
Hace la friolera de veintisiete años que se estrenó El show de Truman y hoy más que nunca la manipulación y el control de los mass media es una constante que se palpa en nuestra realidad diaria: en una posible secuela del filme en el siglo XXI, la pequeña localidad costera de Seahaven en la que está ambientada la película podría haberse convertido en una gran metrópoli y la cúpula que la contiene abarcaría la casi totalidad de nuestro globo.
Toda la filosofía que se encierra en el argumento principal del filme —el mundo real frente a un mundo inventado que controla una mano invisible a nosotros, esa especie de Matrix o incluso de mito de la caverna: la clase dominada (Truman) frente a la clase dominante (Christof) que es artífice de su pensamiento e induce sus vivencias— sigue vigente y es una prueba fehaciente de que los cambios en nuestra sociedad suceden despacio y que no todas las generaciones se relacionan con los medios del mismo modo.
Por un lado, los llamados nativos digitales han desarrollado una nueva forma de informarse a través de las redes sociales que les hace cuestionarse si sus fuentes son fiables y escogen retazos de diferentes medios de información para hacerse una idea de cuál es la verdad que se encierra en las noticias, el lema es no hay que dejarse informar, hay que informarse… mientras la desinformación campa a sus anchas. Por otro lado, aquellos a los que las nuevas tecnologías les pillan a desmano, continúan confiando en los medios tradicionales para seguir la actualidad y esto otorga a los mass media y a los que los controlan un poder desmesurado. Al igual que en la película, la corporación define el mundo de Truman y secuestra su capacidad de discernir entre lo real y lo fabricado, los medios tradicionales siguen teniendo la misma influencia sobre ciertos grupos de población.
Un ejemplo: la manipulación de la publicidad, tan presente en el filme en forma de mensajes en la radio o carteles con advertencias que acen túan el miedo de Truman a abandonar su ciudad, es un instrumento utilizado diariamente para definir cómo debemos ser y actuar, qué ansiar para nuestras vidas, qué necesitar para ser felices: un coche nuevo, una sonrisa más blanca, un físico de catálogo de ropa interior. No dejarse influir por el bombardeo publicitario resulta difícil por mucho que seamos conscientes de que estamos siendo manipulados y a quien se sale de los estándares establecidos se le tacha de antisistema.
Por supuesto y volviendo a la película, esta puesta en escena mediática no podría llevarse a cabo sin los actores implicados en la recreación del mundo que Christof ha inventado para Truman. Se trata de unos personajes muy interesantes desde el punto de vista de la manipulación, ya que son colaboradores necesarios en la farsa a cambio de un sueldo. Salvo honrosas excepciones como Sylvia, estas personas son conscientes de que están participando en una mentira y sin embargo no tienen escrúpulos en seguir interpretando el papel que les escribe la corporación día tras día para que el statu quo perdure y Truman siga encerrado en su mundo ideal, todo ello sin hacerse además el mínimo planteamiento ético. Podríamos encontrar su paralelismo en el mundo real: serían el justo equivalente de algunos tertulianos que pueblan los programas en nuestras televisiones y radios.
Como nota para reflexionar, se han publicado estudios de psicología que analizan la aparición de nuevos trastornos mentales que toman su nombre del título de la película: The Truman show delusion caracteriza a sujetos que creen estar viviendo dentro de un programa de telerrealidad, se sienten observados y desarrollan una suerte de paranoia ante la posibilidad de estar constantemente vigilados por una mano negra invisible que está atenta a sus vidas. Una cosa es segura, la cantidad de cámaras instaladas en nuestras calles en los últimos años no contribuye a aliviar sus suspicacias.









