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¿Por qué 綠之歌 es lo mejor que puedes leer este año? La canción de Midori y El derecho a las cosas bellas

Midori no Uta – Colección de Brisas – Vol. I / 2022 / Locus Publishing © Gao Yan 2022 / KADOKAWA CORPORATION

Paseando por el camino que lleva a las afueras de la ciudad…
…vi un tren que se abría paso entre la niebla y su oscuridad.
Iba de camino al mar.
Y solo me apetece…
…cosechar el viento y echarme a volar, volar, volar.
Volar a través del inmenso cielo azul…
El cielo azul…

(Kaze wo atsumete. Happy end)

Lu vive en Taipéi, tiene casi veintidós años y está cansada. Desde que escuchó por azar «Kaze wo Atsumete», un tema de los años 70 del grupo japonés Happy End al que pertenecía Haruomi Hosono, Lu arrastra una obsesión silenciosa, una especie de fascinación persistente que la lleva a buscar en cada sonido, en cada paseo, en cada objeto viejo, algo que le devuelva la misma quietud extraña que sintió al oír por primera vez aquella canción. Guiada por los acordes que le zumban en el pecho y no se apagan, Lu viaja a Tokio decidida a conseguir una copia de Kazemachi Roman, el álbum de Happy End que contiene esa canción. Gao Yan, la autora de Midori no Uta, no necesita grandes gestos para contar lo que cuenta: hay una chica, hay un discman y una bonita historia de amor en el aire. Midori no Uta no tiene prisa. Como la música que Lu escucha, como sus paseos por la playa, como la preciosa relación que establece con Nan Jun, el manga entero está dibujado desde la ternura de lo innecesario. No hay tramas complicadas, no hay giros inesperados. Solo hay una forma de estar en el mundo que se parece mucho a una forma de querer.

Lu no se rebela contra nada, pero tampoco se rinde. Simplemente, elige otra frecuencia. En un mundo que insiste en el ahora, ella elige lo que tarda. Casi sin quererlo, encarna lo que Juan Evaristo Valls llamaría una vida jubilada antes de tiempo: esa que se permite hacer las cosas bien, aunque se tarde más, esa que se adorna sin justificación. La estética de Gao Yan está llena de silencios. No como ausencia, sino como espacio. Hay miradas que duran más de una viñeta, habitaciones dibujadas con una precisión que invita a entrar, lluvia que cae mientras la protagonista no hace nada más. Esa nada, en el mundo de Lu, es suficiente. Y eso, en sí mismo, es una afirmación. Leer Midori no Uta es como entrar en una habitación de las novelas de Murakami, hay un disco girando, alguien cocina algo sencillo, cae una lluvia fina tras la ventana y nadie tiene prisa por explicar lo que siente. Gao Yan no escribe manifiestos, pero su historia se alinea con esa misma melancolía sin drama, con esa belleza que no se busca: simplemente aparece, cuando una ha aprendido a estar en silencio y a mirar despacio.

Happy End, con Haruomi Hosono, Eiichi Ohtaki, Takashi Matsumoto y Shigeru Suzuki. Fotografía: Mike Nogami.

La herencia de un naufragio

El abuelo de Haruomi Hosono se llamaba Masabumi y fue el único japonés que sobrevivió al hundimiento del Titanic. Volvió a su país con una historia que nadie quería escuchar. Le reprocharon haber salvado la vida, como si el gesto de subirse a un bote hubiera sido una traición a la estética del sacrificio. Hosono nunca habló mucho de él, pero todo en su música parece responder, a su manera, a esa herida silenciosa: lo que merece ser conservado no es la heroicidad, sino lo leve, lo frágil, lo que sobrevive sin hacer ruido. Desde sus inicios en Happy End hasta sus más recientes discos en solitario, la carrera de Hosono se ha movido por los márgenes del tiempo. No por nostalgia, sino por una decisión profunda: crear espacios donde lo bello no tuviera que justificarse. Mientras otros buscaban el futuro en sintetizadores agresivos, él prefería los discos de 78rpm, las grabaciones de salones hawaianos, las baladas de country con acento japonés. Lo suyo no era la vanguardia ni la tradición, sino la escucha.

