Sociedad

El oyente que no existe

El oyente de radio, de Alexander Rodchenko (1929). DP
El oyente de radio, de Alexander Rodchenko (1929). DP

Como bien sabe cualquiera que alguna vez se haya apuntado a un curso de escritura creativa o de actuación, nunca se habla o se escribe en el vacío. Siempre hay que pensar en el destinatario. Tu destinatario. Aunque, propiamente, no existe. Digo «no existe» en el sentido de que, a veces —por ejemplo, cuando te encuentras hablando frente a muchas personas—, el destinatario es tan genérico que cualquier esfuerzo por encontrarlo resultaría inútil. Eso vale tanto para quien escribe una novela o un relato, para quien cuenta un cuento, como para todos los que tienen que dar una charla en una universidad, en la empresa, incluso para quien tiene que contar un chiste.

En ese sentido, el destinatario —puede ser un lector, un espectador, un oyente— resulta ser una invención, el mero fruto de la imaginación de su autor, quien se crea a su medida un lector implícito. Así que, en ese sentido, como oyentes de este programa… no existís. Ninguno de vosotros existe.

… Pero claro que existís. Existís y, además, sois muy exigentes. Sobre todo, vosotros, los oyentes de la radio. Sí, porque a los que trabajamos con la voz no se nos pide lo normal que se le pide a cualquier autor… no. Se nos pide, se nos exige, algo más. Se nos exige sinceridad. Ser sinceros. Algo que va mucho más allá de la normal relación verdad/ficción. Sí, porque la voz te delata. Siempre. Igual que la mirada. Los matices, el tono, los armónicos. Por eso, hace sesenta años, el gran estudioso de los medios de comunicación Marshall McLuhan consideraba la radio un medio cálido.

«Las profundidades subliminales de la radio están cargadas de los ecos retumbantes de los cuernos tribales y de los antiguos tambores», escribía McLuhan.

Eso significa que los que hacemos radio debemos tener un especial cuidado, porque la gente al final te cree. Siempre. Algo que implica una gran responsabilidad. ¿Sabéis cuál es el mejor cumplido que he recibido en tantos años de trabajo? Me lo dijo una vez una señora: «Gracias por tratarnos como personas inteligentes».

Bueno, con respecto a Café del Sur, el programa que desde 2009 dirijo y presento los domingos en Radio 3, tengo más o menos una idea de cada uno de vosotros y vosotras, que lleváis años escuchándonos. Sí, he recibido muchas cartas, correos, billetes, tarjetas. Sigo recibiéndolos y os lo agradezco mucho. Así que, haciendo un poco de cuentas, quizás podría tratar de identificaros por vía negativa. Lo que no sois. No sois de derecha ni conservadores, no sois tan jóvenes, no os gusta mucho el indie, pero todo eso, probablemente, ya lo sabéis. Si tuviera que definiros por vía positiva, entonces aquí las cosas se complican. Quizás lo único sería encontrar un denominador que os acomuna.

El famoso filósofo alemán Theodor W. Adorno decía que existen seis tipologías de oyentes.

1. El oyente experto: escucha de manera activa y estructural. Es plenamente consciente de la forma, armonía, desarrollo y técnica.

2. El buen oyente: no tiene formación técnica profunda, pero escucha con atención, comprende la lógica musical y mantiene una relación reflexiva con la obra.

3. El oyente cultural: consume música como símbolo de estatus o «capital cultural». Le importa más el prestigio social de la obra que su contenido musical real.

4. El oyente emocional: busca en la música una descarga afectiva inmediata. Escucha para sentir (nostalgia, tristeza, entusiasmo), no para comprender la estructura.

5. El oyente resentido: rechaza la música dominante, pero de forma rígida o dogmática. Su oposición es más ideológica que musical y puede volverse igualmente acrítica.

6. El oyente de entretenimiento: consume música como fondo o distracción. No presta atención activa; la música funciona como ruido agradable y estandarizado.

No lo sé. Quizás, por primera cosa, diría que los oyentes de Café del Sur sois personas que habéis nacido en el siglo XX. Eso significa que, en vuestra mayoría, no sois nativos digitales. Eso implica una forma, una manera, de ver el mundo, con ojos diferentes, analógicos, lentos o, al menos, más lentos que los ritmos impuestos por los tiempos actuales.

