
Los adalides machos del progresismo feminista están recibiendo en los últimos tiempos altas dosis de wokismo social en formato de denuncias y cancelaciones. Al ya famoso y triste caso de Iñigo Errejón se acaba de sumar el del escritor Neil Gaiman. El famoso autor británico acaba de publicar en su blog un artículo titulado Breaking the silence en el que escribe: «al revisar estas acusaciones, reconozco momentos que medio identifico y otros que no ocurrieron en absoluto. Afirmo categóricamente que nunca he participado en actividades sexuales no consentidas».
Neil Gaiman e Íñigo Errejón, esos adalides del progresismo literario y político, merecen nuestra más irónica reverencia. Porque si algo necesitamos en esta sociedad de contradicciones es una buena dosis de teatralidad emocional, vestida de discurso feminista, pero con el corazón en el congelador. No nos engañemos: la ausencia emocional en relaciones con disponibilidad sexual es el jazz del siglo XXI, esa improvisación psicológica donde nadie sabe quién lleva la melodía ni quién marca el compás, pero todos se miran con cara de entendidos.
La psicología, como siempre, se presenta con sus teorías e investigaciones para confirmar lo obvio: la falta de conexión afectiva puede generar soledad, abandono y, por lo que estamos viendo, cancelaciones y denuncias a tutiplén. Estudios como el de Mario Mikulincer y Phillip R Shaver, basados en las teorías del apego, destacan que esta ausencia emocional crea conflictos internos dignos de un guion de drama venezolano. ¿El contacto físico como placebo emocional? Claro, pero solo durante unos minutos, antes de que la cruda realidad golpee con la fuerza de un término académico mal interpretado.
En este contexto aparece Neil Gaiman, cuyas narrativas literarias abordan con frecuencia las complejidades del alma humana y que con sus personajes ha creado un universo donde lo fantástico y lo cotidiano se entrelazan, ofreciendo a menudo una voz y un lugar a colectivos marginados, al presentar personajes que desafían las normas sociales y encuentran fortaleza en su diferencia. «No hay palabra segura. Cómo el exitoso escritor de fantasía Neil Gaiman ocultó durante décadas su parte más oscura» es el título del inmenso reportaje que ha publicado esta semana la revista Vulture —suplemento de New York Magazine— revelando facetas desconocidas de su vida personal y profesional en la línea de las «errejonadas» que desvelaba Cristina Fallarás en su Instagram. Recordemos que Íñigo Errejón, el predicador de la igualdad y defensor de causas progresistas, se especializó en equilibrar su discurso público con acciones privadas que levantan cejas y generan susurros en los círculos intelectuales. Bell Hooks, en El deseo de cambiar (2004), nos recuerda que los hombres feministas tienen una responsabilidad moral y emocional que va mucho más allá de publicar frases bonitas en redes sociales. Pero, ¿quién tiene tiempo para esa introspección cuando hay que redactar el próximo discurso sobre la emancipación del proletariado?
Todos tenemos claro que la combinación de ausencia emocional y disponibilidad sexual puede crear una paradoja psicológica en ciertos seres humanos con expectativas poco realistas en sus relaciones. Esta dicotomía puede ser particularmente dañina en relaciones donde uno de los involucrados busca autenticidad emocional mientras el otro está emocionalmente distante. Desde una perspectiva ética, Emmanuel Lévinas en Ética e infinito ya nos invitaba a considerar al «otro» como un fin en sí mismo, no como un medio para satisfacer nuestros caprichos efímeros. Pero, admitámoslo, esta idea suena mejor en un seminario filosófico que en nuestro día a día. En el terreno de las relaciones interpersonales la instrumentalización es el pan nuestro de cada día, incluso cuando hay consentimiento mutuo, la falta de reciprocidad emocional crea una forma de desigualdad moral que pocos están dispuestos a reconocer y que en el peor de los casos puede acabar en denuncia o cancelación.
El feminismo contemporáneo ha planteado demandas que van más allá de la simple adhesión a principios ideológicos. La serie Machos Alfa parodia de manera divertidísima y pedagógica las diferentes masculinidades y como los hombres feministas —más o menos deconstruidos— sea enfrentan tensiones internas al intentar equilibrar las expectativas tradicionales de masculinidad con los ideales progresistas de igualdad. ¿El resultado? Un carrusel de discrepancias donde los discursos públicos y las prácticas privadas rara vez coinciden, pero siempre generan material para artículos de opinión. La ausencia emocional no solo afecta las relaciones interpersonales, sino que también tiene repercusiones sociales y culturales más amplias. En un mundo donde las narrativas personales se amplifican a través de las redes sociales, figuras como Gaiman y Errejón representan las contradicciones inherentes al comportamiento humano en la pugna entre el deseo y la ética solo pueden ser resueltas por el autoengaño. En palabras de Gainman: «Volví a leer los mensajes que intercambié con las mujeres alrededor y después de las ocasiones que posteriormente han sido denunciadas como abusivas. Estos mensajes se leen ahora igual que cuando los recibí: de dos personas disfrutando de relaciones sexuales totalmente consentidas y deseando volver a verse. En la época en que yo estaba en esas relaciones, parecían positivas y felices por ambas partes».
Es importante reconocer que estas figuras públicas operan bajo una lupa que magnifica sus defectos y minimiza sus logros. La coherencia absoluta es un ideal inalcanzable, especialmente en una sociedad que exige autenticidad, pero recompensa la apariencia. Gaiman y Errejón, cada uno a su manera, encarnan esta paradoja, convirtiéndose en blancos fáciles para la crítica y en estandartes involuntarios de las complejidades modernas. En última instancia, la tensión entre ausencia emocional y disponibilidad sexual no solo plantea preguntas profundas sobre la naturaleza de la conexión humana y el papel de la ética en nuestras interacciones, sino que también pone de manifiesto que, en estos tiempos, ante la duda, el consentimiento claro y en voz alta es la solución. Follaremos menos, pero mejor.







Cerdos.
«el consentimiento claro y en voz alta es la solución.»
Pronto completaremos el círculo y llegaremos a la verdadera solución: «Practicar la castidad. Sexo sólo dentro del matrimonio.»