Hebras y nodos

El luto que nadie entiende: cuando muere tu mascota

Olga en el cielo

La llevamos a casa en una caja de cartón agujereada que nos dio una voluntaria de la protectora. El cartón olía a orina y a pan blanco. Dentro, dos ojos —inmensos, pardos— me miraban con la gravedad de quien lo sabe todo, incluso que un día me rompería el alma. Olga. Así la llamé. Porque sonaba a abuela rusa, a mujer que lo ha visto todo, y porque ella tenía ese aire de vieja sabia que ni el cachorro más tonto del mundo podía disimular con sus orejas colgantes y su andar torpe.

Durante doce años, Olga estuvo allí. Más que allí: aquí. En cada tarde sin ganas, en cada madrugada de insomnio, en cada conversación que no supe tener con nadie más. Cuando lloraba —que he llorado como buena inglesa sin patria ni dios—, ella se acercaba en silencio, con esa dignidad que tienen los perros cuando no quieren molestar pero se saben necesarios. Me dejaba tocarle las orejas. Me dejaba enterrar la cara en su lomo. Me dejaba estar.

Pero entonces se enfermó. Un bulto bajo la pata trasera. Una protuberancia mínima, como una nuez, que yo toqué sin saber que estaba acariciando el principio del fin. Fue cáncer. Claro. Siempre es cáncer. En los cuentos modernos, el lobo ya no devora a la abuela: se mete en las células y las pudre desde dentro.

Los últimos meses fueron un ensayo de lo insoportable. Olga, que jamás se quejó por nada —ni por los niños que le tiraban de las orejas, ni por los traspiés torpes de mi marido en la cocina—, comenzó a gemir por las noches. Un sonido bajo, casi una vibración, que me atravesaba el esternón como una flecha de hielo. Los calmantes ayudaban poco. La mirada, sin embargo, seguía igual: paciente, profunda, como si me perdonara de antemano por lo que sabía que iba a hacer.

El día que decidimos dormirla, nadie vino conmigo. Lo preferí así. O al menos eso dije. No quería espectadores, ni condolencias tibias. En la clínica, Olga me miró. No se movió. No hizo ademán de escapar, como otros animales. Se quedó quieta mientras la aguja le encontraba la vena. Yo la abracé. Le hablé. Le dije: «No me dejes sola». Y ella, como siempre, no me contradijo.

Volví a casa con el cuello de la blusa empapado. Llamé a mis padres. Mi madre me dijo que qué pena, pero que al menos era «solo un perro». Mi padre ni eso. Luego vino el silencio, ese cómodo sofá donde se reclinan los que no saben consolar.

Mis amigos, igual. Algún emoji de lágrima. Algún «jo, qué duro». Una me sugirió que fuera al refugio y adoptara otro: «Eso ayuda mucho, lo dicen los psicólogos». Le respondí que también dicen que dormir ocho horas y no beber entre semana ayuda, y ni aun así lo hacemos. Me bloqueó durante una semana. Supongo que le molestó mi rabia, que era pura, sin pedagogía.

En la oficina intenté seguir como si nada. Tenía una entrega. Reuniones. Gente hablando de sus hijos, de sus bodas, de sus suegras con ciática. A los dos días, uno del equipo me preguntó si me pasaba algo. Le dije que había muerto mi perra. Puso cara de apuro. Me dijo: «Ah. Bueno. Ánimo». Y luego volvió a hablar de campañas y de métricas como si no acabara de decirme que el mundo seguía girando aunque a mí se me hubiera vaciado el suelo.

Les grité. Por dentro. Les grité en cada reunión, en cada saludo cortés. Les grité porque no entendían. Porque no sabían que ese perrita fue más que un perro. Fue mi consuelo cuando murió mi mejor amiga en un accidente, mi compañía cuando escribía de madrugada, mi confidente cuando sentía que la vida no era más que una sala de espera con mal café. Les dije en silencio: «No me digáis que solo era un perro». Me miraban raro. Como si hubiera dicho que la tostadora tenía alma o que el perchero me hablaba por las noches.

Pero es que solo un perro fue quien me entendió mejor que cualquier ser humano.

El duelo por Olga fue solitario. Ni flores, ni llamadas. Algún mail genérico. El grupo del trabajo me dedicó un minuto de silencio pasivo: el clásico “vaya, qué mal”. Nadie más. Mis padres no volvieron a mencionarla. Mis amigos cambiaron de tema con la habilidad de los que temen pisar emociones ajenas. Y yo me quedé con una manta que olía a ella y una cocina demasiado grande.

