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Museografía de la emoción. El museo ya no se visita: se vive

Museografía de la emoción
Espacio Moja. Catalunya: Patrimonio vivo, una experiencia inmersiva sobre la diversidad y la riqueza del patrimonio cultural de nuestro país. «Espacio Moja. Catalunya: Patrimonio vivo» es un gran centro de difusión y promoción del patrimonio de Catalunya. Este espacio se presenta como un viaje en el tiempo que permite a los visitantes captar la realidad histórica y presente desde múltiples perspectivas y emociones. Todos los rasgos identificadores como país explicados de forma vivencial, inmersiva e interactiva. Realidad virtual, hologramas e interactivos son algunos de los recursos que configuran esta experiencia.

Hay lugares que no se visitan, se atraviesan. Son esos lugares que nos habitan mucho después de haber salido. La experiencia museográfica —tradicionalmente concebida como una secuencia de vitrinas, objetos y cartelas— está mutando. Ya no basta con mostrar; ahora hace falta algo más.

En ese cruce entre relato, tecnología y emoción aparece Grup Transversal, liderado por Eudald Tomasa, artífice del concepto de museografía de la emoción. No es una etiqueta de marketing, sino una forma de repensar la relación de los museos y los espacios patrimoniales con quienes los recorren. Grup Transversal no diseña espacios, sino que crea experiencias inmersivas que interpelan, emocionan y son recordadas.

Lo entrevistamos para entender qué se esconde tras este nuevo concepto y cómo se materializa.

¿Cómo nace lo que vosotros llamáis museografía de la emoción?

Nace de una pregunta muy sencilla: ¿qué recordamos de verdad cuando salimos de un museo? Los museos, los espacios patrimoniales o las exposiciones son lugares de aprendizaje informal y de descubrimiento. Y muchas veces pasamos por ellos y acabamos recordando muy pocas cosas. Y es sencillamente porque no nos han tocado de verdad, no nos han impactado. Un dato puede olvidarse; una experiencia significativa, no.

Pasamos del storytelling al storyliving. Hay que poner al visitante en el centro, pero de verdad. Atravesado por un relato, una narrativa que comprende, que le llega, una experiencia sensorial que le atrapa. Y la emoción juega un papel crucial en ello. Está demostrado que las emociones tienen un papel en el aprendizaje: no solo afectan a nuestra atención, sino también a nuestros recuerdos.

¿Eso implica renunciar al discurso expositivo tradicional?

No, en absoluto. Lo que implica es entender que el relato se construye también desde lo sensorial, lo simbólico, lo experiencial. En lugar de presentar información como quien despliega un archivo, la museografía de la emoción la presenta como una narración vivida. No se trata de enseñar, sino de provocar: una imagen, una atmósfera, una sensación, una textura… Y de ahí nace el deseo de saber más.

El ámbito de la museografía ha sido muy tradicional durante mucho tiempo. ¿Cuesta aún romper con este paradigma?

Ha costado mucho, pero la buena noticia es que cada vez cuesta menos. Porque la realidad se impone. Nuestra sociedad ha cambiado mucho, sobre todo la manera de relacionarnos con nuestro entorno, de aprender y de consumir contenidos. Todo es más ágil y tenemos tantos estímulos que el impacto se ha convertido en algo necesario.

La museografía de la emoción es una respuesta natural a una sociedad que pide menos distancia y más conexión. Ya no basta con ofrecer información; es necesario provocar algo dentro de quien nos visita. Hay que pensar que hoy en día tenemos acceso a mucha más información que antes. Nuestra función, en este sentido, es más importante que nunca: debemos ser filtros de las fuentes más rigurosas, seleccionarlas con criterio y darles forma de relato, de emoción, de experiencia significativa. Se trata de traducir el conocimiento en vivencia.

La espectacularidad no es el problema. El problema es la espectacularidad que nace sin un ancla en una idea relevante.

¿De qué recursos o herramientas dispone Grup Transversal para cumplir con ese objetivo?

Nosotros llevamos treinta años no solo concibiendo y produciendo espacios museográficos, sino también gestionándolos. Estamos día a día en contacto con diferentes segmentos de público y sabemos muy bien lo que funciona. Esa experiencia nos ha permitido desarrollar una metodología 360º que va mucho más allá del diseño museográfico. Esta mirada global nos da una visión que otros modelos más parciales no tienen. No solo creamos experiencias; las vivimos, las evaluamos y las perfeccionamos constantemente.

Además, partimos siempre de un análisis estratégico del espacio, su contexto y la temática en cuestión. A partir de ahí, construimos una narrativa central sólida a la que le damos forma utilizando diferentes recursos que hacen que la experiencia del visitante sea totalmente lúdica y emocional.

Museografía de la emoción
Casa Natal de Salvador Dalí, un relato inmersivo para conocer la figura de Dalí. La inmersividad es el eje de la propuesta, con recreaciones escenográficas, hologramas, calidoscopios, proyecciones mapeadas y envolventes, interactivos y juegos de luces y de sonido. El recorrido se convierte en una gran narración inmersiva a través de las diversas estancias guiada por un diálogo interior entre dos voces: la del propio Dalí, formada por fragmentos de sus pensamientos, escritos, citas, entrevistas, declaraciones… y una voz narradora que acompañará a los visitantes para guiarles y provocar su curiosidad y complicidad.

