Literatura

Habitar Barbitania

hero barbitania 2026
Cartel diseñado por Isidro Ferrer

Los lugares donde hemos sido felices no son lugares,
son tiempos.

Natalia Ginzburg escribió la cita con la que se abre este texto en Las pequeñas virtudes, ese libro suyo escrito a contraluz de la guerra y del duelo, donde se transita desde lo doméstico hacia lo histórico para para descubrir que las grandes heridas colectivas suelen sobrevivir escondidas en los gestos mínimos de la vida cotidiana. La frase que combina nostalgia y lucidez es de las que se cincelan en la memoria. Los lugares no son lugares, son tiempos. Los sitios en los que nos transformamos —la casa de la infancia, la ciudad donde una fue amada, el aula donde conocimos a Cervantes— siguen existiendo en la memoria episódica, aunque el espacio físico haya sido derribado o convertido en otra cosa, porque no se sostiene en sus paredes sino en las horas que se vivieron dentro. Barbastro es uno de esos lugares que han dejado de ser lugar para volverse tiempo, un período dentro de la vida cultural de este país.

Uno de los motivos por los que esta ciudad de diecisiete mil habitantes plantada en el Somontano oscense nos hace felices es por la celebración de su Festival Barbitania, que este año, en su V edición, vuelve del 14 al 17 de mayo con el leitmotiv de la casa como categoría literaria. «La literatura nos aloja y nos construye», dicen los organizadores, y por eso este año el encuentro quiere ser, durante cuatro días, la casa de la literatura, un lugar abierto a las palabras y a quienes las habitan, una casa que es memoria y refugio, frontera y abrigo, el espacio donde la identidad aprende a pronunciarse en voz baja. También es ese tema de máxima actualidad que late en cualquier conversación contemporánea, la vivienda que se hereda, la que se pierde, la que se busca, la que no se encuentra.

Como todos los años, al festival se le une el fallo del Premio Internacional de Novela Ciudad de Barbastro va por su quincuagésima séptima edición y el Hermanos Argensola de Poesía, por la quincuagésima octava. Mil cuatrocientos originales se han presentado este año entre ambas categorías, una cifra espectacular. Mil cuatrocientos manuscritos llegados desde no se sabe dónde, escritos por gente cuyos nombres en su mayoría desconocemos, gente que ha pasado meses puliendo una novela en una habitación de Cádiz o de Buenos Aires y la ha enviado a una ciudad pequeña del Pirineo aragonés aspirando a ganar para publicar con Galaxia Gutenberg y con Visor. Entre los galardonados en pasadas ediciones se encuentran Javier Tomeo, Eduardo Mendicutti o Carmen Kurtz, y más recientemente a Jorge Carrión con Membrana, a Aleksandra Lun con Química para mosquitos o Leonardo Cano con Este es el núcleo. Libros raros, los tres últimos. Libros que no son obvios. Libros que en otro premio quizás hubiesen sido descartados porque el jurado se habría inclinado por lo seguro, por la novela que se entiende a la primera.

Esto importa más de lo que parece. Una tradición no son los nombres ilustres que la fundaron, sino los pequeños actos de coherencia que se acumulan en silencio durante décadas. Cada año un jurado se reúne, lee, discute, escoge un original entre cientos y se atreve a defenderlo. Cada año el ganador se publica, se distribuye, se reseña, entra en el catálogo de una editorial que respeta su catálogo. Cada año la operación se repite y un poco más de pasado se va depositando delante del próximo jurado, que ya no puede ignorarlo. Esto es lo que Ginzburg quería decir, supongo, cuando hablaba de los lugares que son tiempos. Barbastro no es un punto del mapa cultural español. Es un período dentro de él, una franja temporal que lleva medio siglo activándose cada mes de mayo, y que para muchos lectores y muchos escritores ha terminado siendo eso, una fecha más que una geografía.

Hace cinco años y como prolongación natural del premio vino Barbitania. No al revés. No se montó primero el escenario para luego ver quién lo llenaba, que es como suelen hacerse estas cosas en España, con ese entusiasmo de las concejalías recién estrenadas que confunden la cultura con el turismo y los autores con los productos del territorio. En Barbastro hicieron lo contrario. Tenían un premio sólido y decidieron rodearlo de cuatro días de programación argumentada, dirigida por María Ángeles Naval, profesora de la Universidad de Zaragoza, que cada año propone un tema y arma el programa como quien escribe un ensayo, con introducción y nudos y resolución. Este año es la casa y sobre ella se han organizado las treinta y tantas actividades del festival, todas conectadas por un mismo hilo, el de pensar el habitar como acto literario.

