Cine y TV Humor snob

Tardes de Soledad o Albertete, Albertete, si no sabes torear pa’ que te metes

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Imagen promocional de Tardes de Soledad, 2024

Atención, esta crítica contiene spoilers: Al final, el toro muere.

Albert Serra lo ha vuelto a hacer: ha vestido de ceremonia artística lo que en esencia no es más que una siesta grabada en 125 minutos de tedio ininterrumpido. Tardes de soledad se presenta como documental, como pieza de “puro cine”, como obra de observación radical sobre el rito taurino y su héroe de ocasión, Andrés Roca Rey. Y sin embargo, lo que en realidad despliega ante nosotros es una cinta que se arrastra como un toro malherido, dando vueltas en círculos sobre la arena de su propio vacío. Uno espera que en algún momento haya una iluminación, una ruptura, un hallazgo que justifique el metraje; pero no, lo que hay es repetición, reiteración, loop infinito: Roca Rey en la plaza, Roca Rey en la furgoneta, Roca Rey en el hotel ajustándose el traje. Y vuelta a empezar. Una liturgia hueca que pretende ser trance hipnótico y acaba siendo bostezo generalizado.

Lo irritante es que la película se vende como experiencia estética radical. Serra, enfant terrible oficial del cine europeo, se refugia una vez más con sus juguetes favoritos: la multicámara y el teleobjetivo, todo digital, eso sí, que así puedo rodar material hasta la extenuación, ya le pagaré las horas extras al montador, la planificación o la puesta en escena ¿para qué? Eso es un cliché burgués, y yo soy un artista, chavales. Dice que no toma partido, que su cámara solo observa, que cada espectador encontrará su lugar. Mentira piadosa. Porque el film, con sus planos cerrados hasta la asfixia, su sonido manipulado con evidente intencionalidad y su música extradiegética que acaricia la figura del torero, acaba erigiendo a Roca Rey en héroe trágico, en mártir de la sangre, en icono de una tradición que la película no se atreve a cuestionar en serio. Serra juega a equidistante, pero hace trampas: convierte la brutalidad en espectáculo, el maltrato en coreografía, la agonía en materia prima para seguir engordando su mito de artista polémico. Y como en toda estafa estética, lo hace con la complicidad de ministerios, autonomías, televisiones públicas y fundaciones que, con el dinero de todos, financian esta boutade disfrazada de alta cultura. Cinco minutos de créditos con logos y rótulos que parecen más un telediario institucional que el inicio de una película: el prólogo perfecto para recordarnos que aquí, antes que cine, lo que hay es subvención.

El problema no es solo ideológico, es narrativo. La película no avanza. Es un documental que renuncia al testimonio, que rehúye la voz narradora, que desprecia todo contexto y que se empeña en repetir tres escenarios hasta la extenuación: el hotel, la furgoneta, la plaza. Serra decide que basta con un teleobjetivo pegado a las caras, un montaje sonoro que enfatiza los gemidos animales y los gritos simiescos del público, y un catálogo de primeros planos de medias, chaquetillas y heridas. Sí, algunos planos son bellos; sí, el sonido tiene hallazgos. Pero ni con esas se sostiene un metraje de dos horas. Lo que empieza siendo curiosidad sensorial acaba en tortura del espectador, la última corrida directamente sobra. El paradigma warholiano de la repetición, dicen algunos. Pues vale.

El estilo visual, tan celebrado por algunos críticos que parecen ver el cine solo con las orejas tapadas y los ojos cerrados, es más limitado de lo que se admite. Serra se niega a abrir el plano, condena la película a una sucesión de encuadres claustrofóbicos que eliminan cualquier posibilidad de entender la tauromaquia como fenómeno complejo. Al final, lo que queda es lo macabro, lo mórbido, el gesto mínimo de la tragedia. Ni catarsis, ni mito, ni épica. Serra no capta el misterio, se queda con la víscera. Y lo peor: lo repite hasta que pierde incluso el poder de escandalizar. De ahí la sensación de que lo que vemos no es cine sino videoinstalación alargada, pieza de museo que quiere pasar por largometraje.

