Cine y TV

Krypto, llévanos a casa: ‘Superman’ y el heroísmo en el siglo XXI

Superman. Imagen Warner Bros.
Superman. Imagen: Warner Bros.

La imagen más importante de la nueva película de Superman no tiene ningún rastro de épica. Tampoco de grandiosidad. No es un ralentizado a cámara lenta con subrayado musical, y dura poco más de cinco segundos. Se trata de dos únicos planos en los que, en medio de una batalla contra un monstruo gigantesco, el hombre de acero (David Corenswet) evita que una ardilla muera aplastada. La imagen más importante de Superman condensa toda una visión del heroísmo que poco tiene que ver con las grandes gestas, los superpoderes milagrosos o la fuerza bruta. Es solo un hombre poniendo a salvo a un animal. Ni más, ni menos.

No es, sin embargo, un momento aislado, una anomalía en medio del gran tebeo que es este nuevo Superman. El film está poblado de instantes similares: desde la relación del protagonista con «su» superperro Krypto a las escenas de la evacuación de Metrópolis, donde multitud de ciudadanos se aferran a sus canes, sus gatos o sus tortugas. Hasta el reportero de deportes Steve Lombard, que en los cómics nunca se ha caracterizado por su bondad, se muestra desesperado por saber cómo está su mascota en medio de la catástrofe. Mientras tanto, a este lado de la realidad, Donald Trump azuza el miedo a los inmigrantes con el bulo de que los haitianos de Ohio se dedican a comerse los perros y gatos de sus vecinos. Son dos miradas opuestas al mundo, y se diría que es la segunda la que hace más necesaria que nunca la existencia de la primera.

El Superman de James Gunn llega en el momento adecuado, cuando un triste émulo de Lex Luthor (versión Gene Hackman) ha entrado por segunda vez en la Casa Blanca, las guerras en el extranjero se multiplican, se produce el exterminio sistemático de grupos étnicos —léase genocidio— y la tensión internacional parece casi insostenible. Y lo que es más importante, la película llega cuando en todas partes ha acabado calando eso que Mauro Entrialgo ha bautizado como «malismo». Está de moda llevar la maldad por bandera: el desprecio al otro, la arrogancia, la chulería ayusista, la voluntad descarnada de herir a todo aquel que no se alinea con unas coordenadas —ideológicas o simplemente sociales— concretas. No es solo una actitud de dirigentes políticos: eso ya sería una desgracia, pero la verdadera tragedia es que esa forma mezquina de andar por la vida ha permeado en buena parte de la ciudadanía, que se empeña en ver la amabilidad, la generosidad o la ternura como valores pasados de moda. Y en este contexto, Superman regresa para poner pie en pared ante esa marea de villanía cotidiana. Porque para eso están los superhéroes, y para eso sirve la ficción: para crear un marco moral, unas coordenadas del bien y del mal, un campo de juegos en el que entrenar la empatía, que a fin de cuentas es un músculo que puede fortalecerse o atrofiarse en función del uso.

En los últimos años, la encarnación del personaje en la gran pantalla había formado parte de ese caldo de cultivo para dejar obsoleta la bondad. La versión propuesta por Zack Snyder en El hombre de acero (2013) era cínica, oscura, descreída. Allí, Superman se enzarzaba en una inacabable pelea contra el general Zod sin preocuparse por los daños que dejaba a su paso, y finalmente (alerta spoiler) le partía el cuello al villano con las manos desnudas. Snyder se recreaba en la destrucción de Metrópolis ignorando a las víctimas, y algunos recibían aquello como una visión «adulta» del personaje. Lo cierto es que eso que acabó llamándose el Snyderverse no era más que la visión distorsionada que un niño tiene de la madurez: solemnidad impostada, cinismo, gravedad mal entendida. Bajo aquellas películas «maduras» solo latía un gusto por la exhibición de poder, la admiración reverencial de un semidiós nietzscheano y una ideología sacada directamente de los postulados individualistas de Ayn Rand (ya saben, el hombre hecho a sí mismo frente a la adversidad). Tan sombrío era todo que, en cuanto pudo, el cineasta cambió el clásico colorido del personaje por un traje negro de pies a cabeza, no fuéramos a pensar que aquellas películas con señores en mallas eran aptas para críos.

