
(Bob Dylan en la película inédita Hearts of Fire (1987), fotografía de David Appleby)
Es curioso la de tinta que se está gastando en un grupo que evidentemente tuvo gran éxito comercial pero que artísticamente era y sobre todo es intrascendente. Lo de hablar de las letras como si fueran las de Dylan o de Turpin no termino de pillar si en serio, ironía o qué coño.
Esa frase, lanzada con ligereza en X en respuesta a un artículo sobre la evolución del grupo donostiarra, encierra un prejuicio cultural mucho más profundo de lo que aparenta: que el arte solo puede serlo si es difícil, y que la emoción expresada con claridad es sospechosa. El debate sobre la supuesta “intrascendencia” de La Oreja de Van Gogh revela la persistencia de una jerarquía estética heredada del siglo XIX: lo anglosajón se asocia a profundidad literaria, lo hispano a sentimentalismo. Sin embargo, si se analizan desde la teoría literaria dos canciones relevantes de ambos no se encuentra la distancia abismal que el sentido común presupone, sino un sorprendente parentesco estructural y simbólico. Tomemos como ejemplo Jueves, la canción del grupo donostiarra sobre los atentados del 11-M, y Hurricane, la balada de Bob Dylan sobre la condena injusta del boxeador Rubin Carter y analicemos si se encuentran más cerca de lo que cualquier prejuicio nacional o de género permitiría admitir. Ambas son narraciones de una tragedia colectiva narradas a través de la voz y una melodía.
Roman Jakobson distinguía en su modelo de las funciones del lenguaje la función poética, aquella que pone el acento en la forma del mensaje. En Jueves, el referente —los atentados de Atocha— está deliberadamente oculto; la letra no nombra la violencia, la bordea. Su eficacia poética reside precisamente en esa desviación de la función referencial: “Si fuera más guapa y un poco más lista, / si fuera especial, si fuera de revista…” La narradora no cuenta una tragedia, sino su vida mínima, su inseguridad, su enamoramiento cotidiano. El hecho histórico emerge solo al final, cuando el verso “y pienso qué suerte, que es el mismo vagón” se resignifica trágicamente. Dylan, por su parte, privilegia la función conativa y fática: su Hurricane comienza con un imperativo narrativo —“Aquí viene la historia del Huracán, el hombre al que las autoridades culparon”— que interpela al oyente y lo convierte en testigo moral. Jakobson vería en Dylan una orientación hacia la eficacia comunicativa, y en La Oreja, una hacia la resonancia afectiva. Ambos explotan la función poética, pero en direcciones opuestas: uno para denunciar, la otra para humanizar.
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Ledesma, eres un meme andante. Pásame tu dealer y nos ponemos juntos. No te preocupes, me gustan mayores.
Vaya, no la conocía, es tan efectista…diría que Dylan aporta al pop el registro de la poesía culta. La Oreja lo intenta a menudo, veo yo. Son mensajes grandilocuentes. Dylan no siempre usa ese registro. También me parece típico en Dylan la voz del narrador. La chica ye ye no pretende ser alta poesía pero me parece un poema insuperable. La escribió un señorón. Dylan suele meter a alguien a quien hace contar algo.
Hipólito, déjate ya de tanta pedantería y tanta tontería y dile a tu hermano que no se haga más el remolón y publique de una vez su nueva crítica cinematográfica.
¿El verso ese que citas de Jueves “y pienso qué suerte, que es el mismo vagón” te lo ha colado el ChatGPT mientras escribía el artículo o te lo has inventado tú? Porque ya te digo yo que no existe tal cosa.
Buen ojo, aunque mala comprensión. Recuerda que este es un artículo que pretende demostrar que LOVG y Dylan son homologables como letristas…
Buenas noches, Don Hipólito, un honor tenerle por aquí.
Me gustaría hacerle una pregunta:
¿Abusa usted de alguna sustancia psicotrópica cuando escribe sus críticas cinematográficas en su versión Doppelgänger?
Si la respuesta es afirmativa:
¿Sería tan amable de pasarme el móvil de su camello?
Gracias
Se nota que has escuchado mucho más a La Oreja que a Dylan, y también se nota que has usado ChatGPT para citar con pedantería a autores que no has leído.