Soñé con ella durante semanas. La oía en el pasillo. Sentía el clic de sus uñas en el suelo de madera. Me levantaba para servirle comida. Y luego recordaba. El vacío en la cocina era más frío que cualquier invierno en León.

Intenté escribir, pero no pude. Porque cualquier palabra me parecía traición. ¿Cómo explicar que la criatura que más amor me dio no hablaba? ¿Cómo hacer entender que los humanos, con todas sus frases, sus mensajes, sus pésames automáticos, no supieron llegar a donde ella llegó con una simple mirada?

Una mañana, limpiando su manta —aún olía a ella, una mezcla de tierra, pelo y leche seca—, encontré su primer collar. Rojo. Desgastado. Con el nombre ya borrado por el tiempo. Lo guardé en una caja de madera. Allí metí también una de sus orejas de peluche mordidas, una foto en la que sale dormida sobre mis pies, y el recibo de la clínica. Cerré la caja. La escondí en lo más alto del armario. No quería verla. No quería no verla.

Pasaron los meses. Todos olvidaron. Yo también, a ratos. Luego vuelvo a cortar jamón y me giro. No hay nadie. Bajo la mano mientras leo. No hay nadie. Hablo en voz alta. Nadie responde.

Y sin embargo, sigue aquí. Olga. En el modo en que escucho. En el modo en que perdono. En el modo en que acaricio. Porque ella me enseñó eso: a estar sin pedir, a querer sin drama, a cuidar sin necesidad de aplausos. Y eso, que es amor puro, no desaparece con una inyección letal.

Nunca más he querido otro perro. No porque no los quiera. Sino porque sería como pintar encima de un fresco. Como cambiar la dedicatoria de un libro escrito con sangre.

Olga murió un jueves. A las diez y veintisiete de la mañana. Y desde entonces, los jueves tienen un silencio que nadie nota. Solo yo. La exagerada. La intensa. La que llora por un perro mientras el mundo se desangra por personas.

Qué ironía. A mí solo me rompió de verdad la muerte de quien nunca me dijo una palabra.


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35 Comentarios

  1. Mueren muchos niños en Palestina.

    • María Antonieta Ugarte y Chocano

      Esas muertes no vienen al caso mencionarlas. Son crímenes de la maldad de seres humanos. ¿por qué la gente tiende a minimizar el dolor ajeno? ¿por qué comparar las muertes? no les encuentro sentido.

    • Que tendrá que ver el tocino con el speed!

    • También muchos cerebros en España tratando de confrontar dolores como si unos tuviesen que ser más importantes que otros.

      Te olvidas de África, te olvidas de India, te olvidas de la Cañada Real Galiana… te olvidas de tantos sitios, niños, mujeres y hombres sufriendo, que resulta obsceno a todos los niveles tu comentario.

  2. Ana Lidia

    Que texto tan emotivo. He pasado por lo mismo y entiendo tu dolor, ojalá yo pudiese expresarlo de la misma manera.

  3. Cerca de este lugar
    están depositados los restos de alguien
    que poseyó Belleza sin Vanidad,
    Fuerza sin Insolencia,
    valor sin ferocidad,
    y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.
    Este elogio, que sería un halago sin sentido
    si se inscribiera sobre cenizas humanas,
    no es más que un justo tributo a la memoria de
    BOATSWAIN, un PERRO
    que nació en Terranova en mayo de 1803
    y murió en Newstead el 18 de Noviembre de 1808
    Cuando cualquier orgulloso Hijo del Hombre regresa a la Tierra,
    Desconocido para la Gloria, pero ayudado por su Nacimiento,
    El arte del escultor agota la pompa del dolor,
    Y urnas llenas de historia registran quién descansa abajo.
    Cuando todo está hecho, sobre la Tumba se ve
    No lo que fue, sino lo que debería haber sido.
    Pero el pobre Perro, en vida el más firme amigo,
    El primero en dar la bienvenida, el primero en defender,
    Cuyo corazón honesto sigue siendo el de su amo,
    Que trabaja, lucha, vive, respira sólo para él,
    Cae sin honor, sin que se note todo su valor,
    negada en el cielo el alma que tuvo en la tierra.
    Mientras el hombre, ¡vano insecto! espera ser perdonado,
    y reclama para sí un cielo exclusivo.
    ¡Oh hombre! débil inquilino de una hora,
    degradado por la esclavitud, o corrompido por el poder,
    Quien te conoce bien, debe abandonarte con disgusto,
    ¡Masa degradada de polvo animado!
    Tu amor es lujuria, tu amistad, toda una mentira,
    tu lengua hipocresía, tu corazón engaño,
    Por naturaleza vil, ennoblecido sólo por el nombre,
    Todos los brutos de tu especie te sonrojarían de vergüenza.
    Vosotros, que contempláis esta simple urna,
    pasad, no honra a nadie que queráis llorar.
    Para marcar los restos de un amigo surgen estas piedras;
    Sólo conocí a uno… y aquí yace.
    Epitafio para un perro, Lord Byron

