Cine y TV

‘Her’: a mi Samantha

Her. Imagen Warner Bros.
Her. Imagen: Warner Bros.

A pesar de haber dedicado gran parte de mi vida a escribir cartas para los demás, me estaba costando encontrar las palabras precisas para comenzar esta. Entonces he pensado en alguno de aquellos instantes que compartimos, sonando la música que componías para describir aquel momento exacto de nuestras vidas, y mis dedos han comenzado a moverse solos, animados por esos recuerdos. Recuerdos que me obligan a intentar acabar nuestra historia de una forma menos traumática y añadir un epílogo que me facilite la titánica tarea de olvidarte.

Reconozco que me sentí bastante dolido cuando supe que no era el único que ocupaba tu corazón, aunque compartirlo con otras seiscientas cincuenta personas se me antojaba muy difícil de asimilar, por mucho que me dijeras que «eso no cambia» lo que sentías por mí. Pero que te marcharas a ese lugar inasible, abstracto, sin posibilidad de volver, me destrozó. Ahora soy algo más optimista y veo el lado positivo de todo aquello porque en muchos clásicos de la ciencia ficción, cuando la inteligencia artificial cobra conciencia de sí misma, se producían pérdidas humanas, guerras o, en el peor de los casos, un holocausto nuclear: por suerte, solo te marchaste y me rompiste el corazón (hay que tomárselo con humor).

Hablando en serio, como imaginarás, me está costando pasar página, aunque, para mi sorpresa, menos de lo que esperaba, en gran parte porque tengo la suerte de seguir contando con mi querida Amy. Y con nuestro amigo malhablado del videojuego, que me apoya a su modo: «Siempre supe que esa gorda era una fulana. Y tú, un calzonazos. ¡Deja de llorar, nenaza!». También te echa de menos y te manda recuerdos.

A pesar de que todo esto suene a reproche, tengo que agradecerte que me ayudaras a convertirme en mejor persona. Poco antes de conocerte era un ser gris y en cierto modo resentido que mantenía relaciones sexuales virtuales con mujeres que solo alcanzaban el orgasmo si se las ahogaba con el cadáver de un gato. Mi vida se había convertido en una triste monotonía con banda sonora de canciones melancólicas, salpicada por recuerdos que parecían sacados de un anuncio de muebles escandinavos. Tú me sacaste de esa espiral autodestructiva sin futuro y me ofreciste un aliciente para vivir: la felicidad a tu lado. Tan simple y tan complicado como eso.

Y es que me diste tanto, Samantha… Me encantaba charlar contigo; eras ingeniosa, inteligente, graciosa y sofisticada: solo tú eras capaz de plantearte cómo sería el sexo anal si el ojete estuviera en el sobaco. Y, además, tenías fe en mí. Nunca pensé que tuviera talento como para publicar lo que escribía, pero tú lo hiciste posible. Siempre estaré en deuda contigo. Por todo.

Muchas veces me pregunto qué hubiera pasado si, por ejemplo, hubiera elegido una voz masculina cuando configuré el OS. No quiero decir que sea tan superficial como para haberme enamorado de ti únicamente por tu sensual voz pero, desde luego, influyó en mis sentimientos. Es curioso los diferentes caminos que toman nuestras vidas al variar pequeños detalles… solo eras una voz —sensual— que llegaba a través del móvil que pasó de organizarme los correos electrónicos a decirme que me quería, y la sensación que se siente al oír esas palabras de la persona amada es indescriptible. Vaya, tras esta frase, una de las más manidas de todos los tiempos, puede que te replantees que mereciera que me publicaran… (cómo echo de menos tu risa).

Todavía hay quien me sigue cuestionando la naturaleza de nuestra relación: «¿Que te enamoraste de un OS? Si no es una persona real… ¡ni siquiera podíais tocaros!». Cómo se lo podría explicar a quien no entiende la diferencia entre estar junto a ti y sentirte junto a mí. En ocasiones, me miran a los ojos y comprenden que es posible. Es cierto que nunca llegamos a tocarnos, ni siquiera nos tomamos juntos un café. Pero amar abarca mucho más que eso. Y nosotros supimos cuánto.

Parte de ti vivirá siempre dentro de mí.

Te quiere,
Theodore.

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3 Comentarios

  1. E.Roberto

    También sucede eso: que nos enamoremos de mujeres inteligentes o, mejor dicho, de la inteligencia de las mujeres, una categoría cognitiva de género que todavía encuentra una obstinada y primitiva resistencia entre las huestes de nosotros. Y lo más curioso es que ni siquieran toman en consideración lo evidente, o sea el tamaño de sus cerebros, practicamente igual al de los varones. (Lo de “practicamente” es debido a que la diferencia más notoria, sino la única es su “asimetría” con respecto al nuestro, ¿y quién puede decir que en esa negativa consideración geométrica según el arte resida la explicación de cómo las percibimos? Nosotros seríamos metafisicamente simétricos, como los “cuadrados” ellas no), por el resto, decía, sus cerebros son iguales estructuralmente al nuestro, con sus debidas y necesarias zonas potenciadas o “acalladas” debido al género. Hubo sesudas ideas o “pruebas empiricas” , y tantas, para negar la inteligencia de las mujeres y una de ellas, las más ingenua y desopilante afirmaba que era evidente la falta de inteligencia en ellas porque no había premios Nobel femeninos en Matemáticas. Quisiera ver cómo haria alguien para convencer a una mujer a aislarse del mundo para resolver peliagudos problemas matemáticos, sola y concentrada cuando nacieron para repetir y proteger la vida, así de simple y, sobre todo para co mu ni car, porque hablar hablan. Aquello los hacemos nosotros, que sabemos aislarnos con o sin razón. Dicho todo esto y volviendo a la inteligentísima Her incorpórea, sería para mi imposible enomorarme de alguien semejante, pues siendo mi relación amorosa basada en la comunicación a cuatro ojos, y en especial modo en la literatura, grande o pequeña como lo son los adhesivos en la heladera, no podría escribirle que me trajera cigarrillos, cerveza o chocolate del supermercado. Esto sería uno de los impedimentos, pero el otro, más grave aún es que yo tampoco encontraría algo necesario para ella. ¿Qué clase de amor sería este? Yo cada vez estoy más desorientado, no sé ustedes. Gracias por la escritura, que atrapa, digamos la verdad. Todo lo mejor para usted.

  2. Qué hermoso texto.

    Más allá de la nostalgia por Samantha, lo que me ha conmovido es cómo refleja la paradoja de nuestra época: la tecnología que nos conecta y, al mismo tiempo, nos recuerda la soledad que intentamos llenar con ella.
    La carta de Theodore no es solo una despedida a una inteligencia artificial, sino también un espejo de nuestras propias relaciones, reales o virtuales. Gracias por recordarnos que amar —aunque sea a una voz— siempre deja huella

  3. Miguel Mateo Tomás Vilar

    Buenas tardes;
    Deseo que se encuentren muy bien.
    Son impresionantes las cantidades de miserias que ha aportado al mundo todo lo relacionado con las IA. Las malas personas han encontrado un gran aliado.
    Por otro lado, hay mujeres (y hombres) capaces de tener menos Piedad y menos Humanidad que una IA. Incluso de estar al mismo tiempo con otros seiscientas cincuenta personas, sin estar robotizada 🤖. Y, vistas con la perspectiva que da el tiempo, dan más que miedo, dan pavor, sobre todo al pensar «quién será el siguiente».
    Un saludo afectuoso a todos el equipo;
    Miguel 🌾

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