
Parte I
Hay una confusión muy antigua —y muy cómoda— entre enseñar y llenar. Entre educar y ocupar horas. Durante años hemos creído que formar a alguien era meterle cosas en la cabeza. Cuantas más, mejor. Y si eran difíciles, todavía mejor. Como si lo difícil, por sí solo, tuviera valor.
Se ha enseñado así mucho tiempo en la educación. Se enseñan potencias, derivadas, integrales, álgebra. Se enseñan análisis sintácticos que nadie vuelve a usar jamás. Se enseñan nombres, fórmulas, clasificaciones. Y se enseñan bien: con método, con libros, con exámenes, con rúbricas.
El problema no es que eso no se pueda enseñar. El problema es otro. El problema es para qué.
¿En qué momento de la vida una persona corriente usa una derivada? ¿En qué situación diaria alguien necesita descomponer una frase en sujeto y predicado para entender a otro, para cuidarse, para no hacerse daño o no hacérselo a nadie?
No pasa. Y no ha pasado nunca.
Y, sin embargo, generaciones enteras han crecido creyendo que su valor dependía de dominar cosas que jamás volverían a usar. Han pasado años sintiéndose torpes, insuficientes o fracasados por no encajar en ese molde.
No se trata de despreciar el conocimiento abstracto. Se trata de ponerlo en su sitio.
Quien quiera dedicarse a las matemáticas, que lo haga. Quien quiera estudiar lengua en profundidad, que lo haga. Pero obligar a todos a pasar por el mismo túnel, prometiendo que al final está la vida, es una forma elegante de engaño.
Mientras tanto, se quedan fuera las cosas importantes. Nadie enseña a escribir para que te entiendan de verdad. A leer sin prisas, para comprender. A pensar sin miedo. A equivocarse sin venirse abajo. Nadie enseña a aguantar una frustración, a reconocer un límite, a escuchar sin estar preparando la respuesta.
Y aquí es donde aparece MigataVega.
MigataVega no sabe lo que es una potencia, pero calcula distancias con una precisión que no falla. No conoce el álgebra, pero administra su energía mejor que muchos adultos. No ha oído hablar de sintaxis, pero sabe perfectamente cuándo una voz es amenaza y cuándo es cuidado.
MigataVega aprendió porque estaba viva. Aprendió porque estaba vinculada. Aprendió porque necesitaba estar en el mundo.
La educación que tenemos confunde complejidad con profundidad. Cree que cuanto más lejos esté lo que se enseña de la vida real, más valor tiene. Y no es verdad.
MigataVega no sabe resolver ecuaciones. Pero sabe cuándo acercarse y cuándo retirarse. Sabe cuándo insistir y cuándo parar. Sabe vivir.
Y eso no es poca cosa. Eso es, precisamente, lo que debería enseñar la escuela.
La educación tiene que servir para vivir. Para entender lo que pasa. Para entender a los demás. Para sostenerse cuando las cosas no salen bien. Para no romperse por dentro.
Si no sirve para eso, estaremos haciendo muchas cosas, pero no estaremos educando. Estaremos haciendo el paripé.
Y eso, sencillamente, no nos lo podemos permitir.
Parte II
La educación es una mierda. Y no lo digo para provocar ni para llamar la atención. Lo digo porque es la palabra exacta. Cualquier otra —«mejorable», «obsoleta», «desfasada»— es un rodeo cobarde. Es una mierda porque no sirve para la vida. Y cuando algo no sirve para la vida, no hay forma elegante de nombrarlo.
No es un problema reciente. No es culpa de internet, ni de Google, ni de la inteligencia artificial. La escuela llevaba siglos fracasando cuando aún no existía nada de eso. Siempre hizo lo mismo: confundir conocimiento con acumulación, aprender con repetir, educar con obedecer.
Se enseñan matemáticas que no sirven para entender una nómina ni un préstamo. Lengua que no enseña a decir lo que te pasa, ni a defenderte cuando te atacan, ni a escribir algo importante sin temblar. Historia que se memoriza para sacar un diez y se olvida al salir del aula. Y el resultado es visible: adultos que fueron alumnos brillantes y no saben explicar el mundo en el que viven.
Eso no es educación. Es entrenamiento para obedecer.
A internet se le reprochó llenar la cabeza de datos inútiles. A Google, pensar por nosotros. A la inteligencia artificial, hacer los deberes de los niños. Pero la escuela llevaba siglos pidiendo exactamente eso: respuestas sin preguntas, datos sin sentido, deberes sin vida. La escuela fue el primer algoritmo. Más lento, más caro y con peores consecuencias.
Cada vez que alguien propone cambiar esto aparece la gran excusa: no hay tiempo. No hay tiempo para hablar con los niños. No hay tiempo para escuchar. No hay tiempo para educar de verdad. Curiosamente, sí hay tiempo para copiar apuntes absurdos durante horas. No es un problema de tiempo. Es una elección.
