Hebras y nodos

¿Y si el problema no es el móvil?

y si el problema no es el móvil
Foto: Mae Mendoza.

Esta mañana no encontraba la tableta para hacer los deberes en la plataforma del colegio. Cuando por fin la encuentro, la batería da un aviso en rojo a mitad de la ficha y la pantalla se funde en negro.

—¡Nooooo! ¡Mami, no pude darle a «enviar»!

—No te preocupes, yo hablo con la profe. Repasa el dictado del viernes.

Mi madre me da su móvil con el documento en letras grandes, que yo leo deslizando la imagen a la izquierda y a la derecha. El desayuno estaba frío cuando me senté, mamá ya tenía las llaves en la mano.

—Vamos, que no llegamos.

¿Y si el problema no es la pantalla?

Cogí la tostada y la mochila y me metí en el coche.

—¿Cuáles son las palabras difíciles? —pregunta mi madre al arrancar.

—Mmm… Helicóptero, héroe, agujero… lluvia… ¿Sabes que ayer, en gimnasia, a Pablo le dio el balón en la cara?

El coche atraviesa la ciudad que despierta. La gente camina rápido entre cafés, móviles y auriculares.

—Haz los ejercicios de la lengua —dice mamá al frenar en la intersección—. La logopeda dijo que era media hora al día, y no los hacemos nunca.

—A Pablo se le fue la cabeza hacia atrás y algunos se rrriendo —le cuento, mientras recorro el paladar con la lengua de atrás a adelante—. Rieron.

Mi madre lee en su móvil y sonríe. Cuando el semáforo cambia a verde, teclea rápido y mueve la palanca de cambio.

¿Y si el problema es que no sabemos permanecer?

—Yo no, mami. —Alargo la cabeza, tratando de ver su cara en el retrovisor—. Yo no me reí.

—Muy bien, mi amor. —Gira el volante—. Nueve por uno…

¿Y si el problema no es el scrolling digital, sino ese invisible que nos empuja por el día en una sucesión infinita de interrupciones?

—Nueve. Nueve por dos, dieciocho…

Cuando llegamos al cole ya ha sonado la campana. Mami sube el coche a la acera y corre hacia mi puerta.

—¡Vamos, mi amor! Que nos cierran.

—¿Vas a entrar?

—No puedo, cariño. Tengo el coche fatal.

¿Y si el problema es la norma invisible, el robo sin permiso, la pérdida?

Abrazos, besos, abrazos. Ella saluda a otras mamis y se queda conversando mientras me despide de lejos con la mano. La veo salir corriendo y me uno a la fila de la clase.

Que estamos en todas partes y en ningún sitio, saltando la vida a ráfagas.

En el aula hay una pantalla enorme que ocupa casi toda la pared. Hacemos silencio; todo el mundo sabe que los juegos de la pantalla interactiva son los más chulos. Levantamos la mano para ponernos de pie a enlazar imagen con texto en el tema de Ciencias: «Los seres vivos y su adaptación al medio».

Nos ponen dibujitos mientras desayunamos: la Pantera Rosa. La profe corrige fichas mientras se come su bocadillo. En el patio, hacemos un círculo alrededor del reloj inteligente de Tomás, que tiene jueguecitos, toma fotos y pone música. Él lo levanta por encima de su cabeza para que no se lo estropeemos. Nos vamos a jugar al borde de la valla. Hago un grupo de WhatsApp con mis amigas en mi teléfono de papel. Si quieren entrar al club, deben decir la contraseña: «pajaritoazul». Marta se echa a llorar.

Tal vez el cambio se nos esté filtrando en la sangre como un virus silencioso.

El timbre, Mates, Lengua. Otro timbre, los deberes. Dos besos y al coche.

—¿Qué hay de comer?

—Lentejas. —Mi madre me rodea con el brazo sin dejar de andar.

—¿Sabes qué nos encontramos Marta y yo en el patio hoy?

—¿Qué, mi amor? Sube, sube, que están pasando los coches.

—Un pajarito azul, pero…

—Espera.

El ruido del intermitente del coche se mezcló con la llamada entrante en el altavoz: «Laura. Mamá María cole».

