
Mi profesora de música en el colegio era monja y para el examen final nos obligó a interpretar a capela, delante de toda la clase, un tema a nuestra elección. Mi compañero y yo elegimos «19 días y 500 noches» de Joaquín Sabina. La elegimos porque nos sonaba bien, nos parecía alegre, divertida y, encima, le gustaba mucho a mi hermana mayor.
Pero mi profesora, la monja, nos cortó en el momento en el que la balada describe cómo una mano llega debajo de una falda. Vamos, nos cortó y nos suspendió.
Tuvimos una segunda oportunidad y en la recuperación apostamos por «Solo se vive una vez», de Azúcar Moreno. Ahí sí, nos lucimos y aprobamos. Fue un éxito. Aunque para mí, en realidad, el verdadero éxito lo había cosechado antes, en el momento en el que todos mis compañeros se partieron de risa, incluido yo, al ver la cara de susto y horror que puso la profesora con nuestra imitación de Sabina.
En fin, que solo cuento esto para contextualizar mi relación con la música en los años de la preadolescencia, a comienzos de los noventa del siglo pasado. Por entonces, para mí todo era juego y diversión, aderezado con una pizca de inocente rebeldía.
Crecí escuchando la música que me llegaba desde el otro lado de la puerta del cuarto de mi hermana: las melodías de Sabina, los agudos de Bon Jovi y Axl Rose, la voz ronca de Robe y, poco más tarde, la rabia y la tristeza desesperada de Kurt Cobain y todo lo que se dio en llamar el movimiento grunge.
Recuerdo el momento ceremonial en el que, a hurtadillas, tomé prestado de mi hermana el casete pirata Siamese Dream, de Smashing Pumpkins. Lo primero que pensé al escucharlo fue: «Qué triste suena esto». Acababa de cantar delante de toda mi clase el «One two three» de las hermanas Salazar y, antes de eso, me habían suspendido con los «19 días y 500 noches» de Sabina, pero, aun así, había algo en todas esas canciones ruidosas, arrastradas por voces rabiosas y melancólicas, que enganchaba.
Con doce o trece años no me fijaba mucho en el contenido de las letras de ninguna canción; simplemente me dejaba llevar por el ritmo y por lo que me hacía sentir, de modo que no necesitaba saber idiomas para que las canciones me transmitieran verdaderas sensaciones y sentimientos.
Me pasaba de niño y me sigue pasando. La sensación es que nos sucede a todos. De alguna forma, escribimos en nuestra cabeza letras nebulosas e indeterminadas para cada canción cuya letra original no llegamos a entender. Nos centramos en la sensación, en el mensaje que recibe nuestro cerebro, moldeándolo en base a nuestro inconsciente y estado de ánimo. Una forma de meditación. Y eso está bien. Hace unos días, Michael Stipe —R.E.M.— aclaró el significado de algunos versos —con los que no había consenso— de su famosa «It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)». Hemos estado treinta y ocho años inventándonos la letra de este tema y no creo que, una vez revelado su contenido, nos vaya a cambiar mucho la relación que cada uno haya establecido con él.
Generación atormentada
Las letras grunge estaban cargadas de frustración, de rabia contenida, de desencanto y de vacío existencial. El grunge —como algo más que un estilo musical— fue el reflejo de parte de una generación que estaba desorientada en medio del resplandor cegador y artificial del sueño americano, que se veía que no era para todos. En cierto modo, el grunge empezó a tirar del velo que ocultaba la mentira de la meritocracia y el consumismo. Un manto que, por fin hoy, parece haber caído del todo para gran parte de una nueva generación.
Lo normal es que los productos de la cultura pop funcionen de este modo; es decir, que haya un significado no demasiado explícito en sus propuestas para que así pueda abrazarlo el mayor número de personas posible. Que lo que transmita, por ejemplo, una canción, sea en cierto modo un sentimiento universal para una época determinada.
Cuando adolescentes, somos blanco fácil para este tipo de mensajes mesiánicos generales que apelan a sentimientos íntimos y desconcertantes por su novedad en nuestras incipientes vidas. Es el momento en el que empezamos a descubrir la crudeza del mundo, a sentir el frío helador de ahí fuera. El momento en el que, además, tratamos de diferenciarnos radicalmente del grupo global, de buscar nuestra individualidad, nuestra identidad única, y para eso buscamos por todos lados referentes que nos expliquen quiénes somos, qué somos.
