Sociedad

La mujer, arma y botín en tiempos de contienda

Dos mujeres palestinas se reencuentran tras su liberación. Foto Cordon Press.
Dos mujeres palestinas se reencuentran tras su liberación. Foto: Cordon Press.

El pasado 14 de enero, el canal de noticias Middle East Eye (MEE) informaba sobre las violaciones continuadas que decenas de mujeres y niñas palestinas habían sufrido por parte de soldados israelíes durante el asalto al hospital Kamal Adwan, en el norte de Gaza. Una atrocidad más de entre las infinitas cometidas por parte del ejército sionista durante los casi dieciséis meses de barbarie en la Franja. No era la primera vez que los soldados israelíes cometían con saña esta clase de abusos en el curso de las hostilidades. De hecho, se trata de una realidad que en su momento ya denunció públicamente el movimiento de mujeres palestinas Al-Karama el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer (25 de noviembre). Las activistas relataban las repetidas humillaciones, torturas y abusos cometidos hacia las mujeres y jóvenes de Gaza y Cisjordania en el marco de los interrogatorios, controles militares e incursiones en el enclave ocupado. 

La violencia hacia mujeres y niñas ha sido una constante histórica desde que el tiempo es tiempo y los hombres inventaron las guerras por el territorio. La mujer es, en muchas sociedades y culturas, símbolo de vida y de futuro, ya que es de quien depende el sostenimiento de las comunidades. Despojar a las mujeres de su dignidad a través de la corrupción de su cuerpo, sea a partir del terror sexual o de las vejaciones verbales, implica también arrebatar la esperanza a un pueblo. Colonizar el cuerpo para colonizar la tierra. Siguiendo este marco, la literatura épica antigua nos ha legado innumerables ejemplos que dan cuenta de esta realidad. Quizás el más conocido es el rapto y esclavización sexual de Criseida en la guerra de Troya: esta doncella de la mitología grecorromana, célebre por haber causado la disputa entre Agamenón y Aquiles, fue secuestrada y entregada al héroe griego cuando su ejército saqueó la ciudad de Tebas. El relato en torno a este personaje ficticio no hacía sino referenciar lo que incluso ya en aquel entonces formaba parte de la cotidianidad de las guerras: la victoria sobre la mujer como símbolo del triunfo sobre el enemigo, gracias a  la obtención de las cautivas en propiedad, sometidas a la esclavitud sexual. Es lo que la historiadora Elena Duce Pastor denomina «la apropiación del cuerpo de las mujeres para robárselo al enemigo».

En una investigación llevada a cabo por la politóloga Elisabeth Jean Wood se exponen algunos de los muchos tipos de violencia a los que se somete habitualmente a las mujeres durante las hostilidades: esclavitud sexual, tortura psicológica sobre las sospechosas de colaborar con los insurgentes, violencia física hacia mujeres de grupos considerados enemigos (en particular durante limpiezas étnicas o políticas), etc. Pero también el aislamiento y la inseguridad en los desplazamientos o en los campamentos de refugiados. Todas estas formas de agresión tienen un denominador común: dañar la identidad de los pueblos y minar la moral enemiga. En el caso de las mujeres palestinas, se añade que estas han sido históricamente símbolo de resistencia nacional antiocupación sionista. «Se trata de eliminar al mayor número posible de ellas, y de esta manera eliminar la posibilidad de perpetuar las nuevas generaciones palestinas, y desde luego de borrar cualquier posibilidad de participación directa e indirecta en la lucha por la liberación nacional», soslayan en el comunicado.

