
Se frotó la cara con zumo de limón. Robó dos bancos. Miró de frente a las cámaras. Cuando por fin emitieron su imagen en las noticias, lo detuvieron en menos de una hora. Su error acabó convertido en un caso de estudio en psicología.
En 1995, McArthur Wheeler y su cómplice, Clifton Earl Johnson, entraron armados en dos bancos del área de Pittsburgh sin máscara ni disfraz, con el rostro bañado en zumo de limón. Wheeler creía que, al igual que el limón sirve como tinta invisible sobre el papel, volvería su cara invisible ante las cámaras de seguridad. Había hecho una prueba casera con una Polaroid: se aplicó el zumo y se fotografió; como en la imagen no se veía su rostro —mala película, cámara mal apuntada, desenfoque o simplemente el universo confabulándose con su teoría—, tomó el fallo técnico por confirmación de su método.
Los dos asaltos se cometieron el 6 de enero de 1995. Johnson fue detenido pocos días después, pero Wheeler siguió en libertad varios meses. El 19 de abril su rostro apareció en un segmento de Crime Stoppers en el informativo de las once de la noche, y las llamadas de los espectadores permitieron detenerlo en torno a la medianoche. Cuando la policía le enseñó las nítidas fotos grabadas por las cámaras de seguridad, Wheeler, desconcertado, solo acertó a decir: «But I wore the lemon juice. I wore the lemon juice» («Pero llevaba puesto el zumo de limón. Llevaba puesto el zumo de limón»).
Aquel atracador convencido de haber encontrado un método infalible llamó la atención del psicólogo David Dunning, que vio en su caso algo más que una anécdota de incompetencia criminal. Junto con Justin Kruger, estudió en el laboratorio cómo las personas con bajo rendimiento en tareas de lógica, gramática o humor tendían a sobrestimar de manera dramática su propia capacidad y, al mismo tiempo, eran menos capaces de reconocer el buen desempeño en los demás. En 1999 publicaron su artículo en Journal of Personality and Social Psychology, donde formularon ese patrón como un problema de metacognición: quienes carecen de habilidad no solo se equivocan más, también carecen de las herramientas mentales para darse cuenta de lo mal que lo están haciendo.
El llamado efecto Dunning Kruger describe el sesgo por el cual los más incompetentes tienden a verse a sí mismos como por encima de la media, mientras que quienes tienen más competencia suelen infravalorarse ligeramente, precisamente porque son más conscientes de lo que ignoran. No es que todo ignorante sea un Wheeler con la cara pegajosa embadurnada de zumo, pero el mecanismo es estructuralmente el mismo: si no dominas un campo, te faltan criterios internos para evaluar tu propio desempeño, y cualquier pequeño indicio —una Polaroid que sale medio borrosa, un éxito puntual, un comentario positivo aislado— puede inflar tu confianza mucho más allá de lo razonable. La ignorancia, en este esquema, no produce humildad sino su contrario exacto.
Ese mecanismo psicológico suele observarse en contextos triviales —tests de lógica, chistes, ejercicios de gramática—, pero adquiere un cariz inquietante cuando se traslada al terreno de las decisiones públicas. La política, y más aún la geopolítica, exige moverse por sistemas extremadamente complejos donde intervienen equilibrios militares, intereses económicos, tensiones religiosas y décadas de historia acumulada. Cuando un líder se enfrenta a un tablero de ese tipo con la seguridad de quien cree que todo es sencillo, algunos observadores empiezan a recordar inevitablemente al atracador del zumo de limón.
Desde que Donald Trump irrumpió en la política a escala presidencial, periodistas, psicólogos de divulgación y columnistas han recurrido con frecuencia al efecto Dunning Kruger para intentar explicar su estilo de liderazgo. La fórmula que proponen es conocida: una confianza desmesurada unida a una relación problemática con el conocimiento experto. Trump ha descrito el sistema sanitario estadounidense como algo que «nadie sabía que podía ser tan complicado», ha sugerido en público tratamientos médicos extravagantes durante la pandemia y ha abordado asuntos diplomáticos con la convicción de que la complejidad geopolítica es, en el fondo, una cuestión de voluntad personal.
