Cine y TV

‘Bravestarr’: un sheriff multicultural para velar por el capitalismo galáctico

Bravestarr. Imagen Filmation.
Bravestarr. Imagen: Filmation.

Los actuales cuarentones recuerdan con mucha pasión las series que vieron durante su infancia en televisión. Todo es nostalgia y emociones exageradas cuando se repasan aquellos tiempos alrededor de un café o unas birras. Pero de lo que nunca hablan es de la miseria. Del aburrimiento. Porque solo había dos canales y en no pocas partes de la geografía el segundo se recibía solo en blanco y negro. Esto te lo ocultan. La vida era tediosa para los niños. No había DVD, tus padres ni por asomo te iban a comprar VHS con dibujos, que eran carísimas, y la vida era gris. Ponías la tele, salían bailes regionales y te los tenías que tragar. Sufriendo. Aburrido como una puta ostra. Otras generaciones tuvieron guerra, hambre, nosotros aburrimiento. Digan lo que digan, lo endulcen como lo endulcen, uno suspiraba profundo frente al televisor la mayor parte del tiempo que lo veía. Y así estábamos, abúlicos y hastiados, hasta que se abrió un claro entre las nubes y empezó a brillar tímidamente el sol: llegaron las cadenas autonómicas. Un tercer canal.

Como dice el escudo del reino, «Plus Ultra», la sensación fue esa: ¡hay más allá! De repente nos liberamos del yugo de la educativa televisión estatal. Siempre con extraordinarias series procedentes de todos los países, incluidos los del telón de acero, y esa programación aseadita, artística y didáctica empezó a competir con lo que de verdad nos emocionaba a todos los niños: la basura americana.

Estas nuevas autonómicas no se anduvieron con rodeos y nos echaron la mierda a paladas desde el primer día: una de las series estrella de la programación infantil fue Bravestarr ¿Y quién era él? Una nueva versión de la representación más burda del capitalismo y la explotación del mercado infantil. Alienación, lo que nos gustaba. ¿Por qué? La marca de juguetes Mattel había triunfado en los ochenta recreando el mito de Hércules en el particular universo de un nuevo héroe: He-Man. Para vender los muñequitos, que baratos no eran, se hizo una serie de dibujos animados a cargo de los estudios Filmation. ¿Y era buena la serie? Ni buena ni mala, eran anuncios de veinte minutos. Y por si acaso, en el kiosco, también estaban los cómics de Marvel con las andanzas de «los Másters», como les llamábamos aquí. El triunfo fue absoluto, se forraron y en 1987 tocaba renovar la pantomima para seguir haciéndolo. Así llegó Bravestarr a nuestras vidas.

Lo curioso es que lo hizo con cierta intención de venganza. En 1976 Mattel casi se fue a la ruina cuando rechazó fabricar los muñequitos de la que luego sería una de las trilogías más conocidas de la historia, La guerra de las galaxias. He-Man transcurría en la galaxia, en el planeta Eternia, pero era más una historia de bárbaros. De hecho, tuvo que ir a juicio a principios de los 80 porque los propietarios de los derechos de Conan les demandaron. Con Bravestarr, la macedonia de mitos iba aún más lejos: era en el espacio, había una flota de piratas galácticos, pero era un wéstern de los de toda la vida. Vaqueros y galaxias, la fórmula de la Coca-Cola que luego nos daría la serie Firefly y la película Serenity, pero que en este caso, fracasó. Los muñequitos de Bravestarr, incluida la serie y la película, se comieron los mocos. Tanto que Filmation tuvo que cerrar. Aunque eso a nosotros nos daba igual. Al menos durante aquel par de años, antes de que lle garan las cadenas de televisión privadas, donde ya se echó He-Man y toda la basura que nos habían hurtado los programadores de la televisión pública por ese afán pernicioso que tuvieron de ofrecernos solo productos educativos y de calidad. Bravestarr era un indio, pero también era sheriff, de un planeta lejano: Nuevo Texas. Luchaba contra los piratas y delincuentes espaciales, muchos de ellos robots malignos, cosa que por aquel entonces —Terminator, Cortocircuito, etc.— ponía mucho. Y por supuesto tenía superpoderes. Fuerza de oso, velocidad del puma, ojos de halcón y oído de lobo. Cada vez que aplicaba uno de ellos, en la serie sonaban teclados ochenteros AOR y redobles de batería eléctrica que invitaban a fliparse en casa cosa mala.

Si nos ponemos tiquismiquis políticamente hablando, Bravestarr era bastante impresentable. Una especie de coalición de gobiernos galácticos explotaba las minas de Nuevo Texas para extraer «querium, el metal más preciado del universo». Los trabajadores de las minas eran los aborígenes del planeta, pequeños y redondos, «de la pradera», y estaban «oprimidos», no por los humanos altos y bien parecidos que custodiaban las minas armados hasta los dientes, sino por los ladrones del mineral que ocasionalmente lo robaban. Es decir, que en términos de Star Wars, aquí los buenos eran el Imperio.

Por otro lado, Bravestarr era muy amigo de su caballo mecanizado, llamado 30-30, que hablaba y ponía el contrapunto con su sarcasmo y humor al sheriff, que era un poco vinagre, todo hay que decirlo. Y también tenía una relación sentimental con la juez pelirroja J. Bella. Sin embargo, en las series este idilio no se mostraba, se sugería. Igual que en Melrose Place hubo una pareja gay, pero que no se besaba, que no paraban de darse abrazos; en la Bravestarr de televisión nunca se producía el ansiado beso entre ambos. Para ello hubo que esperar a la película, que nos liberó por fin de esa tensión sexual no resuelta. Porque seríamos niños pero a veces entra ban ganas de gritarle a la pantalla «¡pero fóllatela!».

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4 Comentarios

  1. Debo de haber vivido en una galaxia muy lejana, pero sinceramente me alegro. No he visto ni un episodio de este llamativo engendro.

  2. Scatergories

    Un amigo del colegio me enseñó un póster de Bravestarr que me dejó alucinado. Un póster a finales de los 80- principios de los 90 era aún algo por lo que presumir. El caballo de pie sujetando un bazoca, Bravestarr mazado y con cara de poco amigos. Luego vi algún capítulo, no recuerdo bien donde y me dejó un poco frío. Pese a todo… aquel póster junto a semejante nombre (Marshall Bravestarr) se quedaron en mi memoria para siempre.

  3. Lareon Falken

    El bazoca en cuestión era un escopetón bautizo con el muy americano nombre de Sara Jane Smith. Por otra parte, y para añadir algún dato curioso, se llegó a hacer videojuego para sistemas de los 80 (amstrad cpc, msx, etc.). De hecho, yo lo tenía para spectrum

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