarilla de políticos, influencers y oligarcas que van a hacer (más) negocio con su mandato. En el Angryverso la tolerancia ya no es una virtud sino una debilidad, la paciencia es un mito y la conversación pública es una cacofonía de bots, spamers y destroyers profesionales. Y en el centro de este averno, como un fénix renacido de las llamas de la controversia, está el segundo presidente americano que ha ganado dos elecciones no consecutivas. Sí, el hombre que convirtió los tweets en declaraciones de guerra y las ruedas de prensa en reality shows está de vuelta.
¿Recuerdan cuando las discusiones en internet eran sobre si el vestido era azul y negro o blanco y dorado? ¡Qué buenos tiempos! Ahora, las discusiones en línea son más como una guerra nuclear, pero con más memes y menos diplomacia. La conversación pública se ha convertido en un campo de batalla donde nadie escucha y todos gritan. Y Trump es el general en jefe de este ejército del caos. Cada declaración suya es una granada lanzada al centro de la conversación pública, explotando en mil pedazos y dejando a todos más divididos que antes. ¿Recuerdan cuando dijo que podía disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes? Bueno, en el Angryverso, eso no es una exageración. Es una estrategia. Pero no todo es culpa de Trump. Él es simplemente el síntoma de una enfermedad más grande: nuestra incapacidad para escuchar. Para empatizar. Para encontrar un terreno común. En el Angryverso, la empatía es una debilidad, y el diálogo es para mustios y endebles. Lo que importa es ganar. Y si eso significa destruir al otro, pues que así sea.
Pero no nos equivoquemos: esto no es solo sobre Trump. Es sobre nosotros. Es sobre cómo hemos llegado a un punto en el que la tolerancia hacia el progresismo bienpensante y, especialmente, hacia lo woke se ha terminado, y cómo ese agotamiento es un nuevo punto de inflexión en la cultura occidental. Un punto en el que la gente está tan harta de ser políticamente correcta que ha decidido dejar de serlo, solo por el placer de ver arder el mundo. Lo woke, ese término que alguna vez fue un grito de guerra por la justicia social, se ha convertido en un insulto. ¿Recuerdan cuando ser woke significaba ser consciente de las injusticias y luchar por un mundo más equitativo? Bueno, ahora significa que eres el tipo de persona que corrige a los demás por decir «feliz Navidad» en lugar de «felices fiestas» por no tener en cuenta otras religiones. O que te indignas porque alguien usó el pronombre equivocado en un tweet de 2011. Lo woke ha pasado de ser un movimiento legítimo a convertirse en una parodia de sí mismo, y la gente está harta.
Y aquí es donde entra Trump. El hombre que, con su estilo de bulldozer verbal y con ayuda del megalómano Elon Musk, ha sabido capitalizar este hartazgo. Las redes sociales, ese foro glorificado para monólogos narcisistas, han convertido la indignación en una moneda de cambio y al igual que pasó con la intervención de Cambridge Analytica en Facebook, Musk y su red han vuelto a demostrar cómo los datos y las emociones manipuladas pueden ser herramientas poderosas para moldear narrativas políticas y sociales, transformando el descontento en votos, seguidores y, en última instancia, poder. Trump y otros políticos con discursos y formas similares están disfrutando —y más que lo van hacer— cada vez que dicen algo que hace que los progresistas se tiren de los pelos. Y eso, queridos amigos, es lo que lo hace tan atractivo para una parte de la población que está cansada de caminar sobre cáscaras de huevo.
Donald Trump no es un político tradicional. Es un showman, un provocador, un maestro del caos. Y su segunda llegada a la Casa Blanca no es más que la continuación de su reality show favorito: El mundo según Trump. En este programa, todos somos participantes, ya sea como admiradores incondicionales o como detractores furibundos. No hay término medio. Trump no solo alimenta la polarización; la celebra. Para él, cada insulto, cada acusación, cada tweet lleno de mayúsculas es una oportunidad para reforzar su narrativa de «ellos contra nosotros». Y, por supuesto, él siempre está del lado de «nosotros». Los medios son fake news, los demócratas son socialistas, y cualquiera que no esté de acuerdo con él es un enemigo. Es una estrategia brillante, en el sentido en que un incendio forestal es brillante: ilumina todo, pero deja un rastro de destrucción a su paso. Y lo peor es que funciona. Porque en el Angryverso, la verdad ya no importa. Lo que importa es el enfado. La indignación. La capacidad de sentirte moralmente superior al otro, aunque sea por un segundo. Trump lo sabe, y lo explota con la precisión de un relojero psicópata.
