
«¿Para qué quieres saber del abuelo? Déjale en paz, la guerra fue hace mucho tiempo». «La bisabuela vendió un hijo porque no tenía para comer, ¿para qué quieres encontrarlo? Tú no has pasado hambre». «¿Qué es eso de una prueba de ADN para encontrar a familiares? Tu familia es de aquí y punto».
Los adoptados, cuando lanzamos preguntas sobre nuestra identidad biológica, nos convertimos para las familias adoptivas en un pedazo de almendra podrida. Somos amargos durante horas, molestamos. Los que buscamos personas y guiamos a otros en sus búsquedas nos enfrentamos a preguntas complejas de sortear. Tienen su raíz en una pregunta-respuesta general: «¿Para qué quieres otra familia?, ya tienes una»; como si fuéramos una fruta podrida.
Esta pregunta revuelve los cimientos de la identidad y esclaviza de una forma dulce a quien la recibe. La pregunta, que contiene ya la respuesta araña la piel y provoca un soplo en el corazón. Hay preguntas-respuestas que se dicen sin la intención de dañar, pero que atormentan a los que solo buscan información.
Los adoptados sentimos esta humillación durante la búsqueda y compartimos esta sensación con el resto de las personas que buscan familiares como: bisnietos de supervivientes de genocidios, nietos de víctimas de guerras o hijos de otro tipo de violencias y desamparos. Somos la tercera generación los que deseamos saber por qué nuestros bisabuelos vivieron en la miseria, cómo percibieron el mundo nuestros abuelos y deseamos romper con la ignorancia de nuestros padres. «Pero si eso pasó hace cincuenta años, déjale descansar en paz». ¿Podéis imaginar la vergüenza que puede sentir alguien que busca a un desaparecido cuando escucha este tipo de juicio? Lo mismo nos pasa a los adoptados.
Pero eso no solo se extiende hacia el pasado. Vaticino que esta pregunta-respuesta será escuchada en el futuro por los hijos creados mediante la donación de esperma y de óvulos o por los bebés nacidos de mujeres «alquiladas» en situación de esclavitud. Tendrán que hacerle frente a esta pregunta-respuesta los que viven en centros de menores, las criaturas de acogimiento temporal y los huérfanos. Todos serán adultos y querrán saber quién fue su familia. Tienen derecho a su identidad biológica.
Todos los que buscamos familias tenemos que escuchar estas preguntas-respuestas que nos hacen tambalear. Estas preguntas-respuestas hacen que los cimientos del árbol familiar se pudran y que la genealogía del abandono (descrita en un artículo anterior) se perpetúe de generación en generación. «¿Para qué quieres visitar tu orfanato en la India?, ahí solo hay miseria». «¿Por qué estás buscando tu certificado de nacimiento?, lo hemos quemado todo».
El sentimiento que anda agazapado detrás de los que emiten la pregunta-respuesta es el miedo al desquebraje de su heredad, de su propia identidad y familia. ¿Podéis ver ahora el dolor que produce escuchar semejante cuestionamiento sobre la identidad biológica?
Démosle la vuelta a las preguntas. Imaginaos que un adoptado se cruza por la calle con una madre adoptiva blanca con su bebé de color verde turquesa (por no nombrar a ninguna etnia o país específico). ¿Podría el adoptado preguntar lo siguiente?: «Perdone, ¿pero quién es la verdadera madre de tu hijo? Porque usted no lo es». ¿Os imagináis la reacción?, ¿podéis ver la inseguridad y congoja que produciría esta pregunta a esa madre?
El objetivo de quien busca es único y demasiado simple: encontrar. Cuesta explicar y verbalizar cuál es el objetivo de la búsqueda más allá de encontrar a alguien. Luego la historia se reconstruirá sola. No es extraño que el verbo encontrar nos haya dado palabras como encontronazo, desencuentro, en contra, contrariar, contraste. Parece que el verbo tienda a generar enemigos, crear batallas entre hermanos y originar guerras entre familias.
Ayudo a personas adoptadas y no adoptadas a reencontrarse con sus familias, vivas o muertas como una forma de reparación del mundo. Esta necesidad de ayudar es una tendencia que muchos adoptados padecemos y que sigue la lógica de «si yo pude encontrar, otros también lo conseguirán». Quien busca comienza su andadura con la misión de resolver un por qué visceral. La aventura tiene muchos caminos: un nombre en una carta sucia, una coincidencia de ADN, un dulce encuentro entre padre e hijo. Todos los caminos están impregnados de nerviosismo, ansiedad, tristeza y muchas veces desolación.