En ese aspecto hay algo más que os acomuna, de forma transgeneracional. Dos palabras. Mejor dicho… dos valores. La soledad y la lentitud. Con respecto a la primera (la soledad), no me refiero a la soledad impuesta por los demás. Como decía el cantautor italiano Fabrizio De André, no todos pueden permitirse la soledad. No pueden permitírsela los ancianos, por ejemplo, tampoco los enfermos. Ni hablar de los políticos. Un político solitario sería un político jodido. Cuando hablo de soledad me refiero a la que elegimos de forma consciente, para pensar mejor, para enterarnos mejor de lo que nos rodea. Porque, siempre como decía Fabrizio De André (pero lo mismo vale con Albert Camus, Primo Levi, Italo Calvino, solo por mencionar algunos autores cuyos libros siempre deberíamos tener en nuestra mesilla de noche), «me he dado cuenta de que un hombre solo nunca me ha dado miedo, pero un hombre organizado siempre me ha dado mucho miedo».

Con respecto a la lentitud me refiero a esa capacidad de disfrutar del mundo de forma analógica, sin prisa. Un programa de radio se gesta justamente en la espera, como una receta, necesita tiempo para cuajar, sedimentarse; el consumo no puede ser voraz como el de una temporada completa de una serie en el sofá, necesita tiempo, espera, lentitud. Porque en el apuro no se puede pensar.

Cuando pienso en vosotros, los oyentes, pienso por primera cosa en mi madre, que no se pierde ni un programa desde hace casi veinte años, sin hablar castellano (algo entiende, pero no lo habla). Pienso en los que viven en la costa oeste de Cerdeña, la isla donde nací, en Italia, cerca de las antiguas minas de carbón, plomo y zinc, quienes, en los días de mistral, cuando el cielo está despejado, logran captar una señal de radio rara, que ha viajado por cientos de kilómetros fuera de su ruta habitual, que ha salido de España rebotando y ha llegado a esa isla del Mediterráneo. En estos días curiosos se sorprenden escuchando este programa tan raro, en un idioma que no hablan, que quizás un poco entienden, por haber sido sus ancestros parte de la corona de España durante unos cuatro siglos.

Pienso en los que trabajan en turnos, muchos de ellos de noche, en los hospitales, en los hoteles, siempre de noche… Pienso en los que se desplazan, en italiano los llamamos «pendolari» (como el péndulo del reloj…), en autobuses, en coche, en tren, para ir a trabajar, con sus auriculares que los alejan por un momento del traslado y los hace volar con la fantasía, absorbiéndolos y abstrayéndolos de la realidad.

Desde hace unos quince años Hydra me manda una tarjeta en cada Navidad desde Tenerife… Katy me cuenta su historia de amor con un chico sardo, otro yo de hace sesenta años… Javier, desde Galicia, me escribe cartas todas iguales, sin puntuación, contándome el mundo que ve entre rejas… Una mujer, cuyo nombre no recuerdo, me escribió para contarme que le diagnosticaron una sordera progresiva y sin remedio. Me dijo que, por eso, no solamente escuchaba Café del Sur, sino que lo devoraba, porque sabía que, tarde o temprano, ya no podría hacerlo y quería recordarlo todo. Escuchar hasta el último sonido de la vida.

Me escribís cartas como a un amigo imaginario. Porque si el oyente, al final, no existe… tampoco yo, lo siento. No existo. Probablemente yo también sea una invención, hecha por cada uno de vosotros y de vosotras, cada uno a su medida.

Os confieso que, a lo largo de estos años, cuando en algunas circunstancias he tenido la suerte de coincidir con alguien de vosotros, muchos me habéis dicho que pensabais que era más gordo, más viejo. Espero no decepcionaros. Tengo cuarenta y seis años, peso ochenta y tres kilos. Llevo diecisiete años frente a ese micrófono, es decir, tenía veintinueve años cuando empecé. He cambiado, y mucho, así como ha cambiado el programa. Así como habéis cambiado vosotros, los que nos escucháis desde hace tantos años.

En ese tiempo me habéis contado de todo. Habéis compartido conmigo vuestras historias, vuestras memorias individuales, personales, colectivas. Me habéis contado de vuestros padres y de vuestras madres, de vuestros pasados, de vuestros deseos, de vuestras frustraciones, de vuestras soledades, convencidos de que siempre es mejor encontrar a alguien con quien compartir tu soledad.

Me habéis contado de vuestras primeras veces, de todo tipo. Tengo guardados más de cien mensajes de WhatsApp con vuestras voces, contándome la primera vez que habéis visto la cara de vuestro hijo, de vuestra primera cita, vuestro primer beso, vuestras primeras vacaciones sin vuestros padres, vuestro primer día de cárcel, de enfermedad, vuestro primer día de exilio…

Me habéis contado de aquel viaje que habéis hecho en carretera por América Latina, para descubrir si hay un lugar realmente llamado Café del Sur; un par de vosotros se han enamorado durante el viaje, en compañía del programa, escuchando nuestra música.