Hay que tener en cuenta que este agotamiento de lo woke que ha llevado a Trump a la Casa Blanca no es una victoria para nadie. Es simplemente el preludio de una nueva era de polarización, una en la que las tensiones se multiplican no solo a nivel interno, sino también en el tablero global. Trump tiene claro que mientras Occidente se enredaba en debates culturales que parecen no tener fin, China ha actuado estratégicamente, consolidando su posición como superpotencia. Ante la pérdida de poder internacional, especialmente con lo que atañe al dólar como moneda global, Trump es consciente de que la única manera de competir con China es asimilando, en la medida de lo posible, la forma de actuar de este. Ni derechos humanos, ni cambio climático, ni ninguna otra concesión al humanismo parecen tener cabida en esta nueva estrategia, donde el pragmatismo económico y el control político se imponen sobre cualquier otra consideración.
Trump entiende que, para recuperar el dominio global, Estados Unidos debe adoptar una postura más agresiva y menos dependiente de las normas internacionales que él considera un lastre. Así, el discurso se orienta hacia la confrontación directa, minimizando acuerdos multilaterales y priorizando una política de poder duro que busca competir con la eficiencia autoritaria de China. En este escenario, las luchas culturales internas se convierten en un arma más para movilizar a una población cansada y dividir a los adversarios, mientras el juego geopolítico escala hacia un enfrentamiento cada vez más incierto. ¿Alguien de duda de que en cuanto EEUU se lance a por el Canal de Panamá China hará lo propio con Taiwan?
Así que, ¿qué hacemos? ¿Cómo salimos del Angryverso? La respuesta no es fácil, pero podemos empezar por dejar de alimentar al monstruo. Dejar de caer en la trampa de la indignación constante y cambiar las redes tóxicas por espacios contralgorítmicos como bluesky. Lugares donde las conversaciones no están diseñadas para engancharte con rabia, donde los likes no son una droga y donde las discusiones no se convierten en guerras de bandos. Imagínate: un mundo en el que no te sientes obligado a opinar sobre todo, donde no tienes que elegir un bando en cada tema y donde puedes decir «no sé» sin que te cancelen. Así que, la próxima vez que sientas que el enfado te consume, pregúntate: ¿esto es real o es el algoritmo jugando conmigo? Y si la respuesta es lo segundo, apaga el teléfono, sal a caminar, habla con alguien en persona o simplemente respira. Porque el Angryverso solo existe si lo alimentamos. Y tú, querido lector, tienes el poder de apagar el fuego. O, al menos, de no echarle más gasolina.








¿Quién está detrás de la demonización de lo woke’?.¿Acaso no es la extrema derecha?.¿Acaso no son los que están en contra de la igualdad,el respeto o la tolerancia en todas sus formas?.Si,ha ganado el anti wokismo.Ha ganado los que están en contra de la democracia y los derechos arduamente conseguidos.Ha ganado Trump.
Publique el artículo en Facebook y me lo bloquearon… en fin, el angryverso.
Más que bluesky, recomiendo herramientas del fediverso como Mastodon.
Ya es hora de abandonar esas redes que toleran y potencian la desinformación y los discursos de odio.
Imagina una red social donde todos estamos de acuerdo y solo dice la verdad y nada más que la verdad. Imagina una sociedad donde todos estamos a favor de lo bueno y en contra de lo malo. Imagina que mañana, justo después de la medianoche, todos los intolerantes desaparecieran de la faz de la tierra.
Tengo ideas progresistas y no soporto la higiene de la moral. Prefiero bajar al infierno y jugar al póker con el diablo antes que besar el anillo de los sumos pontífices del humanismo, siempre bondadosos e infalibles.