
A veces el insomnio nos proporciona travesías imaginarias más curiosas y sorprendentes que las que, en ocasiones, producen nuestros propios sueños. Esta historia comienza con un desvelo a media noche, la lectura de la una noticia en la que se cuenta que China lanza la primera ruta marítima del Ártico a Europa y la atracción por explorar virtualmente todos los topónimos a los que dio nombre el explorador danés Vitus Bering, para transitar en penumbra el trayecto digital de esta nueva conexión continental.
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Vitus Jonassen Bering, fue un marino nacido en la ciudad de Horsens (Dinamarca) que trabajó al servicio de los zares. Hombre reservado, poco dado a discursos heroicos, más cercano a la perseverancia meticulosa que a la épica, atravesó Siberia a comienzos del siglo XVIII como quien se interna por un laberinto de hielo. No buscaba gloria inmediata: le habían encargado resolver una duda que, vista desde hoy, parece casi mítica. ¿Están Asia y América unidas por tierra o separadas por agua?
La respuesta le costó años de privaciones, barcos levantados a mano en astilleros improvisados, hombres enfermos de escorbuto y caballos congelados en la nieve. En 1741, al frente del navío San Pedro, alcanzó la costa de lo que hoy llamamos Alaska, pero ya estaba enfermo. La vuelta fue un tormento, y el barco naufragó en una isla desierta. Allí, rodeado de chozas improvisadas y tripulantes que agonizaban de hambre, Bering murió el 8 de diciembre, enterrado en la arena helada de aquel lugar sin nombre. La isla que ahora acoge la tumba de este perseverante navegante es la primera que nos encontramos en el arco insular que a modo de presa se dibuja entre la península de Kamchatka y Alaska y que se conforma con las islas del Comandante y las Aleutianas. Se trata de la Isla de Bering.
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La pantalla ilumina la habitación con una luz azul dispersa mientras decido visitar la isla a vista de pájaro. Me fijo en una estructura que parece una pasarela o plataforma elevada que se interna en la costa, supongo que para permitir el desembarco de material. Alejo momentáneamente el lugar para que me aparezca un nombre improbable: Mys Yushina. Se trata de uno de los cabos que tiene esta tierra castigada por tormentas que no conocen de calendarios ni compasión. Intrigado, hago lo que cualquier insomne haría en mi lugar: busca información del mismo en Google. Y ahí llega la sorpresa. El único artículo que aparece sobre Mys Yushina se encuentra en la Wikipedia en cebuano. Ni en ruso, ni en inglés, ni en español: en cebuano, una de las lenguas que se hablan en las islas Filipinas.
El artículo es mínimo, casi una sombra de lo que debería ser: un par de frases, unas coordenadas, un enlace a un mapa. Nada de exploradores, de naufragios, de zorros árticos que merodean alrededor de huesos olvidados. Solo un registro telegráfico de existencia. Uno se pregunta por qué el único nexo digital de este confín del mundo está escrito en una lengua hablada a 7.000 kilómetros de distancia. Y la respuesta conduce a una historia todavía más insólita: la de un wikipedista sueco, un bot incansable y un océano de polémicas.
El sueco se llama Sverker Johansson, y en su biografía aparece que es físico, lingüista, programador y educador. En Wikipedia firmaba como Lsj, y hacia 2012 empezó a darle vueltas a una idea que muchos calificaron de herética y otros de genial: si existen bases de datos fiables sobre pueblos, montañas, especies animales, ¿por qué no usarlas para generar automáticamente artículos enciclopédicos? Así nació su criatura, Lsjbot, un programa capaz de redactar miles de entradas en cuestión de horas. El principio era sencillo y brutalmente eficaz. Había un patrón: “X es un lugar en Y. Se encuentra en la región de Z. Tiene tantos habitantes según tal censo. Está a tantos metros sobre el nivel del mar”. Se rellenaba la plantilla con datos de GeoNames o del Catalogue of Life, se traducía a la lengua de destino y listo. El bot no se cansaba, no discutía, no pedía fuentes de inspiración. Cada día creaba más artículos que un ejército de editores humanos en meses.
Primero probó en la Wikipedia en sueco, su idioma natal, pero pronto dio un salto inesperado: se volcó en las Wikipedias en cebuano y waray-waray, lenguas de Filipinas con comunidades de editores diminutas. La elección no fue casual: Johansson estaba casado con una mujer filipina y quería que esas lenguas tuvieran visibilidad digital. De pronto, donde había unos miles de artículos, florecieron cientos de miles. Era como plantar una selva en medio del desierto. Los números fueron vertiginosos. En 2014, la Wikipedia en lengua cebuana contaba con más de dos millones de artículos: la segunda más grande del mundo detrás de la inglesa. Para 2017, Lsjbot había creado más de 17 millones de artículos, aproximadamente el 10 % de toda Wikipedia. Cada vez que alguien buscaba un pueblo perdido en Siberia, una mariposa clasificada en un catálogo zoológico o un cabo remoto como Mys Yushina, aparecía un rastro escrito gracias a aquel bot.