Y si alguien cree que exagero al hablar de vacío narrativo, basta con recordar la gloriosa escena del caramelo en la fragoneta. Andrés Roca Rey recibe un caramelo de un subalterno, lo sostiene en la mano como si fuera un objeto extraterrestre y permanece varios segundos mirándolo fijamente, con el envoltorio aún puesto, sin saber qué hacer. El tiempo se dilata, la cámara insiste, y nosotros asistimos al suspense más ridículo de la historia del cine: ¿lo abre?, ¿lo tira por la ventanilla?, ¿se lo mete en la boca?, ¿o directamente se lo incrusta por el recto cual supositorio, opción descartada solo porque el traje de luces no admite esas licencias? Serra convierte una acción banal en una parodia involuntaria del minimalismo: un torero bloqueado ante un caramelo, atrapado en una performance de indecisión que ni a Beckett se le hubiera ocurrido.

El protagonista principal tampoco ayuda. Roca Rey, aparece como un maniquí reconcentrado, hermético, incapaz de transmitir nada más allá de su obsesión con el toreo. En la plaza, su rostro es el de un niño peruano alucinado, en la furgoneta mira al frente como un autómata, en el hotel se pone las medias como una prima donna. Serra lo filma como si estuviésemos ante una criatura mística, pero lo que vemos es más bien a un adolescente autista y alucinado, atrapado en su propio bucle mental, incapaz de conectar con nadie fuera de la liturgia que lo consume.

¿Y qué decir de los secundarios? La cuadrilla, por su parte, es puro bochorno: aduladores sin gracia que intercambian una mezcolanza de expresiones patibularias y elogios barrocos, más bien parecen una cuadrilla de puteros que se van de farra con un chiquillo virgen con el objetivo de hacerle perder la virginidad, en algún momento pensé que empezarían con el clásico “venga ya, maricón” para animarlo.

La verdadera joya interpretativa llega con Antonio Chacón, banderillero y en este caso aspirante frustrado a actor del método. Lo suyo no es secundar al torero, sino interpretarlo como si fuera la versión taurina de Fernando Galindo: “un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo”. Chacón no es un peón, es un remake ambulante de la adulación convertida en liturgia. La cascada de lisonjas que derrama sobre Roca Rey alcanza tal paroxismo que cada frase parece salida de un karaoke porno. “¡Olé tus huevos! ¡Olé tus huevos! ¡Qué grande eres, hijo!”. La intensidad es tal que uno casi espera que la pantalla se rompa en aplausos enlatados. Chacón podría hablar hasta con la boca cerrada, las miradas de arrobo que le dirige al maestro en la plaza traspasan la pantalla, son la definición perfecta de tensión homoerótica. Y por si faltaba algo, pasa con una facilidad pasmosa de mandar a mamar al público a entrar en disquisiciones filosóficas consigo mismo. Serra filma todo esto con la solemnidad de quien cree estar capturando el alma de un oficio, cuando lo que tiene delante es la caricatura más grotesca: un banderillero convertido en animador de feria, un bufón que devora a la persona y al profesional a base de reverencias vociferadas.

Y si todo esto no bastara, ahí está la cuadrilla entera, convertida en coro griego de mercadillo, lanzando frases que son mitad ética estoica de manual de autoayuda, mitad arrabalismo de tasca andaluza. El problema es que el acento cerrado con que las escupen hace que se necesiten subtítulos para entender qué demonios dicen: “¡Cumbre, hah ehtao cumbre, olé tus huevos, qué arte, ahora pitan ya mamarán, que joputa era el toro!”. Serra lo filma como si estuviésemos ante sentencias lapidarias, como si en esas exclamaciones se escondiera la quintaesencia del alma española. El espectador aguanta estoicamente la catarata de piropos, insultos y ovaciones en falsete que, lejos de aportar color, hunden aún más la película en la caricatura.

En cuanto a los extras, es decir el público, Serra prescinde de ellos. Se vende entre la crítica como una elección estética muy acertada para conseguir que la atención del espectador se focalice en la faena, sin embargo se trata de un error mayúsculo. Un error, porque como en su momento Blasco Ibáñez descubrió en la escena final de “Sangre y Arena” quizás la verdadera bestia en una corrida de toros no sea el toro sino el público. Una oportunidad perdida, Alberto, hay que estar más atento. Tuviste la oportunidad de ser Goya y te quedaste en Warhol.

