
De vez en cuando me topo en la fosa de Instagram —pregunte usted a su algoritmo de cabecera— con cutre-vídeos del influencer Mario Conde, creador de contenido, el suyo, claro, acolchado todo él, envuelto en popelín, encarnado y abotargado como un lechón astur con manzana en boca, cadena de oro modelo cigala, pontificando con una agresividad que, si no fuera por su involuntaria caricatura, pareciera que el hombre estuviese hablando de algo tan serio como la economía, así en general. Viéndole desbarrar de esta manera, uno piensa que tiene que ser una gozada sentir que siempre tienes la razón, ciego de ella como Miguel Strogoff, aunque a nadie le importen ya un pimiento sus homilías e-molumentales.
Con este pelotón de bribones del Siglo de Oro de-la-mano-derecha, que bajo sus chorros de gomina aún conservan purísimo ADN de la mejor tradición picaresca española, ocurre lo de Woody Allen y la comedia: es igual a tragedia más tiempo. Pasados los años, uno los ve y tiene que activar inmediatamente el mecanismo de suspensión de incredulidad y afilar su capacidad de fascinación, para tomarse a chufla que estos tipos en jacuzzi, pelo en pecho, gorrones de tabaco en su propio palco, autores de aforismos black friendly preabolicionistas «mis negros son mejores que los tuyos» o sentencias salomónicas «si se quiere marchar que ser marche, si se quiere quedar que se quede. No va a seguir, eso ya os lo digo,» y a los que, en definitiva, solo les falta un cartel en la frente como en Heads Up!, tuvieran engañados a una generación entera de españoles. O igual no, y es que por entones éramos menos líquidos y teníamos más sentido del show.
La cosa es que, en algún momento, y aunque parezca mentira, el mundo perteneció a tipos como estos. United Colors of Gordon Gekko. Pero ya no. El fuego lo han robado Sheldon Cooper y su ejército de zombis nerds. ¿O simplemente han mutado en los superhombres de Nietzsche?
Menos mal que siempre nos quedará la ficción. Alegórica. Vivificadora. El palo y la zanahoria. Y en ella también, y, sobre todo, los weirdos se han hecho con el mando de la consola. Gracias a Dios. No hay nada, nada, más poderoso que la mezcla de perseverancia y talento. Ed Wood, el peor director de cine de la historia, tenía toneladas de la primera y absolutamente nada de lo segundo. Tim Burton lo sabía y aun así construyó un monumento a la tenacidad en su obra maestra Ed Wood (1994). Nunca nadie miró con tanta admiración a alguien con talentos claramente inferiores, como ya vimos en capítulos anteriores del universo Jot Down. También hay quien tiene talento, pero no perseverancia. En el deporte, por ejemplo, los encuentras con solo meter los dedos en la arena. Alguno tiene hasta el cigarro apoyado en el larguero. Pero este es otro tema.
Y ¡ay, amigo!, como se den las dos, prepárate. Conjunción planetaria. Si esa dupla letal, T&T (talento + tenacidad) se une a la obsesión, la opción fundamental como único camino vital, date por jodido. Pueden estar años, una vida entera, percutiendo con el tema, dándole borrico al trigo, hasta crear algo nuevo que palanquee el mundo.
El séptimo arte es la piscifactoría perfecta para que estos monstruos reinen. Quizás el paradigma de la generación alfa sean los Duffer Brothers, creadores de la serie Stranger Things (Netflix, 2016-actualidad). Llevan nueve años pegándole a la carraca, haciéndose hexamillonarios mientras juegan con carísimos trenes —igual ni lo saben— y desparramando su catálogo de obsesiones escondidas debajo de la cama, junto a los tableros de rol, la Americantendo, los clínex y los cómics. Y además tienen una cosa enternecedora: por mucho que pasen los años, por mucho que el oro les entierre, son tan leales a sí mismos que, aunque los veas pasear por El Viso o recogiendo a sus hijos en el Holy Mary, llevarán puesta su camiseta negra de Manowar.