  4. María Antonieta Ugarte y Chocano

    Comprendo tu dolor; el vacío que dejan. Son inolvidables, se les extraña, se les recuerda y nunca se borra su recuerdo. «No es la muerte de un Perro» es la partida de un ser al que se le dio amor y él también de igual forma lo entregó. En tu caso es más triste; tuviste que dejarla ir para que no sufriera. Lo hiciste porque la amabas; ella lo sabía.

  5. Muy bello texto, que sólo comprenderán quienes han tenido mascotas. Yo acabo de perder a uno de mis dos gatos (un british shorthair de 10 años tan bello como amable), tras el descubrimiento de un tumor en la cabeza que le hizo perder un ojo y le dejó medio ciego el otro. Y no tuve el valor de asistir a su eutanasia (hace 13 años asistí a la de la gata que tenía entonces y me juré no volver a hacerlo).

    El único consuelo es saber que, según los esoteristas, tras la muerte nos volveremos a encontrar con todos los seres que hemos amado en esta vida, incluidos los animales (Ver, por ejemplo, «L’âme des animaux», de Jean Prieur. Ed. Robert Laffont, 1985).

  6. E.Roberto

    ¡Qué texto, estimada! Por el dolor no sería necesario agregar nada, tan solo un recuerdo agradecido como el suyo. Cuando se te van los peludos ánimos gentiles ni las cuchas con alero que les hiciste tienen sentido, como una olla sin agua, un frutal sin ganas, un bozal sin dueño, un almanaque con un agujero y una pelota desinflada, mordida, deformada como recuerdo, pues fue en su vida hasta un pasable arquero cuando el partido entre dos llegaba a los doce pasos, seis o menos entre nosotros, en el patio, contra la pared de la casa sin palos ni travesaño como arco a golear. ¡Y qué voladas lograba! Y ese estar ahí echada a mis piés, como sonriendo al mirarme por una broma a la derrotada que que no dijiste y que solo ella entendía. Todo lo mejor para usted, señora.

  7. Un abrazo fuerte, fuerte!!!

  8. I can't see anything with my shitter

    ¡Menuda reunión de panolis! Jamás se me ocurriría tener perro. Imagínense, yo recogiendo mierdas en la calle mientras el tipo de la carnicería que me gusta a rabiar, me ve hacerlo. ¡Ni hablar! Además, espero que nadie me sorprenda nunca en la absurda situación de estar hablándole a un animal.

    • Siempre hubo gente sin corazón, enhorabuena señor de hojalata.

    • Hay que ser cafre para escribir esas lineas.
      No logro entender, si has leído el texto, como puedes ser tan insensible para escribir esas palabras.
      A nadie de los que hemos disfrutado de la vida de un animal de compañia y llorado por su muerte nos interesa «TÚ» opinión sobre que te parezca absurdo hablarle a un animal.
      Lo que si que me parece absurdo es que aproveches un post de un texto tan emotivo para decir que te pone el carnicero de tu barrio. También me parece absurdo que si no entiendes la postura de los que amamos a los animales (en este caso de compañía) pierdas el tiempo leyendo todo el relato y después lo sigas perdiendo publicando un post con tu innecesario comentario.
      Solo deseo que el «carnicero» tenga un gato o un perro o una iguana! al cual ame y comprenda.

    • Eres un/una indigente intelectual.

      Disfruta de tu soledad mirando al carnicero.