Probablemente esta boutade te pareció graciosa al cuarto gin tonic, pero no lo es. Esta revista debería exigir un poco más a la hora de publicar, no puedes colar esto entre otros artículos que son brillantes, originales y bien elaborados.
Sólo por los comentarios ha valido la pena leer este infumable artículo
Este artículo presenta un prejuicio cultural mucho más profundo de lo que aparenta: a más autores citados, más «trascendente» es el artículo. Aquí doce, hasta Aristóteles. Se echa en falta a McLuhan y Chomsky, aderezos de todas las salsas. Y para añadir perspectiva de género pongamos a Judith Butler. Para lo queer, Bob Pop.
Llevado por mi ego descomunal ya conocido no tengo reparos en citarme a mí mismo:
«Las canciones no son buenas ni son malas, son importantes o no lo son. Son importantes cuando forman parte de la banda sonora de tu vida y no lo son cuando no. Y la banda sonora de la vida no la escoges, más bien te la encuentras. Te la ponen en bandeja, te la llevan cucharada a cucharada a la boca y hacen que te la tragues. Púas tiene razón y también se equivoca: lo que le gusta al público es lo que escucha, lo que le hacen escuchar, lo que le meten por los oídos hasta transformarle los sesos en jalea, y luego le dan más y más, mientras pueda pagarlo.
Imagino, en el cerebro, la memoria musical de la peña como una cinta de casete, al principio hay mucho espacio, prácticamente lo único que tiene grabado es El patio de mi casa y Cumpleaños feliz, eso es porque todavía no saben usar los mandos de la grabadora, cuando descubran su utilidad comenzaran a grabar en ella. Un día creerán escoger un género, un sonido y durante un tiempo no pararan de llenar la cinta. ¿Con qué? No tienes que calentarte mucho el coco, tú solo dales una y otra vez la misma fórmula hasta que la aborrezcan.
No creo que el común de los mortales encuentre mucha transcendencia en la música, más allá de un suspiro de añoranza. Y en el Rock, en el Pop y toda su familia de ritmos bastardos menos. Mirad hacia otro lado si queréis, pero la historia del Rock es una historia de sobornos a pinchadiscos, pactos entre comadrejas, plagios descarados, infantilismos y cada vez más volumen y efecto de phaser, fuzz, vocoder, autotune o lo que toque para tapar la falta de creatividad.
¿Nunca hay nada profundo en una canción? No hablo de bajos que retumben en tu vientre y te hagan ir al baño, pregunto si una canción puede tener unos… valores propios, intrínsecos, que le permitan atravesar el tiempo, permanecer, para que alguien dentro de mucho tiempo, generaciones y generaciones después, encuentre un mensaje en ella, un mensaje que parezca destinado exclusivamente a él. No son preguntas para un vigilante nocturno o quizás sí; el resto de la gente no tiene tiempo, ni interés para planteárselas. Son malas noticias nena, tendrás que vivir con ellas, cuando yo no esté.»
Más de lo mismo en https://pacodetorresquinceminutos.blogspot.com/2023/07/minutos-capitulo-i-donde-estan-tus.html
Buen pajotazo te has marcado, Hipólito. Aunque puedan ser una charlotada, a mí , estos artículos me entretienen.
¿Para cuándo una disección del «Cuando sea famosa» por De Teresa? Me da igual por Hipólito Ledesma o por su doppelganger, o lo que conyo sea!
¿Oiga? ¿Usted está bien? ¿Se rié de nosotros?¿Es posmodernismo provocador? ¿Ha estudiado usted bien la letra de Hurricane? Es una novela negra, una película de Scorsese . Son 1o minutos de pura maestría. Cuando le dieron el premio Nobel y algunos se quejaron, yo dije: lean la letra de está canción y luego escuchen como la desgrana el bardo de Minessota, con una voz de mercurio líquido y un violín incisico que acaba en un duelo esplendoroso con la armónica. Se me ocurren canciones en español que pueden estar a su altura literaria «La tarde amarilla en el pozo minero» de Victor Manuel ( no recuerdo en título), el «Romance del Curro el Palmo» … pero no muchas más. No jodamos… «Hurricane» madre mía::
Típico artículo chachi lerendi. La oreja. Lo que faltaba ya por reivindicar.