Por tanto, la existencia de un binomio mujer-patria es lo que ha motivado la humillación de las mujeres en múltiples conflictos bélicos, con el fin último de arrebatar la honra a los contrarios. Para Borja Antela-Bernárdez, profesor de Historia Antigua, la posesión sexual simboliza un tipo de victoria indirecta sobre los hombres con los que se ha combatido en tanto que la mujer es considerada portadora de reputación. Tenemos el caso de las YPJ o Unidades Femeninas de Protección, guerrilla de mujeres kurdas en Rojava (norte de Siria), que luchan activamente contra el ISIS en países como Irán, Siria e Irak. Cuando son capturadas por el ejército de la yihad, estos no se limitan a encarcelarlas o matarlas, sino que el castigo habitual tras su captura es exponerlas a todo tipo de horrores sexuales. En la religión islámica se cree que la lucha no es para las mujeres, se considera haram (pecado), de ahí que quienes combaten sean reprimidas con severidad. Tanto es así que, cuando las guerrilleras saben que van a ser violadas, beben cianato para morir de inmediato antes de sufrir las reprimendas. 

También se desplegó una violencia diferenciada y a menudo más voraz hacia las mujeres durante las primeras manifestaciones de la Primavera Árabe en la plaza Tahrir en El Cairo (Egipto): mientras que a ellos se les torturó y golpeó (y muchos de ellos fueron detenidos por el simple hecho de protestar contra el Gobierno vigente), ellas tuvieron que sufrir pruebas de virginidad que disfrazaban abusos. Fueron obligadas a desnudarse para exhibir su dominio sobre ellas y así amedrentar al resto de la población sobre las consecuencias de su insurgencia. Es por tanto, una violencia estratégica empleada como arma de guerra contra las comunidades en lucha, una forma de destrucción pública y visible del honor enemigo. 

Desde la perspectiva de la demografía (binomio mujer-vida), pero también de los cuidados colectivos como sostén de la vida misma, la violencia contra la mujer se proyecta asimismo en forma de impedir su reproducción. En la región de Sinkiang, al noroeste de China, la minoría étnica iugur, de culto islámico, se ha visto sometida no solo a una fuerte exclusión económica, como transmitía recientemente la BBC, sino a campañas de esterilización forzosa y abortos obligados. En esta pugna étnica que enfrenta al gigante chino con una comunidad se ha librado a través del estricto control poblacional. Algunas mujeres tuvieron que implantarse un DIU (dispositivo intrauterino para control de la natalidad) para así evitar ser trasladadas a campos. El empleo de la violencia obstétrica para que el Estado posea el control efectivo sobre sus cuerpos persigue el fin de extinguir cuanto antes a su pueblo. Por tanto, el factor demográfico es esencial a la hora de comprender por qué sobre ellas se cierne una violencia especialmente biológica. 

Del mismo modo que impedir la natalidad implica para los poderes estatales o imperiales cercenar el porvenir de una nación, para los pueblos oprimidos engendrar descendencia es un acto de rebeldía y resistencia frente a la ocupación. Tener hijos y asegurar su cuidado permite perpetuar la existencia de su comunidad y que el territorio no deje de estar poblado por los suyos. En este sentido, impedir o bloquear los cuidados, ejercidos tradicionalmente por las mujeres en contextos patriarcales, es otra pata más de la violencia. En Gaza, por ejemplo, se ha impedido a muchas mujeres ir con sus hijos a hospitales a recibir tratamiento cuando han sido trasladados fuera de la Franja, de manera que muchos han fallecido lejos de sus madres. 

Supone un daño moral extremo privar a las mujeres de las condiciones necesarias para mantener con vida a los suyos. Cuando son incapaces de llevar a cabo esa tarea de sostenimiento, la mayoría sufren una culpabilidad indescriptible y silenciosa. Inclusive al no poder apaciguar el terror de sus niños ante los bombardeos, ni ser capaces de garantizar su alimentación o darles un cobijo digno que les proteja del frío en invierno. Los niños son el futuro de la nación palestina y sus madres, las que deben garantizar su crianza. El ejército israelí bombardea zonas de desplazados sabiendo que en esas áreas la mayor parte de personas que están hacinadas son mujeres y niños, puesto que son quienes se quedan normalmente dentro de casa durante las horas del día.

