Cine y TV

Larry David, un quijote miserable

Larry David en Curb Your Enthusiasm. Imagen HBO.
Larry David en Curb Your Enthusiasm. Imagen: HBO.

Enjuto y calvo, recorre Los Ángeles con gestos desgarbados. Movimientos sin control, libres de toda atadura, que reflejan la idiosincrasia de un hidalgo peculiar. Vaga, por supuesto, acompañado de su escudero, un hombre rollizo capaz de condescender a cualquier ocurrencia.

Se trata de un quijote peculiar. Uno que, de hecho, apenas cuenta con una delgada dimensión moral. Le vemos robar flores de un velatorio para entregárselas a su mujer, contratar a una prostituta para poder ir más rápido por la autopista a un partido de béisbol, sospechar del párkinson de Michael J. Fox, abrir una cafetería tan solo con motivo de arruinar a otra que le ha echado o mantener relaciones sexuales con una mujer discapacitada para causar una buena impresión a todo aquel que tenga la desgracia de encontrarse con él. Uno podría decir, por tanto, que es capaz de traicionar a todos salvo a sí mismo. El que fuera uno de los creadores de Seinfeld no duda tampoco en acostarse con una mujer palestina aunque esta le grite «judío de mierda», lo que supone, según él, «un pequeño precio a pagar por el mejor sexo que he tenido nunca». 

Envuelto en música circense, como si su realidad, ajena a todo sufrimiento, fuera una burla hacia todos los demás, Larry David termina enfrentándose una y otra vez a extraños y allegados por culpa de sus ideas y sus normas, surgidas siempre de las reglas no escritas y del desparpajo de quien se sabe con razón.

Larry David nunca está dispuesto a ceder. Prefiere, en todo caso, dejar que un conflicto trastoque cada aspecto de su vida. Algo extraño en alguien que se vanagloria de la mirada cínica con que observa las cosas. Más allá de sus reglas no parece importarle nada. No duda, en ningún momento, en anteponer sus ideales a su propia conveniencia. ¿Se trata entonces de simple cabezonería o de esa rabia contra la vida moderna capaz de desbordar películas como Un día de furia? Larry David se comporta, en realidad, como la última versión del héroe cervantino, idealista y sufriente, pero profundamente inmoral. Así, en cierto modo, decide luchar por la libertad, si bien solo por la suya.

Y es que si bien en Los Ángeles los gigantes no existen, tampoco lo hacen los molinos. Es alrededor de las normas sociales, hacedoras de convivencia y fuente de dolor, donde las sombras, en realidad, se alargan de forma exagerada. Sus luchas se suceden, sin embargo, sin aparentes consecuencias. La lanza del hidalgo tiene, aquí, la peculiar forma de un talonario. El dólar, peculiar deus ex machina, le rescata una y otra vez de consecuencias que, en otro caso, serían devastadoras.

Este quijote, sin embargo, tiene una peculiaridad: es profundamente judío. Curb Your Enthusiasm es, al fin y al cabo, la historia de un quijote miserable, pero también uno de corte casi rabínico. Un relato de esos individuos que, aun siendo los guías espirituales de su propia comunidad, interpretan su propia ley hasta volverla, en ocasiones, accidentalmente hilarante. El Talmud, esa obra inabarcable, hogar de las discusiones rabínicas sobre preceptos judíos, tradiciones, costumbres, narraciones, parábolas, historias y leyendas, está lleno de aclaraciones pedagógicas aparentemente absurdas con las que dilucidar aclaraciones legales: los rabinos han retorcido las interpretaciones hasta preguntarse qué ocurriría en el caso extremadamente improbable de que un cuchillo, al surcar el aire, consiguiera sacrificar por el camino a un animal siguiendo todos los requisitos de un ritual. Lo mismo ocurre con otros asuntos. Tal como se pregunta un viejo chiste rabínico, ¿en caso de que alguien nazca con dos cabezas, en cuál de ellas no se pone filacterias?

