Cómics

Del Quimicefa al -inator: la educación que recibí de Bacterio, Panorámix y Tornasol para acabar amando a Heinz Doofenshmirtz

De pequeña soñaba con ser científica, recuerdo que con seis años ya les pedí a los Reyes Magos que me trajesen el Quimicefa. Esa caja en cuyo frontal aparecían tubos de ensayo, pipetas y muchos botecitos con sustancias químicas era un auténtico cofre del tesoro para mí. No sabía pronunciar correctamente los nombres de lo que contenía, ni entendía las advertencias impresas en letra minúscula, pero intuía que allí dentro se escondía algo parecido al poder. Ese año no me lo trajeron —mis padres decían que era muy pequeña— y no fue hasta que cumplí los ocho que tuve entre mis manos la caja de Pandora soñada. Abrirla fue un ritual y estuve horas mirando cada reactivo, cada frasco, cada herramienta contenida en la caja. Lo miré todo hasta la extenuación excepto las instrucciones.

Mucho antes de saber qué era una hipótesis o una metodología, ya me había aburrido de mezclar sin ton ni son sales de colores y no conseguir nada. Mis padres, que eran unos cachondos, al ver mi frustración y sin ánimo pedagógico ninguno, me regalaron un cómic —en aquellos ochenta aún se llamaban tebeos— titulado «El otro yo del profesor Bacterio». Con solemnidad fingida me dijeron que dentro encontraría al científico que llevaba dentro. Empecé a leerlo con desconfianza y atravesé un camino de sentimientos encontrados que oscilaba entre la rabia hacia mis puñeteros progenitores por el mensaje que me habían mandado y el disfrute máximo de leer por primera vez a unos peculiares detectives que hicieron muy feliz mi adolescencia.

Los artilugios del profesor bacterio a la par que ingeniosos eran un absoluto fracaso, como lo fueron las mezclas absurdas que hice con el Quimicefa. Sus inventos eran objetos concebidos con entusiasmo, ejecutados con solemnidad y condenados al desastre inmediato. La herculesmicina, el suero Zouf-47-X o el maravilloso sulfato atómico obra cumbre de la investigación científica. Todo lo que salía del cerebro de Bacterio me producía una alegría íntima, una complicidad secreta. El profesor de la TIA no inventaba para dominar el mundo, inventaba porque no podía evitarlo. Y eso, para mí, lo hacía profundamente verosímil.

Una Navidad después llegó a mis oídos la palabra druida y, con ella, la revelación definitiva de que el Quimicefa no solo estaba conectado con la ciencia si te leías las instrucciones, si no que para las perezosas como yo se había creado un concepto sublime: las pócimas mágicas. Astérix irrumpió en mi infancia en el momento adecuado y pasé de querer ser científica a convertirme en una gran druida. Había que hacer algunos cambios como sustituir la bata blanca por una túnica, y el laboratorio por un claro del bosque. El gesto esencial era el mismo: mezclar, esperar, confiar. Panorámix removiendo su caldero con parsimonia infinita me pareció una figura de autoridad mucho más convincente que Ramón y Cajal o el propio Einstein.

Combinar ingredientes al azar buscando la poción mágica era lo más fascinante que me había pasado hasta aquel momento. Panoramix no explicaba, se limitaba preparar, y su eficacia dependía tanto de la receta como del respeto al ritual. Entendí entonces que mi fascinación no era por la ciencia en su versión académica, sino por ese territorio fronterizo donde el conocimiento se parece peligrosamente al hechizo, donde una mezcla bien hecha puede cambiar el curso de una pelea, de una historia o de una vida, y donde siempre existe la posibilidad —deliciosa y aterradora— de que algo salga mal.

Vino otra Navidad y con los diez años cierta madurez infantil que pedía a gritos una figura de referencia nueva. Y llegó, esta vez con nombre de colorante vegetal: el profesor Tornasol. Con él entré sin darme cuenta en una fase distinta de la fascinación, menos explosiva y más inquietante. Tornasol no hacía reír de inmediato como Bacterio —ya estaban Hernández y Fernández— ni prometía la fuerza bruta de una pócima gala, sino que avanzaba envuelto en una niebla de despiste y genialidad que me producía una extraña incomodidad. Era sordo, hablaba de flores cuando los demás hablaban de armas, y mientras yo seguía buscando el chispazo inmediato, él trabajaba en silencio en inventos capaces de alterar el mundo. Tornasol no mezclaba, construía: pensaba en planos, en motores, en trayectorias imposibles y soluciones mecánicas que llevaban la imaginación directamente al terreno de lo real. El cohete lunar, el submarino tiburón, los patines motorizados o aquella arma de ultrasonidos que ponía nerviosos a gobiernos enteros no parecían surgir de un laboratorio caótico, sino de una mente orientada a hacer funcionar las cosas, costara lo que costara.