—Ay, un segundo, cariño. ¿Sí, Laura?

¿Y si el problema es que nunca hemos tenido tanto y tan poco?

—¡Tía! ¿Has visto lo del grupo del cole?

—No, voy conduciendo ahora mismo. ¿Qué ha pasado?

—Pues que han cambiado lo de la excursión otra vez por lluvia. Los padres están que trinan.

—Madre mía. ¡Pero eso lleva tres meses pagado; ya he cambiado el piano dos veces!

Yo miro por la ventana, jugando con una hoja entre las manos. Los árboles pasan como si alguien los borrara con una goma. Desconecto de las palabras y solo queda la voz enfadada de mi madre, resonando como un eco extraño. Cuelga.

—A ver, dime —retoma, buscándome por el retrovisor—. ¿Qué pasó con Marta?

—Nos encontramos un pajarito, mami. Y Marta se echó a llorar.

—¿Por qué? ¿Marta se hizo daño?

La vibración del reloj inteligente transformó la expresión de mi madre en una especie de caricatura: ojos demasiado abiertos, cejas en alto y la boca dibujada en una gran O.

—No, no fue Marta la que se hizo daño…

¿Y si el problema es que somos analfabetos en conocernos?

—¡Señora, cuidado! —grita un ciclista cuando mi madre le frena encima.

Ella levanta la mano en gesto de disculpa y se muerde el labio.

—Tengo que conectarme… La reunión ya va a empezar.

Queremos recorrer mil caminos sin saber dónde estamos parados.

El coche acelera; yo agarro el asa del techo en una curva. Llego a casa mareada. Mamá se descalza y sale corriendo hacia su despacho a gritos:

—¡Ana: zapatos, mochila, botella, manos, ropa de kárate!

Y la escalada constante rompe los hilos que nos unen.

Mi padre pasa por mi lado hablando al auricular y me da un beso en la cabeza.

—¿Qué tal, cariño?

—Bien, ¿sabes qué nos pasó hoy?

—Sssshhh. —Se lleva el índice a los labios mientras apunta al auricular con el dedo—. Estoy en una llamada.

La flexibilidad ha borrado las fronteras hasta no saber ser lo esencial: humanos. La ciencia avanza a un ritmo que no nos permite ponernos al día con su uso correcto. Pero el desfase no es técnico: es evolutivo. Si no implementamos la educación digital al mismo tiempo que la tecnología, corremos el riesgo de alterar nuestra esencia. Hemos incorporado la herramienta sin incorporar el criterio; entonces, el problema no es la herramienta.

Me visto con la ropa de kárate, coloco la caja de la merienda y el agua en la cocina, me lavo las manos. Preparo la mochila de piano y me siento delante de las lentejas que mi padre me ha calentado. Otro beso en la cabeza y:

—Me vuelvo a la oficina, Anita.

—Papi, si los pájaros vuelan muy alto, ¿se pueden caer? —pregunto sin dejar de masticar.

—Mmmmm, pues ni idea. Depende del pájaro, supongo. —Se encoge de hombros—. A lo mejor si hace mucho viento… Cuando el levante sopla fuerte, tira hasta a los árboles.

Elegir qué conservar antes de perdernos por completo: ese es el reto emocional y educativo del que depende nuestro futuro.

Termino de comer y pongo el plato en el fregadero. Pienso en el patio del cole; no recuerdo ramas caídas. Me lavo los dientes. Desbloqueo la tableta, abro YouTube y escribo: «How to draw».

Quizás hemos delegado la imaginación, la creatividad y el intelecto porque es más cómodo callarnos por dentro con una pantalla.

Entre todos los vídeos que aparecen, elijo uno de un helado con cara de gatito. Empiezo a dibujarlo siguiendo las instrucciones. Mi madre se sienta a mi lado con un plato de lentejas y el ordenador del trabajo.

Debemos educar predicando con un ejemplo que no siempre existe. Aplicar herramientas para gestionar nuestro tiempo en línea mientras la vida sucede entre unos y ceros.

—Qué bien te está quedando, cariño.

—¡Gracias! ¿Quieres ver el dibujo que hice en el cole?

