
Este artículo es un adelanto de nuestra nueva revista Humanismo Digital, ya disponible en nuestra tienda online.
En 1997 un científico preguntó a Kokoro, una avanzada inteligencia artificial, qué nos diferencia de ella a los humanos o, lo que es lo mismo, cómo ella podría sentirse humana. Su respuesta fue clara: la capacidad de crear. Algo así, al menos, nos cuenta Mattson Tomlin en Terminator: Zero, una maravilla de la animación contemporánea. Esta ensoñación, que proyecta hacia el pasado reflexiones filosóficas sobre el apocalipsis, el futuro y la relación entre humanos y máquinas, resulta, sin embargo, tremendamente evocadora en tiempos en los que, precisamente, las inteligencias artificiales generativas parecen haber dado una patada al tablero. ¿Han cobrado las máquinas la capacidad de crear? ¿Pueden ser originales con sus creaciones? ¿Y cómo esto puede transformar la forma en la comprendemos el pasado? ¿Está nuestra capacidad como humanos puesta en entredicho a la hora de afrontar la creación de universos?
Como arqueólogo y especialista en patrimonio virtual, la creación de ventanas al pasado es mi trabajo y mi pasión. Las reflexiones sobre la profundidad y características de esta creación son, por lo tanto, tremendamente pertinentes y, en cierto modo, radicales —etimológicamente, van a la raíz—. ¿Podrán las máquinas, en un futuro más o menos cercano, hacer nuestro trabajo? ¿Podrán sustituir a los científicos y artistas? Creo que comprendiendo cómo trabajamos quienes diseñamos reconstrucciones virtuales podemos acercarnos algo más a dar respuesta a estas preguntas.
En otro momento distópico —y, en este caso, por desgracia, no extraído de ninguna ficción televisiva— la pandemia del covid-19 golpeó los hogares de todo el planeta y durante semanas estuvimos confinados en nuestras casas. Corría 2020, el mundo se frenó en seco y, en cierto modo, el terror de la enfermedad nos ofreció una pausa paradójicamente necesaria —y ya casi olvidada— en nuestra acelerada rutina. Fue entonces, para escapar de esa agobiante nueva normalidad, cuando decidí crear una nueva máquina del tiempo: viajaríamos, virtualmente, a la ciudad egipcia de Elefantina, en los confines meridionales del país del Nilo y para ello daríamos un salto en el tiempo al siglo II d. C., en pleno Imperio romano —porque, sí, las periferias del Mare Nostrum también experimentaron el impacto de Roma, que se imbricó con las culturas autóctonas—.
Nuestro trabajo comienza, siempre, por una idea y meses de investigación. Ya había dado con el primer ingrediente y me zambullí entonces en una expedición desde Madrid a la isla de Elefantina, en el Alto Egipto, lindando con la primera catarata y situada frente a la actual ciudad de Asuán. Milenios atrás este fue un importante centro, capital del Nomo del Alto Egipto, famoso por su importancia dentro de las rutas del comercio de marfil. De hecho, su nombre antiguo proviene del signo egipcio «aabw» (Ab o Abu), que significa, precisamente, «marfil» y «elefante». Y, además, Elefantina marcaba la frontera sur del país de los faraones y constituía un enclave de máxima importancia religiosa relacionada con la fertilidad de la tierra y las crecidas del Nilo.
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