
Ascender socialmente desde el ámbito cultural —usar la cultura como un auténtico ascensor social— es un fenómeno improbable. Figuras como Annie Ernaux o Didier Eribon son a la vez ejemplo y excepción, convirtiendo su obra en testimonio del proceso académico, personal y social que implica atravesar el techo de clase.
Convertirse en la primera persona de la familia en acceder a la universidad es, sin duda, un motivo de orgullo colectivo y esperanza frente a la posibilidad de alcanzar un futuro distinto —y más cómodo— al que parecía establecido. Sin embargo, también se trata de un fenómeno con sombras.
El «estudiante de nueva generación» se enfrenta a obstáculos burocráticos, a la contradicción entre el mundo de origen y el nuevo entorno al que accede, e incluso a la culpa de disfrutar de un espacio vedado a sus predecesores y costeado a base de su sacrificio.
Existen pocos, aunque muy sonados, ejemplos entre las personalidades del mundo de la cultura que lograron ascender socialmente gracias a sus propios méritos. El filósofo, periodista y escritor Albert Camus, nacido en el barrio obrero de Belcourt (Argelia), hijo de padre ausente y madre analfabeta, consiguió alzarse con el Nobel de Literatura en 1957. La ganadora del mismo galardón en 2022, Annie Ernaux, procede de una familia trabajadora: padre mozo de granja y madre obrera de fábrica antes de regentar una pequeña tienda de ultramarinos en Yvetot (Normandía).
Otro ejemplo es Didier Eribon, filósofo y periodista francés, cuya reflexión sobre su propia biografía dio lugar a Regreso a Reims (2009), un ensayo imprescindible para entender la relación entre ascenso social y conciencia de clase. Dentro de nuestras fronteras, destaca Francisco Umbral, natural de Madrid, de padre ausente y madre secretaria, que sin necesidad de formación académica formal conquistó el Premio Cervantes en 2001.
Camus, Ernaux, Eribon y Umbral demuestran que la cultura puede ser una vía de ascenso social distinta a la acumulación de capital. Lejos de los Amancios que empezaron en un garaje, se trata de individuos que, desde entornos obreros, conquistaron un lugar propio en las esferas académicas, sociales y culturales —territorios tradicionalmente percibidos como elitistas— gracias a la curiosidad, la inteligencia, la inquietud y el inconformismo.
La importancia de su presencia en esos espacios radica en que son ellos, y no otros, quienes tienen la posibilidad —casi el deber— de dar testimonio de la vida en los entornos obreros. Ernaux lo expresó con claridad: «Al escribir se estrecha el camino entre dignificar un modo de vida considerado inferior y denunciar la alienación que conlleva. Porque estas formas de vida eran las nuestras, y casi podían considerarse felicidad, pero también lo eran las humillantes barreras de nuestra condición».
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