
Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral nº 51 especial Fuego, ya disponible aquí.
Woodstock 1969 fue uno de los grandes sucesos de la segunda mitad del siglo pasado en Estados Unidos. Cuenta Thomas Frank en La conquista de lo cool que los 60 representaron una ruptura crucial o «discontinuidad» dentro de la historia de la nación. Y fue así: en los 60 parecía que había alternativa para el cambio. Esa era la opinión predominante entre la sociedad. La contracultura surgió en un contexto en el que la utopía colectiva, espoleada por la cultura de masas, estaba rompiendo, poco a poco, con la cultura de los años 50: átona, mecánica y uniforme. Era un movimiento que encajaba a la perfección con los ideales estadounidenses, como los de libertad o creatividad. Sus héroes fueron estrellas de rock y celebridades rebeldes, actores millonarios y trabajadores de la industria de la cultura. Los momentos más brillantes de este movimiento tuvieron lugar en la televisión, la radio, los conciertos de rock y la gran pantalla. Desde los 80 hasta la actualidad, su lenguaje y su música parecen justamente lo contrario de aquella cultura popular que tan fervientemente aspiraban a ser.
El espíritu de Woodstock resucitó en forma de revival con las ediciones de 1994 y 1999. La de 1999 fue, sin duda, la más mediática. ¿Qué salió mal? Todo. Los organizadores decidieron mantener el festival en el estado de Nueva York, pero moviéndolo a la base aérea Griffis, un recinto que las Fuerzas Armadas cerraron cinco años antes de la celebración del festival, para convertirlo en un parque empresarial y tecnológico. La decisión parecía que tenía sentido en un comienzo, ya que la granja de Winston —que fue el lugar elegido por los organizadores del evento— se quedó corta para albergar a las más de 350 000 personas que asistieron al festival. Pero las cosas se empezaron a complicar cuando los servicios meteorológicos del estado alertaron de una ola de calor para el fin de semana en que se celebraría el festival. La temperatura estimada era de más de 38°C al sol. La organización no tuvo en cuenta este suceso, ubicando el recinto del festival en una zona en la que apenas había zonas verdes. Buscar un poco de sombra se convertiría en misión imposible para los asistentes. Sería jodido sobrevivir allí. Además, tampoco había gestión de residuos.
El festival se convertiría en un cruce entre El señor de las moscas y El juego del calamar.
Conseguir váteres portátiles también fue misión imposible, puesto que la gran mayoría no tenían agua potable. Las heces se habían mezclado con el agua, creando una atmósfera fétida en el camping. Los ánimos estaban caldeados. ¿La música los aplacaría?
No.
Las violaciones fueron un ejemplo de ello. La violencia hizo su aparición como posibilidad antisocial en ese «todos contra todos» en que se convirtió el festival. Lo que hacía falta era algo o alguien que hiciera prender la mecha. Woodstock 99 necesitaba un chamán. En la edición de 1969, ese papel lo interpretó Jimi Hendrix cantando el himno estadounidense; en la de 1999 ese chamán iba a ser, contra todo pronóstico, Fred Durst, cantante de Limp Bizkit: no era el que todos esperaban, pero sí el que todos se merecían. Fred Durst no era el tío más querido por la industria. Pero vendía demasiados discos, y por eso se le consentía todo. Era uno de los niños bonitos de la MTV. Tenía el mismo humor estúpido que los personajes de las películas de Kevin Smith, había tenido peleas con Eminem, Eddie Van Halen y Jonathan Davis, el vocalista de Korn, además de sus polémicas con raperos negros por apropiarse de los códigos culturales de la cultura del hip hop. Pero fue, quizás, el que mejor entendió la posición del rebelde contracultural en aquel evento, haciendo de esta actitud una posición «estética», alejada de toda pretensión ética y política. Fred Durst quería que todo ardiera. Sabía lo de las violaciones y lo de los altercados. El público estaba encantado con el cariz que estaba tomando el concierto; necesitaba dar rienda suelta a sus bajas pasiones. El festival era un videojuego de mundo abierto en el que cada uno de los asistentes podría interactuar con su entorno, modificándolo a su imagen y semejanza. Mostraba coherencia con la atmósfera que se respiraba allí.
