Libros

Contra las obras completas

arcimboldo librarian stokholm
«El librero» de Giuseppe Arcimboldo (c. 1566)

Lo triste de la polémica sobre Diarios de la II Guerra Mundial de Chaves Nogales (El Paseo Editorial) es que apenas se ha hablado de la importancia del libro. Algún articulista como Andrés Trapiello lo ha destacado como obra imponente que sabe retratar con detalles reveladores ya destacados en el prólogo de Yolanda Morató la vida de un país al que se le viene encima una apisonadora; otro, como Arcadi Espada, ha hablado muy oportunamente de «la prueba del libro», expresión que utilizaba Gaziel para colocarle un listón a los periodistas y distinguir como escritores a quienes lo superaban. Creo que las dos posturas, en este caso concreto, no se pisan, porque los Diarios de la II Guerra Mundial son el negativo perfecto de La agonía de Francia: lo que se escribe en la hora en la que se tienen esperanzas de que no pase lo peor contra lo que se escribe arrastrando el desencanto y la derrota y la conciencia de que las esperanzas no sólo eran infundadas sino nos han hecho hornear ilusa confitería para mantener los ánimos. Es evidente que entre las crónicas que se escriben antes de un partido de fútbol en las que los especialistas se atreven a augurar lo que va a pasar y las que se escriben después, con el resultado ya en el bolsillo, si los cronistas han errado y se han dejado llevar por los hinchas que llevan dentro, tiene cierto valor comparar el antes con el después, y ese es uno de los previsibles encantos de los Diarios de Chaves al leerlos junto a su libro de derrumbe La agonía de Francia.

Pero en cualquier caso la pregunta sigue siendo pertinente, toda vez que ha quedado demostrado hace ya tiempo, que si hay un género que se presta a la recuperación editorial es el periodismo (digamos que de los últimos autores rescatados con cierta suerte comercial, aparte de Chaves Nogales, cabe mencionar a Cunqueiro con ese tomo espléndido de la Biblioteca Castro y sus cientos de crónicas, un auténtico festín, o, por encima yo creo que de ambos, el gran Wenceslao Fernández Flórez con El terror rojo y Crónicas de la Guerra Civil (ambos en Ediciones 98). Menos suerte ha tenido el excelente Huellas de las constituyentes de Luis de Sirval (Renacimiento), pero eso no significa que no se merezca, como Irene Polo y su Una intrusa en la prensa (Renacimiento) que se les haga sitio en el plantel de autores que hicieron del periodismo el género que ya no solo sirve para envolver los restos del pescado, sino casi el único en cuyas filas se pueden rescatar nombres que mantengan su latido y su vigencia en el presente.

Si nos ponemos a repasar rescates de estos últimos años es difícil encontrar novelas de los años treinta, cuarenta o cincuenta cuyos rescates hayan valido para hacerles sitio a sus autores en la categoría de «inevitables». Y sin embargo se diría que vivimos una hora espléndida justo cuando el periodismo que se hace hoy flaquea de manera tan evidente para asomarnos al periodismo de hace un siglo o medio ahí están las desopilantes Conversaciones en el tiempo de Ana María Moix, con esa frescura deliciosa que no envejece.

Ahora bien, ¿tiene en efecto sentido rescatar la obra completa de un periodista por grande que sea? Yo diría que no, pero es que también diría que no en el caso de un poeta y en el de un novelista. De hecho, ahora que lo pienso, juraría que solo tengo en mi biblioteca las Obras Completas de Camba porque no son completas, las de Borges qué remedio y las de Foxá a las que les sobra un tomo como mínimo. Ah, también las de un poeta brasileño: hace poco me compré las Obras Completas del poeta Cruz e Sousa porque leí un ensayo de César Aira en el que lo motejaba de «poeta de la felicidad», y qué error: de las 900 páginas en papel biblia solo encontré felicidad en treinta o cuarenta piezas. Más que suficiente, se me dirá, para considerarlo gran poeta, y no lo voy a discutir, porque es verdad, cuarenta grandes poemas son más que suficientes para demostrar que un autor es gran poeta, pero qué bueno hubiera sido que alguien encerrara ese casi medio centenar de piezas en una antología para evitarme tantísima hojarasca.