Quizás por eso Haruomi Hosono nunca se ha dejado domesticar por su fama. Cuando el mundo lo celebraba como pionero del technopop con Yellow Magic Orchestra, él ya estaba en otra parte, explorando grabaciones de la Segunda Guerra Mundial o componiendo piezas que parecían salidas de una radio polvorienta. Su música no pretende estar al día, sino hacer que el día se detenga. Escuchar un disco suyo es como entrar en una casa sin reloj: uno se sienta, deja el teléfono lejos, y se permite estar. Hay algo profundamente íntimo en la forma en que Hosono habita el sonido. No busca impacto, sino vibración. No ofrece respuestas, sino atmósferas. Su música no nos dice qué pensar, nos invita a quedarnos. En esa quietud, en esa demora, en ese ritmo suyo que no es el de nadie, hay algo parecido a un derecho: el de dejar de correr.

Fisuras

En Midori no Uta, Nan Jun introduce una imagen sutil y poderosa: habla de los silencios que se abren dentro de una canción, especialmente en el post-rock, y los llama «fisuras». No los nombra como pausas ni como cortes, sino como rendijas por donde algo —una emoción, una espera, una presencia— se cuela. Una fisura no es una rotura; es una abertura. En la estructura de una canción, especialmente en aquellas que se construyen como paisaje sonoro más que como relato, esos silencios no son vacíos, son respiraciones. La música no se detiene: toma aire. La tensión no se rompe: se sostiene. Escuchar ese tipo de música es, de algún modo, aprender a experimentar con lo que no suena. Nan Jun lo explica sin grandilocuencia. Dice que mucha gente no se da cuenta de esos intervalos, que a veces duran más de diez o incluso veinte segundos. Que pueden parecer finales, pero no lo son.

Esa observación encierra algo mayor: para notar una fisura hay que estar presente. Hay que estar ahí. No solo oyendo, sino escuchando. Esa sensibilidad —la de quien presta atención a lo leve— recorre todo el manga. Lu, la protagonista, no es alguien que se apure por entender. Ella mira, escucha, recoge cosas que otros dejarían pasar. Y en esos gestos se abre algo parecido a una poética: una manera de estar en el mundo a través de lo que apenas se dice, lo que apenas se oye. Las fisuras, así entendidas, no son momentos de espera sino lugares de sentido. Como esos paréntesis que alguien deja al hablar porque lo que viene necesita otro ritmo. O como esas pausas en las conversaciones íntimas en las que no hay nada que decir, y sin embargo todo se comprende. No son fallos. Son espacio. Hay cosas que no se oyen pero se quedan dentro. Que el silencio, cuando es elegido, puede tocar más hondo que cualquier nota. Que tal vez lo verdaderamente bello no se deja oír, se escucha desde otro lugar.

Hominimia

Lin Lü se llama así: 林綠. Lin, el apellido, se escribe con el carácter chino de bosque» (林), compuesto por dos árboles. Lǜ, su nombre de pila, significa «verde» (綠). Cuando lo dice en voz alta, parece solo un dato más: una presentación educada, una forma de situarse. Pero ese nombre, tan sencillo, tan botánico, activa una coincidencia que no es casual. Nan Jun le explica que se escribe igual que Midori Kobayashi, la chica de Tokio Blues. Y es cierto. Midori Kobayashi se escribe en japonés como 小林緑. El apellido, 小林 (Kobayashi), significa literalmente «pequeño bosque» —el mismo 林 que lleva Lin—, y su nombre, 緑 (Midori), es también «verde». Cambia la pronunciación, cambia la escritura ligeramente según si se usa chino tradicional o kanji japonés, pero el fondo es el mismo. Verde y bosque. Dos caracteres que remiten a la naturaleza y que, juntos, construyen un nombre delicado, melancólico, lleno de vegetación interior.