Y Entre tanta nadería repetitiva y oportunidad desaprovechada, dos escenas, las únicas que merecen la pena:

La primera, el momento íntimo: cuando el torero se desviste del traje de luces y la cámara de Serra se recrea hipnóticamente en su cuerpo, como si de pronto hubiera descubierto la magdalena de Proust en forma de cuerpo sudado y ensangrentado. Aquí Serra abandona toda su supuesta e impostada neutralidad y se entrega a su vena más proustiana y gayer, fascinado no ya por la barbarie de la tauromaquia, sino por el fetiche estético del cuerpo masculino. Lo filma como si la verdadera épica estuviera en el pliegue de unas medias o en la curva de un muslo, como si el auténtico misterio no fuera la sangre del toro sino la carne del torero. Serra encuentra ahí lo que realmente le interesa: no el mito, no el rito, sino la posibilidad de convertir la masculinidad en espectáculo libidinal. Y es en ese instante donde el film se desnuda de verdad, mostrando que su obsesión no es con la fiesta brava ni con los toros, que vulgaridad, por favor, sino con el erotismo velado de su protagonista.

La otra escena es la que merece el nombre de cine: aquella en la que el toro embiste al torero contra la barrera y lo atrapa entre las astas. Por unos segundos se suspende la monotonía, el aire se corta, la cámara registra la cercanía real de la muerte. Es el único momento en que la película trasciende su soporífero bucle y el espectador se agarra al asiento: por fin algo sucede, por fin la épica y el peligro irrumpen en la pantalla. Pero hasta este chispazo se convierte en prueba de la trampa. En el coloquio posterior, alguien preguntó a Serra si hubiese montado la muerte del protagonista en el caso de que se hubiera producido durante el rodaje. Tras unos segundos de reflexión, el director respondió que no, que sería “amoral”. Y ahí, en esa respuesta airada, quedó expuesta la farsa. Porque toda la película se sostiene sobre la liturgia de la muerte, sobre la coreografía del riesgo, sobre el fetiche de la sangre; pero cuando se le plantea la posibilidad de llevar ese fetiche hasta el final, Serra se indigna, se quita la máscara y confiesa que en realidad no tiene estómago para lo que filma. El enfant terrible que presume de neutralidad se descubre como un moralista timorato que juega con la estética de la muerte pero huye de su verdad. El momento más emocionante de Tardes de soledad es, paradójicamente, el que mejor demuestra que la película es un simulacro: un amago de tragedia en manos de un director que quiere capitalizar el riesgo sin asumirlo.

Y luego está la trampa discursiva. Porque la película, al evitar cualquier posicionamiento explícito, acaba siendo combustible perfecto para las dos Españas eternas: los taurinos la ven como celebración de valores patrios, los antitaurinos como denuncia de crueldad animal, y todos quedan satisfechos en su trincheras retroalimentándose en sus convicciones.

Y es que el españolito de a pie, si por algo se caracteriza es por entrar al trapo como nadie, y Serra consumado diestro de los medios lo sabe y lo explota, dejando la muleta para que el público embista y consigue aquí su faena maestra: financiación pública, polémica garantizada, crítica complaciente y, sobre todo, un nuevo capítulo en su carrera de enfant terrible.

La recepción crítica, como siempre, ha sido un carnaval de reverencias. El rey está desnudo, pero pocos se atreven a decirlo. Se alaba la audacia, la pureza, la radicalidad de Serra, como si la mera repetición y el tedio fueran en sí virtudes. Lo que en realidad hay es impostura: un film aburrido, monótono, redundante, que pretende sublimar la nada y que confunde minimalismo con inanidad. Tardes de soledad es, en última instancia, un ejemplo perfecto de lo que no debe ser el cine: un artefacto pretencioso que se refugia en la coartada estética para ocultar su indigencia narrativa. Un documental que ni documenta ni ilumina. Un ejercicio de estilo que se cree radical cuando en realidad es cobarde. Una siesta audiovisual que convierte al espectador en rehén de la repetición exactamente como una paja, una paja audiovisual, y es que el título no engaña: son, efectivamente, tardes de soledad, de soledad frente a la pantalla, de soledad ante el tedio. Una soledad que no tiene nada de sublime y mucho de suplicio. En realidad, Tardes de soledad son como las tardes onanistas de un incel frente a Pornhub: largas, repetitivas, patéticas, y con la falsa sensación de estar participando en algo emocionante cuando en verdad no es más que vacío envuelto en sudor barato y kleenex manchados no precisamente de sangre.

