Sociedad

Himmler y su primer fusilamiento. A propósito de las imágenes explícitas y su relevancia informativa

GettyImages 2225506239bn
Muhammad Zakariya Ayyoub al-Matouq, un niño de 1 año y medio en Ciudad de Gaza, enfrenta una desnutrición que amenaza su vida. Foto de Ahmed Jihad Ibrahim Al-arini/Anadolu vía Getty Images)

Himmler fue a visitar a las tropas de las SS en Europa del Este. En una de sus paradas, le invitaron a presenciar un fusilamiento masivo de judíos. Y accedió de buen grado. Cuando empezó a ver los cadáveres sangrando, cayendo y siendo amontonados para su posterior entierro en fosas comunes, no tardó ni 5 minutos en abandonar su puesto de honor para vomitar abundantemente. Pidió disculpas a los mandos locales y se excusó diciendo que su estómago no estaba acostumbrado a la sangre. El mismo Himmler que diariamente desayunaba con los informes de bajas judías en cada zona ocupada (300 muertos en Kiev, 200 en Jarkov, 500 en Varsovia…) no pudo soportar una imagen que representaba una ínfima parte de lo que describían las palabras que leía complacido mientras comía cada mañana.

Todos sabemos que no es lo mismo leer Cataratas del Iguazú en un folio que ver las cataratas en una pantalla de plasma. Y tampoco es lo mismo contemplarlas por televisión que en directo. Las letras no sirven para transmitir fielmente la grandiosidad de semejante fenómeno de la naturaleza, con su desbordante belleza. Tiene que ser mediante los sentidos, y cuanto más directa sea su percepción, más nos deslumbrará. En el fondo, os estoy diciendo la obviedad de que una imagen vale más que mil palabras.

Y sin embargo, hemos construido una cultura visual en la que todo se empaqueta, se amortigua, se edita para que no duela demasiado. La violencia nos llega filtrada por transiciones, por música ambiente, por advertencias previas que nos permiten mirar sin ver del todo. Hemos domesticado el horror para que quepa en la pantalla sin incomodarnos más de la cuenta.

Soy un firme partidario de que la televisión (y los medios digitales) no censuren absolutamente nada del horror acontecido en Gaza. Deben mostrarlo en toda su crudeza. Los niños muertos y agonizantes por la hambruna fruto del bloqueo alimentario nazi-sionista. Las madres en los huesos llorando por sus hijos. Las bombas destrozando civiles inocentes. Absolutamente todo. Igual que considero morbo malsano mostrar las imágenes de un suicida con la cabeza reventada tras tirarse de un quinto piso en Murcia, y por tanto me opongo a que aparezca en los medios. La diferencia es obvia: en el primer caso, hablamos de un genocidio ejecutado por un Estado criminal mientras occidente y la mayoría de países árabes, que tienen el poder para detenerlo, le bailan el agua. En el segundo, hablamos de una tragedia personal. En el primer caso, obligar a la sociedad occidental a mirar al diablo a los ojos puede despertarla del todo. En el segundo, ver el horror no aporta nada a la solución del problema.

Y aún así, muchos preferirán indignarse por la dureza de una imagen que por la existencia del crimen que la genera. Es más fácil acusar de sensacionalismo al mensajero que enfrentarse a lo que el mensaje revela. Se nos ha entrenado para una empatía superficial, rápida, que no deja poso ni exige respuesta. Mostrar el horror sin adornos, sin montaje, sin marco, es hoy un acto radical.

El impacto en nuestra sensibilidad de la frase «30 niños mueren hoy de hambre en Gaza» es mucho más limitado que el de ver a un niño agonizante mirándonos a los ojos desde la pantalla, que a su vez es muchísimo más limitado que el de verle en directo. La sociedad civil occidental puede parar esta barbarie, pero la servidumbre (más o menos explícita según cada cual) de nuestros gobiernos a Israel, nos exige medidas de presión mucho más contundentes que una manifestación de 2 horas a la semana. Manifestaciones indefinidas que bloqueen las principales ciudades hasta que nuestros gobiernos rompan relaciones diplomáticas con Israel. Huelgas que paralicen la economía. Boicots masivos a sus productos. Ocupación de edificios oficiales, empezando por las embajadas israelíes. Es la única forma de que hagan algo más allá de «reconocer el Estado palestino» (en el mejor de los casos) sin tomar medida concreta alguna para protegerlo de los ataques de Netanyahu.

Nada de esto sucederá sin una conmoción previa, una herida abierta en el confort de nuestras vidas. Y esa herida empieza por la mirada. Por ver lo que no queremos ver. Por no apartar los ojos cuando la imagen arde. El cambio político requiere antes una sacudida moral. Una grieta en la rutina, un temblor que interrumpa la digestión del telediario, que nos obligue a dejar el mando a distancia y preguntarnos qué hacemos, qué toleramos, a qué llamamos civilización. La sacudida moral no es una iluminación súbita ni un gesto heroico: es el momento en que la imagen deja de parecernos ajena. Cuando ya no vemos a un niño muerto, sino a alguien que podría ser nuestro hijo. Cuando dejamos de pensar en «conflicto» y empezamos a ver crimen. Cuando la geografía se encoge y el dolor traspasa la frontera. Y entonces, solo entonces, se hace posible una voluntad que vaya más allá del lamento.

Un compromiso tan fuerte exige un shock previo, un impacto en nuestras conciencias que nos lleve a jugárnosla y pelear en serio por la humanidad. Y eso solo puede nacer, como ya dije, de una percepción sensible y continua del horror. Imperfecta, porque lo será desde una pantalla, pero mucho más fiel a la realidad que un teletipo leído por un presentador. No somos menores de edad ni débiles mentales. Tenemos el derecho y el deber de contemplar lo que nuestros gobiernos están permitiendo, aquellas imágenes que Netanyahu no quiere que veamos. Fielmente y con nuestros propios ojos. Porque el primer paso para cambiar la realidad es conocerla. Y ninguna frase es lo bastante explícita como para describir fielmente semejante holocausto.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

4 Comentarios

  1. Agustín Serrano

    A veces no se necesitan más palabras para ser tan certero y tocar la próstata de nuestras más acomodadas vergüenzas.

    Bravo.

  2. Pingback: La hipocresía de Himmler ante la violencia: una reflexión sobre el impacto de las imágenes explícitas - Hemeroteca KillBait

  3. jilipollo

    Netanyahu debería ser condenado a morir de hambre, es lo menos

  4. Manuel Queimaliños Rivera

    Nos estamos convirtiendo en seres absolutamente insensibles al dolor, al sufrimiento y la muerte de los demás. Sean quienes sean esos «demás».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*