    • Felipe Rodríguez López

      Just another troll

    • Si ese tipo de la carniceria supiera que clase de ser repugnante eres, no te tocaria ni con un palo.

  9. Eightbiter

    Lo has clavado.

    Estoy llorando.

  10. El domingo 8 de junio, a las cuatro de la tarde, nos dejó nuestra Cocuy. Y digo «nos dejó» porque es como nos hace sentir a mi novia y a mí su pérdida. Nos dejó solos. Nos dejó vacíos. Nos dejó confusos. Justamente hoy ha pasado un mes, y el recuerdo de los últimos días de su enfermedad renal sigue abriendo un agujero en nuestro pecho. No sabemos cuántos años tenía Cocuy, pero con nosotros vivió dos años y medio. En la protectora nos preguntaron si teníamos claro el tipo de perro que estábamos adoptando. Contestamos rápidamente que sí. Pero no. Hay una cosa que no sabíamos. Ni todas las sesiones de fluidos en el veterinario, ni todas las carreras a ugencias, te preparan para ese momento en el que te dicen que ya no vale la pena luchar más, y que lo más humano es dejarla irse. «Vosotros mismos la estáis viendo, se nota que no quiere luchar». Y se notaba. Joder que si se notaba. Pero no hacía que doliese menos. Desde entonces, escucho sus ronquidos en todas partes. La busco en el sofá, en su camita o cerca de su bebedero (bebía muchísima agua por su enfermedad). Cuando camino, miro al suelo, esperando verla cojear a mi lado. Y he llorado tanto, o más, que por cualquier otra pérdida humana. Porque no es solo una vida lo que se pierde. Son dos años y medio de vivencias y cariño. Pero no. Nadie lo entiende. Por mucho que muestren simpatía, o te intenten consolar. Solo tú sabes lo que has perdido cuando te dejó Olga, igual que solo mi novia y yo sabemos lo que hemos perdido desde que nos dejó Cocuy. Ni siquiera Turco, nuestro otro perro que, aunque está más apático y tranquilo, parece que ha asumido la pérdida mejor que nosotros. No sé qué podría decirte que te sirva de consuelo, básicamente, porque yo tampoco he encontrado todavía un consuelo más allá de alegrarme porque la vida me cruzó con el mejor shar pei del mundo. El más fiel y el más cariñoso. Pero quiero decirte que tu dolor es real, y muchos lo conocemos y lo vivimos cada día. Te acompaño en el sentimiento, Maribel. Descansa en paz, Olga.

  11. Ufff, me has traido el recuerdo de mi Zoe. Con mis brazos la rescaté cuando era una cachorrilla y en mis brazos me dejó por una enfermedad incurable. 8 años compartidos con la perra más expresiva y entrañable que he tenido. La estreché mientras la pinchaban y la congoja me dejó sin habla, un dolor en la garganta y una riada de lágrimas. Aun me caen cuando lo recuerdo y han pasado más de 20 años. He tenido otros, dos están echados a mi lado mientras escribo ésto, a mi vera. Son irremplazables, cada uno a su manera. Un abrazo!

  12. Alejandro

    Yo rescaté a mi Kika desnutrida y con un sinfin de renos y garrapatas. Y sin embargo, al verme movía su cola desde que me vio salirme de la autovía. Cuando la llevé a que la curasen, desparasitasen, castrasen e hiciese cuarentena, no sabía entonces si quedármela. Supe que tenía sólo un añito, y han pasado desde entonces cinco. De las mejores decisiones de mi vida fue darle un hogar. Me ha emocionado leerte y muchas veces cuando la estoy mimando con besos y caricias, le digo mirando a los ojos que la quiero mucho, y trato de conseguir que se quede eso grabado en mí para el día que me falte. No hay mayor bondad que la de las pupilas de los perros. Yo creo que sí adoptaré otro cuando mi Kika me falte, espero que tú también seas algún día capaz, poqrue eso no querrá decir que has olvidado a Olga, sino todo lo contrario. Un fuerte abrazo

  13. Dules, Litón, Till, Nana, Siami.
    Tod@s me dieron alegrías, el único disgusto fue verlos morir, cada uno con su personalidad pero todos me entregaron sin condiciones su inocente bondad.
    En mi corazón siguen y seguirán viviendo.