Nota del editor: Este texto ha aparecido en los comentarios de otro artículo. En esta ocasión hemos buscado concienzudamente si existía un artículo en la red con una estructura similar para evitar lo que pasó con el anterior y no lo hemos encontrado. Desconocemos quién es el autor del mismo. 

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20 comentarios

  1. Sidney Franklin

    Espero que el nombre del autor no sea un guiño a Ramiro. El texto sobre la ComicCon tenía más gracia, pese a que la mención al filósofo coreano amigo de la cita ajena le quita más lustre del que le da.
    Igual la elección del plano es un rasgo de estilo (Derrida tiene un par de libros al respecto), y la ausencia de narrativa es una apuesta por la lírica de la temporalidad (no todo tiene que ser historia), por aquello de un tiempo primitivo, la ritualidad y tal. Cierto que Serra tendría que haber grabado a Morante, que es lo que Nietzsche querría haber sido, pero bueno, hay que alabarle el esfuerzo.
    En fin, que no se puede entender de todo, por eso a veces es mejor volver a Jabois y a la calle Ponzano (digo yo que habrán terminado las obras ya), que es donde la prensa juega en casa

    • Son dos autores distintos. Uno es Hipólito Ledesma (de la casa) autor de la crítica a los Funkers y este es de Hipólito Ledesma Doppelganger que es un comentarista «espontáneo» que nos exige que publiquemos sus comentarios en forma de artículo.

      • Hipólito strikes again

        Si, claro, hay que alimentar el mito, el que quiera entender que entienda…
        Pero como no es a esto a lo que venía, cambio de tercio para dirigirme a los editores de Jot Down. Estimados, ya sabéis que me han encomendado la gloriosa cruzada de acabar con el cine patrio, y ya tengo preparada mi nueva y maravillosa crítica pero en este caso dado el peculiar formato de la misma, y que quiero mantener, me gustaría que me indicaran como se la puedo hacer llegar.

  2. Jose Ángel

    Lo pondría en Telemadrid, si no fuera por que es demasiado soporífero para la audiencia. En la tele de todos los madrileños, lo que funciona son los toros de verdad y temas de delincuencia. A poder ser en los pocos municipios del PSOE.

  3. No sé quien es el menda éste, pero Boyero a su lado es un teletubbie.

  4. Tal y como se dice más arriba, la película alrededor de la figura de Morante en el lugar de Roca Rey creo que transmitiría bastante más.

  5. No hombre, pasa que este es el equivalente a un vídeo que proyecten en un centro de desintoxicación o los que proyectaban en los cines de Alemania tras la guerra.

  6. ¡Hipólito, pedazo de (insulto gratuito), qué cojones sabes tú de toros pa’ soltar esa sarta de gilipolleces! Tardes de soledad no es pa’ culturetas pijos como tú, que te meas en los calzones si ves un cuerno de cerca. ¡Esto es arte, (insulto gratuito)! Roca Rey se juega los huevos en el albero mientras tú te rascas los tuyos en un sofá con tus (palabra franquista) de cine pa’ listillos. ¡Vete a (palabra mal sonante), cateto de teclado! Sigue tocando (más), que en la plaza te ponía yo dos banderillas en el (parte del cuerpo humano) pa’ que aprendieras, que el toreo es pa’ machos! .. ¡Olé mi mare, que en Sevilla te hacíamos hombre a cornás!

  7. SerraiJuanola

    Ai, Hipòlit, quin disbarat de crítica, d’aquells que fan olor de província i rancúnia! Tardes de soledad no és per a paladars ordinaris com el teu, que busquen l’adrenalina barata del toreig sense entendre’n el ritual. La meva pel·lícula, mon cher, és una meditació estètica, una dissecció del gest primari però amb l’ànima catalana que tu, evidentment, no copses. És un acte de resistència contra el kitsch i la vulgaritat del cinema comercial . Deixa de fer el xarnego i obre els ulls: això no és cinema per a plebeus, és art per a qui sap mirar. Critiques amb la bilis d’un xarnego ressentit, però l’art, estimat, no es mesura amb els teus crits de bar de barri. No és una pel·lícula, és un acte de resistència cultural, una bandera de la catalanitat més pura, aquella que no necessita banderes per afirmar-se.Aquest film, estimat ignorant, és una deconstrucció del mite taurí, una meditació ontològica sobre el cos i la mort, amb Roca Rey com a significant flotant, no pas com a heroi de postal barata. Però, evidentment, això et supera, Hipòlit, perquè la teva sensibilitat està atrapada en la mediocritat d’un món que aplaudeix el fast food narratiu i no sap apreciar el duende català que batega en cada fotograma . Permet-me un consell, mon ami: deixa de rascar-te l’entrecuix intel·lectual i aprèn a mirar. El toreig no és el que veus a la plaça amb els teus ulls de turista; és un ritual arcaic, un simulacre de la nostra pròpia fragilitat, i jo, Albert Serra, l’he elevat a una esfera que ni els teus clixés poden tocar. Torna als teus blockbusters, als teus melodrametes espanyols plens de llagrimeta i tòpic, i deixa l’art als qui tenim l’ànima oberta a la bellesa austera. Des de Banyoles, amb un cafè au lait, un Gauloises fumejant i una superioritat que no cal que justifiqui, et convido a callar i aprendre. O, si més no, a no fer el ridícul.

