
Cuando tenía doce años, mi abuelo me regaló mi tumba por Navidad. Me llevó a verla, con mi madre y mi hermano, al cementerio empozado que daba al muro lateral de la iglesia de la aldea. Olía a musgo y a muerte en aquella construcción fría y esquinada. Los nichos se apilaban unos encima de otros en pasillos de cemento gris, cubiertos con lápidas verticales de granito. En cada una de ellas, nombres inscritos en tipografías que no conseguían imitar a letra gótica antigua presentaban a hombres, mujeres, niños, a familias enteras. En un corredor paralelo, una tenía grabado el nombre de mi padre.
Siempre odié aquel lugar, que parecía ser de obligada peregrinación cada vez que visitábamos desde la capital. Año tras año, repetíamos el ritual en callada sumisión: llenar el cubo de agua en el grifo del muro, quitar las flores muertas del macetero de la lápida, poner las nuevas y regarlas, para que durasen más. Con el resto del agua, limpiábamos el mármol y la pequeña placa plateada que solo contenía un nombre, dos fechas y el par de números que indicaban la edad eterna del que se va. Siempre me sentía mal cuando veía mi cara reflejada en aquel rectángulo de efecto espejo. Ahora, escribiendo esto, se me ocurre que quizá el material de aquella placa no fuera accidental. Que su propósito, como el del agua de las flores con que frotábamos la piedra, estuviera más relacionado con la evaluación de la conciencia que con la estética ornamental. Quizá por eso me sentía culpable cuando la superficie pulida me devolvía mi mirada y en ella no se adivinaba nada; ni emoción, ni tristeza, ni respeto, ni amor. Aquello no se parecía a los cementerios de las películas americanas, en los que el césped siempre estaba recién cortado y las tumbas relucían sin necesidad de limpiarlas; donde los familiares visitaban a sus muertos y les hablaban, cubriendo todo de una grandiosa solemnidad.
En el cementerio de mi padre la humedad teñía las paredes de negro y descascarillaba la pintura, y la mayoría de ramos eran de flores de plástico clavadas en poliespán. A mí ni se me pasaba por la cabeza hablar con una pared de mármol, y me interesaba más observar los brazos fuertes y colorados de mi tía mientras frotaba. De vuelta a casa, siempre se me revolvía el estómago pensando que yo también estaría condenada a pasar el resto de mis días en un hueco de aquella pared amoratada, con mi nombre escrito con la century gothic de Word 2003. Pero, sobre todo, me angustiaba considerar que, si no era capaz de sentir nada, de emocionarme en aquel lugar era — simplemente— porque no había querido a mi padre lo suficiente.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Los sentimientos, las emociones que se apuran detrás de las palabras para llegar y colmarlas transforman este artículo en un canto de pasión por la vida, que vive con el temor a la muerte. Pareciera que la autora fue condenada a la muerte desde niña, no por la vida sino por las proximidades de seres y cosas. Pareciera, porque esas reflexiones que van brotando desde y por las tumbas demuestran lo contrario. Un artículo para leer varias veces. Muchísimas gracias. PD. Leyendo un viejo libro de un tal Wilson sobre la civilización egipcia, hay una reflexión del autor que comparto. Según él, las diversas dinastias que aparecen a partir del 2700 ac tuvieron que enfrentar recurrentes “descalabros fiscales” debido a las construcciones “faraónicas” de tumbas y pirámides en honor a la muerte y su misterio, con sus previsibles resultados sociales y políticos. Cuando la Fe se hace de piedra nada bueno nos espera, acá ni en el más allá.
muchísimas gracias por tus palabras, has dado en el clavo con todo. Me emociona ver cómo el texto conecta con más gente – efectivamente debe prevalecer siempre la pasión por la vida.
Es que esos cementerios ingleses (y los del resto de Gran Bretaña porque ir andando por el Old Town de Edimburgo y encontrarte paseando por uno entre tumbas centenarias es la monda) tienen una puesta en escena que los de aquí, salvo honrosas excepciones, tiran por la borda y convierten en un escenario depresivo.
Gracias por el artículo.