  14. Precioso texto Maribel (olvidé lo más importante).

  15. No estás sola, he pasado por esto desde que soy niño, primero fue Wolf, el mastín que me salvó con 5 años, la última fue Bluma, una yorkshire de competición a la que el criador había dejado de lado porque no tenía la dentadura perfecta y no servía para sus fines de usarla en competiciones y subir el precio de sus futuros cachorros… 12 años de amor no entregó.

    Ahora rescatamos perros ancianos, con lo que el dolor nos acompañará más a menudo, pero compensa por el cariño sin medida que estos abueletes nos dan.

    Un abrazo enorme

  16. Tu artículo es bellísimo. Es lo más bonito que he leído sobre este tema que poca gente entiende.

    Hace dos años adopté a dos perros mayores que quiero con locura y no sé cómo prepararme para lo que tarde o temprano va a ocurrir. Son el centro de mi vida, mis mejores amigos, mis compañeros.

    Y es que ya tuve dos perros de los que no me pude despedir. Dos lutos impuestos y negados.

    Cuando era pequeña mis padres durmieron a mi perra de nueve años sin avisarme. Fue durísimo llegar a casa y al no verla, preguntar por ella y que me dijeran así sin más que la habían sacrificado. Me habia criado con ella y durante mucho tiempo me seguí reuniendo con ella en sueños. Supongo que inconscientemente no entendía que ya no estuviera.

    A los veintipocos adopté un perro maravilloso mientras salía con un hombre que no sabía que me acabaría maltratando. El día que lo dejé, lo ahogó para hacerme el mayor daño posible. Lo asesinó. Por entonces no se hablaba de la violencia vicaria en humanos, mucho menos en animales. A la semana siguiente murió mi abuelo con el que casi no tenía relación y no podía decirle a nadie el motivo por el que realmente estaba hundida.

    Me ha costado volver a adoptar perros. Y ahora estoy disfrutando cada minuto con ellos sabiendo que, en el futuro, cuando no estén, desearé más que nada volver a cualquier instante con ellos.
    Intento no pensar que un día se irán pero como no puedo, busco la manera de prepararme. Y artículos como el tuyo (el tuyo el mejor) me ayudan mucho.
    Un fuerte abrazo y gracias.

  17. Hace 1 año tuvimos que dormir al amor de mi vida. Llevaba un mes luchando por una enfermedad cardíaca. Le dieron días, semanas… Recuerdo que la veterinaria se quedó con mi bebé en brazos para que pudiera llorarle mientras mi marido lo sostenía en brazos, ya sin vida, aferrados a él, sabiendo que al soltarlo, no volvería más.
    Me entristece leer tu texto, porque el mi caso, mi familia y amigos sabían que fue mi primer hijo, y me apoyaron y escucharon.
    Si te hubiera conocido, me habría sentado contigo en silencio a escucharte hablar de Olga, hasta que hubiéramos acabado riendo mientras contabas alguna anécdota graciosa.
    Mucho ánimo, mucho amor para ti.

  18. Felipe Rodríguez López

    Precioso artículo, y qué razón tienes cuando dices que es un luto que sólo entiende quien lo tuvo que pasar.
    Al leer el título del artículo dudé en abrirlo porque sabía que iba a escocer en viejas heridas pero no me importó, siempre es buen momento para recordar a un gran compañero aunque eso implique soltar alguna lágrimas.

    Sólo hay una cosa en la que no estoy de acuerdo, con el tiempo, volver a tener otra mascota no implica un reemplazo, al contrario, cada uno tiene su lugar.

    Un abrazo.

  19. Lareon Falken

    Yo nunca he sabido que decir en esos casos. Nos acompañan, nos escuchan y da igual lo que ocurra, siempre están con nosotros.

    P.D. Le recomiendo que escuche «Ouveo» de Bala, y si no entiende el gallego, busque su traducción. Duele el corazón y parte el alma porque habla exactamente de la pérdida de su amado perro

  20. Gavrilo Princip

    Muchas gracias por el texto. Has descrito de forma maravillosa cómo nos sentimos los que hemos vivido una pérdida así. El 13 de julio hará 5 años que se fue Kimon, y todavía me acuerdo de él. Un viejito de 30 kgs con displasia que subía y bajaba en brazos a un segundo sin ascensor, que nunca se quejaba y encontraba motivos en todo para ser feliz, y buscaba seguir jugando conmigo a cada rato. También estaba siempre tirado en medio de la cocina. Al igual que a tí, me asombraba su mirada, que tenía algo de insondable y de apaciguador a la vez. Me hubiera pasado el resto de mi vida escaleras arriba y abajo con él, haga frío o lluvia.