Aquí dejo dos muy breves historias de las personas a las que he acompañado. Una no es adoptada y la otra sí y donde se puede observar cómo la pregunta-respuesta sobre la búsqueda orígenes existe, pero puede proceder de diferentes emisarios.
Steve Levi, Lima – Madrid. Buscaba la casa de su abuelo en Berlín. Pregunta-respuesta de su familia: «¿Para qué quieres ir a Alemania? Ahí solo hay nazis».
Steve Levi nació en Perú y es madrileño desde hace una década. Siempre quiso viajar a Berlín a conocer la ciudad natal de su abuelo Lutz. Sin embargo, él escuchaba una y otra vez lo mismo por parte de su familia: «¿Para qué quieres ir a Alemania?, está lleno de nazis».
Su familia hoy vive en Lima y son descendientes de judíos de Alemania y de Turquía. Sabían que el patriarca de la familia, Lutz Jacobson, había salido de niño de la capital del Reich con destino Perú inmediatamente después de la noche de los cristales rotos en 1938. La familia no sabía colocar en el mapa de Berlín donde vivieron los Jacobson, el abuelo nunca se lo dijo o bien no lo recordaba. Tenían una foto de Lutz apoyado en una fuente junto a su casa, nada más. Ni nombre, ni barrio, ni código postal. Nada.
Levi, durante años no se pudo quitar de la cabeza que en algún sitio tenía que estar su abuelo anotado. Se empezó a obsesionar con descubrir la casa donde vivió porque quería saber de dónde venía su abuelo y él mismo. Levi no solo se tenía que enfrentar a encontrar la casa de su abuelo por Alemania para conocerse a sí mismo, también se tuvo que enfrentar a las preguntas-respuestas por parte de su familia que no veían con buenos ojos su viaje a Berlín desde Madrid.
«La casa quedaba en Berlín oriental, no la vas a encontrar». «Alemania está llena de nazis, ya verás», «No vas a poder encontrar la casa, ahí vive otra familia, ¿para qué quieres ir tan lejos?».
Cuando Levi me comentó la historia empecé a buscar a los Jacobson en Berlín y por el resto de Alemania. Los judíos berlineses eran urbanitas, así que había que centrarse en las grandes ciudades y no en los diminutos pueblos. Consulté bases de datos, árboles genealógicos, libros del terror nazi, listines telefónicos, listas de deportados, gaseados, desaparecidos. Nada. Una búsqueda que tenía dos objetivos: encontrar una calle con una fuente en Berlín y restituir la memoria de Lutz.
Al cabo de varios meses el Archivo Arolsen me hizo llegar una pequeña tarjeta digitalizada donde aparecía el nombre de su abuelo y la dirección exacta donde vivió hasta 1938, Bautzener Platz. ¡Ya lo teníamos! Ese papel era una notificación que prohibía al pequeño Lutz seguir con su educación pública en el colegio Volksschule 126. Razón: ser judío.
Ochenta y cinco años después, su nieto aterrizó en Berlín para volver a casa. Levi cogió la misma línea de tren que utilizaba su abuelo y se dirigió hacia el sur de la ciudad. Caminó con la garganta cerrada y un pitillo humeando en la boca. Se quedó mirando la puerta de entrada del edificio. Vivían familias de todas partes del mundo. Por suerte el trazado de la calle y los edificios seguían igual, no habían sido destruidos durante la guerra. Levi se quedó imaginando cuándo fue la última vez que su abuelo salió por esa puerta antes de exiliarse en Perú y cuántas familias alemanas, judías y no judías habían tenido que dejar el país, y cuántos millones habían muerto. Levi no accedió al edificio, por respeto a la gente que ahí vivía, aunque sus dedos solo querían apretar el timbre y ver la casa de su abuelo y bisabuelos. Nunca pensó en reclamar la propiedad ni nada parecido.
Su madre, al otro lado del mundo, seguía sin creerse que ahí hubiera vivido su padre. Cuando Levi giró el móvil durante una videollamada y enfocó a la fuente que decoraba la plaza su madre se dio por vencida. Quedó en silencio. Ella también había regresado a casa de su padre simbólicamente.