La experiencia chamánica es, por naturaleza, profundamente vivencial y subjetiva. El chamán maneja el discurso: es el encargado de trazar los límites de lo que se puede hacer y lo que no. Conoce las palabras, sus significados e interpretaciones. También sabe el poder que puede tener el fuego en toda experiencia comunitaria. Mónica Ojeda, en Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, escribe acerca de la función de la música y del fuego como un encuentro posible entre los miembros de una comunidad. La tribu de los apaches americanos nos enseñó que el fuego es la constatación de que la naturaleza no es cruel, sino sabia, que es la visión que también apoya la propia Ojeda. Es fuente de vida. La labor del chamán es ardua y peligrosa, debido al extenuante proceso de aprendizaje que ha de recorrer para dominar su labor. Es una formación que parece no tener fin. Y, aunque el chamán conoce el fuego, sabe que puede ser atacado y morir a manos de su comunidad si fracasa en su misión. Con los músicos sucede lo mismo: son los intermediarios entre la naturaleza y las personas; son los expertos encargados de gestionar y preservar las emociones del público. El fuego desnuda a las personas, volviéndolas vulnerables. Te confronta con quien realmente eres. Y eso es lo que se vio en el festival. Magos como Hendrix, Santana o Joplin eran conscientes del poder de las canciones; habían llegado a un punto en el que utilizaron el «fuego» de esa revolución sexual, estética y cultural para enseñarles a esos chicos que había otras alternativas a ese mundo que estaban viviendo. A través de la música, el chamán hace de la canción un poema en tensión, mostrando el reverso de la condición humana. Al mismo tiempo, crea un mundo paralelo, en el que el fuego proporciona los conocimientos para liberarnos de las ataduras de la conciencia. Abrir las puertas de la percepción, como escribió Huxley, requería de cada persona la capacidad de reconocerse a uno mismo como portador de esa llama interior. De abrir las conciencias y de ampliar su mirada hacia los grandes misterios del mundo. El alma, así liberada, lleva a su poseedor de las realidades de la vida cotidiana a un reino maravilloso que también puede ser real. Woodstock 1969 fue un gran éxito por eso, también; en cambio, en la edición de 1999 tenía otra fuerza bien distinta: era para los asistentes un espacio que les permitiera evadirse de la realidad, de sus llagas, de un futuro que no había que tomarse en serio, como decía el propio Fred Durst. La violencia emerge cuando no existen promesas y alternativas: Hannah Arendt escribe en La condición humana que en la masificación de la sociedad se encuentra la soledad, y que la sociedad de masas excluye la interacción entre personas. Toda relación se da siempre a través de un evento entre medias, por lo que la relación acontece con la sociedad, no entre personas. Las personas son seres condicionados que se comportan, no hacen vida activa. Y esto destruye el significado. La vida pública cambia según lo que se haga en ella. La violencia de Woodstock se explica, en gran parte, gracias a estos sucesos.
El fuego nos da esa medida cíclica del tiempo, que fluye y refluye alrededor de los cuerpos. Y también del acontecimiento. Es el origen de todas las cosas. Pero las hogueras de Woodstock eran como si la ley moral fuera un invento del género humano para privar de sus derechos al débil. Fred Durst utilizó ese fuego para coreografiar ese caos, que se convirtió en una poderosa metáfora de un nihilismo —como el actual— que no busca oponerse al orden existente, sino integrarse en el vacío del mundo. La victoria del bloque liberal en la Guerra Fría acabó con toda tentativa revolucionaria. El experimento histórico del socialismo se encontraba tan arraigado en la izquierda occidental que su derrota la dejó en fuera de juego. Eran conscientes de que al otro lado no se encontraba el paraíso; pero la simple existencia de otro mundo distinto mantuvo viva la llama de la esperanza. Sin embargo, Woodstock 99 nos mostró que el desencanto triunfa cuando la llama revolucionaria se apaga. Cuando esto sucede, solo quedan los cínicos que se reapropian del significado de las palabras; de los hechos y de sus interpretaciones. El cínico actual no quiere ser creíble, sino mordaz. Fred Durst es un músico que hizo de la lucha contra «lo establecido» una manera de acomodarse dentro del sistema. Ni siquiera a él mismo su perversa mirada se le manifiesta como un defecto personal o como un capricho amoral del que deba tomar conciencia. De una manera instintiva, no concebía lo que estaba haciendo en Woodstock como algo que fuera responsabilidad suya, no: participaba, a su modo de ver, en algo colectivo, inevitable, como la destrucción y la barbarie. Era un acto de rechazo radical hacia el espíritu del festival, también de su legado. Los cínicos, como los violentos, sabían perfectamente lo que estaban haciendo: todo agitador intuye que si no es él quien agita la bandera, será el otro quien tome su posición y quien lo desplace en la foto. De esta manera, el cínico actual pretende ser víctima, cuando en realidad es verdugo. Bajo la mentira, vacía de significado todo lo sagrado.
