Cine y TV

‘¡Oye, Arnold!’: Helga Pataki y el altar del cabeza de balón

¡Oye, Arnold!. Imagen Nickelodeon.
¡Oye, Arnold!. Imagen Nickelodeon.

En los años 90 Craig Bartlett, a la sazón trabajando para Nickelodeon, propone una serie basada en un personaje sobre el cual ya había realizado varios cortos con plastilina, Arnold, un niño soñador de cabeza oblonga y tiesa melena. La serie sigue sus aventuras y las de sus compañeros de clase en la escuela pública 118, sita en un entorno urbano que no tiene nada que ver con las casas con jardín que hasta el más tirado de los habitantes de Springfield posee: en el barrio de Arnold, el espacio de recreo es un bien escaso y se tienen que apañar con la calle, donde los coches interrumpen el juego cada dos por tres, o con solares abandonados que los propios chicos tienen que adecentar.

Arnold es un huérfano que vive con sus abuelos en la casa de huéspedes que estos regentan, que remite al hogar de chiflados de la película de Frank Capra Vive como quieras (You Can’t Take It with You, 1938). Posiblemente para compensar ese ambiente un tanto lunático, Arnold tiene un carácter bastante maduro para sus nueve años y siempre se esfuerza en ver el lado positivo de las cosas. La serie sigue sus aventuras y las de sus compañeros de clase, un surtido variado de personalidades que configuran un microcosmos de las relaciones humanas. A veces estos chiquillos se acercan peligrosamente al modo El señor de las moscas aunque las aguas vuelven a su cauce, ni que sea de manera provisional, al fi nal de cada capítulo. Bartlett confesaría la gran influencia de Charles Schulz en su trabajo, aunque Arnold es bastante más proactivo que Charlie Brown y los adultos de esta serie no son seres incorpóreos de voz ininteligible, sino que habitan el mismo mundo que sus menores y son tan humanos y falibles como ellos. 

La mezcla de humor y corazón se resuelve con bastante acierto en la serie y en ella la crónica de lo cotidiano convive con las fantásticas mitologías del barrio. Pese a que las historias gravitan al rededor del espíritu de ponderación de Arnold, su tono general es tirando a gamberro y es curiosa la desacomplejada recurrencia a la escatología en un segundo plano (algo que no debería extrañarle a nadie habituado a tratar con niños): aquí se acepta con naturalidad la existencia de charcos sucios, manchas de comida, estruendos de inodoro o excrementos de paloma. Hay bajo estas chanzas aptas para niños un subtexto adulto que las hace perfectamente disfrutables para los mayores: se habla, por ejemplo, sobre la adicción (al chocolate) o la homosexualidad (el sensible profesor Simmons), y por supuesto, los abismos de la pasión, y es aquí donde entra en escena la memorable Helga G. Pataki, la gruñona y agresiva némesis de Arnold. 

Helga, el terror unicejo, podría reclamar sin duda honores de coprotagonista de la serie: ella opone al optimismo de Arnold una vitriólica visión de la vida y, pese a su atuendo rosa con lacito, es una chicazo que se resiste bravamente a encajar en los tópicos de la femineidad según Cosmopolitan. De cara al público, Helga es la abusona de la clase a la que nadie se atreve a contrariar, y se dedica mayormente a chinchar al pobre Arnold, a quien dice detestar. Pero bajo esa fachada de corindón, Helga oculta que en realidad está coladita por ese cabeza de balón que es su centro de gravedad permanente, su dios de rubias guedejas, amor que no se atreve a confesar porque tiene pavor a revelar su lado tierno. Por amor, Helga es capaz de cualquier cosa: si Arnold es Romeo en la obra escolar, ella recurrirá a tretas dignas de lady Macbeth para hacerse con el papel de Julieta. Es con Helga enfebrecida cuando la serie alcanza las cumbres del slapstick más desatado. Esa pasión desaforada se debe a que Arnold fue la primera persona que fue amable con ella, allá en preescolar. Soñar con Arnold permite a Helga soportar su vida familiar: los Pataki, en apariencia una sólida familia nuclear, son un clan altamente disfuncional que hace que las obras de Tennessee Williams parezcan La casa de la pradera

Bartlett tenía intención de seguir con un spin-off centrado en las peripecias de una Helga adolescente, que por desgracia se quedarían en el cajón de proyectos archivados de Nickelodeon, aunque a día de hoy, los fans todavía no desesperan de que sus personajes favoritos regresen algún día.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

3 Comentarios

  1. Pingback: Helga Pataki: la compleja relación con Arnold en ‘¡Oye, Arnold!’ - Hemeroteca KillBait

  2. Era un serión increíble, de esas de la factoría Nickelodeon que plantaban cara a la edad de oro de Cartoon Network: Rugrats, CatDog, ¡Aaahhh, Monstruos!, etc.

  3. Carlos Monsivais

    Los «Batidos» de la mama de Helga…

Responder a Cooper Cancel

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*