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Tócala otra vez, Gabinete: un libro revive el mito del rock castizo

El mordaz, pinturero y muy documentado Cómo perdimos Madrid (Ed. Sílex), del periodista musical Carlos H. Vázquez, no es un tratado de sociología, pero su tesis es que el declive de Gabinete Caligari discurrió paralelo a la transformación de Madrid en el final de siglo. Han desaparecido la mayoría de bares, tiendas de discos y salas de conciertos, y solo perviven algunos enclaves mentados en el libro que mantienen el mismo espíritu, como el mercado del Rastro, punto de encuentro de las tribus urbanas heterodoxas, los tendidos de la plaza de Las Ventas, donde los improperios se transmiten de padres a hijos, o el latinizado barrio de Prosperidad, que conserva algo del tejido asociativo que alumbró la explosión creativa de la movida.

Cómo perdimos Madrid, de Carlos H. Vázquez. Imagen: Editorial Sílex. gabinete caligari
Cómo perdimos Madrid, de Carlos H. Vázquez. Imagen: Editorial Sílex.

En una vivienda económica de Prosperidad murió en la navidad de 1986, después de un largo flirteo con la heroína, el saxofonista y colaborador Ulises Montero (uno de lo supermercados de la droga madrileños era el parque de Berlín, escribe en Macarras interseculares el erudito en subculturas urbanas Iñaki Domínguez). Unos meses después, en el pequeño estudio de grabación Doublewtronics, en la misma «Prospe», sus amigos de Gabinete Caligari registraron «Tócala, Uli», un homenaje póstumo que paradójicamente ponía un toque festivo en el melancólico disco Camino Soria. La línea de bajo eléctrico de Ferni Presas partía del frenético ritmo soul de «Town Called Malice», de The Jam, un grupo fetiche para los Gabinete, y la letra, como escribe Edi Clavo en su detallada monografía sobre el álbum, recogía el espíritu de pasodobles como «Marcial, eres el más grande». Esta visión castiza del personaje, que no de la persona, no fue del agrado de los biógrafos españoles de Paul Weller, el líder de The Jam, que imbuidos de purismo mod denostan que la «pieza cayera en las grasientas manos de quienes tienen una concepción prehistórica del pop. Un pop de embutidos, de palillo en la boca y de copa de coñac» (unas páginas más adelante evocan una juerga madrileña del esteta Paul Weller pegándose un resopón de empanada y fabada asturiana, eso sí, servida con tenedor). El sonido logrado por el productor Jesús N. Gómez era limpio, contundente y con un sádico y agónico crescendo final.

Hay otros ausentes en el magnífico relato coral de Carlos H. Vázquez —la muerte del guitar hero Enrique Bastante es algo posterior a la encuesta—, pero el más importante está vivito y coleando; es el productor Jesús Nicolás Gómez, operado a corazón abierto en 2017, aquejado de problemas familiares y a menudo reacio a explayarse. Acosado desde joven por la agorafobia, una enfermedad que induce al sedentarismo y que a él le estimuló a adentrarse en las técnicas de grabación, se fogueó con el productor estrella Julián Ruiz y supo manejarse con mano izquierda con las revoltosas bandas nuevaoleras. Su nombre aparece ya como ingeniero en los singles de la etapa «siniestra« de Gabinete Caligari y en el LP de debut, Que Dios reparta suerte, y como productor contribuyó con unos envolventes arreglos de guitarra eléctrica y fliscorno a la magia de «Cuatro rosas» (1984), la canción que bautizaba el primer disco de oro de una compañía independiente (DRO).

Los medios de comunicación convencionales presentían que «lo moderno» estaba de moda (el autor cita un suplemento «gamberro» de ABC en el que Jaime Urrutia y sus camaradas fueron invitados a escribir) y en el magazine de fin de semana de la anquilosada Radio Nacional de onda media, que allá por 1985 conducía el locutor «enrollado» Manolo Ferreras, sonaba la intro de «Cuatro rosas» como sintonía y la confesión de un crimen pasional en «Tango» (surf rockabilly del mismo minialbum) era la cortinilla musical del consultorio del juez Joaquín Navarro, más tarde próximo a los antisistema vascos. TVE se planteó incluso la presencia del grupo en el festival de Eurovisión de 1986, con el hit casticista y noctámbulo «El calor del amor en un bar».

Sin embargo, ni estos ni otros logros comerciales de Jesús N. Gómez —definió el sonido de Sabina, participó en el «Eloíse» de Tino Casal en los estudios Eurosonic y abrió un mundo a Santiago Auserón con los arreglos latinos de «Semilla negra»—, hicieron presagiar el exitazo no solo artístico de Camino Soria. En la prensa musical se rumoreaba incluso que lo produciría George Martin, el clásico delirio del mánager Pito Cubillas, pero los gabinete del doctor Gómez estaban a punto de destilar su obra maestra, pese a las cortapisas que me explicó un día el productor. «Cuando el A&R de la compañía EMI, Javier del Moral, que en gloria esté, solo me ofreció un tercio de las trescientas mil pesetas [mil ochocientos euros] que le pedí a cuenta de los royalties para la sección de cuerda y viento de todo Camino Soria, renuncié a aquella limosna, y, asistido por Esteban Hirchsfield (teclados) y otros colaboradores puntuales, decidí recrear con sintetizadores toda la gama de violines, trompetas, clarinetes y demás. Los Gabinete quedaron satisfechos con mi trabajo [incluso le avanzaron de su bolsillo parte de sus honorarios], a pesar de que en «Al calor del amor en el bar» no les gustó que empleara recursos del pop como la batería eléctrica. Alguna vez les pedí por carta que no me criticaran en las entrevistas. Siempre digo que Camino Soria es el disco más redondo que he grabado. No quise firmar ninguna de las canciones que ayudé a cuadrar y por eso me molestó que en el siguiente disco Esteban cobrase un porcentaje de autores, sobre todo porque sé lo que a Jaime le costaba escribir las melodías, sin la facilidad de un Alejandro Sanz que todo lo convierte en música, y a ellos tres ajustar las letras».