El rebelde contracultural reproducía lo que en esencia era la matriz de su crítica: el mercado; Woodstock 99 —como metáfora del capitalismo— era lo que queda en pie cuando las creencias han muerto, y de las ruinas del pasado, solo quedan consumidores que caminan a tientas entre sus restos, como los arqueólogos cuando buscan los restos de una civilización perdida. El chamanismo como posibilidad comunitaria había desaparecido; ahora solo quedaban los telepredicadores que, como Durst, alzaban de manera triunfante su puño en señal de victoria, celebrando la poética de la destrucción, despojando al fuego de cualquier vínculo social.
La edición de 1969 fue la culminación del «sueño californiano» de la contracultura. Pero, además de eso, también supuso una nueva mutación del capitalismo: varios grupos de jóvenes californianos empezaron a apartarse del sistema racionalizado de empleo y a crear sus propias esferas de estatus. En todos los casos se esmeraron por crear nuevas modas, prendas que significaran un rol y simbolizaran sus nuevos estilos de vida. Estos fueron los beats, las pandillas de motociclistas, los muchachos automovilistas y, más recientemente, los rockeros, los surfistas y, por supuesto, los hippies. Al diablo con los trabajos que tenían o podían tener. Querían tener un status distinto al de sus padres, como escribe Tom Wolfe: «Querían roles, como Rebeldes, Artistas, Poetas, Místicos, Tigres del Motor de Combustión Interna, Monjes del Mar, cualquier cosa que fuera dramática, excitante, no poderosa, ni útil, ni eficiente (…)». El fuego en aquella época era el cambio colectivo. La rebelión contra la burocracia. Sin embargo, toda burocracia no solo procede del Estado, sino que también ha sido asumido gerencialmente por el propio sistema capitalista. El festival de Woodstock de 1999, a diferencia del de la edición de 1969, mostraba el nihilismo de nuestro tiempo.
De las brasas de la revolución pasamos al nihilismo de las ilusiones perdidas. Aquel evento puso de manifiesto, como mostraron Limp Bizkit, que ya nada importaba: solo estar en el momento presente. Abandonarse a cualquier idea de redención. Platón se había transformado en su intento de llevar la república a Siracusa; pero Durst quería ser como Charles Manson incitando a los miembros de la Familia a que sembrasen el caos en las mansiones de Beverly Hills. Toda secta necesita un chamán; todo líder necesita el fuego. Durst, con mucha parsimonia, cogía el micro y cantaba; luego lo dejaba para decirles algunas palabras al público. Para ese momento, el recinto era una densa roca magnética que no paraba de escupir gente hacia el suelo. Los helicópteros de la policía sobrevolaban la zona de manera rutinaria. Las tiendas de campaña estaban llenas de mierda; el agua contaminada debido a las heces. La tierra también estaba quemada. Parecía una Acrópolis funesta.
Woodstock sí fue ese sitio en 1969, pero no en 1999.
Los festivales, actualmente, solo pueden acudir a los archivos de la memoria de los otros para poder construir su propia historia.








Lo que más me sorprendió viendo el documental sobre éste festival es que siendo un festival de rock con tantos miles de personas es no ver ni una sola persona con look rockero; todos son los típicos jóvenes americanos universitarios o preuniversitarios de gorra de béisbol y bermudas. Una especie de cabezas huecas que van a colocarse y armarla sin importar demasiado quién esté sobre el escenario, cómo si estuvieran en un «spring break» o una fiesta de fraternidad universitaria.
Lo que está claro es que todo eso que parece que significó tanto en su momento para tanta gente, ahora mismo importa una mierda. ¡No somos nada!
mmmmmmcreo están sobrevalorando aquel fenómeno masivo de jóvenes gringos que a fin de cuentas pudieron salvarse porque considero que tal evento fue rescatado por una pléyade de músicos que «prendieron» las conciencias más allá del caos con todo y sus vacíos.
Yo estuve allí señores y ,el autor de este artículo ha comprado la versión del organizador en cuanto a la figura de Fred.Es cierto que las condiciones clumaticas,el alto precio de todo,la suciedad … contribuyeron.tambien el momento en el que se encontraba la sociedad,en este caso los jovenes norteamericanos.Pero como aportación le recuerdo al periodista que a los RHCP no se les ocurrió mejor idea que tocar «fire» de JH, canción con la que suelen cerrar justo en el momento que ya había incendios y todo estaba a punto de desbocarse,muy oportuna la canción