Pero esa multiplicación bíblica no fue recibida con unanimidad. Muchos wikipedistas lo consideraron un atentado contra el espíritu de la enciclopedia. ¿De qué servía tener millones de páginas esqueléticas, sin historia, sin contexto, sin alma? Eran artículos de dos o tres frases, incapaces de transmitir cultura o relevancia. Se decía que inflaban artificialmente el tamaño de ciertas Wikipedias, convirtiéndolas en gigantes de pies de barro. Los defensores de Johansson argumentaban lo contrario: ¿acaso no era también conocimiento saber que un pueblo de Mongolia existía, con coordenadas precisas y población censada? Mejor un esbozo fiable que un vacío total. Y además, esos artículos recibían visitas: gente que buscaba su aldea natal encontraba por fin un rastro en la mayor enciclopedia del mundo.
La polémica se extendió a lo filosófico. ¿Qué define un artículo enciclopédico? ¿Basta con consignar la existencia, con señalar en un mapa? ¿O hace falta un relato, una explicación de por qué ese lugar o esa especie importan? Para algunos, la misión de Wikipedia era la exhaustividad, y el relato podía llegar después. Para otros, sin relato no hay conocimiento, solo datos fríos. El propio Jimmy Wales, cofundador de Wikipedia, expresó reservas. Se debatía si la enciclopedia debía priorizar la calidad sobre la cantidad, si no se corría el riesgo de convertirla en un vertedero de stubs eternos. Los críticos temían que nadie ampliara jamás esos artículos: ¿quién, fuera de un puñado de biólogos o geógrafos, iba a desarrollar la página de un insecto endémico o de un cabo perdido en las Aleutianas?
En 2017, la Fundación Wikimedia decidió poner límites más estrictos a la creación automática de contenido. Johansson redujo la actividad de Lsjbot, que dejó de producir artículos en masa. Pero el legado era ya irreversible: millones de entradas, como fósiles digitales, permanecen en la enciclopedia. Ahí está, entre ellas, el artículo en cebuano sobre Mys Yushina, testimonio de aquella época en que un sueco con un programa informático alteró la cartografía del conocimiento. Lo fascinante es la ironía que envuelve todo el asunto. El único registro enciclopédico de un cabo remoto en la isla de Bering está escrito en cebuano, una lengua de Filipinas. No porque los pescadores de Cebú naveguen por aquellas aguas, ni porque los académicos filipinos se obsesionen con la geografía ártica, sino porque un hombre decidió que el cebuano merecía una enciclopedia extensa. Así, en el mapa digital del mundo, Siberia y Filipinas se rozan.
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El lector que llega hoy a ese artículo siente la extrañeza de un explorador al encontrar un mojón en mitad de la tundra: alguien pasó antes, alguien dejó constancia. No hay anécdotas, no hay historia, solo el acto mínimo de nombrar. Y sin embargo, ese acto tiene transcedencia: un cabo existe en el conocimiento compartido porque un bot lo escribió en cebuano. La historia de Lsjbot es también la de nuestras ansiedades contemporáneas: la tensión entre cantidad y calidad, entre datos y relatos, entre máquinas que producen sin cesar y humanos que buscan sentido. ¿Queremos una enciclopedia exhaustiva, donde todo tenga su ficha, aunque sea mínima? ¿O preferimos un compendio humano, lleno de imperfecciones pero tejido con historias?
Mys Yushina, ese cabo azotado por los vientos, quizá no importe demasiado en la historia universal. Pero su existencia digital cuenta una historia mayor: cómo la obsesión de un hombre y la eficiencia de una máquina alteraron la mayor obra colectiva del siglo XXI. Que sea en cebuano, esa lengua que resiste entre el inglés y el tagalo, añade un matiz de poesía involuntaria. Como si el mundo, en su afán de ser cartografiado, hubiera decidido que los límites entre Asia y América solo podían sobrevivir en la gramática de una isla del sur.








El encanto por los mundos desconocidos o lejanos. ¿Será esto también lo que nos hace humanos? Parece que sí, un magro consuelo pues conociendo olvidamos. Muchísimas gracias por ese desvelo nocturno y sus consecuencias, Don Hipólito. Lindo nombre, evocativo. Un artículo más que acertado, JD.
Prefiero al hermano gemelo de Don Hipólito, la verdad.
Soy de la misma opinión; el Mr. Hyde del señor Ledesma es el mayor descubrimiento en Jot Down en mucho tiempo. Este tío no es un crítico es un carnicero con cuchillas de afeitar en el cerebro.