
El 30 de noviembre se publicó en YouTube una entrevista realizada por el empresario indio Nikhil Kamath a Elon Musk (agradezco a Alberto Tomé la recomendación). Al parecer, habían tomado café, aunque por los ataques de risa que en ocasiones les embargan permanece la sospecha de si los capuchinos no contendrían algún aderezo. Sea como fuere, como buen entrevistador, Kamath no escatimó en elogios hacia el magnate: «Antes de nada me gustaría decir que eres mucho más grande, voluminoso y musculoso de lo que yo había pensado». Como buen entrevistado, Musk recibió el halago con una broma: «Ya sabes, en internet salgo pequeño».
Entrando en materia, hacia el ecuador de la entrevista Kamath se muestra particularmente interesado por las previsiones de Musk para el futuro. Le reta a jugar a la futurología, pero ¿qué hará Musk? Ahorrémonos la intriga: al igual que con los halagos, recoge el guante con mucho gusto. No se corta un pelo en asegurar que el crecimiento de la robótica y de la IA será exponencial. La tendencia histórica, desde luego, le concede un importante espaldarazo: el Big Bang aconteció hace unos 13 800 millones de años, la vida apareció en la Tierra hace unos 4000 millones —millón aquí, millón allá—, la especie sapiens se pasea por esta roca desde hace unos 200 000 años, las pirámides de Egipto cuentan con unos 5000 años y en apenas doscientos años hemos pasado de comunicarnos por carta a hacerlo digitalmente. El avance tecnológico de las últimas décadas ha sido abrumador, pese a lo cual uno no puede evitar ser un malpensado: ¿quizás Musk se limita a difundir un mensaje que le resulta conveniente?
Abandonemos Babia y volvamos a la entrevista. ¿Cómo será el futuro? Elon Musk responde: en menos de veinte años la gente ya no tendrá que mudarse por trabajo porque trabajar será opcional, algo así como un hobby. Pero ¿y cómo obtendrá la gente el dinero con que subsistir? Nueva previsión: el dinero desaparecerá junto con el trabajo. ¿Algo más? Sí, también los países. En las próximas décadas asistiremos al declive de las fronteras, a su disolución como vapor en el aire.
El desarrollo de la IA y de la robótica es un «tsunami supersónico» que incrementará la velocidad del progreso tecnológico sin necesidad de la intervención humana. Los sistemas de IA inventarán nuevas mejoras, nuevos sistemas de IA todavía más potentes y remedarán aquello que haya que remedar sin sapiens que importune. Es posible que los humanos —limitados cognitivamente a una angosta superficie craneal— ni siquiera terminen de entender las profundas y extravagantes teorías del universo con que trabajarán estos sistemas.
Bien, y entonces, tal día como hoy allá por el año 2050, ¿a qué nos dedicaremos usted y yo? La respuesta nos la otorga Musk: la gente tendrá materialmente lo que quiera; casi con solo pensarlo, plaf, deseo satisfecho. La sociedad de la opulencia no ha hecho más que comenzar con nuestros supermercados y centros comerciales físicos, apenas con el gran bazar que ofrece internet.
Bien vistas, las palabras de Musk no son plenamente originales. Remiten a un célebre movimiento, el transhumanista, asentado sobre la confianza en el avance tecnocientífico. Con el espíritu de Musk, otros tantos sugieren que el futuro de la especie humana pasa por la superación de sus constricciones biológicas. La ingeniería genética, la nanotecnología o los sistemas de IA (quizás una gran IA, o superinteligencia, empleando el vocablo de Nick Bostrom) abrirán la puerta de la era posthumana en la que no solo el trabajo pasará a ser una alternativa de ocio; algo similar sucederá con el envejecimiento o con la propia muerte. Serán opciones a elección del consumidor.
Igual que brindó la posibilidad de pisar la Luna, el conocimiento abanderará la exploración espacial y el uso de recursos materiales y energéticos todavía inconcebibles. Y lo que es más importante: el conocimiento generará más conocimiento y mejores y más rápidas maneras de cosechar más conocimiento.
En varias suras del Corán, así como en algunos hadices Sahih, el paraíso es caracterizado como un gran jardín lleno de árboles que regalan una sombra deliciosa, rebosante asimismo de hermosos riachuelos de agua, leche o miel. En el paraíso no hay experiencia negativa alguna, por lo que los cuerpos reencarnados disfrutan en un presente perpetuo de comida, bebida, descanso y demás placeres. Con un tono parejo, aunque quizás algo más desmaterializado, el paraíso cristiano incide en la dicha suprema que culmina con la paradisíaca unión con dios. Bien, volvimos a terminar en Babia.
El entrevistador, Nikhil Kamath, subraya con agudeza que, si en el futuro los humanos solo tendrán que satisfacer sus deseos, ¿qué pasa con eso que decía Adam Smith? ¿Con el principio de utilidad marginal decreciente? Una cosa tiene cierto valor, dos cosas de ese algo poseen menos valor, y diez de lo mismo carecen de valor. Por tanto, prosigue: «Si la gente puede tener cualquier cosa, quizás…». Musk interrumpe la pregunta, que se atisbaba sustanciosa.
Tal vez la respuesta nos la pueda dar un viejo conocido de la literatura española, Miguel de Unamuno. Para el vasco la vida es un drama, pues nuestra razón indica que en apenas un suspiro desaparecemos. La fe en un paraíso después de la muerte —o, con los transhumanistas, la fe en el avance tecnocientífico— granjea algún consuelo. Pero temporal, ya que la razón vuelve a la carga: ¿cuánto tardaríamos en aburrirnos mortalmente en ese utópico futuro? Las mieles del paraíso, adquieran las geometrías que adquieran (placeres carnales, intelectuales o espirituales), pueden estar bien. Pero ¿durante cuánto tiempo? ¿Mil años? ¿Mil millones de años? ¿Un diez seguido de tantos ceros como átomos hay en el universo observable? «El cielo de la gloria eterna…», sentencia Unamuno, «es una morada de eterno aburrimiento».