Ella asiente con la boca llena y yo corro hacia mi mochila. Pongo mi dibujo al lado de su ordenador negro. Ella alterna la mirada entre la pantalla y mi papel, donde un grupo de niños y niñas salta con los brazos en alto; hay árboles y plantas alrededor; del cielo caen plumas azules que llenan todo el espacio.

—Precioso, mi amor, ¡qué dibujo tan original!

Mi madre se mete la última cucharada de lentejas en la boca y se levanta hacia la cocina.

¿Y si el problema es que hemos borrado el camino hacia la calma, sin dejar migas ni recuerdos de nosotros mismos?

—Lo hice para alegrar a Marta, nunca habíamos pensado en la muerte…

Un cacharrear de platos y vasos me responde desde la cocina.

—¡Si quieres, ponte la tele un ratito, en media hora salimos! —vocea, mientras entra a la habitación que hace de despacho con el ordenador abierto entre los brazos como un bebé.

¿Y si el problema es que lo único que compartimos es la soledad?

Yo me tiro en el sofá según acaba la frase, y el «tutún» de Netflix me da un salto de alegría en el estómago.

Pipí, agua y zapatos. Puerta, coche y una clase de kárate que me deja oliendo a mono. Mamá me recoge y me da la merienda en el coche camino a casa de la maestra de piano. Me bajo con las galletas en la mano. Besos y abrazos.

Coche, manos, cena, y:

—¿Puedo ponerme la tableta mientras como? No pude terminar el episodio de antes…

—Valeee, pero no tardes, que es la hora de la ducha.

Hemos rellenado todos los huecos para quedarnos tirados en la cuneta, al margen de nuestras propias decisiones. Vemos nuestra historia contarse sola como el guion de una película, corriendo tras ella sin lograr alcanzarla.

Salgo del baño con el pijama torcido y el pelo mojado. Corro al salón a buscar a mi padre.

—Papi, mira lo que hice hoy.

El dibujo de unas plumas azules, rotas, esparcidas en el aire. Él aleja la vista para enfocar mi dibujo.

—¡Qué lindo, Anita! —Me revuelve el pelo—. ¿Qué es?

—Del pájaro. Yo creo que no había levante, así que es muy extraño…

—¿Quieres una mascota?

—No, no.

—A la cama —interrumpe mamá con un libro bajo el brazo.

—¿Puedo jugar un ratillo?

—No, mi amor, es muy tarde. No hay tiempo.

Me empuja suavemente hacia la escalera con la mano en mi espalda. Leemos un cuento y apaga la luz. Besos, abrazos y «buenas noches».

Cuando sale, un escalofrío nervioso me obliga a sentarme de un salto. El corazón me late tan fuerte que parece querer escapar tras mi madre. Me aprieto la barriga con ambas manos.

—¡Mami! ¡Mami!

¿Y si el problema es lo tarde que llegamos a todo, hasta a nuestra propia vida?

—¡¿Quéeeeee?! —vocea desde la escalera con el cansancio impaciente en la voz.

¿Que lo único que nos une es ese sello de ansiedad que nos marca como una cicatriz de guerra?

—Al final no te conté… —murmuro.

—Anita, se acabó el día. Todavía no me he duchado, ni cenado, ni sentado. Por favor, a dormir.

Me muerdo el labio y me recuesto otra vez en silencio. Mis ojos, como platos húmedos, están fijos en el techo. Entiendo a Marta. Yo me hice la valiente, pero tengo el mismo temblor de miedo apretándome un nudo en la garganta. «Seguramente era viejo y estaba enfermo», le dije en ese momento sin saber qué decir. Pero ahora no sé qué decirme a mí misma. Siento mi mirada asustada en la habitación oscura volver a esa imagen: el pajarillo azul completamente espachurrado en el suelo, la mitad de su cuerpo abierto, aplastado en un reguero de sangre y tripas. Medio cuerpo azul y medio rojo, plumas sueltas sin dueño por el césped, y nosotros alrededor.

¿Y si el problema es no entender que el regalo más caro es el tiempo?

Suspiro y aprieto los párpados; hoy no podré dormir.

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