El grupo aún no había tocado techo y en el siguiente disco, salvo la concesión fiestera de «La culpa fue del cha-cha-chá», se propuso ofrecer al público mainstream fuertes dosis de emociones transgresoras y loureedianas. Pero la producción de los cortes potentes se decantó hacia el AOR (rock apto para adultos) y las menciones a la revista porno Private, que resumían el concepto de Privado (1989), se tornaron pronto anacrónicas. Berth Milton Jr., el magnate sueco de la revista que proveía de videos al progresista Canal Plus y que se instaló en Sant Cugat del Vallés huyendo del VIH y del fisco de su país, en donde la pornografía había pasado de ser considerada una expresión de libertad a un negocio de proxenetas, no tardó en quebrar porque la exhibicionista pornografía doméstica que inundaba internet desbancó a las demasiado estilizadas pornstars y sus posturas acrobáticas. Un proceso análogo al que vivió el rock con la irrupción del grunge, el neopunk, el noise y otras hierbas.

El espejismo del éxito de Gabinete Caligari discurría en paralelo al de la modernidad española de finales de siglo. En aquellos años de olimpiadas deportivas y culturales en que las administraciones inauguraban por doquier museos sin colecciones, auditorios con sobrecoste y eventos oportunistas como el «tren de la movida Madrid-Vigo» (en el que el trío estuvo invitado y que da pie a unas páginas de regusto felliniano), la industria del rock español era un montaje con pies de barro. Hay un curioso detalle que debemos a la minuciosidad investigadora del autor. En el arranque de los conciertos de la gira Privado, patrocinada por una marca de bebida gaseosa, Edi Clavo tocaba los primeros compases del vacilón tema de cadencia stoniana que da título al disco con su batería girando sobre una plataforma a la manera de los efectismos del rock de grandes estadios. Pero la tarima diseñada por el ingenioso escenógrafo Paco Bragado —que recuerdo bañada por una tamizada luz rosa propia de un club de alterne—, rotaba gracias a dos esforzados pipas que le daban a una manivela.

Pertrechándose para el relevo generacional que se avecinaba, la banda grabó entonces en la mitificada campiña londinense. El mánager Pito Cubillas era socio del estudio de Phil Manzanera, donde los Héroes del Silencio resultaban convincentemente épicos, pero los medios tiempos de Cien mil vueltas sonaron pulcros, correctos e impersonales. Es natural preguntarse si de ellos habría sacado petróleo Jesús N. Gómez, que se toma su revancha: «Soy un tipo hipersensible y, como le conté a Diego Manrique, lloré al enterarme por terceras personas de que estaban grabando en Londres. Gabinete no es que se equivocaran entonces, es que se equivocaron dos veces más. Pero la verdad es que yo ya no quise volver a producirles cuando al final me lo pidieron. Patente de corso, el debut de Jaime en solitario, lo hice porque los de DRO me insistían: «Este disco solo lo sacaremos si lo produces tú». Me gustaba «Castillos en el aire» [una canción que había sido motivo de discordia entre los Gabinete], que planteé como si fuese la banda sonora de una película».

El bajonazo comercial supuso perder el contrato con EMI y, aun cuando los dos últimos discos de Gabinete Caligari contenían rock guitarrero de alta escuela y mala leche a raudales, era una mala leche poco demagógica para las radiofórmulas y revistas de tendencias. Las ventas fueron irrisorias y, con la torpe disolución del grupo, las dos facciones existentes dejaron de hablarse. En la solvente biografía preliminar de Jesús Rodríguez Lenin y en esta más rematada literariamente que nos ocupa, se entabla un fuego cruzado entre, por un lado, dos miembros de la sección rítmica que siempre priorizaron los intereses del grupo, obsesionados en mantener una esencia acaso irrecuperable, y por otro un cantante y guitarrista que defendía con idéntico celo sus composiciones, incorporando arreglistas e instrumentistas a su círculo y buscando a un nuevo Jesús Gómez.

Adaptándose al show-business actual, los tres miembros de la mítica formación no dudan en airear trapos sucios, denunciar corruptelas del entorno, enviarse recados envenenados y pese a ello admitir que no hace mucho negociaron un posible comeback, para acto seguido descartar toda futura reunión, y de este galimatías del que otros saldrían trasquilados, les salva una destreza verbal equiparable a su dominio del juego del mus. Los desencuentros no han afectado a las sucesivas reediciones de un rico legado, en el que quizás aguarden turno las maquetas de trabajo de algún disco fallido. Si el spanglish no es incompatible con el rock castizo.

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Un comentario

  1. A mi gabinete dejaron de gustarme cuando empezaron con el rollo castizo.

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