La coincidencia no es solo lingüística: es atmosférica. Ambas mujeres —Lin Lü y Midori Kobayashi— viven en el interior de una sensibilidad parecida. Calladas, atentas, receptivas, marcadas por una suerte de extranjería suave. No buscan protagonismo, pero su presencia altera el espacio. En Tokio Blues, Midori encarna una forma de candor que se filtra sin forzar. En Midori no Uta, Lin Lü hace lo mismo: camina por el borde, escucha más que habla, recoge restos de música, de imágenes, de tiempo lento. Que ambas compartan caracteres no es un capricho de guion. Es una forma de tender puentes entre lenguas y entre mundos. De decir que algo de lo japonés vive en lo taiwanés. Y que la belleza —la que crece como un arbusto silencioso— no entiende de fronteras. Puede escribirse 緑 o 綠, Kobayashi o Lü, pero en el fondo es la misma pulsación: verde, vegetal, tenue. Un nombre que no grita, pero que deja eco.

Paseo por los callejones de Taiwán: 50 % de probabilidad de lluvia / Photoshop / 2020. Gao Yan

Elegir otros objetos, otros ritmos

Los jóvenes que hoy rebuscan en mercadillos buscando cámaras analógicas no lo hacen solo por estética. Hay algo más en el gesto de cargar un carrete, de esperar el revelado, de no saber si la foto salió bien. Lo mismo ocurre con quien escucha discos en un discman de segunda mano, o quien colecciona cassettes, o quien vuelve a escribir cartas. No es nostalgia: es tacto. En una época de disponibilidad constante, de velocidad exigida, de contenidos infinitos, cada objeto analógico es una forma de marcar el límite. No estar online es, para muchos, el nuevo lujo. Esperar, fallar, repetir, mirar con atención: todo eso se ha vuelto subversivo. En una esquina de la ciudad, alguien baila un tema de los 90 sin cobertura y sin subirlo a ningún lado. En otra, alguien subraya un libro de segunda mano. En otra, alguien se queda mirando la lluvia sin hacer un reel para Tiktok.

No es que rechacen lo digital. Lo habitan, lo conocen. Pero eligen salir, de vez en cuando. Y al hacerlo, están ensayando una manera de vivir que no busca ser mostrada, sino vivida. Una forma de belleza que no se mide en likes, sino en pausas. Lo bello, para esta generación, no es una tendencia: es una necesidad. No por capricho, sino por salud. En medio de la ansiedad generalizada, de la prisa sin fin, de la productividad como única medida del valor, elegir la lentitud es una forma de cuidar(se). De habitar el mundo sin que el mundo te trague.

El derecho a las cosas bellas

Juan Evaristo Valls Boix escribió El derecho a las cosas bellas como quien deja un farol en mitad de la niebla. No da respuestas, no hace diagnósticos, pero ofrece algo más difícil: permiso. El permiso de no correr, de no rendir, de no estar siempre disponible. El derecho a demorarse. En sus páginas, la pereza no es vagancia, sino sabiduría. El adorno no es exceso, sino gesto político. Lo bello no es decorativo, sino esencial. Es un ensayo que se lee como si alguien te dijera: puedes aflojar. Puedes mirar el cielo sin medir pasos. Puedes cocinar algo sin subirlo a instagram. Puedes leer sin culpa.

Hay en el texto de Valls una sensibilidad furiosa. Como si supiera que estamos cansados, saturados, quemados, pero que aún queda algo por salvar. Y eso que queda no es una gran revolución, sino una forma de estar. Una manera de transitar el tiempo sin que el tiempo nos devore. Su defensa de la belleza no es teórica. Es concreta, diaria, amable. Es la defensa de una vida con huecos, con sombra, con detalles. Una vida donde se pueda volver a escribir a mano, a escuchar discos completos, a pasear sin GPS. Una vida donde mirar una flor no sea perder el tiempo, sino empezar a recuperarlo.

Quizás por eso su libro conecta con tantos jóvenes, con lectores de Midori no Uta, con quienes escuchan a Hosono mientras leen un manga. Porque todos ellos, de distintas maneras, están diciendo lo mismo: que no queremos una vida que solo sea eficiente. Que merecemos algo más. Que la belleza, cuando es compartida, lenta y gratuita, no es un lujo: es un refugio.

 


La canción de Midori (Milky way ediciones, 2025)

El derecho a las cosas bellas (Ariel, 2025)

Haruomi Hosono y Happy end

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2 Comentarios

  1. Resiliencia, como en Perfect Days, de Wenders. Gracias Hipólito.

  2. Bello texto. No he leído nunca un manga. Este artículo me anima a hacerlo.

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