Saquear el territorio conquistado sigue la pauta criminal de la violencia sexual en entornos de «masculinidad militarizada», donde los hombres son educados para utilizar la violación como arma contra el enemigo en la contienda. Montserrat Cervera, activista antimilitarista, y por la salud de las mujeres, desarrolla en una investigación el papel de las mujeres en contextos bélicos. Destaca las numerosas apelaciones que existen, dentro de la cultura militar, a la dimensión sexual femenina como forma de arma de dominación, ataque y control. Esta naturalización de las agresiones sexuales se vio en toda su crudeza durante la guerra civil en Sierra Leona. Jean Wood cuenta como, en ese conflicto, «se embarcaron en una estrategia sistemática y deliberada para violar mujeres y niñas, especialmente aquellas entre las edades de diez y dieciocho años, con la intención de sembrar el terror entre la población, violando mujeres y niñas y rompiendo cada norma y costumbre de la sociedad tradicional». 

Muchas jóvenes fueron secuestradas para servir como esclavas sexuales en los campos rebeldes. La autora destaca también esta esclavitud sexual acontecida en Bosnia-Herzegovina, en el conflicto de la antigua Yugoslavia, contra aproximadamente veinte mil niñas y mujeres musulmanas en tan solo un año. Estos abusos se dieron tanto en sus hogares como en bosques, centros de detención y apartamentos privados. La finalidad de todo ello, como destaca un informe que analiza estas atrocidades, fue avergonzar al enemigo hasta sus últimas consecuencias, ya que la mayoría fueron cometidas contra niñas vírgenes y en frente de los propios familiares. La mujer virgen es, a ojos de muchas sociedades, la mujer pura e íntegra moralmente, por lo que «corromperla» un golpe atronador para muchas comunidades. En consecuencia, la conquista de sus cuerpos convertidos en botín de guerra afianza la derrota del enemigo y metaforiza la victoria.

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4 Comentarios

  1. Todos los ejércitos tinen algo en común, la violación se las mujeres «del enemigo». Ellas pasan a ser indignas y ellos pierden el honor.
    No importa la finalidad de la batalla, hasta el fin más noble se ha construido sobre el abuso de las mujeres.

  2. Dice que «los hombres inventaron las guerras por el territorio.». Primero: las guerras por el territorio no fueron inventadas, existen en el reino animal desde el inicio de los tiempos, son parte de la lucha por la supervivencia. Segundo: podría haber dicho que el ser humano inventó las guerras, pero no, dice que fueron los hombres, tipos como yo y mi padre, los hombres, esa entidad maligna y destructiva que genera violencia y horror en un mundo que seria pacífico sin ellos…

    La guerra aplica violencia sobre el cuerpo de las mujeres. Por supuesto. Ahí están los datos, es una evidencia. Pero también aplica violencia sobre el cuerpo de los hombres (la gran mayoría de ellos tan inocentes como las mujeres victimizadas). Violencia brutal y salvaje sobre seres humanos que no desean la guerra ni tienen nada que ganar con ella. Con muchísima frecuencia también violencia sexual, porque puestos a manchar el honor de un hombre, tanto vale violar a su esposa como violarle a él mismo. No entiendo cómo se puede hablar de violencia sexual en las guerras sin mencionar la violación de hombres.

    No me molesta que se escriba un artículo sobre las violaciones de mujeres en la guerra. Me decepciona la visión sesgada: los hombres inventan la guerra, las mujeres son las grandes víctimas y hasta la muerte de los hombres cobra su verdadera dimensión por el sufrimiento de sus madres que no pueden estar cerca. Me molesta que se insunue que en caso de guerra yo y mi hijo seríamos menos víctimas (o incluso más culpables) que las mujeres que nos rodean. Basta de clasificar a las víctimas!

    Sobre las violaciones a hombres (de las que hay pocos artículos aunque es evidente que las hay, en guerras, en dictaduras y en otras aberraciones de nuestro mundo):
    https://www.google.com/amp/s/www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-60760520.amp

  3. David Piru

    Sobre este asunto recomiendo leer la maravillosa novela El dosier de las mujeres sin rostros, de Ángel Arribas.

  4. La autora de este artículo parece omitir u olvidar las constantes violaciones, amén de otras atrocidades que mujeres y niños hebreas soportan de organizaciones terroristas que todos conocemos. Seamos profundos en nuestros análisis.

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