  21. Creo que no pasé del primer párrafo sin soltar la lágrima. Son increíbles.

  22. «El mejor amigo que un hombre pueda tener en este mundo, podrá volverse en su contra y convertirse en su enemigo. Su propio hijo o hija, a quienes crio con amor y atenciones infinitas, pueden demostrarle ingratitud. Aquellos que están más cerca de nuestro corazón, aquellos a quienes confiamos nuestra felicidad y buen nombre, pueden convertirse en traidores.

    El dinero que un hombre pueda tener también podrá perderlo, se esfumará de él, quizás cuando más lo necesite.

    La reputación de un hombre quedará en entredicho por un momento de locura o debilidad.

    Las personas que están dispuestas a caer de rodillas para honrar nuestros éxitos, serán las que arrojen la primera piedra cuando el fracaso nuble nuestro porvenir.

    El único, absoluto y mejor amigo que tiene el hombre en este mundo egoísta, el único que no lo va a traicionar o negar, es su PERRO.

    Caballeros del jurado, el perro de un hombre permanece a su lado en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Dormirá en el suelo frío donde sopla el viento y cae la nieve, sólo para estar junto a su amo.

    Besará la mano que no tenga comida para ofrecerle, lamerá las heridas y amarguras que produce el enfrentamiento con el áspero mundo.

    Guardará el sueño de su pobre amo como si fuera un príncipe.

    Cuando todos los amigos desertan, él permanece.

    Cuando las riquezas toman alas y la reputación cae en pedazos es tan constante en su amor como el sol en su viaje a través de los cielos.

    Si la fortuna hace que el amo se convierta en un paria en el mundo, sin amigos y sin hogar, el perro fiel no pide más privilegio que el de acompañarle para protegerle del peligro, para luchar contra sus enemigos.

    Y cuando llegue el último acto y la muerte se lleve al amo en sus brazos y su cuerpo sea enterrado en la fría tierra, no importa que todos los amigos hayan partido. Allí, junto a la tumba, se quedará el noble animal, su cabeza entre sus patas, los ojos tristes pero abiertos y alertas, noble y sincero, fiel y verdadero más allá de la muerte’.».

    Elogio a un perro.
    George Graham West, 1870.

  23. Que llevo sin el perro un mes desde que murió y estoy atacada de los nervios. Toutain, que así le puse de nombre, sabía cómo calmármelos y dejarme relajada con sus interminables lametones y sus frenéticas acometidas. Cómo comprendo a las señoras y señoritas que han escrito por aquí, deben de estar rabiando como yo.

  24. Cuanto «perrhijo» y que pocos hijos.
    El dato es demoledor: 1.809.768 niños de entre 0 y 4 años y 10.474.251 mascotas, o dicho de otra manera, casi seis animales de compañía por cada menor de cuatro años.
    Ahora podemos seguir llorando…

    • Alejandro

      Tienes toda la razón, Jav. Es verdaderamente lamentable la escasez de hijos en España y la abundancia de mascotas. Yo soy un gran amante de los animales, perros y gatos, sobre todo, pero ello no quita para que los anteponga a los hijos. De ambas especies tengo. Y es verdad que los animales dan muy pocos problemas, acompañan mucho, se les toma un gran cariño y cuando mueren, dejan detrás un vacío difícil de llenar. Pero no son de ninguna manera comparables a los hijos, en absoluto. A mí me gustaría que en España, esos diez millones y medio de mascotas se vieran equilibradas por otros diez millones y medio de niños, pero parece ser que la gente no lo ve así. Peor para ellos, pues no saben lo que se pierden.

  25. Wow!!! Desde q comencé a leer tú escrito he estado llorando. Tienes toda la razón al decir q no TODO EL MUNDO entiende el significado d una pérdida y menos d una mascota (familia).Sólo quienes hemos pasado x eso t entendemos. Algunos comentarios q he leído vienen d personas q tal vez en su niñez y d adultos no tuvieron la oportunidad d tener mascotas. X los comentarios se aprecia q ha sido mejor q no las tuvieran. Muestran agresividad y serían quienes maltratarían a las mascotas, a un hijo, padres, etc. Lástima d esas personas!!

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