    • Hola, Albert. Leo en Wikipedia que naciste el mismo día que el hijo de John Lennon y Yoko Ono. Yo también soy cosecha de 1975 (del 30 de mayo). Vi «Liberté» en San Sebastián cuando la presentaste en Tabakalera. Eres un tipo ingenioso y divertido, con un punto histriónico. ¿Por qué no haces comedias? Siempre he pensado cómo sería una película con mis personajes de los Chorizos Parlantes dirigida por ti. Una obra surrealista elevada al cubo seguramente. Enhorabuena por poder vivir de hacer películas. Saludos desde un anfiteatro de San Sebastián.
      PD: Si escribes «Arteros Movie» en YouTube puedes ver gratis mi tragicomedia sobre el mundo del arte (el blog de mi única película es: casiarteros.wordpress.com).
      Y éste el argumento de la segunda parte:
      ARTERIAS
      Esta historia transcurre diez años después de los acontecimientos de «Arteros».
      TAÑO:
      Empieza con Taño en un bar. Bebiendo mucho y dando una entrevista a un periodista. Se ha forrado con sus cuadros y aún pinta un «Casivisto» si se lo solicitan. Pero ,como le confiesa al entrevistador ,hace ya diez años que no sabe nada de él. Prefirió seguir siendo un artista libre antes que ser representado por los Chorizos Parlantes. No le interesaban la fama ni el dinero. Taño nunca llegó a conocer ni a comprender bien a ese «vagabundo desagradecido». Termina la entrevista cuando empieza a enfadarse con las preguntas del periodista. Taño sale del bar algo perjudicado, se monta en su coche, arranca y se estrella contra un muro pintado con la cara de Casivisto. Se mata en el acto.
      SINÓNIMO:
      Lo siguiente que vemos es a un escritor al que su padre (un profesor de literatura con un humor peculiar) puso el nombre de Sinónimo (porque, según él, le haría hacer amigos interesantes pues la gente con inquietudes culturales siempre busca sinónimos) en una habitación con cama, mesilla, escritorio, estantería con muchos libros y cuarto de baño propio. No tiene teléfono ni ordenador ni televisor. Sí una maquina de escribir OIivetti, miles de folios y una radio para entretenerse. No es un cliente de un hotel. La realidad es que está secuestrado por los Chorizos Parlantes en una estancia de su edificio. Le engañaron diciéndole que le ofrecían una residencia artística. Su obligación es escribir monólogos para Eluska.
      ELUSKA:
      Los últimos diez años han pasado factura en la salud mental de Eluska. Nunca la tomaron en serio como actriz y eso afectó a su relación con su pareja (el dueño del Birloque se divorció de ella). Fuera del Birloque, nadie le da trabajo como actriz y, desesperada, se aviene a firmar un contrato con los Chorizos Parlantes. Le buscarán al mejor escritor de la ciudad y lo tendrá a su disposición cuando desee. Eluska lo visitará en su habitación-celda cuando necesite ensayar sus papeles y lo tratará como a un esclavo sin derechos.
      SANI:
      Preocupada por la deriva de su amiga, Sani está dispuesta a hacer algo que no hizo hace diez años: atreverse a entrar en la guarida de los Chorizos Parlantes y tratar de rescatar a Eluska y a Sinónimo. En el funeral de Taño se encontrará con Casivisto después de una década.
      CASIVISTO:
      Casivisto sigue siendo un vagabundo de pasado misterioso. Sigue con su peluca, sus gafas y su nariz. Nunca se muestra ante nadie sin estos complementos, ni siquiera ante Sani (por quien sigue sintiendo un cariño especial). No le cuenta dónde ha estado estos últimos diez años, pero sí le promete que le ayudará a luchar contra los Chorizos Parlantes.
      El resto de la historia no la tengo pensada pero si me gustaría que los Chorizos Parlantes secuestrasen a Casivisto y lo encerrasen junto a Sinónimo. Que el escritor quisiera saber sobre el pasado de Casivisto y ,ante la negativa de éste, jugase con la imaginación inventándose cuatro vidas pasadas para el payaso. Y también me gustaría una pelea a tortas y a tartas entre Casivisto y Chorpa (la única de los Chorizos Parlantes que tiene permiso para emplear la violencia).