En esas estamos cuando llega James Gunn a barrer la casa y poner algo de orden (Gunn, no lo olvidemos, fue responsable del guion de Amanecer de los muertos, que, junto a los créditos iniciales de Watchmen, es lo único tragable que ha dirigido Zack Snyder). Su Superman deja de ser la criatura atormentada que encarnaba Henry Cavill —ah, ¡qué buen vasallo si tuviese buen señor!— para volver a representar la esperanza, la fe en un mundo mejor y sobre todo en la capacidad de sus semejantes para hacer el bien. Porque nunca se ha tratado de lo que Superman puede hacer, sino de lo que su existencia inspira en otros. Lo entendió Richard Donner, cuya miss Teschmacher (Valerie Perrine) salvaba la función en el último momento, y lo entiende Gunn cuando muestra a los niños del invadido país de Jarhanpur alzando una bandera frente al ejército opresor, o cuando se detiene en la mirada de Metamorfo (Anthony Carrigan) mientras Luthor juega a la ruleta rusa con un civil inocente. 

Tampoco es casualidad que el nuevo Lex Luthor (Nicholas Hoult) sea un trasunto de Elon Musk, o más bien de la imagen que Musk tiene de sí mismo: el CEO de una empresa tecnológica que hace y deshace a voluntad, dando órdenes desde su torre de marfil mientras bebe de su taza con un logo de SpaceLex. Ni es casual el uso reiterado que hace Luthor de la palabra «alien» —que en inglés significa tanto extraterrestre como extranjero— para justificar su odio a Superman. O que uno de los conflictos centrales de la película gire alrededor de dos países ficcionales, Boravia y Jarhanpur, que aluden tanto a Rusia y Ucrania (el idioma de los invasores es un remedo indisimulado del ruso) como, sobre todo, a Israel y Palestina. El presidente de Boravia defiende la masacre de sus vecinos —claramente codificados como árabes en términos visuales— mientras al otro lado del Atlántico nadie mueve un dedo porque Boravia es «un aliado histórico de los Estados Unidos». Y Clark Kent es el ciudadano que no puede mirar hacia otro lado, que no puede quedarse quieto sabiendo que va a morir gente. Bajo el tono naíf y colorido de la película, Gunn entiende que la verdadera madurez no está en la pose sino en el discurso, y no teme meterse en lugares espinosos para reivindicar y celebrar la capacidad de hacer el bien incluso en los momentos más oscuros de nuestra historia. Superman, kryptoniano de nacimiento pero fieramente humano por adopción, se preocupa por la vida de cuantos le rodean, ya sean personas, animales o kaijus, del mismo modo que los ciudadanos de Metrópolis se desviven por poner a salvo a sus mascotas en pleno apocalipsis.

El género de superhéroes, ya sea en la viñeta o en la pantalla, puede funcionar de dos maneras: como fantasía de poder o como ideal ético aspiracional. Durante demasiado tiempo, Hollywood y parte de su audiencia se han recreado en lo primero. Ya va siendo hora de reivindicar lo segundo. Si creemos que otro mundo es posible, bien podemos empezar a construirlo desde la ficción.

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9 comentarios

  1. Y otro detalle magnífico de la película es como un personaje crítico, al principio algo descreído pese a estar frente a superhéroes que luchan contra monstruos gigantes, evoluciona y pasa a ser central para salvar al propio Superman, y además en comunidad, siempre tendiendo y buscando la mano de otros personajes con otros recursos. Hablo de Lois, con la que además mantiene dos diálogos que son fantásticos de principio a fin por enfrentar visiones del mundo pesimistas y optimistas, por acabar entendiendo que el optimismo naif de Superman no es infantil, procede de una confianza profunda, de la fe en que la humanidad es y puede ser mucho más que lo que vemos en los informativos.

    Junto a Thunderbolts* y su otra visión de la comunidad como forma de enfrentarse a las enfermedades mentales, el auténtico mal que llena de vacío la sociedad, estamos ante un resurgimiento de los superhéroes que entienden que lo importante no era el poder de turno, era la figura, el símbolo, la moral… Estoy enamorado de nuevo del cine de superhéroes.