¿Y cómo se traduce esta metodología 360º en la práctica?

La inmersividad es una de nuestras señas de identidad: sumergimos al visitante en una experiencia que lo transporta en el tiempo o en el espacio, conectándolo emocionalmente con la temática de forma profunda y sorprendente. Pero la verdadera inmersividad no es aquella en la que tú ves la tecnología. Cuando la tecnología está bien integrada, desaparece: se percibe el efecto, pero no el mecanismo. Y eso es fundamental.

Tampoco buscamos hacer una proyección espectacular en una caja vacía. El espacio físico forma parte indisoluble de la experiencia y buscamos integrarlo con un sentido que va ligado intrínsecamente a aquello que queremos explicar.

La inmersividad es un recurso muy rico y con muchas capas: no es solo una proyección, es la aparición de un holograma, es un efecto en un espejo, es una música envolvente o una textura en el ambiente.

También es importante la interactividad en nuestros proyectos museográficos. Implementamos la didáctica más avanzada para que la experiencia sea lo más interactiva posible y el público no sea un mero espectador. La concebimos como un juego que pide un papel activo por parte del visitante. Si no, tenemos claro que no funciona.

Y para todo ello, apostamos firmemente por la tecnología de vanguardia. Disponemos de un equipo propio que desarrolla soluciones innovadoras en ingeniería y en inteligencia artificial aplicadas a la museografía. Y en todo este proceso intervienen profesionales de todo tipo: de diseño, escenografía, mundo audiovisual, iluminación, música…

Trabajamos con el máximo rigor y la máxima tecnología: porque la tecnología sin sentido es vacía, y el rigor sin emoción, aburrido.

Museografía de la emoción
Museu Romà de Premià de Mar, un despliegue de recursos multimedia pone en valor los restos de este yacimiento de época romana. El proyecto se ubica en el conjunto romano de Can Ferrerons. Gracias a un relato vivencial y a un gran despliegue de recursos multimedia, se ponen en valor y se interpretan los restos de este impresionante yacimiento. La nueva museografía pretende convertir el yacimiento romano en una experiencia inmersiva que conecte a los visitantes con la historia romana de Premià.

Uno de vuestros proyectos más icónicos fue Món Sant Benet, y ya hablabais de inmersividad.

Sí, podemos decir orgullosos que hace 20 años ya utilizábamos este concepto cuando nadie lo hacía. Nuestro recorrido ha tenido un criterio claro desde sus inicios y en este camino hemos aprendido mucho.

En Món Sant Benet ya entendimos que la inmersividad no dependía solo de la tecnología, sino de cómo articular el espacio, la narrativa y la emoción. No se trataba de mostrar efectos espectaculares, sino de provocar una vivencia íntima, casi cinematográfica, que conectara al visitante con la historia de Cataluña y un monasterio del siglo XI. Aquella experiencia nos marcó profundamente porque supuso un punto de inflexión en nuestra manera de entender un espacio patrimonial como un espacio vivo, sensible y significativo.

Dos de vuestros proyectos más recientes son de tintes muy distintos: el Museo del Ferrocarril de Mallorca o Gogoragunea, espacio de memoria situado en la ciudad de Bilbao. ¿Cómo se gradúa este lenguaje ante temáticas tan distintas?

La creación de una experiencia inmersiva ante temáticas tan significativas como las que aborda Gogoragunea requiere un enfoque equilibrado entre el respeto por el tema y la necesidad de captar la atención del público de manera profunda y reflexiva. Ciertamente es un proyecto casi periodístico que ha sido abordado con anterioridad en múltiples formatos: reportajes, debates, investigaciones académicas… El reto que nos queda en nuestro ámbito es hacerlo vivir en primera persona desde un relato que llegue al visitante.

Por otro lado, en un proyecto como el del Museo del Ferrocarril de Mallorca, el enfoque es más lúdico y educativo, pero igualmente busca explicar algo más profundo, como la transformación social y comercial que vivió la isla gracias a la implementación de su red ferroviaria. En este proyecto la parte interactiva ha sido relevante. La visita finaliza con una sala con distintos interactivos que profundizan en diferentes profesiones relacionadas con el mundo del ferrocarril y un simulador de tren. El conocimiento desde la propia experiencia permite al visitante conectar emocionalmente con la historia del ferrocarril y comprender su impacto en la vida cotidiana de generaciones pasadas.

La emoción, en este sentido, es un elemento transversal a todos los temas. La clave está en crear un espacio que resuene de forma profunda con el visitante, sin importar el tema. En ambos casos, se trata de construir una experiencia que invite al espectador a sumergirse, conectar y reflexionar, con una narrativa que nunca pierda su conexión con lo esencial del mensaje que se quiere transmitir.

La emoción es, sin lugar a dudas, un lenguaje universal.

Museografía de la emoción
Museo del Ferrocarril de Mallorca, un recorrido entre realidad y virtualidad. El museo del Ferrocarril de Mallorca, ubicado en Son Carrió (Sant Llorenç des Cardassar), explica la transformación social y comercial que vivió la isla de Mallorca gracias a la implementación de su red ferroviaria. Un proyecto inmersivo a medio camino entre la realidad y la virtualidad donde proyecciones de gran formato, hologramas, música envolvente, mappings e incluso el humo de la locomotora convierten este nuevo espacio en un emocionante viaje.

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