En ese eterno girar de la rueda, las modas pasan y las referencias se agotan porque el mercado también se encarga de distorsionarlas y envejecerlas rápido. No tarda en reemplazar lo «antiguo» y anunciar nuevos modos de pensar y relacionarse. Por otro lado, nosotros crecemos. Con el paso de los años nos encontramos con nosotros mismos —o algo así— y nos definimos de tal forma que se produce una nueva escisión generacional. Muchos ya no necesitan abrazar los mensajes que antes lucían en sus camisetas y se convierten en lo que juraron que nunca llegarían a ser. Por otro lado, quedan algunos nostálgicos, idealistas inadaptados, que todavía ven reflejados sus valores en las letras y melodías de esas viejas canciones.
Los dirigentes del Museum of Pop Culture de Seattle deben de haber pensado en esto al tomar la decisión de clausurar este pasado septiembre la exposición Nirvana: Taking Punk to the Masses. Después de catorce años ininterrumpidos, el museo ha anunciado que retirará esta icónica muestra «para dar paso a una futura exposición que explorará las numerosas escenas musicales y músicos del Pacífico Norte a lo largo de décadas y géneros».
Supongo que ha pasado con los movimientos culturales a lo largo de las décadas, con todas las diferencias y casuísticas particulares de cada país (hippies, heavies, punks, mods…). Pero lo que ha sucedido con la generación grunge es ligeramente distinto por su incidencia global. No en vano aparece durante los mismos años en que estalla con más fuerza la globalización, tras la caída del muro de Berlín.
El mundo de la generación X y parte de la generación milénica no ha dejado nunca de convivir con los pesares que los atormentaban de jóvenes. Si las letras de Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains o Soundgarden conectaban con el gran público era por su sinceridad descarnada, por gritar a corazón abierto su hartazgo de la alienación social, del aislamiento individualista y de la angustia que todo ello suponía. Conectaban con unos sentimientos generados a raíz de unas consecuencias que hoy todavía están presentes en asuntos como las redes sociales, el capitalismo desbocado y la salud mental.
Por eso hoy, el espíritu grunge puede pervivir con toda su legitimidad. Tiene sentido. Quizá no enganche con los jóvenes. No tiene por qué hacerlo. Ellos generarán sus propios mecanismos de desahogo, lucha, resistencia y rebeldía, pero todavía tiene un espacio de pervivencia entre los que ya no lo son, pero un día sí lo fueron y para los que el mundo no ha cambiado tanto como parece.
La exposición sobre Nirvana se concibió como algo temporal desde el principio, pero su éxito arrollador la mantuvo abierta casi tres lustros. Han sido muchísimas las voces que se han alzado en contra de la decisión del MoPOP de Seattle. Principalmente porque el eco de lo que supuso Nirvana y el grunge —recordad: no solo como un estilo musical— sigue resonando en las inexistentes paredes de un mundo virtual y artificialmente distinto.
Jacob McMurray, jefe de colecciones y exposiciones del museo, ha intentado tranquilizar a los fans asegurando que el grunge nunca va a abandonar el edificio. El MoPOP posee la mayor colección de recuerdos de Nirvana del mundo y muchos serán expuestos en el futuro.
El sostén de la tristeza grunge
No se puede vivir ni en la melancolía ni en la tristeza ni en la rabia de forma constante. Hacerlo implica dejar nuestra salud mental abocada al sufrimiento asegurado de muchos tipos de enfermedades. Dave Grohl lo supo pronto.
El que fuera batería de Nirvana experimentó en la cumbre de su carrera las consecuencias de lo que suponía dejarse arrastrar por la oscuridad de forma continuada. Kurt Cobain y él fueron amigos, compañeros de piso, de banda y de éxito, hasta que el rubio de los dos decidió que ya había sufrido suficiente y se marchó. Su muerte impactó de forma trascendental en la manera de ver la vida del que sería poco más tarde líder de Foo Fighters.
