Arte Arte y Letras

Antonio Menchón: puente de piedra, fuego y memoria

Antonio Menchón

Aunque vive entre España y México, Antonio Menchón (Murcia, 1973) no se declara de ninguna parte. «Yo no llegué a México a conquistar —dice—. Llegué a rendirme». Entre San Miguel de Allende y Querétaro ha encontrado algo más que paisajes. Es allí donde confecciona sus catrinas, una reescritura del icónico personaje cadavérico del folclore mexicano, especialmente asociado con el Día de Muertos. A lo largo de esta conversación, Antonio habla de México como quien habla de una herida que también es hogar. Y de la muerte como impulso creativo. No hay estridencia en sus palabras, pero sí un temblor. Uno que permanece.

¿Qué te encontró primero: México como lugar físico o México como mito?

Me topé primero con el mito. Descubrí un torrente de símbolos, leyendas y colores en libros, museos y sueños. Ese México mítico me sedujo con su fuerza mágica y me impulsó a buscarlo. Cuando lo encontré, no me decepcionó. Al contrario, lo real superó mis expectativas.

Cuando caminas por las calles de San Miguel de Allende, ¿qué es lo que más te habla: las piedras, los colores, los fantasmas?

Todo. San Miguel condensa la esencia de México: luz y color, tradición y leyenda, hospitalidad y calidez. Esta fusión de sabores y ritos te envuelve por completo y deja una marca imborrable en el corazón. Es un sitio que vibra desde el subsuelo.

¿Sientes que un extranjero en México está condenado a ser espectador o que el arte permite habitar, pertenecer?

Nunca me conformé con ser espectador. Llegué para dialogar con esta tierra inmensa y generosa. Vine a quedarme, aunque esté aquí y allá, a miles de kilómetros. México no exige raíces para ofrecer cobijo. El arte —como el fuego, la piedra o el pincel— habla un idioma sin fronteras. Cuando se crea desde la verdad, México te reconoce, te nombra, te adopta.

¿Qué representa para ti trabajar entre dos culturas, España y México, tan cargadas de historia y simbolismo?

Es un péndulo vital. Oscilo entre la luz mediterránea y la profundidad simbólica de México. Ambas tierras se nutren una a la otra en mí. Habitar sus culturas es como pintar un gran mural de herencias entrelazadas. Cada trazo es eco y puente entre dos memorias que, lejos de oponerse, se abrazan.

Antonio Menchón

Hablar con Antonio Menchón sobre la muerte es, curiosamente, hablar sobre lo que persiste. En su mirada —atenta, pausada, casi ceremonial— hay una claridad que no se impone, sino que observa. En algún momento de nuestra conversación, la palabra «catrina» aparece, y con ella, una presencia. «La catrina me encontró a mí —dice—. Me enseñó que todo está vivo mientras es recordado. Que la muerte, en México, no es el final, sino el umbral».

Pintar a la catrina no fue dibujar un rostro: fue trazar un ciclo, entender que el tiempo no es una línea recta, sino un círculo ritual que gira entre el amor y la pérdida. «Me enseñó a amar sin miedo, a perder sin desaparecer, a pintar el tiempo como un ciclo.» Su voz se serena al decirlo, como si esa lección le hubiera devuelto un lugar: «La muerte, lejos de anular, revela la intensidad de la vida.»

En sus palabras, la muerte no es ausencia sino tránsito; no es interrupción, sino intensidad. Pintarla, dice, fue como aprender otro idioma. «Me enseñó a amar sin miedo, a perder sin desaparecer. Me enseñó que la muerte, lejos de anular, revela la vida».

¿Y qué sucede con esa percepción cuando la llevas al arte?

Te cambia profundamente. El silencio y la soledad ante el lienzo te invitan a reflexionar.

¿Recuerdas qué fue lo primero que te atrapó del Día de Muertos y su imaginario?

Su valentía poética. Ver cómo el pueblo convoca a sus difuntos con máscaras de calavera, flores y ofrendas fue para mí un acto de audacia existencial: convertir el duelo en fiesta, la ausencia en presencia. Es algo único en el mundo.

¿Cómo llevas toda esa carga emocional a tu obra?

Escucho más que pinto. Dejo que los materiales hablen primero.

Dice que la piedra, especialmente, es un tiempo que espera. Un cuerpo que ha visto pasar siglos y que guarda una emoción latente.

La piedra lleva dentro un tiempo lento, una espera de siglos. Solo hay que descubrir la emoción que ya duerme en ella y despertarla con respeto.

Hablar de su serie Catrinas México no es hablar de una técnica, sino de una postura frente a la vida y la muerte. En sus manos, la catrina no es una figura decorativa. Es rito, cuerpo, tránsito.