Sé que muchos nos escucháis por la mañana, los domingos, en directo, preparando el desayuno. Una señora una vez me escribió para preguntarme si sabía cuánto duraba el programa. Me dijo que dura el tiempo que dura la preparación de las empanadas para sus hijos… ese tiempo que no se mide, que se encuentra en los intersticios de las cosas. Este tiempo que es solo nuestro y de nadie más.

Hay una chica que cada año se pone en la carretera, sola, y conduce su coche hacia unos acantilados, para volver a despedirse cada año, una vez más, de su novio que ya no está, y lo hace escuchando el programa.

Porque los ritos son importantes. Tienen algo especial. No me refiero al aspecto religioso, pero tampoco al civil. Me refiero a esos pequeños ritos individuales que todos conocemos. Lo que me gusta es su liturgia, cada uno tiene la propia, esta pequeña ceremonia laica, muy personal. Yo, por ejemplo, tengo varios. Leer el diario en un café del centro de Madrid el sábado por la mañana, cuando todavía no hay turistas por las calles. Ir una vez a la semana a comer pizza en mi restaurante italiano favorito, en La Latina. Empezar a leer un libro acompañado por «Everything Happens to Me», tocado por Chet Baker. Luego hay ritos menos frecuentes, pero que cada año, en algún momento especial, se repiten, tienen que repetirse iguales, porque son ritos, claro, y la variación no está permitida. Son ritos que te hacen sentir vivo, porque marcan tu tiempo. Uno de mis ritos, una vez al año, es tomar el coche, cruzar la frontera y viajar a Lisboa. Una ciudad llena de un pasado que te acompaña, que no deja de cerrarse, que no deja de preguntarse, de dudar, de cuestionarse. Una ciudad que representa una posibilidad infinita, el último poema romántico a la ciudad. La materialización de una de las Ciudades invisibles de Italo Calvino. Lo que hubiera podido ser, lo que en algún pasado fue, pero ya no es. O que será.

A lo largo de estos diecisiete años de programa me han escrito cartas muchos exiliados, viudas, algunos de los que una vez fueron detenidos por la última dictadura militar de Argentina, los supervivientes, los que Primo Levi llamaba «hundidos» y «los salvados», también.

Me escriben cartas los que han tenido que dejar sus casas, por las infinitas razones que sabemos, que imaginamos… Escuchando, tomando café al sur, se sienten más cerca de su casa, del lugar de donde vienen y que nunca olvidan, incluso sabiendo que nunca podrán regresar, porque como en todo tango, el regreso es imposible. Nunca se regresa a ningún lado. Porque el pasado cambia a medida que avanzas, como sabe bien todo viajero.

Nos escuchan los amantes de Corto Maltés, Melville, Conrad, Hemingway y sus ballenas blancas, sus viejos frente al mar, sus capitanes valientes, sus corazones en las tinieblas… Durante la reciente pandemia de Covid-19 me emocionó recibir cartas de los enfermeros que trabajaban en los hospitales, en las residencias, en los cuidados intensivos, en los paliativos, estas personas que vieron la muerte todos los días, sin nunca acostumbrarse, porque frente a la muerte es como si fuera siempre la primera vez.

Me habéis mandado cartas, regalos, cuadros, postales, libros, discos, sugerencias de películas, poemas, aforismos, recuerdos y memorias personales, recetas, caricaturas. Roser me ha dedicado una receta en su libro de recetas; Pía, un ensayo de psicoanálisis; Víctor, su Atlas de sonidos remotos; incluso me habéis convertido en el personaje de ficción de una novela. Me habéis regalado los dibujos de vuestros hijos que imaginan cómo sería lo que no se ve, la radio, y ese café tan raro que sus padres escuchan cada domingo. Como en una liturgia laica. Otros incluso le habéis dado el nombre a vuestro bar, Café del Sur, como un café de un poema de Borges, de una película de Solanas, un tango de Homero Manzi y Troilo.

Algunos me criticáis, está bien, aprendo mucho de las críticas. Me mandáis breves audios para sugerirme la pronunciación correcta del griego y del francés. Algunos me pedís más tango, menos música en inglés, que ya hay mucha por todos lados (y tenéis razón). Algunos os habéis ofendido por programas sobre Perón, Chávez, las Brigadas Internacionales durante la guerra civil, últimamente sobre el genocidio en Gaza.