Diría que las Obras Completas van contra la propia esencia de la literatura: ponen el acento en los autores, nos obligan a relacionar obras en el mundo particular que ha creado una voz o una sucesión de voces, y muchas cosas, muchos detalles, solo tienen sentido y aliento porque se cruzan con otras que erigen un significado en ese mundo particular, pero que fuera de él lo pierden o son irrelevantes. Así el color azul tiene una simbología precisa y extraordinaria en las novelas de Nabokov para quien esté avisado y haya leído todas sus novelas y haya sentido su gravitación sobre episodios cruciales, pero quien carezca de esa información no apreciará ni falta que le hace lo nabokoviano del efecto, el sello de autor con que este quería dotar a esas escenas, una especie de marca de agua.

Una de las cosas que más me irritaban cuando todavía me rebajaba a leer Historias de la Literatura no diré nada de las Historias del Periodismo, porque en ellas lo que menos salen son periodistas, salen muchos empresarios, políticos, hay alguna de ellas que fija el comienzo del periodismo en las tablillas mesopotámicas, otras se demoran, no en los cronistas de Indias, nuestros grandes reporteros, sino en las vicisitudes de la Conquista, era que fueran, después de inevitables panoramas generales sobre las distintas épocas, saltando de autor en autor para trazar unas líneas muy generales que a cambio de ofrecerte unas pinceladas para que te hicieras una idea te dejaban sin ganas de asomarte a nada, aparte del hecho de que todo lo que no estuviera firmado por los autores escogidos era como si no existiera. Quedaba claro que los autores, los mundos propios, por llamarlos de algún modo, importaban más que las obras. Pero tener un mundo propio está al alcance de cualquiera. Decides que todo personaje al que pintes va a estar gordo y los toros y las palomas y los gatos de tus cuadros van a salir todos gordos, y ya tienes un mundo propio, inconfundible. La pregunta que hay que hacerle a un mundo propio es si le sirve de algo al mundo de los otros, al de todos, si la personalidad reconocible de quien sea es algo más que mera proyección de un yo distinguido o las búsquedas de ese yo distinguido nos pueden valer a los demás para algo, para divertirnos, emocionarnos o entretenernos. Porque si la respuesta es no, si de lo que se trata solo es de crear una constelación identificable donde sin embargo todo lo que pase y se produzca sólo nos sirve para que reconozcamos una voz, identifiquemos un autor, entonces es que ha triunfado el personalismo sobre la literatura.

Es de ahí de donde sale la vieja idea de que no hay mejor poema que el que consigue liberarse de su autor y puede ser recitado por alguien que ni sepa quién lo escribió. En la Obra Completa sin embargo se le concede eminencia a cualquier papel sólo por pertenecer a un corpus en el que lo que contenga el papel, ya sea una lista de la compra o un poema muy insignificante, tasa su valor en el hecho de que quien lo escribió también escribió algunas obras maestras. Le pasó hace unas décadas a Lorca, si recuerdan. A gritos se anunciaban descubrimientos de servilletas donde quedaron poemitas nunca recopilados: que se trataran de unos pareados infames o pamplinitas cursis era lo de menos, lo de más parecía que se acrecentaba el caudal de versos de uno de nuestros ases. Eso tiene poco que ver con la literatura, y nos lo enseña claramente la propia literatura porque a estas alturas ni idea de quién fuera Homero, ni si de veras escribió Ilíada y Odisea, pero será difícil que nadie escriba una escena tan abrasiva como la visita de Príamo a la tienda de Aquiles después de la muerte de Héctor.

Estoy pues muy a favor de las antologías contra la decorativa sed de hacer Obras Completas. Las antologías tienen además de bueno que unas se pelean con las otras y en esa pelea casi siempre sale ganando el autor, porque con una porción de los aciertos de un antólogo y otra de los de otro, seguro que nos hiere con algún verso, algún cuento, algún artículo, alguna página.