Su serie Catrinas México no es solo una galería de rostros, sino un acto de traducción emocional. Entre las manos de Antonio, la catrina deja de ser folclor para convertirse en rito. No es solo una calavera vestida: es un cuerpo que carga memoria, una belleza que no niega la muerte, sino que la nombra.

¿Cómo describirías tu fuego interior como artista?

Es ambos. Llama que consume y luz que ilumina. Consume las certezas, las comodidades, las zonas seguras. Pero al hacerlo, ilumina el camino que todavía no ves.

¿Dónde trazas el límite entre la pasión y el desgaste?

En la escucha atenta de uno mismo. Es una línea delgada. La familia te ayuda a aferrarte al lado correcto de esa línea. Existe un riesgo, yo lo veo y lo siento. Pero no puedes perder el pulso de tu pasión. Corres el riesgo de que tu taller deje de ser refugio y se vuelva jaula. Ahí el fuego dejaría de servirte y comenzaría a devorarte.

Has estado en México. Has visto muchos fuegos: reales, simbólicos. ¿Cuál es el más poderoso?

El del corazón humano, sin duda. Todo México es corazón ardiente, con mayúsculas.

¿Existe un vínculo entre los artistas de España y México?

Sí. Un idioma que no se articula, pero se siente. Está en el uso de la luz, en el respeto por la materia, en la conciencia del pasado. En México se vive el arte.

Entre la herida, el mestizaje y el reencuentro, ¿qué elemento de la historia común entre ambos países te ha marcado más?

El mestizaje, sin duda. Es creación. Es la belleza nacida del cruce, de la mezcla. Es una forma de renacer, de extraer belleza del choque de mundos. La herida, aunque real en otros contextos, no ha marcado mi camino personal. No digo que no exista, pero muchas veces responde más a intereses de terceros.

Si pudieras pintar un solo cuadro que simbolice este puente cultural, ¿qué incluirías?

Tal vez no se trate de figuras, sino de texturas, símbolos, silencios compartidos. No se trata de representar, sino de convocar. Como si cada trazo fuera una palabra que no necesita decirse, pero que queda grabada. Como si el verdadero puente no se viera, pero se cruzara cada vez que una obra se crea entre dos orillas.

¿Qué significa para ti pintar sobre piedra?

Pintar sobre piedra es como susurrar a un ancestro.

Antonio Menchón

Antonio Menchón no la concibe como una superficie más. La piedra, en su taller, no es solo soporte: es interlocutora. Tiene historia, voz propia, ritmo. Le pregunto cómo se relaciona con esa antigüedad, con ese tiempo geológico que parece ajeno al pulso del arte contemporáneo.

—Con humildad —responde—. No llego a imponer una imagen, llego a preguntarle qué recuerda y qué quiere que le pinte. La piedra manda, la pintura se adapta a ella. Es un diálogo donde el silencio pesa tanto como la forma. De hecho, nunca pinto toda la superficie. Siempre dejo a la vista gran parte de la piedra, con sus matices, vetas y cicatrices milenarias, para que pueda respirar.

Lo dice sin alardes, pero con firmeza. Esa actitud de escucha ha sido constante en su trabajo. No busca transformar la materia, sino entenderla.

Quiero que sea una obra de arte en la que participemos a partes iguales la naturaleza y yo.

En esa relación, el arte se convierte en una conversación. Le menciono el linaje primitivo que eso sugiere. ¿Es consciente de que pintar sobre piedra es volver al primer gesto del ser humano?

Claro. La piedra fue el primer lienzo del ser humano. En las cavernas, en los muros arcaicos. Allí nació la necesidad de contar, de dejar huella, de conjurar el tiempo con un trazo.

En su serie Art on Stone, Menchón no sólo interviene un material: reactiva una forma ancestral de mirar. Sus figuras grabadas no son solo imágenes, sino rituales. Cada pieza remite a un tiempo que no está en los relojes, sino en las capas del suelo.

Sé que mis obras sobre piedra me sobrevivirán de forma distinta a las que pinto sobre lienzo —afirma—. La piedra tiene su propio ritmo. Su propia paciencia. Su propio pacto con la eternidad.

Has pintado tanto al rey Felipe VI como a las catrinas mexicanas. ¿Qué te une a esos dos extremos?

Los une la condición de íconos. Uno quizá representa el poder terrenal; la otra, el poder universal de la muerte. Los separa la actitud. El rey es serena rectitud y templanza; la Catrina sonríe con insolencia, como quien sabe que todo es pasajero.

¿En ese contraste encontraste un aprendizaje?

Pintar a un monarca es pintar una institución. Pintar a una catrina es pintar un destino. Pero en ambos casos busco lo mismo: el rostro, la mirada… lo que habla de humanidad. En el fondo, siempre busco la esencia del alma, la vulnerabilidad humana. En el caso del rey, recuerdo haber recibido un gesto de confianza que me marcó. Su confianza me permitió plasmar no solo la corona, sino al hombre que la porta. Con Rafa Nadal, el desafío fue distinto.