En fin. Como habréis comprobado, en la radio, nunca os tuteo. Sí, porque, aunque individual (sobre todo cuando luego nos escucháis en podcast, con vuestros auriculares), la escucha de la radio puede ser compartida también. Sin saberlo, o a lo mejor sí que lo sabéis, los oyentes de un programa de radio formáis parte de una comunidad. Lo sabéis, claro, todas las veces que nos visitáis, cuando grabamos en vivo el programa, por ejemplo, en la Casa de América de Madrid o como hace pocas semanas cuando doscientos de vosotros vinisteis al Instituto Italiano de Cultura de Madrid para asistir a la grabación de este ritual catártico de escucha compartida dedicado a Pier Paolo Pasolini.

En estas ocasiones, estos rituales en vivo, la cosa más emocionante es darme cuenta de que venís de todos lados. Algunos nos alcanzáis, en coche o tren, desde lugares inaccesibles, que en invierno se cubren de nieve, lugares que difícilmente visitaré, aunque tengo pendientes una infinidad de invitaciones para comer asados y paellas en casas de campo, entre gauchos, psicoanalistas, abogados de derechos humanos, expresos políticos, exiliados, más una infinidad de otras personas queridas a las que nunca dejaré de agradecer.

Venís cada uno con vuestro regalo, con vuestra ternura y cariño, con una carta, un libro, un disco, para regalar, como un exvoto frente al simulacro, un icono de la Iglesia ortodoxa. Tenéis nombre y apellido. Sois como las madréporas oceánicas de las que hablaba Unamuno que, moviéndose silenciosa y continuamente en el fondo del mar, empujadas por esos vientos invisibles de la profundidad marina que son las pasiones y las emociones humanas, construyen a diario nuestra historia.

Quiero terminar con una breve historia. Es una mañana de mayo de 2021. Acabo de despertarme. Abro el mail. En la bandeja de entrada hay un mensaje. Lo escribe Pía. Me dice que su madre acaba de fallecer. Se llamaba Marta. Yo no conocía personalmente a Marta. «Dimitri —me escribe Pía— antes de morir mi madre me dejó escrito en una pequeña lista de cinco personas que no son de su círculo, tu nombre. Y me pidió que te dijera que le habías alegrado los fines de semana a esta señora de Buenos Aires».

Dimitri Papanikas es desde 2009 director de Café del Sur, programa de Radio 3 dedicado a contar la historia del siglo XX a través de su música. Es autor de la docuserie De Éxodos (RNE Audio, 2024), una historia musical de los pueblos migrantes. Es autor de los programas radiofónicos Le città invisibili y Carte da musica para Rai Sardegna. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Bolonia, es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 2012 ha publicado el libro La muerte del tango: breve historia política del tango en Argentina. Escribe sobre historia de la canción latinoamericana en el diario italiano Il manifesto.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

7 Comentarios

  1. Hydra (Tenerife)

    Gracias, Dimitri.
    Besos

  2. Gracias Dimitri por contar mucho de lo que siento.

  3. Susana (Córdoba. Argentina)

    Gracias Dimitri por tan hermoso artículo, tus palabras son reflejo de todo lo que siento al escucharte,yo, otra de las oyentes que no existe!!

  4. E.Roberto

    Tiene otro oyente, estimado. Me costó encontrarlo (especialmente cuando lo busqué a través de la Radio Italiana, en Sardegna), pero lo he logrado. Estos ritmos sincopados alegran todo, hasta el gato. Muchas gracias.

  5. Gracias por estar cada domingo ahí, Dimitri. Solo una salvedad, también tienes oyentes de derechas, afortunadamente. Un abrazo.

  6. Jesús Díaz Rodríguez

    8 de mar 8:57 Todas las mañanas del domingo a las ocho, siempre que la noche del sábado me lo permite, que es normalmente ahora, escucho este programa de radio, Café del Sur. Me hace empezar el día con una sonrisa, desde un lugar propio y común, de forma poderosa y poética a la vez. Desde hace más de quince años… Nunca imaginé que era tan necesario para tanta gente… formamos parte de una comunidad increíblemente cercana.
    Hoy me emociona… y me hace llorar cuando escribo estas líneas. Gracias honestamente…

  7. Daniel Fraile

    Querido Dimitri,

    Felicidades por estos primeros 17 años de programa (espero que el Sr. Flores te/nos respete y aguante otros 17 años más por lo menos). Muchas gracias por acompañarnos cada mañana de domingo, el café más delicioso de la semana se debe a ti y a tu programa. La conexión tan íntima que tiene Cafe del Sur para con mis gustos musicales me parece casi irreal, como de de ciencia ficción. Y sí, gracias por tomarnos por personas inteligentes, que bien nos iría a todos si desde ciertos medios hicieran suyo ese principio. Un abrazo.

Responder a Diego Cancel

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*