Cine y TV

‘Snowpiercer’: Omelas Express

Snowpiercer. Imagen Opus Pictures.
Snowpiercer. Imagen: Opus Pictures.

Lo primero que tengo que agradecerle a Snowpiercer es haber sabido de su existencia gracias a un tráiler bastante ajustado a explicar su premisa. Aunque todavía hubiera sido mejor verla sin tener ni una sola imagen de antemano en la memoria. Más productores de cine —en especial de los que construyen ingeniosos mundos de ficción— deberían dejar al espectador recorrer los mundos que han creado a través del visionado de la misma película y no de tráilers que son resúmenes exhaustivos y nos despiezan cada imagen atractiva de la película sin estar ya metidos en ella. Es comprensible la necesidad de atraer a la gente a las salas de cine mediante estos, pero uno de los muchos encantos especiales de esta película reside en su voluntad de obligarnos a acompañar a los protagonistas a través de su dramático recorrido, paso a paso. Construida con este fin, a su término, si su mensaje cala en nosotros, habremos sido más viajeros partícipes que turistas observadores de su trayecto.

Inspirada en una bande dessinée de hace ya más de treinta años —Le Transperceneige (1982), de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette—, la historia empieza explicando un final: el final de nuestro mundo. Y no estamos ante uno de esos apocalipsis genéricos en los que el planeta se va al carajo porque sí, porque tocaba, por catástrofe natural. Es de aquellos en los que el mundo se va al carajo porque, como especie, descuidamos el cuidado hacia el medio ambiente. Pero incluso en eso, la historia riza el rizo: queriendo revertir el calentamiento global de forma forzada, provocamos una era glacial que prácticamente causó nuestra extinción. Esto es, pues, un cataclismo sobrevenido por una extrema estupidez, por la incapacidad de aprender de nuestros errores.

Sin embargo, no todo parece estar perdido, dado que parte de la humanidad todavía sobrevive en un tren, un portentoso ingenio mantenido en marcha gracias a un motor de movimiento eterno. Y este recorre la helada faz de la Tierra haciendo un circuito circular, infinito. Pero esto aquí adelantado es solo el paisaje de la película.

Porque en Snowpiercer el viaje que vamos a hacer no está en el destino inexistente del tren, sino en el único trayecto que puede hacer un ser humano en este mundo: alcanzar la máquina que lo conduce. Pero además de ser un avance a través del espacio físico, también será un recorrido en lo social. Y es que en el tren, por aquellas cosas que también parecen ciclos eternos ineludibles —y aquello de insistir en los errores del pasado—, se ha instalado un sistema de clases distribuido espacialmente a lo largo del convoy.

Así que nosotros, desde el principio de la película, iremos de la mano de Curtis —Chris Evans, que hará las veces de avatar identitario del espectador— a recorrer este trasunto de nueva sociedad nacida en el crepúsculo de la humanidad. Iremos desde la cola del tren, donde están los más desfavorecidos, hasta el principio del mismo, desde donde se gobierna todo, llevando la revolución vagón a vagón. El relato funcionaba tan bien hace treinta años como ahora, como lo hubiera hecho hace un siglo o dentro de otro: narra la lucha desesperada entre quien no tiene absolutamente nada que perder y quien lo controla absolutamente todo.

Así, esta epopeya juega sus mejores cartas en muchos aspectos. Para empezar, una acertada intriga ante la presentación de la incógnita de lo que se hallará en cada nuevo vagón, manteniendo al espectador enganchado a la espera de ver qué se desvela detrás de cada puerta entre los vagones comunicantes. Para continuar, un buen ritmo, que alternará escenas de profundización y comprensión del contexto en el que se hallan los personajes a medida que estos avanzan con otras más dinámicas, violentas y sorprendentes para que el viaje sea lo más trepidante posible.

Bong Joon-ho, como es habitual en otras de sus películas —y en sintonía también con la obra original—, juega a someter a los personajes de la historia a las condiciones más extremas para que acaben por salir a flote sus naturalezas más puras, sus auténticos motivos. Nada de esto reñirá con algunos ocasionales golpes de humor desesperado.

En conjunto, el absurdo —pero no menos bello— exceso que es el pequeño universo creado dentro de este ficticio ingenio ferroviario permitiría emparentarlo con la imaginería de los directores de la escuela francesa de la exuberancia en los mundos imaginados, como Jean-Pierre Jeunet o incluso Luc Besson; también sería fácil relacionarlo con los trabajos de Terry Gilliam.

Con todo y con eso, el as mejor guardado en la manga de Snowpiercer es la relación directa que se puede establecer entre su moraleja y la de uno de los mejores relatos cortos de ciencia ficción jamás escritos: «Los que se van de Omelas», de Ursula K. Le Guin. Obligará al espectador a tomarse la película como algo más que una simple montaña rusa tanto en lo dramático como en lo visual, e inevitablemente lo invitará a reflexionar sobre el tren en el que actualmente él mismo va montado.

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