Eso era lo que me descolocaba entonces y lo que ahora entiendo mejor: Tornasol era más ingeniero excéntrico que científico loco, alguien que creía que cualquier problema tenía una respuesta técnica si se pensaba lo suficiente. Incluso cuando recurría a la química —un antídoto, un tratamiento contra el alcoholismo— lo hacía con la naturalidad de quien usa una herramienta más en una caja bien ordenada. A mis diez años no sabía nada de física ni de ingeniería, pero sí percibía que con Tornasol la ciencia dejaba de ser juego o ritual para convertirse en algo serio, de adultos, algo que no explotaba en la viñeta siguiente pero que podía cambiarlo todo sin avisar. Y esa sensación, más que la risa o la magia, fue la que me hizo pasar página con un respeto nuevo.

Con el tiempo fui entendiendo que no terminaba de encajar en ninguno de aquellos moldes que me habían fascinado de niña. No era Bacterio, porque el desastre me divertía pero no me definía; no era Panorámix, porque nunca tuve paciencia para el ritual; tampoco Tornasol, porque la ingeniería exige una fe en el orden que siempre me ha resultado ajena. Me gustaba observarlos, leerlos, seguir sus trayectorias improbables, pero no ocupar su lugar. En algún punto, casi sin darme cuenta, cambié el laboratorio por la libreta, la probeta por la pregunta. Hacerme periodista fue una forma lateral de seguir curioseando el mundo, de desmontarlo por piezas sin necesidad de hacerlo explotar, de mezclar ideas en lugar de sustancias y asumir que el error también podía ser productivo si se contaba bien.

Muchos años después, ya con una hija, apareció en casa Phineas y Ferb y con ellos el doctor Heinz Doofenshmirtz, y entonces sí, todo encajó. Doof no era un científico ni un ingeniero al uso: era un empresario del resentimiento, el CEO de su propia desgracia, convencido de ser malvado por vocación cuando en realidad lo era por pura inercia biográfica. Sus inventos —todos acabados en «-inator»— no buscaban tanto conquistar el Área Limítrofe como explicarla, vengarse de una infancia miserable, ajustar cuentas con una vida que siempre le había ido un paso por delante. Me fascinó que fracasara no por falta de inteligencia, sino por exceso de necesidad de ser escuchado: le contaba todo a Perry el Ornitorrinco, con flashbacks incluidos, le explicaba el plan, el trauma y hasta dónde estaba el botón de autodestrucción. Doofenshmirtz no quería ganar, quería que alguien entendiera por qué lo estaba intentando. Y al descubrirlo con mi hija comprendí, con una claridad casi incómoda, que de todos aquellos científicos extravagantes ese era el que más se me parecía: no el que conquista el mundo, sino el que lo narra mientras se le viene encima.

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4 Comentarios

  1. Sublime

  2. E.Roberto

    ¡Qué grande, señora! Un relato para leer cuando todo nos sale mal, y como tercos que somos volvemos a intentarlo con nuevos ingredientes o pociones mágicas, o simplemente con elementos de la tabla periódica de la fantasía que la pobreza ofrece a manos llenas. Me ha hecho recordar el espanto de mi vieja (y la consecuente persecución por toda la casa) al ver que de una frasco de dulces vacio, mi “probeta”, comenzó a elevarse una espuma amenazadora (el aumento de la temperatura la comprobé solo yo. Si lo hubiera hecho mi vieja no sé qué habría sucedido ), espuma que no se detenía; continuaba borbotear y a desbordar. Fue una inmensa emoción que no olvidaré. Y todo comenzó al querer saber qué sucedía con la mezcla de dos productos caseros bastante “agresivos o disgustosos” según mi entender de pibe: la lejía y el jugo de limón. Hubo un tercer “elemento”, seguramente casero, pero no recuerdo. Tal vez la sal. Un hito de la ciencia pobre. El otro memorable ensayo sin mayores consecuencias fue tratar de encerrar el “inocuo” vapor de agua en una lata de conservas, pues los trenes de este tipo me subyugaban. Ahí aprendí a mis expensas que el “inocuo” vapor necesita de un robusto contenedor. Ha escrito un relato maravilloso, señora, divertido, profundo, estimulante y me ha hecho reflexionar nuevamente sobre ese prejuicio que me viene de “fábrica”: que las niñas no están programadas genéticamente para las ciencias. Tiempos memorables esoy viviendo. Todo lo mejor para usted. Y para su niña.

  3. de ventre

    honor y gloria al dr. Doofernsmichtz! que sepan uds. que al final encontró la redención: https://en.wikipedia.org/wiki/Dr._Heinz_Doofenshmirtz

    contemplen el gafapastinator!

    j

  4. Una señora repasa los tebeos que leía cuando era joven.

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