Esta disquisición, qué duda cabe, conduce a una de las grandes cuestiones existenciales. Una que, de hecho, aflora al principio de la entrevista: «¿Por qué algo es importante, Elon?». El magnate se lo piensa, hasta que afirma: «El porqué, supongo, consiste solo en incrementar nuestra comprensión; incrementar nuestra comprensión del universo». Rápidamente Musk se aboca al sentido de la vida. Ese meaning of life que en inglés adquiere un matiz ligeramente distinto del español al ser meaning, además de sentido, el significado de algo.
«¿Por qué algo importa? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cuál es el origen del universo? ¿Cuál es el fin? ¿Cuáles son las cuestiones que ni siquiera sabemos formular? […] Supongo que solamente estoy intentando entender qué está pasando. ¿Qué está pasando en esta realidad? ¿Esto es la realidad? Ja, ja, ja». Su respuesta dista de ser nítida, pero Musk deja caer que el fin último, el gran para qué de las cosas, no es otro que la propia comprensión del sentido de la existencia: what’s going on?
Hay un refrán popular que advierte: «Cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se cumpla». Por paradójico que suene, es posible que las ilusorias expectativas de Musk vayan en detrimento de su propia concepción del sentido de la vida. Suponiendo que haya una comprensión última del universo —lo que es muchísimo admitir—, la ilimitada progresión de la IA podría dar con la clave. Podría perfilar la descripción completa de todo, aquella que, junto con todas las inquietudes científicas, concluiría con la especulación filosófica al dar respuesta al conjunto de sus interrogantes.
La inocente y corrosiva pregunta que nos asalta en este punto es: y después, ¿qué? Colmada la curiosidad intelectual, hastiados de los apetitos carnales más variopintos gracias a la IA y a la robótica, ¿qué puede servir de acicate de la vida? ¿Para qué perpetuar el espectáculo? Los cantos de sirena que llegan desde la boca de Elon Musk y sus colegas transhumanistas desbordan nuestras ilusiones cual promesas religiosas. Pero incluso acertando, su futuro no disipa la niebla que circunda la pregunta esencial: ¿qué hace que una vida merezca ser vivida?
Un servidor les reconoce que desea vivir mucho y en buena forma (no sé si doscientos, quinientos o mil años). Armado, eso sí, de prudencia, le agrada la futurología que escucha por esa oreja en la que susurran Musk y Cía. Pero, por la otra, resulta inevitable atender al canto más irritante que proviene de una sirena de gafas redondas, barba blanca y pelo en pecho llamada Unamuno: ¿para qué, Elon?







«Es posible que los humanos —limitados cognitivamente a una angosta superficie craneal— ni siquiera terminen de entender las profundas y extravagantes teorías del universo con que trabajarán estos sistemas.»
Hasta ahora la tecnología necesita de órdenes humanas para funcionar, no es autónoma, no es investigativa por iniciativa propia, no sabe ser creativa y la imposibilidad de que se equivoque la hace imperfecta. Alguien cree que cuando se le pida , en el futuro ese de Musk, que cure el cáncer ,lo va a conseguir?
Ps: la IA es el reflejo del ser humano, si el ser humano degenera cognitivamente ,creativamente …. La IA lo hará en proporción. Una IA independiente?? Como en el Enano Rojo?
Este exceso de optimismo Titánic-o desconcierta y no poco; y es entonces que me viene el recuerdo de esa bizarra ley que hasta ahora no ha sido refutada, aquella que establece que “si algo puede salir mal, saldrá mal.” Esa frase que comienza con “…La tendencia histórica …” y su espaldarazo es poco oportuna según mi parecer, pues no contempla el ciclo inamovible y necesario de la existencia, con inicio y fin de los cuatro sujetos en este caso; pareciera que los tres primeros serían eternos; sólo el útimo, Egipto, basta para decir todo lo contrario. Siendo el gran Unanumo contemporáneo de Ramón y Cajal, esa reflexión sobre el “aburrimiento” me lleva a preguntarme si el primero no haya vislumbrado, o sospechado que la evolución y la consecuente conquista del planeta por parte de la vida, lleva en su íntima constitución biológica y “mecánica”, un componente que podríamos equiparar al literario“optimismo”. Sin este misterioso “elemento” junto a otros no menos importantes no estaría escribiendo ahora con “optimismo” viendo el dia y mis elucubraciones que transcurren, con optimismo y alegría, por supuesto. Me parece bastante imposible que nos aburriríamos siendo longevos y ociosos. Si hay algo que te gusta o apasiona y puedes seguir haciéndolo “ad infinitum”, aun aquello de no hacer nada, sería fantástico. Puro optimismo. Mucho sospecho que con esta novedosa y util tecnología pasará lo que pasó con las primeras que dieron el ingreso a la modernidad, como los trenes, los aviones, la televisión. Revolucionaron todo pero al final se quedaron ahí, con imposibilidades técnicas de ir por más. Recordando los discursos de Steve Jobs y los de Gate, con este joven vendedor me llevé una desilusión: no es capaz de estructurar un discurso prolongado con significado, anda a los tropezones. Encanta más por los “juguetes futuristicos” que ofrece su desenfrenada fantasía que por las palabras. Gracias por la excelente lectura.
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