Quería que la pintura emergiera del lienzo con el mismo ímpetu que él lo hace en la cancha. Tiene una determinación y una tensión que se puede cortar, pero en lo más profundo de su mirada está la vulnerabilidad del hombre ante el miedo a no lograrlo. Eso lo hace imbatible… y humano a la vez. Mi reto fue plasmar esa dualidad.

Antonio Menchón

Le pregunto si enfrentarse a figuras públicas exige una vigilancia del ego.  Sonríe brevemente. El ego siempre es un peligro que acecha, como un animal salvaje a domar. Si no lo haces, te devora. No solo en el arte, en cualquier faceta de la vida. 

No lo dice como advertencia moral, sino como norma de trabajo.

Debes someterlo al servicio de la obra. El ego no debe salir del taller. Debe quedarse dentro, para imponerte a ti mismo que cada obra sea mejor que la anterior, la mejor que eres capaz de realizar. Tiene que ser un ego invisible, al servicio de la búsqueda de la perfección. Y aunque la perfección no existe, es la única manera de acercarse a ella.

En su estudio, entre retratos de poder y esculturas de ausencia, no hay lugar para la grandilocuencia. Solo para el encuentro: entre la figura pública y el ser humano. Entre la máscara y la mirada que, por un instante, deja de esconderse.

¿Qué se pregunta un artista antes de comenzar una obra?

¿Para qué? ¿Aportaré algo? ¿Haré sentir mejor a alguien? ¿Compartir esta emoción interior mejorará en algo, aunque sea minúsculo, el mundo? Si es así, merecerá la pena. Mis miedos me acompañan cuando creo. El miedo a que mis manos no sean capaces de plasmar lo que tengo en la mente, en el corazón. El miedo a repetirme. Y, sobre todo, que la pasión se apague sin avisar.

¿Qué legado te gustaría dejar?

Más allá de mis obras, me gustaría que se me recuerde por haber escuchado más de lo que hablé, por tender puentes de amistad con sinceridad. Prefiero pecar de confiado que de desconfiado. Aspiro a regalar siempre una palabra justa y un gesto amable. Creo que así se deja una huella verdadera, tan discreta y perdurable como los pigmentos que empleo en mis Art on Stone, inscritos con la firmeza silenciosa de la piedra.

Entonces aparece el silencio. No el incómodo, sino el necesario. Ese que, para él, es parte del proceso.

El silencio no es un vacío —dice—. Es el territorio invisible donde nace la pintura, donde la piedra empieza a hablar. Allí escucho la obra antes de iniciarla. Allí transcurre. En el silencio está la verdad que el ruido no deja oír.

Hay obras que transforman al espectador. Y hay otras, más escasas, que transforman al propio artista.

—Mi primera catrina —recuerda— me enseñó que forma y mito pueden latir al mismo ritmo. Y con mi primer retrato del Rey, entendí algo aún más hondo: que el arte verdadero no retrata el poder, sino que lo humaniza.

Si pudiera escribirle una carta al joven artista que fue, comenzaría con un consejo sencillo:

No corras. Escucha. Mira. Vuelve a escuchar. Respeta el silencio.

Y aunque junto al silencio también se sienta el miedo —el miedo a haber dicho ya todo, a perder la pasión, a no encontrar otra forma de nombrar lo innombrable—, Antonio sigue. Porque, dice, cada trazo suyo nace de la honestidad y del respeto por el arte.

Mis obras, el día que yo ya no pueda explicarlas, seguirán hablando. De alguien que escuchó la piedra, acarició el lienzo y dejó pinceladas sinceras. Un puente breve entre lo que fuimos y lo que aún seremos.

Si tu nombre quedara asociado a una única palabra, ¿cuál querrías que fuera?

Honestidad.

¿Y si tu fuego pudiera encender algo en alguien que jamás haya escuchado tu nombre?

Sueño que mi nombre pueda mostrar que el arte contemporáneo puede ser innovador sin renunciar a la técnica más clásica y depurada. Que mi fuego despierte en quien no me conoce la curiosidad de mirar más allá de lo evidente, de descubrir formas ocultas en el silencio. Que pueda ver que la belleza puede ser un puente entre almas. Que el arte no es un adorno, sino una necesidad. Ojalá encienda en ellos el valor de asombrarse sin temor.

Y con eso termina la conversación. Con la certeza de que cada piedra, cada catrina, cada trazo, es un acto de humanidad. Un puente que no une solo dos tierras, sino dos almas: la suya y la de quien decide mirar.

Antonio Menchón

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. Pingback: Antonio Menchón: el arte como puente entre México y España - Hemeroteca KillBait

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*