Ha habido periodistas que se negaron durante sus largas y asombrosas vidas a pasar «la prueba del libro», y eso que nos perdemos hasta que llegue alguien a ponerle solución. Pienso en Luis Calvo, cuyas columnas sobre los dislates de los periodistas en el uso del idioma leía de chaval entusiasmado por esa erudición suya y esa ironía imbatible. Creo que nunca publicó ningún libro, que se negó a recoger sus crónicas siempre: pensaba que su lugar era el periódico y solo el periódico, y como en tantas otras cosas, se equivocaba: al menos sus Diálogos de la lengua formarían un libro delicioso comparable a los de Lázaro Carreter o Lola Pons. También le pasó al Dámaso Alonso escritor de cuentos: solo escribió cuatro, pero, a pesar de que todos ellos son obras maestras, se negó a recopilarlos en volumen hasta que llegaron sus Obras Completas en 10 tomos, donde les dio una porción pobre en el vagón de cola eliminando uno por considerarlo demasiado erótico. Pasa con muchísimas obras: con El espectador de Ortega y Gasset, por ejemplo, que hay que leer muy poco a poco para no empacharse y que si tuviera la mitad de páginas de las que tiene sería sin duda uno de los libros más inteligentes, límpidos y radiantes de nuestro periodismo y nuestra literatura.

Contra el vicio acumulativo de la Obra Completa en la que se erige un monumento al autor y de algún modo se iguala lo excepcional y lo mediocre, lo sobresaliente y lo pssssa, la virtud de la antología, que al fin y al cabo significa selección de flores.

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18 comentarios

  1. Juan Bonilla olvida lo esencial: que con unas Obras Completas la antología de su autor la hacemos nosotros y con una antología la selección puede hacerla un incompetente (o alguien competente con criterios que no son los nuestros – por ejemplo, cronológicos). Para que su tesis fuera verdad, las antologías deberían ser hechas por grandes escritores (como las traducciones de poesía por grandes poetas). Y en ese caso ideal, deberíamos leer varias antologías realizadas por grandes escritores para conocer bien al autor antologizado.

    Juan Bonilla olvida también el placer de descubrir en las Obras Completas de un «Gran Autor», abiertas al azar, estupideces sorprendentes que muestran su «cara oculta», de la que nadie habla nunca.

    • Pablo75, cae usted en una visión reduccionista y un tanto elitista de la lectura literaria. Tanto las Obras Completas como las antologías cumplen funciones distintas y complementarias. La antología, lejos de ser necesariamente una mutilación o distorsión, puede ser para muchos una puerta de entrada privilegiada, una invitación a la lectura crítica y un espacio de descubrimiento tan válido como el acceso total a la obra de un autor. La clave está en la calidad de la selección y en la actitud activa del lector, no en el formato en sí. Lo que sí se aprecia en su comentario es un odio patente al autor del artículo, que muchos disfrutamos. La opinión es libre, claro está; el intento de hacer daño cotiza en otras plazas.

      • Yo no caigo «en una visión reduccionista y un tanto elitista de la lectura literaria» por dos razones: la primera es que no hago más que responder a alguien que está contra las obras completas; y la segunda es que yo no afirmo que las antologías no deberían existir, sólo hablo de sus desventajas con relación a las OC. Sobre dichas antologías estoy incluso de acuerdo con lo que tú dices, y eso tanto más cuanto que yo mismo he dicho que el problema está «en la calidad de la selección» y no he hablado para nada del formato en sí. Lo único que yo digo es que si me dan a escoger entre las OC de un autor que me interesa o una buena antología de su obra, yo no dudaría en escoger las primeras (contrariamente a J.Bonilla, que escogería la segunda).

        La última frase de tu comentario confirma de manera definitiva que tus intuiciones de lector son pésimas: «Lo que sí se aprecia en su comentario es un odio patente al autor del artículo». Porque da la casualidad de que yo soy un admirador de Juan Bonilla, que me parece uno de los mejores escritores españoles vivos, sobre todo como poeta (nunca he olvidado el efecto que me hizo la lectura de su extraordinario poema sobre su padre, «Borrador de un poema», de su libro «Poemas pequeño-burgueses», Renacimiento, 2016 ).

      • ¡Caramba! por más que leo esas siete líneas no capto el odio por ninguna parte. ¡Qué sutil es usted, Felipe!

    • Isa Villalobos

      Interesante apunte, sí señor.

  2. Justo iba a comentar lo mismo que Pablo75. Añado que más aún si el autor está politizado o ha tenido fuertes opiniones políticas.

    • Exactamente. Y quien lo dude que imagine la diferencia que habría entre una antología de la poesía de Neruda hecha por un antólogo de derechas y una hecha por un antólogo comunista.

      • Juan Bonilla

        Estimado amigo,
        las dos antologías serían mejores que las Obras Completas de Neruda, eso es seguro.
        Pero en efecto, cada cual tiene sus gustos. Un saludo cordial

        • «las dos antologías serían mejores que las Obras Completas de Neruda, eso es seguro.»