Grohl, como todos los jóvenes de su generación, bregaba con sus propias batallas de forma íntima y silenciosa. Identificó en el movimiento punk rock estadounidense la forma idónea de responder al comportamiento indiferente de su padre respecto a su hijo, al fracaso escolar, a la anodina vida a la que estaba abocado su futuro en North Springfield (Virginia) o a la injusticia que veía con la sacrificada vida diaria de su madre, profesora en un colegio público.
Los golpes de batería que comenzó a dar a mediados de los ochenta con Scream, su primera banda de prestigio, y los que siguió dando ya con Nirvana eran una descarga absolutamente sincera de todos esos problemas que agitaban su cabeza. Aquellos golpes eran puro rock and roll: «El sonido crudo e imperfecto de los seres humanos sacando a voces lo más íntimo de sí mismos para que todos lo oigan», explica en su biografía.
En ese mismo libro —un entretenido y conseguido homenaje a su madre—, The Storyteller. Historias de vida y de música, deja entrever cómo el trasfondo de Dave era lo suficientemente sano y luminoso como para no terminar cayendo en el mismo pozo oscuro en el que acabaron Kurt Cobain o Chris Cornell más adelante. Él mismo dice que se puso hasta arriba de marihuana cuando era joven, pero que jamás probó la heroína o la cocaína porque sabía que era presa fácil para las adicciones (de hecho, tiene un problema confeso con el café).
Dicen que es el tipo más alegre del rock y quizá sea así porque para él la música «siempre había representado la luz y la vida. Incluso la alegría». Desde mi punto de vista, es lo que ha tratado de demostrar a lo largo de su carrera con su banda más longeva y más personal.
La música de Foo Fighters, quitando algunas excepciones como por ejemplo «All My Life», se alejó desde el comienzo de la oscuridad de Nirvana. Grohl quería hacer algo distinto para que la sombra de su antigua banda no le persiguiera eternamente. Acertó con la fórmula, pues rehízo un nuevo camino repleto de éxitos. ¿Ayudado por su pasado? Seguro que sí. A pesar de su sonrisa indeleble, es inevitable ver en él trazas de ADN grunge conservadas en su interior; criogenizadas, listas para resucitar en el momento más insospechado.
En cualquier caso, el verdadero triunfo para Dave Grohl con los Foo fue crear una banda «que había surgido a raíz del dolor y la tragedia de un pasado roto, [transformada] en la celebración del amor y la vida, y la obstinación de encontrar la felicidad cada día. Y ahora, más que nunca, representaba la curación y la supervivencia».
Puede que a día de hoy los Foo Fighters hagan rock para papás. Puede que el grunge suene a música vieja en coches familiares que van al colegio y que ya ni siquiera tenga espacio en los museos. En todo caso, esta corriente es todavía algo más que parte de la historia de la música. Desde luego, es un movimiento difícilmente imitable, incluso para las mismas bandas que surgieron entonces —la energía de los primeros álbumes de Pearl Jam no tiene nada que ver con la de los últimos, por poner un ejemplo de una que sigue en activo—, pero podemos seguir recurriendo a ella sin vergüenza ni remordimientos si en sus canciones aún encontramos ecos rabiosos donde reconocemos, aunque más viejos y probablemente con alguna hija o hijo al que aburrir con nuestras batallitas de aquellos tiempos de melenas indomables, Converse agujereadas, camisetas desgastadas y camisas de franela.







Me ha gustado. Fui un grunge de provincias en mi adolescencia en los 90, y me sorprendió cuando escuché a Foo Fighters por primera vez y me enteré de que el tipo era el batería de Nirvana. No he seguido a esta banda con el tiempo, pero sí recuerdo que me pareció guay que su siguiente proyecto transitara esa senda más luminosa y alegre, poder reinventarse de ese modo y hacerlo bien. Como que había una cierta lección ahí sobre (no) quedarse encallado en determinados nichos y actitudes musicales y vitales.
Si empezaste con Sabina…mal vamos.
Por mucho que queráis blanquear a Grohl,no es más que un chupóptero que vive de rentas y buenrollismo aburridor.
Solo es capaz de hacer algo bueno si se rodea de estrellas ,pero con mucha simpatía eso sí.