La edición anterior pasó de los dos mil asistentes. Vienen de Aragón, sobre todo, y cada año más de fuera, atraídos por una programación que efectivamente no se encuentra en otro sitio. Gioconda Belli inaugurando con La mujer habitada, ese libro suyo de los ochenta que sigue siendo un manifiesto sobre el cuerpo como territorio político y sobre la casa como metáfora de la patria que se lleva debajo de la piel. Zülfü Livaneli cerrando, en conversación con Monika Zgustova, hablando de Estambul y de las casas otomanas que cambiaron de manos a lo largo del siglo, esas viviendas vacías que dejaron unos huyendo y ocuparon otros que llegaban huyendo también, la historia turca como un largo capítulo de mudanzas forzadas, la propiedad como núcleo oculto de todas las guerras. Hay que escuchar a Livaneli decirlo en persona. No es lo mismo leerlo.

En medio caben muchas otras cosas. Aleksandra Lun y Corina Oproae conversando sobre las infancias soviéticas, esas casas de Polonia y Rumanía donde aprendieron a leer en una lengua que luego abandonarían para escribir en español, ese desplazamiento que no es solo geográfico sino lingüístico, casi orgánico. Berna González Harbour explorando en Qué fue de los Lighthouse la decadencia de las dinastías domésticas, las grietas que aparecen en las paredes y también en las familias. Luis García Montero y Jon Juaristi conversando con Jordi Amat sobre cómo la poesía de los años ochenta y noventa convirtió la memoria familiar en territorio literario, las habitaciones de la infancia como matriz de toda escritura posterior. Juan Manuel de Prada y Juaristi otra vez, con Antonio Orejudo, discutiendo los linajes nacionales construidos durante la Edad de Plata, las casas señoriales como metáforas de un país que se inventaba a sí mismo. Una mesa sobre la transformación material del libro en tiempos de podcasts y audiolibros, con González Harbour, Antonio Martínez Asensio y Eva Orúe, moderada por Cristina Consuegra, una de las gestoras culturales más inteligentes y motivadoras que hay ahora mismo en este país.

El cartel del festival, obra de Isidro Ferrer, muestra un libro convertido en piano, las páginas haciendo de teclado, la imagen exacta de lo que se proponen. Devolver la literatura al sonido. Sacarla un rato de la pantalla y meterla en una sala donde haya cuerpos respirando. Berna González Harbour grabará en directo un episodio de Qué estás leyendo, su podcast de EL PAÍS, con Elvira Navarro y Antonio Orejudo. Antonio Martínez Asensio dramatizará cuentos de Emilia Pardo Bazán y Carmen Martín Gaite. Teo Cardalda interpretará sus versiones musicadas de Valle-Inclán. Habrá un recital con guitarra acústica conducido por José Luis Esteban. Todo aquello que la mediación algorítmica no puede entregar, todo lo que no cabe en ningún feed, lo que solo ocurre cuando hay alguien delante escuchando y alguien arriba diciendo las palabras en voz alta como se hizo siempre, antes de que todo esto se llenara de pantallas.

Volvemos a Ginzburg, entonces, porque hace falta. Los lugares felices son tiempos. Y Barbastro lleva cincuenta y siete años fabricando uno, un tiempo recurrente que se enciende cada primavera y al que cada vez más gente acude para habitarlo durante un fin de semana, conscientes de que lo que ahí ocurre no se encuentra fácilmente en otros sitios, que las conversaciones que se programan en una ciudad pequeña tienen una densidad distinta a las que se montan en las capitales, donde la lógica del mercado las habría descartado por improductivas. Livaneli no daría dos horas en Madrid. Las dará en Barbastro porque alguien fue capaz de pedírselo con la antelación suficiente y con un argumento que mereciera la pena. Eso también es construir una casa. Eso también es fabricar un tiempo donde la literatura quepa entera.

Quedan unos días. Quien pueda, que vaya.

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