          Pues yo estoy seguro de lo contrario. Porque otro argumento contra las antologías es que impiden una lectura CONTRA un autor. En el caso de Neruda, por ejemplo, para conocer su poesía hay que leer también sus poemas políticos más catastróficos, que ningún antólogo comunista se atrevería hoy a antologizar.

          ¿Se puede juzgar bien la poesía de Neruda sin saber que ha escrito «versos» como éstos?

          «Stalin dijo: «Nuestro mejor tesoro
          es el hombre»,
          los cimientos, el pueblo.
          Stalin alza, limpia, construye, fortifica,
          preserva, mira, protege, alimenta.
          pero también castiga.
          Y esto es cuanto quería deciros, camaradas:
          hace falta el castigo…»

          O éstos:

          «permitidme
          cagarme en vuestros codos y en vuestras abuelas,
          y en las revistillas de jóvenes Ombligos
          en que derretís las últimas chispas que os salen del culo.»

        • Gallego Rey

          De las obras completas puedo elaborar mi propio criterio sobre el autor o autora. De las antologías solo puedo apreciar la parte que un tercero quiere mostrarme de ese autor o autora. En todo caso, no veo la necesidad de establecer una elección entre una cosa y la otra.

    • Isa Villalobos

      Verdad!!

  3. Juan Bonilla

    Estimado amigo,
    estoy completamente de acuerdo con usted en su apreciación. Pero incido en que eso es darle prevalencia a los autores sobre las obras, que es de lo que iba mi artículo: a mí me importan más las obras, y en los repasos de la poesia española me molesta bastante que se opere por grupos cerrados -o casi- en los que la Generación del 50 tiene una alineación titular y quedan fuera piezas magistrales de poetas que no pertenecen a ella (pienso en poemas de García Calvo, en poemas de Julio Mariscal Montes, etc…). En cuanto a los autores, de los poetas trato de quedarme con sus mejores momentos como de los tenistas sus mejores partidos. Desde luego no se me ocurriría hacer una lectura CONTRA ningún autor y me quedo con aquella idea borgiana -seguramente imposible pero tan poética- de hacer una historia de la literatura en la que no apareciese un solo nombre propio. Saludos,
    J

    • Yo no podría decir que me interesan más las obras que los autores, para mí son indisociables, puesto que la explicación de la obra está en la vida del autor (de ahí que me interesen mucho las Correspondencias y los Diarios, en los que con frecuencia hay tanta calidad literaria o más que en los libros publicados por sus autores). Si César Vallejo ha escrito la mejor (para mí) poesía en español del siglo XX, es porque siendo quien era vivió la muy dura vida que vivió. Es imposible escribir la poesía de Vallejo viviendo la vida de Borges. Y no se puede leer una poesía tan conmovedora como la de Vallejo sin hacerse la mínima interrogación sobre su personalidad y su vida.

      La idea de Borges de una historia de la literatura sin nombres propios a mí me parece una muy mala idea, porque el resultado, sería muy aburrido (basta conocer el «Dictionnaire des ouvrages anonymes» de A.Barbier en 4 volúmenes, para darse cuenta de ello). Y es evidente que si un dictador prohibiera que se firmaran los libros que se publican, la venta de literatura se hundiría.

      Lo de las clasificaciones de escritores hechas por críticos y universitarios, es un problema secundario que el futuro se encargará de corregir.

      «En cuanto a los autores, de los poetas trato de quedarme con sus mejores momentos como de los tenistas sus mejores partidos.»

      Pero ¿se puede conocer a un poeta si sólo se hace una lectura indulgente y simpática de lo mejor de su obra? ¿No es eso una lectura hedónica, una actitud «deportiva» (como diría Ortega) que tiene poco que ver con el conocimiento literario? ¿Se puede elogiar al mejor Neruda o al mejor Victor Hugo ignorando la cantidad de versos malos, por no decir ridículos, que han escrito?

      «Desde luego no se me ocurriría hacer una lectura CONTRA ningún autor.»

      Yo en esa frase leo: «no se me ocurriría hacer una lectura total de ningún autor». Una vez más, ¿se puede conocer una obra sin haberla leído de manera crítica?