Que no te guste Foo Fighters, te lo compro… yo tampoco soy un gran fan, aunque tiene canciones que me gustan. Que no te caiga bien Grohl, pues vale, cada cual tiene sus neuras. Pero la parte de chupóptero que vive de rentas, o de que solo es capaz de hacer algo bueno si se rodea de estrellas no tiene puto sentido.
Foo Fighters han vendido más de quince millones de discos, con Grohl de compositor único – para el primer disco, no solo compuso sino que tocó todos los instrumentos; mintió a la compañía diciendo que tenía una banda. Que me digas que Novoselic es un chupóptero, pues bueno, me parece una acusación gratuita, pero es cierto que básicamente vive de las ganancias de Nirvana, no ha hecho nada más desde la muerte de Kobain. ¿Pero que Grohl solo hace cosas buenas si se rodea de estrellas? ¿Qué estrellas había en Foo Fighters, aparte de él mismo? Si acaso es al revés, Grohl ha hecho estrellas de gente a la que no conocía nadie. Los Queens of the Stone Age le deben la mitad de su éxito, porque la batería de Grohl – su mejor trabajo en cualquiera de las bandas en las que ha tocado, incluída la suya – es al menos la mitad del éxito de su tercer disco, el que les catapultó a la fama.
Eso de que «Puede que a día de hoy los Foo Fighters hagan rock para papás» es injusto. Porque hoy en día TODO el Rock de TODAS las bandas y solistas se hace para papás y mamás; a los hijos no les interesa el rock.
Qué gran artículo! Me define bien en los primeros años de adolescencia. Las letras no importaban tanto como el son de la música. También iba a un colegio de monjas y en 5º o 6º de EGB hicimos varias compañeras un trabajo sobre bandas con peso y trascendencia en los 60s y 70s. Elegimos a Pink Floyd, asesoradas por el hermano mayor de una de ellas. Creo que ahí empezó mi interés por la música no comercial. Tenía poco acceso a ella pero con la llegada del Grunge ya me entregué totalmente a escuchar y analizar el rock y hasta hoy!
Comparto el hecho que hoy en día los adolescentes viven con otras vías de escape y la música para muchos no es tan importante como quizás sí lo era para los de nuestra quinta.
No sabía la retirada de la exposición del Grunge en Seattle. Qué triste… supongo que quieren adecuarse a los tiempos actuales y facturar.
No acaba de cuadrar la cronología de esos recuerdos de los primeros noventa cantando un 19 días y 500 noches que apareció en 1999.
Joer! Claro que no cuadra. Gracias por aclarar mi recuerdo porque fue: Y nos dieron las 10. De hecho, la letra a la que me refiero es de esa canción. Saludos.
Todavía me emociono al escuchar Yellow Ledbetter de Pearl Jam y la inmensa voz de Eddie Vedder, diga lo que sea que dice la letra, a saber…:)
Las nuevas generaciones, Z, Y o Alfa ya no tienen nada que ver con el cancionero de sus predecesores. Escuchan esas melopeas pseudo tropicales, con autotune y voces gangosas que les hablan de fiesta y sexo.
Totalmente de acuerdo en que la ruptura total de sonido de lo que fue Nirvana a lo que fueron Foo Fighters fue todo un acierto para Grohl. También es cierto que el peso compositivo en Nirvana lo tenía Cobain y Grohl era «sólo» el batería. Y creo que desmarcarse, crear su propia marca y sus propias canciones han hecho que haya terminado por ayudarle a tener el éxito que anhelaba (siempre se dijo que a Cobain le hacía poca gracia su intromisión en algún que otro tema artístico-compositivo). Hacer un alt-rock moderno, divertido y con estribillos relamente pegadizos, porque ahí radicaba su magia original. No sé, luego el personaje devora al artista, y es que lleva diez años sin hacer un disco decente (Sonic Highways es lo último que encuentro realmente potable). Eso sí, el mamón está ganando pasta a expuertas, seguramente bastante más que siendo únicamente «el batería».
Personalmente foo fighters me parecen una cosa que carece totalmente de importancia. Que el tipo parece un tipo majo, tanto que nombró una vez a nomeansno como grupazo, punto para él, sobre todo como batería, pero musicalmente no merecen ni una reseña a pie de página de la enciclopedia más tocha del rock. No se si saldrá el comentario. Me dice que asegure que soy humano. Será que escribo como un robot. Bueno está