Los nazis quisieron borrar de la memoria universal a su familia, pero no lo consiguieron. Ahora ya saben dónde vivió Lutz y pueden descansar. A veces un papel reconstruye la identidad de la familia y refuerza la raigambre, a pesar de que Lima, Madrid y Berlín estén tan lejos entre sí. La pregunta-respuesta que primero surgió del dolor y luego del miedo, terminó por reparar ambos sentimientos. ¿Ahora podéis entender por qué es tan importante la búsqueda de orígenes?
María. Haifa – Buenos Aires. Busca a sus padres biológicos en Israel. Pregunta-respuesta de posibles familiares tras realizar una prueba de ADN. «¿Para qué quieres saber sobre tus padres? No nos escribas más, eso es mentira».
María nació a finales de los años 60 en Haifa, Israel. Hija biológica de padres árabes-musulmanes. Fue adoptada cuando tenía un poco más de un año por una madre cristiana de origen libanés de Buenos Aires, Argentina. Su madre adoptiva se había cruzado el mundo varias veces para ir a Tierra Santa y sintió la necesidad de adoptar a un bebé huérfano. Siendo madre soltera fue una aventura muy compleja de completar.
Las preguntas-respuestas que siguen impidiendo que María conozca quiénes fueron sus padres no han salido de su familia adoptiva, ni de su entorno más cercano, si no de los familiares biológicos que saben a ciencia cierta quiénes son sus padres buscados y se niegan a ayudar. «¿Por qué quieres esa información? Han pasado muchos años».
María creció en un entorno familiar seguro y siendo querida, pero siempre se preguntó por sus orígenes en Oriente Medio. Durante tres décadas estuvo intentando encontrar a su familia. María sintió el apoyo de su familia y red de amigos para encontrar a sus padres biológicos. Incluso su madre le dejó sobre las manos los cuadernos de viaje, sus papeles de adopción y fotografías de sus primeros pasos. Fue al morir su madre adoptiva cuando la necesidad de búsqueda se aceleró. A los pocos meses María me pidió ayuda para buscar alguna pista que la llevara de regreso a Israel a conocer a su familia árabe.
Las diferentes personas que intervinieron en el proceso, cuidado y posterior adopción colaboraron con nosotros en todo lo que pudieron. Archiveros, genealogistas, servicios sociales, psicólogos, periodistas, profesores universitarios, personal del hospital. Juntos, judíos, cristianos y musulmanes colaboraron durante meses para buscar a los padres biológicos de María. Solo teníamos el nombre de su madre y con una altísima probabilidad de que no fuera real.
María ha viajado varias veces a Israel y los servicios sociales le han proporcionado en inglés su carpeta de adopción con la historia de su madre biológica, nombre y apellido incluido. Del padre biológico no había información. Los documentos de adopción afianzaron todavía más la seguridad de María. Por un lado, hablaba de cómo su madre biológica sobrevivió a lo impensable a la vez que relataba el periplo de su madre adoptiva desde Argentina a Israel para adoptarla.
La historia de María, inacabada, es un milagro. Primer milagro: su madre quedó embarazada en El Cairo y huyó a Ramala durante la Guerra de los Seis Días. Segundo milagro: la policía israelí la encontró deambulando y con un estado avanzado de embarazo y decidieron protegerla. Tercer milagro: la trasladaron a una hacienda árabe del norte de Israel para refugiarla en casa de una familia que ayudaba a adolescentes en estado de vulnerabilidad. Esta importante familia había ayudado a algunas adolescentes durante décadas a mujeres musulmanas a refugiarse en sus fincas hasta que las aguas se calmasen con sus familias. Las muchachas sin estar casadas y que se quedaban embarazadas corrían verdadero peligro para su vida y para su bebé. A los hombres no les ocurría nada. Cuarto milagro: la madre de María dio a luz en uno de los principales hospitales de Haifa. Estos también colaboraron y en español con la búsqueda de su familia biológica.
La trabajadora social que tenía la custodia de María hasta que se fue del país fue una superviviente de la Shoá llamada Aviva León. ¡Sí!, una mujer judía entregó a una mujer árabe-cristiana en adopción una niña árabe-musulmana.
Los impedimentos llegaron después y con ellos las preguntas-respuestas. María se realizó varias pruebas de ADN con la intención de encontrar familiares cercanos o distantes. Y así fue, al cabo de pocas semanas los análisis de ADN arrojaron datos y pudimos situar a tres primos (hombres) esparcidos por el mundo: Toronto, El Cairo y París. Preguntando con delicadeza y triangulando información sobre qué pudo pasar con los padres de María logramos identificar el nombre completo de su padre y fecha de fallecimiento. Situamos su familia y sus orígenes entre Gaza y una red de pueblecitos árabes al sur de Israel. Los tres primos pertenecían a la familia paterna de María.