¿Qué habría que enseñar? Lo evidente, aunque no quede bien escrito en un currículo. Lenguaje para vivir: hablar, escribir, leer de verdad. Matemáticas para no ser engañado. Economía cotidiana: nóminas, deudas, dinero, no llegar a fin de mes. Cuerpo y vida: comer, dormir, enfermar, envejecer, morir. Pensar: dudar, callar, cambiar de opinión.
Eso sería educación. Lo otro es mierda organizada.
Y entonces llega la inteligencia artificial y el sistema entra en pánico. Los niños hacen los deberes con ChatGPT. Claro que sí. ¿Para qué iban a perder horas de su vida en actividades inútiles? ChatGPT no está destruyendo la educación: está dejando al descubierto su vacío. Está mostrando que los contenidos no importan, que la evaluación es un teatro y que aprender no puede seguir siendo repetir.
La educación no necesita defenderse de la tecnología. Necesita defenderse de sí misma. Necesita dejar de fingir que forma personas cuando solo produce expedientes. Necesita dejar de tratar a los profesores como dioses y empezar a exigirles que sirvan para la vida.
No se trata de innovar. No se trata de modernizar. No se trata de sobrevivir.
Se trata, simplemente, de dejar de enseñar mierda.
Parte III
Llevo más de treinta años trabajando en la docencia y, con el tiempo, hay cosas que se repiten demasiado como para no verlas. La educación está generando en muchos alumnos un malestar que no siempre se ve, pero que se siente con fuerza. No se trata solo de suspensos ni de falta de esfuerzo. Se trata, sobre todo, de una sensación persistente de no entender para qué sirve lo que se estudia.
Durante años se ha pedido a los alumnos que acepten las asignaturas como un fin en sí mismo. Estudia, aprueba y ya entenderás para qué sirve. El problema es que ese «ya lo entenderás» no llega. Y cuando no llega, lo que aparece no es rebeldía, sino cansancio.
La aparición de la inteligencia artificial ha intensificado esta sensación. No porque los alumnos reflexionen sobre el modelo educativo, sino porque perciben que muchas tareas que les cuestan horas pueden resolverse sin esfuerzo.
Algunos alumnos continúan adelante sin demasiadas preguntas. Otros viven el estudio como algo ajeno, impuesto y difícil de sostener. Esa dificultad no se expresa en palabras complejas, sino en desgana, bloqueo, irritabilidad o tristeza.
A esta situación se añade la comparación con los compañeros. El alumno no piensa que la escuela esté mal planteada; piensa que él falla. Empieza a sentirse torpe, raro o insuficiente.
No todo sufrimiento escolar es un trastorno. No toda dificultad necesita una etiqueta. Hay malestares que nacen de situaciones prolongadas de incomprensión, de exigencias que no se entienden y de una presión constante por rendir sin saber para qué.
La frustración que viven muchos alumnos no aparece de repente ni sin motivo. Tiene causas claras, aunque a veces no se sepan nombrar. Ignorarlas no las hace desaparecer. Solo las vuelve más silenciosas.
Parte IV
Antes de cualquier medida, antes de cualquier decisión y antes de pensar en soluciones externas, tiene que haber algo mucho más sencillo y mucho más difícil: hablar.
Hablar sin prisas.
Hablar sin dramatizar.
Hablar sin convertir la conversación en un juicio.
El primer apoyo no es técnico ni especializado. El primer apoyo es familiar y se da con palabras.
A veces no hace falta saber todavía qué hacer. Basta con que exista un espacio donde se pueda decir lo que pasa sin miedo a fallar.
Estas conversaciones no buscan soluciones rápidas. Buscan algo previo: que Sara no se sienta sola ni defectuosa por no encajar.
Cuando ese diálogo existe, todo lo demás tiene una base sobre la que sostenerse.
Aquí es donde entro yo. No como salvador ni como especialista, sino como alguien que ayuda a simplificar lo que para la niña se ha vuelto confuso.
No hace falta entender las ecuaciones en profundidad. Hace falta aprobarlas.
Aprobar estas cosas, aunque no sirvan para nada en la vida, sí sirve para algo muy concreto: no cerrar puertas.
No es una solución ideal. Es una solución realista.
Y cuando la situación preocupa de verdad, conviene no empezar por el final. Cuidar los tiempos protege mejor a Sara y también a quienes la acompañan.








me encanto . muy importante , realista y sobre todo pragmático de como hoy en día se percibe lo que «sirve» pero en realidad no sirve.