      UN ORIGEN PARA LOS CHORIZOS PARLANTES:
      El futuro Charpo es el hijo único de una aristocrática familia. Al morir sus progenitores, hereda una gran fortuna que le permitirá no tener que trabajar ni obedecer a nadie. Es un tipo narcisista, déspota y vicioso. Es un cabrón con mucho dinero, o sea, doblemente cabrón.
      La futura Porcha es una artista frustrada que desprecia a todos los demás artistas. Cree que se confabulan contra ella para no darle oportunidades de triunfar. En privado, es aficionada a practicar facesitting con hombres. Se saca un dinero cobrando por este servicio. Así conoce a Charpo. Ella le habla de sus aspiraciones artísticas, él le promete que le ayudará. Se enamoran y comienzan una relación. Se van a vivir al palacete donde vive él.
      El futuro Parcho es un recién licenciado abogado que cursó la carrera por deseo de sus padres, puesto lo que más quiere él es ser actor. Tiene un problema de desdoblamiento de personalidad que le impide llevar una vida completamente normal. A veces se cree que es los propios personajes que interpreta. Cuando Charpo le contrata como abogado porque cobra menos que los demás, le divierte que sin venir a cuento se ponga a interpretar textos de Shakespeare mientras le asesora sobre aspectos legales.
      La futura Chorpa es una exdrogadicta a la que su familia internó en un psiquiátrico. A consecuencia de haberse drogado tanto, padece un cierto retraso mental y , aunque no es muda, dejó de hablar hace tiempo. Un día se escapa del psiquiátrico y se pierde durante semanas en un bosque. Allí desarrolla sus movimientos animalescos. Se acaba convenciendo de que es una perra. Llega por casualidad al palacete donde viven Charpo y Porcha. Éstos, lejos de asustarse por la inesperada visita, la adoptan como mascota.
      Charpo se da cuenta de que los tres junto con Parcho forman un grupo muy interesante. A sugerencia de Porcha, venden el palacete y compra un edificio entero que piensa transformar en la galería más famosa de la ciudad, en cuya planta superior se instalarán y vivirán ellos.
      El plan es el siguiente: apadrinarán, robarán y humillarán a todos los artistas que puedan. A algunos les harán triunfar pero también sufrir. Una nueva vida excitante está a punto de comenzar para ellos. Nacen los Chorizos Parlantes. Y su lema es: «Los Chorizos Parlantes se quedan lo que ellos ven antes».

  8. LOL!
    No sé el rollo que os traeis entre manos, pero gracias por las risas!

  9. Scatergories

    Al final, no me ha quedado claro si le ha gustado o no

  10. Pues sin saber nada de toros y por tanto, presentándome virgen a la proyección de la película, tengo que decir que no estoy nada de acuerdo con el autor de este artículo. A mi me ha parecido una dramaturgia fascinante. De hecho, es un retrato honesto, no evita mostrar la crueldad, la sangre , el dolor del animal que parece asistir inocente a su propia muerte; y por otro lado, el arrebato, lo inefable del torero como protagonista de la tragedia. A mi me ha gustado mucho.

  11. Joder, que no entiendo que se disfrute con la tortura y muerte de un ser vivo.

  12. JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
    GRANDE HIPÓLITO!
    Somníferos Erice!
    (Aunque no entiendo porqué han deshabilitado los comentarios a su nueva crítica)

  13. Mi más sinceras felicitaciones a la revista. De un tiempo a esta parte, las mejores criticas de cine, o al menos las más originales, las he disfrutado gracias a este medio. A veces os pasais con el vitriolo, pero se compensa gracias a las carcajadas.

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