A medida que la conversación fue adentrándose en el terreno sobre lo que pudo suceder con los padres biológicos de María, las preguntas-respuestas aparecieron en escena para volar por los aires toda la investigación. Y con ello las posibilidades de encontrar la verdad. Los tres primos compartían sangre y apellido con María. Sabían quién fue el padre biológico de María y se negaron a aceptar que su primo hubiera tenido una relación fuera del matrimonio y menos todavía una hija viva. Era tal ofensa y deshonra para la familia que prefirieron negar los hechos una vez que ya los habían destapado. Amenazaron que podían llegar a la violencia entre las familias si se destapaba el escándalo. Pareciera que los secretos los guardaban entre todos. «¿Quién te ha contado todas esas mentiras sobre tu padre?, no tienes que saber nada». «¿Para qué quieres saber sobre tu madre?, ya estará muerta. Esto es muy peligroso».
Aquellas preguntan bloquearon la búsqueda y la investigación tuvo que tomar otro rumbo. En este caso, las preguntas-respuestas llevaban implícita no solo la negación de pertenencia a la familia, si no una posible violencia hacia la madre y la hija. Ninguna de las dos fueron culpables de su abandono. La protección de la madre biológica es también una prioridad en la búsqueda.
Otras formas de preguntar
Buscar y encontrar a un familiar vivo o muerto es una tarea durísima. Se requiere de una perseverancia implacable para no rendirse en la búsqueda a la vez que de la frágil precisión para hacer las preguntas adecuadas. Buscar un familiar es como el vuelo de un gorrión pasando por la superficie de un charco una y otra vez hasta saciar su sed. La búsqueda puede tardar meses, años, décadas o incluso no resolverse nunca. Cada vez que una persona adoptada abre su cuerpo a buscar a su familia, emite una energía cargada de emociones que se dispersa por el mundo en busca de papeles, personas, caras parecidas, creencias, ADN, primos, tumbas, árboles genealógicos, registros históricos. Cuando las personas que buscan se topan con este tipo de preguntas-respuestas toda la energía se vuelve en su contra y la búsqueda se convierte en amargor, niebla, soledad e incomprensión.
Hay otras formas de preguntar a una persona adoptada y no adoptada por su búsqueda familiar: «¿Qué te gustaría hacer con la casa del abuelo?, podemos poner una pequeña placa conmemorativa en su recuerdo como víctima». «Si encuentras a ese hijo perdido de la bisabuela, ¿le podríamos invitar un día a comer a casa?». «Te animo a hacerte una prueba de ADN, quizá haya alguien buscándote».







Por estos motivos expuestos por el autor de este artículo sé que JAMÁS adoptaré a nadie a pesar de los insistentes ruegos de mi esposa. Y aunque me cueste mi matrimonio, nunca les voy a dar la opción a ingratos desagradecidos para que el día de mañana, me salgan con que «tienen la necesidad de conocer sus orígenes». ¡Que los adopte su puta madre!
Por muy distintas razones de las que expresas, pero estoy de acuerdo contigo en que, efectivamente, es muuuucho, mucho mejor que una persona como tú no adopte a nadie, jamás.
Estimado «Tenesmo» ¡qué bueno que haya decidido no adoptar a pesar de los ruegos de su esposa!, eso habla de darse cuenta para lo que uno está preparado, de qué actos uno es capaz. La adopción requiere de preparación. La adopción no es un acto de caridad. La adopción no es un contrato que se paga con agradecimiento, en todo caso el agradecimiento es el resultado de un vínculo que tiene su sustento en el amor y la verdad. La adopción implica trabajar en las propias carencias y reconocer y aceptar que del otro lado hay un/a niño/a que se vio privado/a por circunstancias de la vida de uno de los derechos fundantes: tener una familia. Esa familia biológica que no pudo ser será siempre parte de esa persona por más que sea adoptada y esa persona tendrá el derecho, si lo desea, de encontrar las respuestas que necesite su corazón. Buscar es integrar todas las partes de nuestra existencia, incluso esas partes rotas. Quienes no lo comprenden no deberían adoptar así que apoyo su decisión por el bien de aquellos que esperan esa oportunidad.