Reflexiones interesantes sin duda, y correctas, pero a mi entender incompletas. Si bien es cierto que habría que enseñar todas esas habilidades, creo que la formación (no educación) más tradicional también es necesaria. De alguna forma hay que mostrar los caminos para luego poder elegir: estudiando integrales o física o filosofía o latín puedes, más o menos, saber hacia dónde quieres enfocar tu futuro profesional. No creo que una serie de charlas de una o dos horas de distintas profesiones sea algo equivalente.
Pero sí, lamentablemente en la educación hay mucho que mejorar. En las aulas, con personajes que son más funcionarios que maestros, y también en las familias.
Si no se cambia es porque sirve. Y sirve concretamente al sistema productivo y no a los educados.
La educación es un proceso complejo y perfectible, como la democracia. Echarla al cubo de la basura o al inodoro, como entiendo que hace el articulista, es innecesario o parcialmente injusto.
Obviamente, la aritmética aprendida en las aulas no sirve para comprender el manejo financiero. Ni la gramática para escribir con acierto unas memorias, un dietario íntimo o un artículo, como es el caso.
Pero sin esa base, no sé qué haríamos.
Soy hijo de profesores, muy comprometidos con su oficio, que respeto. A pesar de haber recibido una educación que en lejano tiempo me pareció como un traje mal cortado.
Chesterton manifestaba que todos crean su modelo educativo al margen del modelo educativo “oficial”, incluso los carteristas (mencionaba al Sr. Fagin de Oliver Twist). También afirmaba que el mero hecho de subsistir en un medio conlleva una educación. La vida es una maquinaria educativa y, a veces,, una apisonadora educativa. Un porcentaje de las cosas que la vida enseña tienen el objetivo de quebrarnos y otro sencillamente expresa la brutalidad inherente a transitarla. Frente a esto, algunas de las materias que enseñan los programas convencionales nos permiten arribar a islotes que emergen en ese mar de educación vital pura. Si a mí me hubiesen privado de la geometría analítica, lo que me hubiesen evitado no hubiese sido una frustración, sino un deslumbramiento, algo que me permitía intuir un orden más allá de mis circunstancias, muchas veces muy ingratas. Por cierto, con esa afirmación de la necesidad de unas matemáticas “para no ser engañado” , la mera posibilidad me ha arrancado una carcajada: Buena suerte con eso en la época de los Algoritmos, el trading automático y la IA.
Interesante reflexión, con la que estoy de acuerdo en gran medida. Aprendí de mis exilios, mis lecturas, mis fracasos y desventuras.
Confieso que estoy bastante más cerca de lo que plantea el autor, Jaime Villamor, que de esta evocación casi espiritual de la geometría analítica.
La geometría analítica es una herramienta intelectual magnífica, nadie lo discute. Pero convertirla en una especie de revelación sobre el orden del mundo quizá dice más sobre cierta nostalgia escolar que sobre cómo funciona realmente la educación. En la práctica, dentro del sistema educativo que conocemos, suele ocurrir algo bastante más prosaico.
Y es que el problema no es la geometría analítica. El problema es que el sistema educativo tiene una capacidad extraordinaria para hacer que incluso cosas interesantes acaben convertidas en una mierda.
En ese sentido, el ejemplo no desmiente el manifiesto de Villamor: más bien lo confirma.
Comparto lo que se plantea aquí sobre la educación.
Llevamos años encadenando reformas y debates teóricos, mientras se dejan de lado cuestiones básicas que son las que de verdad sostienen una buena enseñanza.
También se acierta al recordar que educar no es solo transmitir contenidos, sino formar criterio, constancia y responsabilidad.
Con frecuencia se exige mucho al profesorado y se le ofrece poco respaldo real.
Sin una mínima cultura del esfuerzo y del respeto al aula, resulta difícil mejorar nada.
Reflexiones así aportan más que muchos discursos oficiales.
Hace unos años, visitando la ciudad de Groninga, en Paises Bajos, me llamó la atención una curiosa escultura frente a la facultad de Artes y Derecho. En una inscripción de la base decía: «Non scholae, sed vitae». Tras googlear, descubrí que el lema fue tomado de escritos de Seneca allá por el 65 DC, y se traduce como: «No por la escuela, sino para la vida».
Aunque no he leido esos textos, deja entrever que no es un debate nuevo.
Y supongo que estoy de acuerdo, pero en tiempo en los que la excelencia no es prioridad, me pregunto:
¿Y si sin esa sobre-exposición a un conocimiento que no puede ser absorbido o útil para una gran mayoría no fuese posible llegar a aquellos que sí pueden comprender y hacer un uso «para la vida» de esos conceptos?
¿Y si sin someternos a aquello que no sabemos que no sabemos a edades tempranas, lleguemos tarde en alquellos individuos que pueden acabar siendo la punta de lanza de cierta disciplina del conocimiento?
Quizás, ese proceso de cribado es un esfuerzo colectivo para seguir extendiendo las fronteras del conocimiento.
O quizás toda está reflexión es una soberana tontería. Lo dejó aquí :)