  2. Oscar Pérez Martín

    Todo es estupendo, pero luego el único personaje con nombre + rasgos árabes es asesinado a sangre fría en los morros de Superman y tanto Superman como James Gunn se han olvidado de el a los 3 minutos, más o menos. Tiene que ser el perro el que le arree a Luthor la hostia que se merece, porque a lo que parece con el discursito de «por qué no haces el bien» basta para Superman. Es que ni llamar a la policía para que arresten a un asesino a sangre fría, tienen que hacerlo otros por el

  3. Jesus Garcia Aguilar

    Otro pedogunner infantil que necesita de payasadas……

  4. Pedro Murillo

    Esta película es la peor adaptación de Superman que se hecho en toda la historia del cine. Un guión infantil y descuidado, un argumento que se cae a pedazos, un vestuario ridículo, un montaje penoso a base de cortes aquí y allá, un trato que llega a ser vejatorio a Superman, se carga la historia el origen y la mitologia de Kal-El y sin Kal – El No Existe Ni Superman ni Clark. Pero que más da, cae bien James Gun, y habrá que darle un explicación a la mierda de película sin pies ni cabeza que ha hecho. Por cierto, se ha cargado la BSO original de Superman, y tampoco veo que pinta poner como presentación de Supergirl a una borracha. En fin, vergonzoso, pero es lo que hoy gusta, facilito, no pensar, gracietas tontas por doquier y lo «políticamente incorrecto» que aquí es cargarse la mitologia de de Superman.

  5. Pingback: Superman y el heroísmo cotidiano en el siglo XXI - Hemeroteca KillBait

  6. Disiento en todo, película infantilizada, ñoña, con representación de trazo grueso típico de los progres woke, toda la argumentación del artículo es tirada de los pelos y retorcida, una mala película y punto.

  7. Los que hablan de peor adaptación de Superman no han leído un puñetero comic en su vida o andan tan perdidos en la defensa del Snyderverse que no son capaces de reconocer la realidad, y que esta versión de Superman, tan válida como la anterior, esta sólidamente inspirada y respaldada por tebeos de tanta calidad como All Star Superman, Las 4 estaciones, el primer John Byrne de Man of Steel, Birthright o Kingdom Come. Una visión optimista, enfrentada a la violencia y al dark and gritty noventero. Supergirl borracha avanza la adaptación de la estupenda miniserie de Supergirl, la mujer del mañana, de Tom King. La única pega que le pongo es que Krypto siempre ha sido el perro de Superman. Supergirl tenía a Streaky, el supergato.

  8. El horror, el horror…

  9. Yo, personalmente, prefiero los héroes adultos y sombríos del director de 300, pero es solo mi opción. Este Superman me recuerda demasiado al aniñado Shazam (2019) cuya segunda parte ni me apeteció ver. La película por momentos resulta simpática, pero argumentalmente es un desastre absoluto.

    Lex Luthor tiene el modo y manera de matar a Superman 20 veces (que tiene acceso a kriptonita, redios!!) pero se pasa todo el tiempo dando instrucciones y órdenes a un puñado de extras random que no pintan un pimiento.

    Sí que hay más profundidad de la que aparenta más allá del blockbuster. Igual hay que buscar a propósito el significado o la analogía en lugar de encontrártelos de frente ¿Es el líder de esa nación invasora y cruce entre Putin y Netanyahu? Quien sabe. Aunque no deja de ser infantil el retrato del país invadido, recibiendo a los blindados invasores con cuchillos y palos. La virgen, si hasta la más subdesarrollada república bananera tiene fuerzas armadas, por precarias que sean.

    En otro orden de cosas, y aunque me costó reconocerla, fue un gustazo encontrarme con Engineer, el personaje de The Authority, aquí convertida en sicario de Lex Luthor. Expandir el universo DC en esa dirección me hace mojar los calzoncillos, aunque no creo que James Gunn sea el indicado para retratar un cómic tan violento y con tanto subtexto. Pero ver a The Authority en imagen real sería la repanocha, siempre que respetaran su esencia.

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