      • Juan Bonilla

        Es que «lectura crítica» es un pleonasmo, porque κριτής significa juez, y el lector siempre enjuicia lo que lee, leer ya es enjuiciar, tenga conocimiento del resto de la obra del autor o no. El ejemplo de Vallejo me vale porque me viene muy a propósito: cuántas veces habré dado a leer en clase «Las ventanas se han estremecido» y cuánta gente no se habrá conmocionado sin tener idea de la terrible vida de Vallejo. El poema se basta y sobra para inyectar esa conmoción. Así que no nos vamos a poner de acuerdo. Cada cual lee según sus apetencias y necesidades. No me hace falta saber quiénes eran cada uno de los poetas de la Antología Palatina para tenerla como obra maestra de nuestra tradición, con cientos de piezas de autores desconocidos o de los que apenas sabemos lo que ellos deslizaron en sus poemas. No tengo necesidad alguna de saber quién está detrás de Lázaro de Tormes. Un último ejemplo: leí maravillado «Novela con cocaína» de M Agueiev -se decía entonces que podía ser Nabokov quien se ocultaba tras el pseudónimo, aunque Vera lo desmintió rotundamente. Años después se descubrió que la había escrito un expatriado ruso que acabó en Turquía y fue repatriado a la URSS acusado de atentar contra el embajador alemán. ¿Cambió algo mi percepción de la novela, con ese primer capítulo extraordinario y su cabalgata de audacias? En lo más mínimo. Saber quién fue el autor no tuvo el menor impacto en la gozosa relectura que hice de esa obra maestra.
        Un placer intercambiar pareceres con usted,
        saludos y hasta otra
        J

        • Perdona la contradicción, pero «lectura crítica» no es un pleonasmo; lo sería si «lectura» viniera de «kritiké». Se pueden hacer lecturas ditirámbicas, aceptando todo lo que se lee como palabra divina (que es lo que hace mucha gente).

          Dices que «el poema se basta y sobra para inyectar esa conmoción». Eso sucede con frecuencia, por supuesto, pero no siempre. Muchos de los poemas de «Los heraldos negros» y de «Trilce» sólo son comprensibles si se conoce la vida de Vallejo (cosa que sé desde que tuve en la facultad como profesor de literatura a un especialista de Vallejo, Francisco Martínez García, autor de «César Vallejo. Acercamiento al hombre y al poeta», en cuyas clases hacía análisis apasionantes de algunos de los poemas más oscuros del Cholo).

          Y cuando se conocen sus peripecias biográficas, sus poemas del final de su vida son mucho más conmovedores. Y voy más lejos: más aún si se conocen los lugares que él frecuentó. Viviendo en la misma ciudad que él, yo no puedo pasar por la rue Molière o la Avenue du Maine (donde vivió), o por el boulevard Arago (donde murió) sin recordar y sentir profundamente algunos de sus versos más trágicos.

          Me dices que se pueden apreciar obras anónimas, lo cual es evidente. Lo que yo digo es que si se conocieran las vidas de los autores anónimos cuyas obras aprecias, las apreciarías aún más.

          Para acabar, un bello poema de Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934-2021), que espero nos ponga de acuerdo:

          VALLEJO, CÉSAR

          Nadie estuvo más hondo
          ni más cerca.
          Nadie llegó tan lejos
          más temprano.
          Nadie fue más ninguno
          y menos Nadie.

    • Gallego Rey

      «a mí me importan más las obras, y en los repasos de la poesia española me molesta bastante que se opere por grupos cerrados -o casi- en los que la Generación del 50 tiene una alineación titular y quedan fuera piezas magistrales de poetas que no pertenecen a ella»

      En su artículo no habla de generaciones de escritores: «Ahora bien, ¿tiene en efecto sentido rescatar la obra completa de un periodista por grande que sea? Yo diría que no, pero es que también diría que no en el caso de un poeta y en el de un novelista».

      No veo qué relación tiene la preferencia entre obras completas o antologías de un determinado autor —sea cual sea— y el análisis de las obras literarias dentro del marco de una generación literaria.

  4. Juan Bonilla

    Amén!

  5. Isa Villalobos

    Qué gusto asistir a su pequeño debate. Es un placer leer hablar de literatura a personas así. Yo, humildemente y a años luz como lectora de ustedes, también opino que el conocimiento del autor suma y mucho a la obra. Y también prefiero Obras completas a Antologías.
    Qué suerte de Jot Down!!

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