
Toda aceleración de la historia produce una especie de desarraigo en quienes la padecen. Es consustancial a los procesos históricos y culturales. Sucedió con el Romanticismo, que nació para impugnar los valores de la Ilustración. Lo mismo pasó con las vanguardias a comienzos del siglo pasado, que surgieron en un contexto en el que el viejo canon burgués comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento. Después de la Segunda Guerra Mundial, las tribus urbanas aparecieron como consecuencia del éxodo masivo de los pueblos a las ciudades. Desde un prisma marxista, podemos entender el surgimiento de las tribus urbanas como una evolución de la lucha de clases, puesto que las culturas juveniles son utilizadas por la clase trabajadora no solo para buscar su sitio en la sociedad, sino también para oponerse contra los valores dominantes. En Rastros de carmín, Greil Marcus traza una interesante genealogía de las tribus urbanas y su relación con las vanguardias, vinculando directamente el dadaísmo y el situacionismo con el punk para mostrar una de las grandes luchas del marxismo: la de hacer del hombre sujeto de la historia. Esta es la base que hizo del punk una cultura espectacular. Pertenecer a una tribu urbana era una conspiración, permitiendo al sujeto escapar así de las instituciones tradicionales. Sin embargo, esto cambió en el siglo XXI, cuando la homogeneización cultural llevada a cabo por la globalización, desarticuló la gran mayoría de impugnaciones políticas y sociales efectuadas por estas en el siglo pasado.
Con el factor de «clase» olvidado, las primeras redes sociales rompieron con cualquier pretensión de identidad colectiva. La destrucción del tiempo corporal, su continua aceleración, sin memoria y tiempo futuro, favorece la emergencia continua e indiferenciada de elementos del pasado. El capitalismo global hizo del proletariado una clase desposeída, alterando las relaciones de producción y diversificándolas. Si antaño se definía al proletario como el obrero privado de su fuerza de trabajo, nuestra época ha extendido su definición para incluir a quienes de ahora en adelante se ven privados de su experiencia. La generación milenial nace en un mundo obsesionado con la perfección tecnológica. Dicho en otros términos: ya nada es real y los involucrados en esta ilusión son incapaces de notarlo. Esa fue una de las grandes consecuencias de la aceleración de la historia para esa generación. El pasado no existía excepto como objeto de consumo. El presente perfeccionado era el centro de la ideología neoliberal, la maniobra de escapismo que permitía a toda una generación huir del no hay alternativa del capitalismo. El optimismo neoliberal muestra un exceso de confianza en la tecnología, obviando que todas las distorsiones que producía la tecnología formaban parte de este proceso de ingenieria social diseñado por nuestras élites. El pensar técnico no necesita máscaras: se ha vuelto, él mismo, ideología dominante. El optimismo neoliberal aplicado a la tecnología ha realizado una jugada maestra al sustentar que todas las ideologías han concluido, y que solo nos quedaba abrazar la técnica como una victoria del progreso.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





