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Los falsificadores (6): Hoffman, mormones y versos de Emily Dickinson

Mark Hoffman. (DP)
Mark Hoffman. (DP)

En cuanto a Hoffman, solo una cosa es segura: si nos hubiéramos encontrado su historia en una novela, hubiéramos reprochado a su autor un exceso de inverosimilitud, haberse pasado de frenada en la invención de hazañas de su personaje. Pero la realidad no necesita ser verosímil, ya se ha dicho: puede permitirse el lujo de incurrir en exageraciones que se cargarían cualquier novela. Por fortuna, quien rinde cuentas de las peripecias de Hoffman, Simon Worrall, es un periodista de la antigua escuela americana, la que sabe que lo mejor que puede hacer un prosista es quitarse de en medio —como si no estuviera, como si solo fuera una herramienta que se deja usar para llegar a un fin— cuando la historia que va tejiendo es lo suficientemente potente, escribir claro y preciso, poner orden en el caos y ofrecer información fidedigna y nítida con la que desentrañar estructuras que, sometidas a redacción minuciosa, nos hubieran quizá aburrido en vez de hechizado. El trabajo de Worrall es encomiable porque, además, prescinde de fuegos artificiales, de marcas de autor, de prosa trajinada para que advirtamos su presencia. Contiene investigación eficaz, redacción precisa y una ingente cantidad de datos sobre temas distintos tan bien presentados y explicados que el lector no tiene nunca la impresión de que lo están apalizando con mera erudición: un ejemplo de que la divulgación no tiene por qué rebajar el alcance del tema al que se acerca. Como mucho, según es norma también de la escuela americana, el autor se deja ver solo al principio para notificar en qué momento quedó fascinado por la historia que se presta a contarnos. Pasas la página y ya te tiene agarrado de los ojos, fascinado ante la sucesión, tan equilibrada —lo cual es otro mérito suyo—, de hechos que va a contarnos y que empieza en el pueblo donde pasó su vida Emily Dickinson, el día en que el mundo se entera de que ha aparecido un poema inédito suyo, manuscrito, que va a subastar la casa Sotheby’s en Nueva York con un precio de salida de diez mil dólares. El bibliotecario del pueblo es un hombre que se ha propuesto dotar a la institución de cuanto documento original referido a la gran vecina de la localidad pueda conseguir. Solo tiene de presupuesto la mitad del precio de salida, pero no duda en abrir una campaña para obtener fondos suficientes que le permitan al menos poder pujar —sabe que al precio de remate hay que sumarle el doce por ciento de comisión que se lleva la casa de subastas—. En un arranque de orgullo local, vecinos y admiradores de la poeta de todo el país empiezan a soltar dinero: unos mil dólares que sacan de sus ahorros, otros —como algunos estudiantes— cien dólares; llegan sobres con donativos de todo el país, el poema manuscrito de Emily Dickinson debe quedarse en Amherst, no debería ir a la caja de caudales de ningún millonario o coleccionista que lo encierre en su mazmorra de tesoros que no desea enseñar a nadie o, peor aún, al salón de una estrella de Hollywood que lo mostrará a las visitas convenientemente enmarcado. Hasta veintiún mil dólares consigue reunir el bibliotecario. El día de la subasta, después de una semana sin pegar ojo, teme que no sea suficiente porque, nada más abrirse la puja, el precio ha ido subiendo a velocidad de quinientos dólares hasta los diecisiete mil. Sabe que debe pujar ya, ha sabido aguantarse para que no se alzara el precio, pero echando cuentas calcula que solo podrá hacer dos pujas, está pujando telefónicamente y da orden de que suban a dieciocho mil; inmediatamente es contestado con un dieciocho mil quinientos, sube de nuevo a diecinueve mil a sabiendas de que, si su rival vuelve a superarle, se acabó. Para su sorpresa, lo que oye al fondo es un «diecinueve mil a la una, a las dos y adjudicado». Ha ganado el manuscrito del poema inédito de Emily Dickinson, se desata la euforia en el pueblo, todo el mundo se felicita. Nadie sabe aún que acaban de comprar un poema que su ilustre paisana jamás escribió, que lo que han adquirido es una pieza exquisitamente falsificada por Mark Hoffman, a esas alturas famoso por haberle vendido cientos de documentos a la comunidad mormona por valor de medio millón de dólares, además de haber colocado otras muchas falsificaciones de ilustres americanos, desde Lincoln hasta Daniel Boone.

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Un comentario

  1. Qué buen artículo de divulgación, estimado. Se agradece. Con tantos datos verosímiles y tan bien narrados se me ocurre que hasta mi propia existencia es una falsificación y, como no podía ser de otra manera comenzó con las religiones. Hay que ser pavo para comprar reliquias a través de las franquicias de la religión, que a manos llenas derramó primicias con las albricias de un mundo mejor en otro lado, no por estos pagos, no.

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