Qué bien! Un niño estará agradecido de que usted NO SEA su padre.
Qué bueno que ud jamás va adoptar!! Sería muy difícil para esa criatura . No todas las personas están calificadas emocionalmente para ser padres ni de los propios ni ajenos , ud estaría en ése rango.
Estela, tanto usted, como Miriam Mirto, Patri Holmes y Siso O, dan la impresión de ser de Centroamérica o Sudamérica, zonas del planeta con un elevado porcentaje de gente ingenua y con muy pocas capacidades para la introspección.
Es tan gratuito y absurdo a la vez su comentario, que es difícil saber qué hace por aquí, leyendo cosas que evidentemente no entiende.
Quien se pica, ajos come…
Sí, de esos y esas que se pasan la vida entrando en Youtube para dar gracias a la Virgen y bendiciones a Jesucristo!
Es una gran decisión, UD no debería tener ni una mascota.
Seguro que usted sí tiene mascota. Y dígame, ¿saca usted a cagar al perro o es a la inversa?
¡Pero si no solo NO hay que adoptar sino que tampoco hay que engendrar a los hijos propios! ¡¡Los hijos te chupan la vida, la sangre, son como vampiros!! Para que luego se vayan a vivir con los que pasaron de ellos en su nacimiento, dejándote a ti, que los subiste quien sabe si con sacrificios, como si fueras un perro con pulgas. ¡Muy bien hecho, Sr. Tenesmo! ¡Desde aquí le animo a persistir en su más que comprensible actitud!
Gran artículo, cuánta incertidumbre puede llegar a ofrecer el pasado!
Quiero conocerlos!!!!
Excelente artículo! Soy adoptada, y cada palabra me representa! Graciassss por publicarlo con tanta responsabilidad!
Wow qué excelente nota. Soy adoptada. Me encantó la mirada que presentaron. Vi un comentario de una persona que menciona que no se anima a adoptar. Creo que no está pudiendo ver que tremenda obra de amor (como lo es la adopción), se completa dándole al adoptado (si lo necesita), la posibilidad de conocer sus orígenes. Solo es eso. No es falta de agradecimiento a la familia adoptante, simplemente es esa necesidad natural del ser humano de conocer sus orígenes para completarse. La nota es más profunda aún, porque menciona por ej. casos de donación de esperma y abre ahí muchas otras realidades que merecen esta misma profundidad…
Conocer mis orígenes solo me completó.
El gran amor que le tengo a mi familia adoptiva no cambió, al contrario, se incrementó. Es difícil de explicar.
Sin lugar a dudas no todos pueden adoptar. Solo personas MUY generosas y amorosas pueden ser padres adoptivos.
Gracias por compartir esta mirada tan profunda y tan necesaria.
Por cierto, quién escribió la nota?
Quiero leer más cosas de esta persona.
También he pensado que escribe muy bien. Con mucho pulso narrativo y buen gusto para elegir las palabras y explicar conceptos.
No lo había pensado. Los hijos por donación de esperma también tienen derecho a saber quiénes son. No se trata de juzgar a quienes donan ni a quienes buscan donantes, sino a buscar la forma de respetar una necesidad vital que seguro puede surgir: la de conocer las propias raíces.
Maravilloso artículo Iván.
Gracias por escribir con palabras lo que tantos sentimos cada vez que iniciamos este largo y difícil viaje.
Ojalá la gente entienda que no se trata de ingratitud sino de un derecho de cualquier persona. No buscamos otra familia, buscamos rellenar esos espacios en blanco que tenemos en nuestra psique. Porque ese vacío duele y encontrar sana. Porque todos los adoptados, más o menos conscientes de ello, vivimos con la misma pregunta en la cabeza. Y querer encontrar respuestas es nuestro derecho.
Seguiré buscando el resto de mi vida.
Leí la nota, y me parecen Muy Interesantes las historias que narraron y el planteo de preguntas-respuestas.
He leído los comentarios y creo que la nota ha funcionado como un disparador para que pensemos. Cuánta falta nos hace pensar y ser empáticos!
Qué sencillo es para algunos ocultarse tras comentarios “sin rostro” a descalificar a alguien que escribe su opinión, y que piensa distinto.
Insisto, la nota me parece Muy Buena como disparador a que pensemos con empatía sobre temas que son serios y que requieren detenernos, analizar y colaborar (si está a nuestro alcance hacerlo), con quien se encuentra en búsqueda de su identidad,! Gracias por compartirla!