Ahí comprobarás que todos los maricondes del mundo han desaparecido como Will Byers. O, quizás, como he adelantado, hayan mutado.
Si estamos de acuerdo en que el cine es tierra propicia para el cultivo de estos extraterrestres (ya les gustaría serlo) yo prefiero, con mucho, desenmascararlos en otro terreno menos trascendente para el desarrollo de nuestra raza: el de la política. Como en V (NBC, 1983-1985), ¿te acuerdas? Otra catedral del frikismo, fantasía reaganiana por excelencia, lagartos sosias de los commies, metáfora del gran guiñol que es la política. Puestos a hacer paralelismos, podríamos asegurar con certeza que Donald Trump es un extraterrestre, además de un nerd. Hortera y bocazas, también. Si hubiera sido presidente hace veinticinco años estaría en aquel panel de alienígenas enmascarados en la tierra que muestra por primera vez Tommy Lee Jones a un atónito Will Smith en la premonitoria Men In Black (Barry Sonnenfeld, 1997). Y también que podría haber aparecido en cualquier capítulo de V como special guest star, sin desmerecer ni un ápice dentro del paisanaje de la serie. Del otro, Musk, mejor ni hablamos, si te parece. Directamente tiene cara de lagartija, para qué esconderse en látex.
Este fenómeno planetario no se da únicamente en USA, cuna del entertainment. En ese mismo continente hay bastantes nerds mutados. Alguno con motosierra, la comparativa slasher es más que obvia, La matanza de Argentina; otros, con chándal. En la vieja Europa también los encuentras, y con savoir faire: Macron, al que yo tenía por el típico francés enamorado de su profesora cuarto y mitad mayor que él, resulta que es Monchito manejado por Mari Carmen, con unos spin doctor sacados de los speaker del «avanti tutti, a tutti jorobi». Verano del 42 (Robert Mulligan, 1971), pero setenta años después. Aquí tenemos también a uno (y no, no es Pedro) muy friki, el hermano apócrifo de Antonio Ozores, un tal López, 190 centímetros de Óscar, tertuliano de barra y martillo, como bien le titula Carlos de las Ondas. Que vienen los socialistas (Mariano Ozores, 1982). La última en apuntarse, «so, you are a nerd», a decir de Dustin, el superdotado de Stranger Things, que nos ha salido últimamente del upside down de las cloacas, la muy show-woman Leire la del puerto, ha sido toda una desilusión. La fontanera, muy maja y parlanchina pero solo en el Novotel, corresponde fielmente a la némesis de espía chantajista que todos nos imaginábamos, intoxicados por las pelis de James Bond. En el off Hollywood se lleva rumoreando desde hace años con la posibilidad de (re) crear de nuevo la saga con una mujer en el papel de agente 007. Pues toma docureality, con Leire. Que se conforme con ir a Supervivientes, ahora que ya no está Paolo. Otro nerd de aúpa.
En la era de la nanotecnología, los coches que van solos y la venta de escudos a Israel, es de justicia poética que los que manejan el cotarro sean los jevis que jugaban a los juegos de rol en el cole y que se han vengado de todos con sus dados de Dungeons & Dragons y su espada mágica. Aunque hayan mutado.








Mario Conde sabe que él no hizo nada peor que lo que hicieron todos sus contemporáneos de parecido nivel. Pero a él le hicieron un law-fare que se cagó la perra; fue señalado de entre todos, perseguido con saña, encarcelado sin piedad. Y Mario Conde ha asumido que ese estado de cosas (el que a él le hicieron) es justo y necesario, por lo que quiere ver extendido ese tratamiento a todo aquél cuya cabeza asome por encima de la masa. Es, en suma, un perfecto ejemplo del pícaro sin moral, que nada aprende de sus vicisitudes. Hermano de todos nosotros, por lo tanto, y espejo que nos devuelve nuestro propio reflejo.