En Larry David, los reflejos talmúdicos son evidentes: cada gesto y cada suceso es interpretable hasta la extenuación, siempre bajo sombras de conflicto. Así, ¿ha comido Christian Slater más caviar del que cada individuo tiene permitido en el bufé libre organizado por Ted Danson? Si alguien sabe situar un límite preciso para el consumo de pruebas de helados, ese es Larry David. Las preguntas, por supuesto, se revelan infinitas. ¿Tiene permitido un hombre, por ejemplo, llevar pantalones bermuda en un avión? Es parte de lo que Larry Charles, escritor, productor y director de Seinfeld y Curb Your Enthusiasm, llamó «Talmud oscuro». Tal como señala Jeremy Dauber en El humor judío, la obediencia a esas reglas da lugar a una perspectiva distinta del mundo. Ello aunque él sea el único capaz de comprenderlas: «¡Nadie entiende tus reglas, Larry!», grita su esposa, plantada delante de la puerta que reza «calvo cabrón», después de que se negara a dar caramelos por Halloween a un par de adolescentes sin disfraz. Lo cierto es que, en realidad, no le importa, puesto que tal como sostiene Dauber, «David, en el fondo, está convencido de que él tiene razón, y siente una especie de orgullo antiheroico por sustraerse a la tiranía de la mayoría decente y moral».

El carácter de Larry David, de hecho, solo se desvía brevemente cuando, en uno de los episodios, este cree ser adoptado. Sus padres, en realidad, son católicos, le revela de forma errática un investigador privado. David, a partir de entonces gentil, se comporta con impecable moralidad y se vuelve, de pronto, un dechado de virtudes, protagonizando escenas ilustradas por Norman Rockwell: cazando con su nuevo padre entre los juncos, pescando en un lago, bendiciendo la comida durante una cena familiar o yendo a la congregación a cantar «Tell It On The Mountain» junto al resto de feligreses. 

Sobre él recae, entonces, la imagen del perfecto americano, sueño puritano del bondadoso anglosajón blanco y protestante. Más tarde, tras un sermón en la iglesia, se ve impelido a entregarse a la más honda abnegación, ofreciendo su propio riñón a su amigo Richard Lewis, necesitado de un urgente trasplante. Justo antes de la operación, sin embargo, se le revela la verdad: no es adoptado y, por tanto, sigue siendo judío. Y entonces, como si su propia identidad resultara ponzoñosa, su bondad se esfuma e intenta, ansioso, huir del quirófano. 

No se trata, sin embargo, de un odio a su propia condición, reliquia inútil de una minoría que ya no necesita despreciarse para ser aceptada. Así se lo hace saber en uno de los episodios a otro judío que se lo recrimina en una cola para entrar al cine. ¿Al fin y al cabo, qué otro judío iba a silbar a Wagner? Lo cierto es que, como él mismo señala, puede que se odie a sí mismo, pero no por su judaísmo. En realidad, de fondo, palpita la burla hacia la despectiva imagen tradicional de la figura del judío: engañoso, despreciable, cobarde. 

Y es que todo es susceptible de ser víctima de una carcajada en Curb Your Enthusiasm. Ni siquiera el holocausto, tragedia de tragedias, parece librarse de la risa, a veces disimulada incluso a la intimidad del televisor. Una carcajada que, como cualquier otra, puede ser menos inocente de lo que parece, pues la risa, como sostiene Andrés Barba en La risa caníbal, «ha estado desde siempre encajada en un cruce de coordenadas entre la razón, la moral y la política». Es, en realidad, la risa del triunfo, tal como sostenía Hobbes, para quien un hombre del que uno se ríe, «es un hombre sobre el que se triunfa». ¿Cómo apuntar con el dedo a un hombre dispuesto a reírse? Es en esta burla absoluta, capaz de arrasar con todo salvo con lo que uno cree, donde palpita el corazón de la serie. Los locos, como se suele creer, son los otros. 

La connivencia y la obediencia a las caprichosas reglas de Larry David, en cuanto cosmología particular, proporcionan una identidad especial que va más allá de algunas de las categorías clásicas del humor judío. Una que es única y, en cierto modo, imposible: la del idealista miserable. David, situado entre el schlemiel (o «pobre infeliz»), el schlimazel (o «quejica») y el schmuck (o «necio») se aferra así como un hidalgo febril a las pequeñas normas que constituyen no solo su mundo, sino su propia moral, embistiendo a cualquiera que tenga la desgracia de cruzarse con él. Un código que, irónicamente, otorga cierto orden, a pesar de su desprecio cínico a la convivencia. Al fin y al cabo, a lo largo de los episodios, en no pocas ocasiones uno oye un murmullo salir de sus labios: tenía razón. Y es que es necesario confesarlo. Nos gustaría estar en su lugar. 

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4 Comentarios

  1. La mejor comedia de la historia :)

  2. Larry David representa aquello que anhelamos pero nos impiden las absurdas convenciones sociales.Todos queremos ser como él. Larga vida al mayor cabronazo de la tele.

  3. Una rareza en éste mundo tan adicto a la censura y la mediocridad colectiva militante.

  4. celsiuss

    obra maestra infravalorada en tiempos de ridiculeces politicamente correctas
    Larry David un genio

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