La reciente escalada bélica entre Estados Unidos e Irán ha reactivado ese debate. Las tensiones con Teherán llevan décadas formando parte del equilibrio estratégico de Oriente Próximo, un entramado donde confluyen rivalidades regionales, acuerdos nucleares, milicias proxy y una historia de conflictos indirectos que exige una diplomacia extremadamente fina. Sin embargo, el estilo político de Trump ha consistido a menudo en presentar estas dinámicas como si fueran negociaciones empresariales relativamente simples: presión máxima, amenaza creíble y eventual acuerdo. Para sus partidarios, esa actitud representa precisamente la virtud de su liderazgo: la capacidad de romper inercias diplomáticas que durante años produjeron resultados ambiguos. Para sus críticos, en cambio, la simplificación de un escenario tan complejo recuerda demasiado al mecanismo descrito por Dunning y Kruger. No tanto porque Trump ignore determinados aspectos técnicos —algo inevitable incluso para los dirigentes más preparados—, sino por la seguridad con la que minimiza esa complejidad.
El paralelismo con Wheeler resulta tentador para los que venimos observando el desempeño de este matón iletrado que gobierna el segundo país más poderoso del mundo. Wheeler no carecía de iniciativa, tenía un plan, lo había probado y lo realizó con tanta convicción que se permitió sonreír a las cámaras «sabiéndose» invisible. Lo que le faltaba era la capacidad de evaluar sus propias limitaciones, de reconocer que su prueba con la Polaroid no constituía evidencia sólida. Trump, en la narrativa que han construido muchos de sus críticos, operaría de manera parecida: cada éxito empresarial, cada negociación resuelta a su favor, cada multitud congregada funciona como confirmación de una competencia universal que no necesita ser verificada porque se siente con absoluta certeza.
La guerra —o la amenaza constante de ella— amplifica ese contraste. En un conflicto internacional, los errores de cálculo no se corrigen con una multa o con la pérdida de un contrato sino que, como estamos viendo, pueden traducirse en escaladas militares difíciles de detener. Por eso cada decisión presidencial en ese contexto se examina con una lupa psicológica que rara vez se aplica a otras profesiones. Conviene, sin embargo, introducir el matiz que el propio efecto Dunning Kruger exige. Dunning y Kruger describieron un patrón estadístico observable en grupos, no un diagnóstico clínico aplicable a individuos concretos. Afirmar que Trump «padece» el efecto en sentido literal sería tan poco científico como cualquier otra etiqueta psicológica improvisada sobre un personaje público.
Lo que sí puede decirse es que Trump encarna de forma extraordinariamente visible el estilo cultural que hace reconocible ese sesgo: el desprecio por el conocimiento experto, la simplificación deliberada de problemas complejos y una confianza comunicativa que sustituye al dominio técnico. En un ecosistema mediático donde la seguridad proyectada vale más que los argumentos, esa actitud no es solo un rasgo psicológico; también es una estrategia política eficaz.
Quizá ahí esté la verdadera enseñanza del caso Wheeler que llamó la atención de David Dunning hace casi tres décadas. El problema no es únicamente que el incompetente se sobrestime. El problema es que, en determinados contextos, esa sobreestimación puede funcionar durante un tiempo. Wheeler creyó que era invisible. Salió a robar bancos convencido de que el limón le protegía. Durante meses, de hecho, siguió en libertad. El sistema tardó en atraparlo no porque su método fuera bueno, sino porque incluso los sistemas bien diseñados tienen puntos ciegos.
Quienes aplican el efecto Dunning Kruger a Trump no sostienen solo que el presidente pueda equivocarse. Lo que sugieren es que en política, a diferencia de un banco de Pittsburgh con cámaras de alta definición, el zumo de limón a veces sí funciona. Y que la pregunta realmente incómoda no es si Trump cree ser invisible, sino cuánto tiempo puede seguir siéndolo a ojos de quienes lo observan.








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Quizá las diferencias entre el tipo que se untó la cara de limón y el que se la unta de naranja son que el atracador de bancos cometió un error y lo pagó mientras que el dueño de trump University, trump Airlines y varios casinos arruinados sigue sin entender que es un incompetente y sin pisar calabozo. Igual nos venía mejor Wheeler de presidente.
Que Trump es un necio estúpido e ignorante es tan meridianamente obvio desde hace años que no sé cómo se siguen escribiendo artículos como este. No ha ya nada nuevo que decir. Debería ser un tema zanjado.
Mas interesante sería que nos explicaran los mecanismos por los que personajes tan incapaces como este logran escalar a puestos de tan alta responsabilidad.
De que haya llegado al poder, ¿tendrá algo que ver (no solo, claro) el hecho de que el Partido Demócrata se cargara a Sanders en 2015 y en 2023 no supieran quitarse de en medio al gagá Biden?